AKARGHI: SEIS HORAS EN EL CAMINO DE LA VERDAD

1

Akarghi abrió sigilosamente un ojo al escuchar acercarse al hermano centinela por la fría escalinata exterior hacia el dormitorio. Su corazón comenzó a palpitar más rápido al sentir que giraba el picaporte; esperaba con ansia desde hacía rato el momento en que Khurrul caminase a lo largo de  la estancia haciendo repicar su campanilla de bronce para la meditación de las laudes, y luego sigilosamente se marchase hacia las otras alas del lamasterio.

Akarghi saltó de su cama apenas Khurrul comenzó a cerrar tras de sí la  puerta y, sin ninguna precaución ni abrigo, se lanzó en una loca carrera hacia el  patio. Sabía que tenía  poco tiempo. Corrió por el sendero de grava y, aunque los guijarros se le enterraban dolorosamente en los pies, continuó corriendo entre soplidos de vapor hasta llegar al Claro de Luna. Cuando divisó ante sí el estanque sereno y el cuarzo opalescente que parecía sonreírle resplandeciente bajo el agua, su ánimo dio un brinco y lanzó una carcajada de júbilo. Se acercó de prisa a la orilla, sacó unas pequeñísimas bolitas de miga desde una diminuta bolsa que había cosido por el revés de su túnica y, rozando con la punta de sus dedos la superficie helada del estanque, esperó que la hermosa Koi, moteada de plata y dorado, se acercase ingrávida, sinuosa y lentamente hacia él.

Akarghi dejó caer con delicadeza la primera miguita y, a mitad de camino, Koi la atrapó en un armónico giro de su danza. Ella movió sus tornasoladas aletas como si fuesen dos sutiles abanicos y se acercó a la superficie. Sacó su diminuta boquita rosada escasamente por encima del agua.

–¡Buenos días, mi pequeño Akarghi! –susurró casi imperceptiblemente la pez.

–¡Buenos días, mi dama del agua!… ¿Qué novedades me tienes para hoy? –exclamó Akarghi con una sonrisa de ternura e impaciencia.

–¡Ah, mi amado joven, no quería que llegase este momento, pero debo decírtelo!… ¿Puedo yo conocer el océano infinito si vivo en este estanque?… Y tú, ¿cómo conocerás el mal si tus padres te han alejado de él para que no sufras? Has esperado ya doce años para volver a conocer el mal, y debes por lo tanto hacerte hombre…

A Akarghi se le entumeció la sonrisa en el rostro y preguntó:

–¿Qué me quieres decir?…

De pronto algo lo agarró de la oreja y lo levantó violentamente.

–¡Akarghi, el novicio tunante!—rugió furioso detrás de él Farra-aj, el abad –. ¡Has faltado por tercera vez a tus deberes santos, condenado niño!… ¡Esta vez recibirás un castigo ejemplar!… ¡Vamos!

2

Farra-aj repasaba concentradamente la minuta del día en su despacho, cuando Chien Zu, su ayudante de cámara, entró en silencio a la sombría sala; se mantuvo de pie ante el escritorio del lama, esperando su atención. Farra-aj detuvo el movimiento de su huesudo dedo índice con que acompañaba la lectura de cada palabra, y levantó la vista por encima de sus anteojos redondos.

–¡Seis horas en el Camino de la Verdad para ese jovencito Akarghi! –sentenció el abad casi con satisfacción–… Ya verá como el potro de la recta meditación lo endereza… Me agradecerá tarde o temprano el haberle enseñado que sin disciplina no hay samadhi (iluminación).

–¿Seis horas?… –repitió con incredulidad Chien Zu.

Farra-aj sostuvo la tensa mirada sobre su ayudante, pero luego de unos segundos relajó la línea de sus cejas y, con un diplomático gesto de despedida, respondió:

–Ese joven potrillo está tallado en una dura madera…

Al salir Chien Zu de la sala, Farra-aj se levantó, alzó un tapiz en un rincón del despacho, buscó dentro de un baúl de encina una carpeta de cuero que archivaba un legajo de descoloridos papeles, buscó cuidadosamente un papel que ya estaba escrito, le dio la vuelta y escribió con su pluma de tinta negra, con rugosa letra:

“A 23 de Mayo del año 2057, Akarghi, 6 horas por el Camino de la Verdad…”

Iba a continuar escribiendo, pero se detuvo abruptamente para escuchar algo, casi con expresión de temor.

