SEAN PERFECTOS

15 Sep

“Sean perfectos, como su Padre Dios es perfecto”1 , se dice que Jesús enseñó a sus discípulos. Sea cierto o no que lo dijo, lo cierto es que contiene demasiada verdad. Lo primero que salta a la vista es la extrañeza de que se nos pida perfección a humanos que somos tan brutalmente imperfectos. Observando la Historia, nunca hemos estado colectiva o individualmente ni cerca de alcanzar este desafío, de modo que pienso que hay que entenderlo, en un primer nivel, como una propuesta ideal, finalista, programática, pero no realizable dentro de esta etapa evolutiva, en la que nos hemos demostrado bastante imperfectos y renuentes a la transformación progresiva y ascendente. Sin embargo, como el arquero pone la vista en su blanco lejano y ajusta todos sus movimientos en la dirección correcta y final, así deberíamos existir, sin pretender alcanzar la perfección como estado ideal mientras nos movemos en la existencia y en nosotros mismos, pero seguros de que cada movimiento correcto es un paso correcto hacia la postrera perfección final en Dios –si es que en realidad existe y podemos llegar a ella–.2

Así pues, surge el segundo sentido de la máxima crística, derivado del que acabamos de esbozar, a saber, que la perfección debe ser entendida y realizada sobre todo en la rectitud del acto presente, el cual a su vez, debe ser visualizado como una cadena que viene avanzando desde tiempos inmemoriales y continúa eslabón tras eslabón en cada acto recto hacia el futuro de perfección. Es como si la perfección final, última y divina le transmitiera a cada paso y momento correctos su virtud de contener la esencia de la perfección que está en su pequeño acto y grado presentes realizándola, facilitándola y haciéndola progresar –aunque incluso parezca o se esconda en su contrario: pura imperfección–. Cuando amo al pobre, podría decirse, estoy experimentando la perfección que Dios realizaría en el mismo momento y de la misma manera, si Él estuviera en mi propio minúsculo e imperfecto ser, lugar y presente. Es decir, ni Dios mismo sería más perfecto que yo si amo al pobre, de acuerdo a mi propia incompleta capacidad. No obstante, es seguro que mañana, en un año, en diez, cien y mil años yo pueda amar cada vez más perfectamente al pobre de acuerdo a mis propias capacidades en evolución y progresión hacia la perfección suprema de Dios.

Ahora bien, ¿cómo lograr que a cada instante presente yo pueda realizar la perfección de Dios en mí para ese instante? ¿Cómo saber siquiera que aquello que experimento como lo mejor de mí para ese momento, sea realmente lo mejor de mí para ese momento, y no me esté engañando a mí mismo en alguna medida, por más pequeña que ella sea? ¿Cómo saber si cuando estoy dando amor es el mejor amor y de la mejor manera que puedo y debo dar en ese momento? La realización de esto parece tan inalcanzable como lograr la mera perfección de Dios; sin embargo, por más difícil que también parezca y se evidencie en la historia humana y personal, esto sí es realizable, con enorme dificultad, pero realizable a escala humana y cotidiana. ¡Vaya aparente contradicción!

¿Cuántos desafíos diarios debe enfrentar una persona común que jaquean y frustran su rectitud y “perfección”? Decenas, quizás cientos, quizás haya que multiplicar sesenta segundos por la cantidad de minutos que tiene el día; es decir, cada segundo de la vida es un máximo desafío para ese preciso segundo. Yo me vivo la vida de esta manera, pero tengo clarísimo que me equivoco todo el día en su desafío por mi perfección. Fácil es errar y de infinitas maneras, porque, como hemos visto, actuar recta y perfectamente implica actualizar un potencial de perfección que se encuentra en nuestro futuro, pero no en nuestro presente ni, la mayoría de las veces, tampoco en nuestro pasado. Fácil es decir “te quiero”, cuando ya lo he dicho antes. Difícil, si nunca he sido capaz de sentirlo, ni decirlo. ¿Cómo lograr, entonces, modificar este condicionamiento que está en nuestra propia naturaleza, en nuestra estructura mental, en nuestros condicionamientos sociales y evolutivos? Por otro lado, uno podría enloquecer obsesivamente tratando de ser como podríamos ser ya sólo al segundo siguiente de perfección respecto del instante presente en que siempre actuamos una “perfección” imperfecta respecto del segundo siguiente; es decir, con un mínimo más de procesamiento de conciencia incluso, podríamos realizar mejor lo que siempre acabamos realizando en el acto presente cumplido, y que por lo tanto siempre nos va a dejar la sensación de que al menos un poquito siempre podríamos haber sido mejor, o haberlo hecho mejor.

He podido darme cuenta de que cuando creo y siento que en un acto realizo el “soy perfecto”; cuando toda mi persona coincide en que Dios habría actuado así mismo en mi lugar, y mi vergüenza de igualarme a Dios se retira a un puesto secundario, y me perdono no ser todo lo bueno que creo ser y trato de ser, siempre descubro que además de innumerables factores coincidentes que me facilitan esa actuación recta, también siempre existe una condición mía presente y central, la cual es mi conciencia.

