La Superación del Sufrimiento por medio de la Evolución

9 Feb

integración

Cuando la Biblia nos enseña que el ser humano ha llegado a vivir en este plano de existencia por lo que allí se entiende como el pecado original de Adán y Eva, y que por esta razón sufrimos el sufrimiento, o cuando el Buda nos enseña que “todo es sufrimiento”, ambos nos enfrentan a la misma evidencia e intuición: sufrimos, pero podríamos dejar de sufrir…

Además, nos enseñan que el sufrimiento está en la raíz de nuestro ser, en nuestra alma, en nuestro cuerpo, en nuestro mundo físico y natural, y que por más que durante mucho tiempo o de acuerdo a las circunstancias que nos toquen vivir tengamos la fortuna de no experimentarlo, de manera que podamos reconocernos como personas alegres, optimistas, ganadoras, positivas, aun así en nuestra fragilidad y en nuestra mortalidad está latente igualmente la posibilidad del sufrimiento no sólo de nosotros mismos, sino de la humanidad toda.

Sin embargo, tanto para el cristianismo como para el budismo es concebible la superación del sufrimiento, aunque el costo sea inmenso y, de alguna manera, sobrehumano. Para el cristianismo tan grande es el costo que supone que Dios envió a su hijo Jesús para que con su muerte nos liberara del pecado original… Cosa que al menos en términos históricos y literales no ha demostrado ninguna evidencia y, menos, consistencia. Para el budismo, por su parte, la propuesta del nirvana o parinirvana nos resulta tan inadecuada como la respuesta cristiana, cuando constatamos que el sufrimiento se apacigua negándose a vivir, negándose a experimentarse completamente uno mismo y a la vida en todas sus facetas y posibilidades para no sufrir…

Creemos que la evidencia histórica juega a favor de nuestro aparentemente duro juicio en contra de estas propuestas. Compartimos con ellas, no obstante, la intuición de que el sufrimiento humano ocupa un lugar fundacional en nuestra naturaleza y de que al mismo tiempo es posible su superación. Creemos, sin embargo, que nuestras mismas circunstancias históricas nos permiten reconocer un nuevo sentido en el sufrimiento humano, tanto como una nueva solución, de una manera que no había ocurrido antes en la historia humana. Por más atrevida y original que pueda parecer nuestra propuesta, consideramos que su único mérito consiste quizás en interpretar y leer con cierta lucidez lo que está ocurriendo ante nuestros propios ojos y por todas partes en el mundo.

Sólo a fin de facilitarnos el avance en nuestro propósito, categorizaremos los tipos de sufrimiento humano en tres principales –conscientes de que un análisis del verdadero sufrimiento personal no se ajusta a ninguna categoría–: uno, el asociado a todas aquellas manifestaciones de subsistencia que ponen en riesgo o dificultan la subsistencia o la vida normal de un ser humano, tales como la pobreza, las enfermedades, el hambre, el frío, el maltrato y violencia físicos, la discapacidad, el aislamiento o abandono, el hacinamiento, la drogadicción, el alcoholismo, etc.

Dos, el sufrimiento sicológico, como la angustia, el miedo, la impotencia, los celos, la envidia, la rabia, el odio, la frustración, el engaño, el maltrato sicológico, el deseo, la competencia, el resentimiento, la ansiedad, el desprecio, la ambición, el orgullo, el egoísmo, la insatisfacción, la apatía, etc.

Tres, el sufrimiento asociado a experiencias de vida, tales como la experiencia personal u observada de injusticia, el materialismo humano, la dependencia, el egoísmo expresado, la carencia del sentido de vida, la angustia existencial, la incapacidad de superarse a uno mismo, la experiencia de desamor o de soledad, la observación de la condición humana, las expectativas no realizadas, la experiencia de la muerte propia o de otros, la constatación del sufrimiento humano, las contradicciones aparentes de un ser divino, la lejanía de un ser divino, etc.

Visto así, pareciera que el sufrimiento es connatural a la especie humana. En parte esto es cierto, pues ha demostrado ser un factor acuciante para el ser humano a través de toda su historia natural. El ser humano sufre por innumerables cosas, pero no quiere sufrir. Si bien muchas veces ha sido un impedimento para que los individuos puedan seguir viviendo o existiendo satisfactoriamente, en otras muchas también ha sido un agente de transformación, de adaptación y superación de aquellos factores que causaban el sufrimiento, y también un factor de evolución respecto incluso de un estado de vida anterior. Los seres humanos han podido progresar y superarse a sí mismos, individual y colectivamente, también y en gran medida  gracias  al sufrimiento en todas sus categorías. Superar el sufrimiento, en conclusión, requiere un esfuerzo e importante transformación de la persona. La paradoja es que se sufre para no sufrir, en la medida que nos ayuda – de las formas más variadas y muchas veces encubiertas– a ser “mejores” tratando de no sufrir.

Las últimas décadas del siglo XX y particularmente nuestro inicio del tercer milenio han de alguna manera ratificado nuestra voluntad planetaria de disminuir el sufrimiento asociado a la subsistencia de los seres humanos (1° categoría). Ya es un hecho constatable que existe una nueva y más solidaria conciencia planetaria, aunque todavía estemos en sus comienzos. El sufrimiento de segunda y tercera categoría está, sin embargo, lejos de ser debidamente abordado y trabajado aun en nuestro tiempo, por más que se haya puesto la atención en esto y se hagan importantes esfuerzos por avanzar hacia este propósito. La medicina, las terapias, las múltiples teorías y prácticas espirituales y de sanación, las religiones, la sicología y la ciencia en general, las instituciones gubernamentales y privadas, las políticas de estado, las relaciones internacionales, la tecnología, etc., destinan una inmensa cantidad de recursos humanos y materiales al propósito de ir superando el sufrimiento humano y mejorando, al mismo tiempo, nuestra calidad de vida.

