Archivo | diciembre, 2014

QUÉ ENTIENDO POR AMOR EN PAREJA

27 Dic

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1. ¿QUÉ ENTIENDO POR AMOR EN PAREJA?

El amor es sin duda el sentimiento que más nos diferencia e identifica como especie humana. Quizás los delfines sean la especie animal que más se nos acerca en la relevancia que este sentimiento posee en ellos y para ellos, sin embargo el amor humano es mucho más complejo que el suyo.
Muchos podrían cuestionar esta afirmación inicial, y ello es razonable, pues en la realidad cotidiana prevalecen innumerables otros sentimientos y sentidos para los actos y estados humanos, que someten, subordinan, deforman y hasta hacen desaparecer la presencia de este sublime sentimiento. Sin embargo, mi premisa (“el amor es sin duda el sentimiento que más nos diferencia e identifica como especie humana”) posee un carácter esencialista, idealista y trascendental. Con esto quiero decir que entiendo no un amor que aparece a cualquier observación o evidencia en el actuar humano y que igualmente muchas veces calificamos de amor, sino a una condición más subyacente, más estructural e inconciente, más profunda, pero también más satisfactoria e integradora de todos los niveles de realización de lo humano. Si uno se queda en el reconocimiento de este sentimiento desde una perspectiva más formal, más externa, más social, o de cualquier otro modo menos intimista, todo análisis, toda perspectiva e intento de conclusión estarán condenados a mantenerse en un terreno de ambigüedad, de indefinición, de relatividad, de convencionalismo sicológico, social o cultural. Unos dirán que el amor es esto, y otros, que es esto otro; unos dirán que el amor de pareja debe ser heterosexual, otros que no debe restringirse a la orientación sexual; unos dirán que debe realizarse entre mayores de edad, otros que no depende de la edad; unos dirán que es para procrear, otros, que tiene otros fines; unos dirán que el amor debe ser desinteresado, otros, que debe cumplir ciertas condiciones; etc.