Creo que en su infinita perfección Dios puede ver y saber que nuestra condición humana en todo sentido es limitada y equívoca, de modo que la perfección debe entenderse respecto del ser humano con límites y limitaciones claras, todavía practicables y accesibles, pero también profundamente fundantes de su ser en el mundo. Veo también que la conciencia es sin lugar a dudas la condición fundante y central por excelencia del ser humano en este plano físico de realidad. Somos por tanto, humanos y trascendentes, en el aquí y ahora, en tanto somos seres lúcidamente concientes, y no inconcientes o tendientes a una animalidad semiconciente. Es desde la conciencia actual desde nos hacemos responsables y gestores de la realidad, tanto personal como humana y natural en general. Si bien creo que tenemos en paralelo otros propósitos de desarrollo y existenciales en diferentes niveles de conciencia (p.e., en el inconciente, supraconciente, inconciente colectivo, para hablar simplemente de algo que nos hace actualmente sentido), nuestra experiencia y existencia natural se concentra en el desarrollo de esta conciencia despierta y lúcida, si bien al mismo tiempo en una relación progresiva y armónica con esos otros niveles de conciencia y realidad. Es entonces, ante todo, en el acto de conciencia individual y presente, en ese instante fundacional nuestro en que experimentamos siempre y todo desde esta “luz interna” misteriosa que hemos denominado conciencia, donde nos jugamos primeramente nuestra perfección o imperfección, y secundariamente y después, en cómo la materializamos, vinculamos y proyectamos tanto hacia el resto de nuestro funcionamiento mental y síquico interno –con todas nuestras emociones, facultades cognitivas, memoria, percepción, intenciones, esquemas sico-sociales, etc.–, como hacia nuestra proyección y acción en el mundo.

Sin duda –como ya mencionamos– poseemos innumerables grados de conciencia de sentido, agregada a los variados grados de conciencia lúcida o despierta, la cual depende estrechamente de nuestra condición biológica y orgánica. Es decir, tenemos una conciencia biológica base que equivale a estar despiertos, y una segunda conciencia de sentido agregada que nos permite experimentar realidad personal y externa asociada a un estado de yo conciente y autoconciente. Es decir, existe un primer estado de conciencia cuando despertamos simplemente y ya no estamos más inconcientes o dormidos, y un segundo momento ligado estrechamente a éste, cuando experimento y reconozco conciente y síquicamente –espontánea y sin mediación de nada– que “yo estoy despierto, y experimento que yo soy”. En este segundo momento de conciencia de sentido pienso que aparece el principio actual y real de perfección humana. Es decir, mi responsabilidad trascendental y natural comienza cuando ya despierto y conciente inevitablemente en un yo, y de que soy un yo, tengo que decidir qué hago con mi conciencia y, desde mi conciencia, con todo lo que está dentro de mi rango de experiencia personal.

Considero que es en este punto axial de conciencia y humanidad, en este eje de todo nuestro ser y de nuestro encuentro con toda realidad, donde debemos centrar nuestros esfuerzos de vida, nuestros esfuerzos concentrados máximamente, nuestros esfuerzos también colectivos, planetarios, de realizar toda la perfección que podamos realizar en el presente real. Tremendo esfuerzo sin duda, pero también tremendamente accesible e inmediato para cualquier humano. Más aun, tremendamente compasivo, generoso y paciente desde la perspectiva de Dios, pues nos pide una perfección mínima –respecto de la enorme imperfección que de hecho realizamos también a cada instante–, como mera conciencia que no necesita más que a sí misma para realizarse y, en ese sentido siempre absolutamente disponible para sí misma; y al mismo tiempo una perfección máxima, pero no ideal, sino aquella perfección que resulta sólo del grado real en el presente que llegamos a actualizar de todo nuestro potencial de perfección realmente actualizable en ese mismo presente. Equivale a decir que Dios espera de nosotros que realicemos el máximo de perfección que seamos capaces de realizar en un acto de conciencia auténticamente nuestro, sea mucha o poca conciencia o perfección ideal en relación con nuestro potencial máximo, e independientemente de los efectos que esta perfección provoque en nosotros mismos y en el mundo. En un ejemplo, si le doy dinero a un mendigo que me pide, la perfección o mi perfección no se encuentra en el mero hecho de darle dinero a un mendigo, sino en cuán conciente soy de la persona que tengo delante, en qué me está ocurriendo a mí mismo, en cómo estoy conteniendo en mi conciencia la realidad toda, simultáneamente a este instante y entorno. En otras palabras, puedo ser más perfecto o menos perfecto de acuerdo a un potencial e ideal de conciencia y acción perfectas para mí y esa realidad que experimento – lo cual está cambiando en todo momento con el flujo mismo de la realidad y de mí mismo–, pero siempre soy máximamente perfecto si actúo en la conciencia de integración de realidad.

En cierto sentido no es adecuado denominar perfección a esta acción en conciencia, pues siempre podría ser más y mejor; podría entenderse mejor si la denominamos simplemente el bien, o lo mejor que podamos actualizar de nosotros a cada instante. Somos en realidad siempre tan imperfectos, siempre podríamos ser mejores a cada instante, actuar mejor, pensar mejor, sentir mejor, expresarnos mejor, etc., que referir todo nuestro ser y hacer a un criterio de perfección resulta irónico y algo absurdo. Sin embargo, al hablar Jesús de ser perfectos a cada instante quiere –creo— resaltar en esta y con esta paradoja nuestra filiación divina, nuestro referente último y también presente – en el que se evidencia casi sólo su contrario: la imperfección–, que la perfección no está sólo en el fin de todo, que es Dios, sino también en la perfección de nuestra imperfección presente y permanente de lo cotidiano y real. Por ello, esforcémonos en ser perfectos con dulzura y compasión por nuestra miserable imperfección cotidiana que debe realizar al mismo tiempo y progresivamente la perfección de Dios.


Notas:
1.Mt. 5:48.
2.Aunque un escéptico religioso rechace el concepto de perfección teísta, y en su beneficio la reemplacemos por evolución progresiva, todo lo que proponemos nos parece igualmente válido, reemplazando siempre el concepto de perfección por el de evolución –sólo excluyendo a los evolucionistas que niegan el finalismo evolutivo–.

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