¿Podemos suponer entonces que el día en que el sufrimiento deje de ser un factor imponderable, inmanejable y endémico de la condición humana, no producirá ello ninguna consecuencia para la condición humana misma asociada tan estrechamente al sufrimiento a través de toda nuestra historia natural? ¿Qué podría implicar que la humanidad deje de sufrir para siempre?  Observemos los hechos actuales… La superación del sufrimiento se está dando ante todo en la primera forma, vale decir que alcanzaremos probablemente un bienestar material, físico y sicológico básicos, antes que superemos nuestras otras formas de sufrimiento más complejas e intangibles, que requieren por cierto un tratamiento distinto y mucho más desafiante para el ser humano y sus propias capacidades. Sin embargo, como el sufrimiento es por sí mismo evolutivo, y mientras no hayamos llegado a la raíz del mismo, el sufrimiento restante se encargará sin duda de generar en nosotros la respuesta adecuada y evolutiva respecto del mismo.

Nuestra creencia  propone que la causa del sufrimiento debe ser reconocida y explicada no desde lo más físico y material, lo cual sólo representa una dimensión final de una cadena causal, la cual en realidad, y a la inversa de lo que creemos, se sumerge a través de la mente humana, hacia las honduras de la realidad misma, y hasta una zona donde por ahora estamos lejos de alcanzar o atisbar. Es decir, recién estamos iniciando el camino causal de reversa gracias a todos los conocimientos y progresos que hemos realizado hasta hoy en el plano material y externo.

El camino en los otros niveles causales del sufrimiento, sin embargo, ya están iniciados y demarcados por una humanidad de vanguardia que a través de la historia ha buscado las causas en dimensiones síquicas, espirituales, metafísicas y religiosas. Consideramos que las condiciones para generar un movimiento globalizado de experiencia de superación del sufrimiento en estos niveles causales profundos ya están debidamente consolidadas y evidenciadas. Pareciera haber una misteriosa y sorprendente sincronía entre los diferentes niveles de la experiencia humana, entre sus potenciales evolutivos  y la respuesta del universo y de la realidad misma. Una especie de conciencia colectiva planetaria parece estarse activando con gran fuerza y como nunca antes en la historia. Esta mente colectiva producirá sin duda efectos que la humanidad misma no conocía y que influirán positivamente en todos los habitantes y miembros de esta mente unificada. Son numerosas las voces que sostienen, además, que no estamos solos en el universo, y que estamos siendo guiados y estimulados para la consecución favorable de este proceso… Al menos nadie puede negar de partida que la globalización es un hecho absolutamente objetivo y único en la historia humana y que, por lo mismo, sus consecuencias son impredecibles. Nosotros pensamos en cambio que las consecuencias comienzan a mostrarse predecibles a través de innumerables señales…

Vemos, por ejemplo, que se experimentarán y surgirán decisivos y nuevos métodos, medios y manifestaciones en relación con la mente humana, desde el subconciente, desde las profundidades de la conciencia, en la amplificación e integración de diferentes niveles  y estados de conciencia asociados a la conciencia despierta, como nunca había ocurrido masivamente en la historia. Hemos aprobado la primera etapa de superación planetaria en el plano físico –aunque el proceso histórico-social continúa– y estamos siendo iniciados en la nueva etapa, que guarda relación con metas y propósitos en el plano mental y espiritual. El sufrimiento una vez más vuelve a jugar un rol central.  Esta vez, siendo la solución más difícil, dada la compleja y elusiva naturaleza del sufrimiento en estas categorías o tipos, al mismo tiempo es más fácil, porque no depende de recursos que se encuentran siempre lejos de uno mismo –como ha ocurrido en la superación del sufrimiento material y físico–, sino de la intencionalidad y de los recursos síquicos, mentales y espirituales de cada persona, lo mismo que de este movimiento de millones de humanos que avanzan hacia la consolidación de una mente colectiva más poderosa que todo lo que se haya experimentado en este mundo hasta hoy.

Para avanzar decididamente en este nuevo terreno del alma humana, en el que residen a todas luces estas formas más sutiles, más intensas y más profundamente arraigadas  del sufrimiento humano, es preciso desarrollar un avance y proceso totalizador e integrado, con todas nuestras capacidades, en todos nuestros planos, actividades y formas de ser, desarrollándose conjuntamente y en paralelo en un proceso sincrónico de perfeccionamiento humano.

Creemos que, en vista de este propósito,  una de las primeras y más relevantes preguntas que debemos plantearnos hacia los próximos año es: ¿Cómo generar un proceso de integración y sincronización de toda actividad humana y de toda la naturaleza humana hasta ahora particularizada y fragmentada, de una manera que sintetice y coordine verdaderamente todo lo que experimentamos como especie humana y como ser individual? Todavía no existe ninguna ciencia, ningún saber, ninguna disciplina histórica que lo represente. Quizás todo debiera comenzar desde una nueva forma de espiritualidad, no experimentada aún masivamente, pero sí por algunos individuos guías, pero que no peque de espiritualismo –es decir, no debe representar un saber o experiencia específicos–, sino de una espiritualidad humilde y servicial que transite sin definición e identidad separadas de todo lo que existe, ya sea como ciencia, como política, como arte, como pensamiento común, como estructura sicológica, como función mental integradora, como experiencia natural de conciencia, como quehacer práctico de cualquier tipo, y así sin límites y por absolutamente toda experiencia y actividad humanas.

Si estamos en lo cierto, cada vez hablaremos más de esto, y cada vez más resonará de distintas maneras entre los seres humanos lo mismo que aquí tratamos de mostrar y anticipar…

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