1.1. EL PRIMER PRINCIPIO

Nuestra tesis sostiene que existe un amor universal para todo humano y que se encuentra en la cima y en la base de toda relación de pareja; es decir, algo así como un arquetipo ideal que debe adecuarse a innumerables manifestaciones y formas concretas, personales y socio-culturales, pero que nunca debe dejar de estar en el centro mismo de toda relación de pareja posible. En este texto no discutiré la validez de esta afirmación, sino que dejaré que su propia consistencia vaya apareciendo desde el análisis de su manifestación en la pareja humana.
Un amor de tipo esencial, ideal, arquetípico no es difícil de entender. Un amor semejante a la Idea metafísica del Amor de Platón es incluso muy atractivo y razonable, pero no es tan fácil de reconocer en la existencia, en su realidad dentro de la experiencia cotidiana del amor. En la realidad del día a día de las parejas humanas el amor aparece como un sentimiento tan imperfecto, tan mezclado con otros, tan común, egoísta y sicológico como cualquier otro, sin ninguna condición sobresaliente, mágica, divina ni espiritual, salvo en circunstancias especiales y poco frecuentes, como podría representar el enamoramiento, o en estados modificados de conciencia. Con todo lo atractivo y maravilloso que puede ser el enamoramiento consideramos que no representa más que una prolongación o hasta una proyección del amor ideal y sublime en la dimensión sensible, sicológica y hasta física y biológica de la persona, que puede o no arraigarse en el amor esencial para existir y manifestarse con su enorme fuerza amorosa. Es decir, el enamoramiento puede encubrir o arraigarse en una mera pasión sico-biológica, o bien sustentarse en un amor ideal y trascendental que se mantendrá inalterado aunque pase el enamoramiento y la pasión. Una primera y evidente diferencia entre el enamoramiento y el amor esencial de pareja se establece en que todo enamoramiento se experimenta en la subjetividad personal y en el individuo mismo, en cambio el amor trascendental se experimenta en y desde la relación de la pareja, en una sintonía y concordancia entre dos.
En este texto no pretendo convencer a nadie que no crea en la realidad de este tipo de amor esencial, sino intento ayudar a comprenderlo y desarrollarlo en quienes ya es una evidencia, una intuición o una simple aspiración y propósito.
Si pudiese resumir cuál entiendo como el problema de fondo entre estas diferentes categorías de amor, entre estas diferentes experiencias de amor, diría que se trata de la compleja y desordenada relación natural entre este amor trascendental y toda forma de amor sensible y cotidiano. Considero que en la medida que nos hagamos concientes de ambos, de cómo funcionan, de cómo se relacionan, podremos desarrollar al máximo el potencial de cada forma de amor, y, al mismo tiempo, de dirigir un proceso intencionado desde el amor que signifique la transformación integral y superior del ser humano tan larga e históricamente anhelada. Hacerse concientes de todo esto, algo que en realidad es bastante simple de entender, puede significar los mayores beneficios para la relación de pareja humana, en la medida que se asuman adecuadamente sus consecuencias.
El primer principio que parece sustentar al amor trascendental y espiritual parece ser la valoración y el intento de producir un beneficio en todo ser, incluido el sí mismo. El amor trascendental pareciera ser un mandato esencial –muchos dirían divino– de facilitar el ser, todo ser sin exclusión –incluso de aquello que valoramos como el mal–, y su devenir, que incluiría el universo inanimado y total (como el ser de una galaxia o de un hoyo negro), tanto como el animado y biológico (como una célula o un musgo). Es decir, facilitar que el ser se transforme como autoafirmación de lo que es y existe, así como también el movimiento del amor facilite la realización y cumplimiento del ser. Esto que puede parecer abstruso y teórico es al mismo tiempo muy simple, pues se manifiesta en lo más complejo y abstracto tanto como en lo más elemental e insignificante. Cuando una mujer besa la mejilla de su bebé realiza el movimiento del ser que busca su realización en el ser de la madre y en el de su hijo juntamente, a través de este principio de amor sustantivo tanto como activo. En otras palabras, a la madre le “hace bien” besar a su hijo, así como al hijo le “hace bien” ser besado por la madre. Sin embargo, debemos reconocer que existen innumerables maneras y calidades de besar al hijo, por lo que este principio, en sí mismo completamente simple, se manifiesta en la realidad y en el comportamiento individual y particular tremendamente complicado y hasta confuso. Por ello, podríamos utilizar un lenguaje platónico y afirmar con cautela y restricción que toda manifestación del amor arquetípico dentro de nuestra dimensión natural en alguna medida es una degradación de ese amor espiritual y, por lo tanto, en alguna medida también una manifestación de “anti-amor”. Nuestra propuesta en cambio quiere sostener que ambas son manifestaciones de amor, sólo que realizadas de una manera dinámica e interdependiente, particular y exclusivamente en el rango de realidad natural en que existimos como seres humanos, en el cual la realidad siempre es relativa y referencial a circunstancias particulares y también subjetivas, en la medida que se hace parte un ser humano. Es decir, todo acto humano, toda forma humana la podemos valorar de una manera si la evaluamos en relación con el amor trascendental y arquetípico, o bien respecto de las innumerables perspectivas que se generan desde la subjetividad y las circunstancias consideradas en la apreciación de una persona en particular, que, a mayor abundancia, es única e irrepetible en el universo.
