UNA NUEVA FELICIDAD

17 Nov

El-Patrimonio-de-la-Humanidad

Todas las personas que vienen a este mundo quieren ser felices.

Sin embargo, ¿cuántos de todos los seres humanos lo consiguen?… Ya desde niños la mayoría conoce intensamente la desgracia y el sufrimiento. Tanto es así que muchos niños lamentablemente dejan de buscar la felicidad como un propósito de sus vidas… Los padres nos esforzamos para que nuestros hijos sean felices. Pero, ¿cuántos padres no se preocupan de ello, o bien, intentándolo, no lo consiguen?… Muchos más de cuantos quisiéramos por cierto… ¿Las sociedades humanas, los representantes políticos, los líderes y grupos que detentan el poder actúan realmente en pro de la felicidad de quienes dependen de ellos?… La mayoría de las veces no, y no, aunque crean hacerlo, o incluso estén convencidos de que eso están tratando de hacer… Y es que vemos sus efectos y consecuencias sobre nosotros mismos… ¿Cuántos seres humanos pueden en este momento declarar honestamente que son felices?… Pocos sin duda… Pero, ¿qué es la felicidad?…

La felicidad pareciera ser a primera vista un estado emocional y sensitivo de bienestar sostenido y amplio que puede ser llenado con innumerables y diferentes contenidos, de acuerdo a cada persona. Para unos la felicidad puede ser el poseer una estabilidad económica; para otros, tener una familia unida y armónica; para otros, su arte, o su actividad profesional, o sus creencias religiosas; incluso, para otros, el amor, sus mascotas, o su casa, o el bien de sus semejantes, o también su éxito personal, o el vencer y superar a otros, y así, sin fin…

A primera vista, entonces, lo importante pareciera tratar de ser feliz sin importar el cómo. Todos queremos ser felices ante todo, como si ese sólo sentimiento hiciese bueno y óptimo aquello que nos produce ese exquisito bienestar… Sin embargo, cuando observamos la felicidad de otros e inevitablemente –conciente o inconcientemente– se produce el efecto comparativo con nuestra propia felicidad, pareciera actuar en nosotros un sentido aun más profundo que nos advierte, o nos hace sentir, que nuestra felicidad puede ser mejor o peor, más atractiva o más satisfactoria, o más noble que la de otros, o menos intensa, o menos dañina, o menos común, o menos o más, de tantas y tan incalculables maneras, que al fin de cuentas acabamos preguntándonos si existe algún referente más allá de nuestra mera subjetividad para reconocer y diferenciar entre todas nuestras posibles nociones y experiencias de felicidad…

A decir verdad no existe en ninguna parte un felicidómetro o algo objetivo y universal por el estilo. Nos gustaría que así fuese, pero es evidente que hasta ahora no es accesible para el ser humano –aunque exista–. Sólo es posible reconocer que existen ciertas constantes universales; ciertas visiones de la felicidad que coinciden en ciertos efectos al menos claramente satisfactorios para quienes los experimentan, así como también para los demás, y quizás hasta para la realidad misma. Aquellas formas y manifestaciones de la felicidad pueden ser en todas partes y siempre unificadas en un concepto común a todas ellas y que denominamos en un sentido renovado y actual: espiritualidad.

Actualmente se hace evidente y eficaz un nuevo tipo de espiritualidad, de alguna manera síntesis y herencia de todas las concepciones históricas y tradicionales. Existe un tronco común a todas ellas que se ha unificado actualmente en una nueva manifestación de espiritualidad que crece y crece, que se hace cada vez más definida y poderosa en sus innumerables efectos. Si alguien no quiere reconocer que se origina en una nueva manifestación del Espíritu Divino, al menos tendrá que reconocer la original y poderosa cualidad de sus efectos. Nos hemos acostumbrado a las históricas manifestaciones del Espíritu Divino a través de enviados milagrosos, sobrecogedores, sobresalientes, individualizados. Este nuevo Espíritu se manifiesta a cambio en innumerables maestros y maestras silenciosos, humildes, casi insignificantes muchas veces, cuyas vidas la mayoría de las veces se diferencia muy poco de la de los demás; incluso su carácter y personalidad no se diferencia ni sobresale de las de sus semejantes, de manera que pocos y hasta nadie los reconoce como maestros de este nuevo Espíritu. Están aquí irradiando como una piedra irradia su calor en la noche, haciendo su trabajo silencioso y progresivo para facilitar el advenimiento de la Evolución Trascendental del ser humano. Ellos mismos y ellas mismas la mayoría de las veces no son siquiera plenamente conscientes de que están canalizando, transformándose y realizando este nuevo Espíritu… Es más, ningún ser humano deja de trabajar inconscientemente para el advenimiento de este Nuevo Espíritu Trascendental, incluso aquellos que se oponen a Él de tantas maneras… De una manera u otra somos todos maestros y canalizadores de este Nuevo Espíritu… Sólo nos diferenciamos por el grado y la conciencia de esta misión.

¿Cómo es este Espíritu?… ¿Qué posee de tan nuevo?… ¿En qué sentido es una felicidad superior a todas?

Primero, este espíritu no reemplaza ni borra ninguna manifestación histórica y tradicional de la espiritualidad conocida y experimentada por el ser humano. Esta nueva espiritualidad asume todas las manifestaciones religiosas y espirituales históricas a través de la capacidad receptiva y abierta de la dimensión simbólica que adquieren en esta nueva espiritualidad. Jesús deja de ser el judío crucificado por los romanos  en Jerusalén; Jesús deja de ser comprendido y adorado en su condición, enseñanza y figura histórica, y su nombre y persona resucitada se realizan hoy en el Cristo vivo universal, en el Cristo-Espíritu que es representado y reconocido a partir de su testimonio histórico en proyección simbólica abierta, presente y futura. Este nuevo Jesús puede dejar de ser Jesús para llamarse Buda o Alá, o Ghandi, o incluso Lennon, o simplemente Amor. El nuevo Espíritu puede hacerse forma particular, nombre y circunstancia, cosa y animal, flor y basura, sufrimiento y riqueza, pero dejarla de inmediato, sin dejarla, para tomar diferenciadamente cualquier otra. Este nuevo Espíritu es un espíritu pragmático, cotidiano, trivial y hasta feo incluso, pero no menos que trascendental, sutil, misterioso, total, inaccesible y sublime. Este Espíritu es todas las cosas, todos los seres humanos sin excepción, todos los contrarios, toda manifestación de existencia y realidad, nada le es extraño o irreductible a Él. Nunca el ser humano había experimentado una manifestación espiritual de esta amplitud, que se realizara de hecho en todos los seres humanos como está adviniendo en esta hora y era. Nunca el espíritu divino y humano  había sido tan divino y tan humano, tan tolerante y tan conflictivo, tan unificado y tan diferenciado, tan amoroso y destructivo, tan rico y tan pobre, tan todo y tan nada, como lo está siendo en esta hora y era. Es el Espíritu Divino, y con Él el ser humano, quien ha iniciado la globalización planetaria y personal, y ya no se detendrá en este trascendental proceso evolutivo.

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