¿Cómo relacionamos todo esto con el amor de pareja? Primero, debemos aceptar que el referente necesario, como una suerte de palanca existencial y moral, es el amor espiritual que se manifiesta en lo esencial, tanto como sustantivamente en todo lo inmediato, en tanto lo inmediato como existencia es siempre generado o infundido por el ser o transrealidad. Esto tiene por consecuencia que todo amor de pareja se define primero y ante todo por la necesidad de ser el uno para el otro, por el bien del otro y por el bien de sí mismo. Este principio que está siempre presente en toda verdadera relación de pareja, sin embargo se degrada en innumerables tensiones y desviaciones generadas por el yo individual y sus circunstancias, las que primero que todo no son ni buenas ni malas en sí mismas, sino que deben ser valoradas en función de sus relaciones, y cómo el yo del observador las experimenta y valora, si bien siempre con una especie de telón de fondo espiritual que le confiere su connotación ideal y su “tono” trascendental y universal. Estas dos coordenadas permanentemente tensionan y desafían a cada persona en pareja y a cada pareja en relación. ¿Cómo coordinarlas en el plano de la experiencia si apuntan a direcciones diferentes, a dimensiones distintas pero simultáneas de realidad? El ser humano en tanto ser libre ejerce su libertad a cada instante de existencia; debe decidir la realidad completa a cada instante, aunque no se percate de que está realizando este acto a cada instante. En general validamos y decidimos la misma realidad de un instante a otro. Nadie de un segundo a otro, por ejemplo, decide negar que el universo es un inmenso espacio que contiene a nuestro planeta; sólo lo vuelve a aceptar así segundo tras segundo. Esto mismo ocurre en general en nuestras relaciones humanas; el padre no duda ni decide optar querer o no a su hijo a cada rato o a cada instante, pero sí puede dudar y elegir muchas veces en un día entre reprender de una manera o de otra a su hijo. Las relaciones de pareja también están desafiando permanentemente a cada uno de los amantes a decidir una cosa u otra. Esto equivale a decir que cada persona dentro de una relación de pareja decide o debiera decidir a cada momento cuál es el bien que aspira para el otro y para sí en lo inmediato, pero también en vista de un propósito trascendental y permanente que consiste en la realización o actualización, en este plano material, de un nivel de la realidad (superior) que pareciera querer invadir y transformar nuestra realidad natural con su virtualidad trascendental, que se hace primero manifiesta a nuestra conciencia, a nuestra mente y siquismo, y desde éstos hacia la realidad física y natural.
Concebidas así las cosas, estimamos que es muy difícil establecer si una decisión es mejor o peor que otra en una relación de pareja, como si quisiésemos determinar si es mejor regalar flores que ropa en determinada pareja, o besar en la frente que en la mejilla, o incluso terminar una relación que seguirla sosteniendo. En general, dada la fluidez y dinamismo de la realidad múltiple, las decisiones libres conducen a cambios que ofrecen nuevas oportunidades constructivas, aunque el efecto inmediato pueda percibirse como dañino o errado en algún sentido. Esto es semejante al impacto de una piedra que rompe la superficie del agua, si bien el agua pronto vuelve a su orden superior y recupera su postura-superficie esencial y natural –la piedra no puede destruir la naturaleza y el orden superior que hace existir y gobierna la superficie del agua como tal–. Si aceptamos un amor trascendental, un ser superior, un orden y un plan espiritual que “produce” la realidad, entonces es inevitable reconocer que todo daño y todo mal no son más que manifestaciones encubiertas de un mismo movimiento hacia la trascendencia de lo inmediato.
En conclusión, considero que no hay reglas ni patrones de verdad ni de moral en las relaciones de pareja, sino que cada persona en pareja debe decidir con su mayor conciencia y lucidez del plan maestro de amor, cómo conciliarlo con la dinámica y condicionamiento de las circunstancias y particularidades de la persona amada y de la relación misma ajustada a su complejísima realidad entorno. Esto implica que cada persona debe poner un gran esfuerzo continuo en generar una manera de vivirse a sí mismo y a la pareja que no es natural y espontánea, ya que debe construirse desde la sabiduría de un amor que siempre busca el bien, pero que debe reconocerse haciendo en acto siempre “lo imperfecto” respecto del principio supremo. Amar, entonces, debe ser siempre una combinación en conciencia entre hacer siempre el bien para el otro, haciéndole el menor daño posible, tanto como hacerse el mayor bien posible a uno mismo, haciéndose el menor daño al mismo tiempo. Para lograr esto es necesario un aprendizaje difícil, un logro transformativo de nuestra limitada manera natural de amar, y por lo tanto de nuestras estructuras síquicas, mentales, sociales e incluso biológicas, que nos han facilitado el amor que practicamos a diario, pero que al mismo tiempo nos han impedido amar mejor.

CONCIENCIA Y AUTOCONCIENCIA

7 Dic

Incluso la mente del hombre más sabio o más santo o más inteligente o más positivo, o incluso la mente de un ángel, o de un extraterrestre, o de un dios, sería imperfecta y propensa a la ilusión, si no se contemplase críticamente a sí misma. Sólo la conciencia de la propia conciencia perfecciona y permite la evolución y el desarrollo de la misma conciencia. Cualquier desarrollo de la conciencia que no se realice a través de la autoobservación se asienta sobre la incertidumbre, como por ejemplo la de un hombre bueno y simple, pero que no se analiza a sí mismo. No poseemos ningún medio, ni patrón, ni facultad, ni referente absoluto e infalible que nos permita reconocer que no estamos locos, que no estamos incluso todos, como especie, alucinando una realidad que no es tal. Sin embargo, la única manera que tenemos para debilitar este estado de ilusión y locura en que nos encontramos todos –pues además es evidente que sí estamos locos– consiste en este acto continuo y progresivo de autoreconocimiento de que estamos efectiva y hasta “sensatamente” locos, y de que nos encontramos siempre en un determinado estado de conciencia, del cual sólo podemos liberarnos o superarlo en la medida en que primero nos hacemos concientes de este mismo estado. Hacerse conciente de que se está loco (alucinando) es el primer acto pequeño, pero potencialmente infinito, de quiebre y liberación de la locura. Cuando uno se libera de este primer y generalizado estado de ilusión – de la maya hindú—a través del reconocimiento de que uno se encuentra en la maya, surge un nuevo estado, cuya única diferencia respecto del estado de ilusión anterior consiste en al menos dos certezas apodícticas – no absolutas, pues podrían ser parte de una ilusión todavía mayor–: una, que aparece una segunda realidad a la conciencia y que, además, se vuelve conciente de sí misma; y dos, que se adquiere una nueva y más amplia capacidad de explicar y experimentar la realidad a través de dos niveles causales e interrelacionados de realidad o realidades. Aunque este acto de conciencia superior implicase sólo complejizar un estado de realidad a través de un estado de locura mayor y más complejo, esta agregación sería necesaria porque todo estado de realidad que aparece realizable a la conciencia se satisface a sí mismo ante la conciencia a través de la integración y vínculo, más que en la negación, oposición y diferenciación de esos mismos estados. Es decir, la conciencia posee un condicionamiento prevalente de autosatisfacción a través de la agregación de estados de conciencia y, por ende de realidad, por sobre la capacidad o tendencia al aislamiento excluyente de la conciencia y de la realidad respecto de otros posibles o realizables estados de conciencia y realidad. Más aun, si no hubiese más que un solo posible estado de conciencia, la experiencia de realidad sería única, por lo tanto, aunque estuviésemos alucinando esta realidad, no podríamos de ninguna manera llegar a saber que estamos alucinando. Sólo es posible reconocer que estamos alucinando cuando podemos experimentar de alguna manera desde un “afuera” ese mismo estado de conciencia y realidad. Esto demostraría que efectivamente es posible salir de este estado de locura en el que por naturaleza nos encontramos; al menos salir hacia otro estado de locura más amplio e inclusivo de este estado de realidad. En el peor de los casos podemos experimentar un estado mayor de locura respecto de un estado menor, que paradojalmente contiene al mayor. Sin embargo, todo parece indicar que existe un número indefinido de niveles inclusivos de realidad, en la línea de los multiversos o multidimensionalidad de la realidad, por lo tanto es preciso realizar progresivos y sucesivos saltos de autoconciencia y de conciencia de realidad. En conclusión, en el estadio evolutivo que nos encontramos actualmente todo cambio de estado o nivel de realidad es posible sólo si experimentamos y lo acompañamos con un cambio radical de conciencia y, en primer término, de autoconciencia.
El cómo realizar este cambio de autoconciencia es materia para otro estudio, al que volveremos más adelante, pues a través de la historia humana se han dado innumerables métodos y doctrinas para la autotrascendencia de la conciencia. Nuestro propósito en este discurso es simplemente demostrar con argumentos básicos la necesidad de la autobservación de la conciencia para iniciar y acompañar todo proceso transformativo de la conciencia y de la realidad.

AURI

El "Mundo de los Ángeles" es un Mundo luminoso, al mismo tiempo que sorprendente, inimaginable e incomprensible para la consciencia del ser humano, que no hay que razonar demasiado, sólo lo justo. Busca esa razón "dentro" de tu Corazón y encontrarás las verdaderas respuestas.

Café Esotérico

AUTOTRASCENDENCIA SANO EVOLUTIVA