Dos jóvenes monjes con miradas compasivas acompañaron en silencio a Akarghi hasta la reducida celda de mortificaciones. Desde lejos, justo en el umbral del pabellón principal, Chien Zu fiscalizaba con pesar el cumplimiento del decreto magistral. Los dos bhikkhus le dieron brevemente las instrucciones, lo bendijeron, se inclinaron ante él y le señalaron el Camino de la Verdad. Akarghi primero reptó dentro de su estrecha cárcel de madera con forma de cilindro, para en seguida ser levantado por ambos monjes, inmóvil y ajustadamente dentro del mismo, en posición Sirshasana (cabeza abajo).

3

Apoyando su cabeza sobre un mullido cojín, primero recordó las últimas palabras de sus hermanos: “La primera hora debes meditar en la compasión del Buda Avalokitešvara y venerar al mantram om mani padme hum… La segunda hora debes meditar en la majá mantram del valeroso Krishna”… Esa había sido una parte de la orden del reverendo Farra-aj, y debía cumplirse rigurosamente como toda lección del maestro. Sin embargo, el pensamiento de Akarghi se alejó vigorosamente hacia otros planos de su realidad. Sus recuerdos afloraron a borbotones, igual como la sangre que afluía concentradamente a su cerebro. Primero recordó con vividez los campos de avena inclinados por el viento tibio y dorado de la tarde, y la risa nerviosa de su hermana Kahrinna mientras huía de sus rugidos de león, y el trueno repentino que los hacía gritar a ambos, y luego el latigazo de la lluvia temprana, mientras a lo lejos corrían los labradores buscando refugio y el abuelo agitaba su pañuelo de lino azul, para que sus nietos escapasen pronto del diluvio… Una lágrima de nostalgia brotó de su ojo derecho y descendió lentamente por su frente hasta el cuero cabelludo. Entonces recordó a su madre, Lohki, por aquellas noches terribles, cuando en medio de la noche y atrapado dentro de las monstruosas pesadillas que le infundía la fiebre tifoidea, bajaba hasta él, como una diosa de su caballo de plata, y con sus besos frescos y húmedos, y con el poder de su magia,  lo sacaba del horno de sus visiones de muerte… Y su ninfa pez Koi, “¿qué había querido decir?”… Le resonaba su doctrina como una ominosa advertencia, una admonición, tal vez como la presencia del lama Farra-aj, el cual, desde que lo había visto acercársele por primera vez, siempre lo impresionaba de la misma manera, como un árbol inmenso al quebrarse y venirse cayendo sobre él… ¿No se parecía, acaso, a la mirada de reproche y al grito profundo de su padre, cuando descubría antes de la oración de gracias por los alimentos, que Akarghi no se había lavado las manos?… No había llorado, sin embargo, a pesar del llanto de Kahrinna y de Lohki, a pesar de la muerte reciente del abuelo Nimrhod, en el momento de la despedida, cuando se alejó tal vez para siempre de su amada familia y hogar… ¿Y el abrazo con padre, largo y fundido, no había sido para él más que nada un acto de profunda y liberadora gratitud?… Pero ¿qué hacía ahora ahí, tumbado patas para arriba? ¿Era real?… Un agudo dolor se clavó en su espalda.

4

Escuchó veladamente el tañido de la campanilla que uno de los bhikkhus hizo repicar a su lado para señalarle el cumplimiento ya de la primera hora. Sin embargo, en su mente resonó a lo lejos una campanada profunda, metálica y larga, la invocación del crepúsculo que arrojaba al mundo la torre del Templo Rojo, en lo alto de la montaña Arruppa, hacia donde dirigía en estos momentos sus pasos de esforzado peregrino.

Había caminado meses, quizás años… ya no podía recordarlo. Al fin, la grácil pagoda se encontraba ante él, el Templo Rojo, en el que habían prosperado decenas de swamis, ācāryas y misteriosos gurús, de los que se referían las más increíbles historias. Había recorrido la mitad de India a pie y los años caminados a la intemperie comenzaban a pesarle, aunque en edad no superaba los treinta. Se sacó el kasa (sombrero de paja), pasó la manga de su túnica por la frente para retirar el sudor y, volviéndose hacia el valle, contempló la inmensa vacuidad del mundo, las innumerables verdes colinas y, entre ellas, sus pequeños pueblos medio adormilados, y, al fondo, a un costado, una luna nueva que apenas centelleaba, y el horizonte cargado de nubes color índigo, preparándose para recibir el peso del sol descendente del crepúsculo. Muy cerca, una pareja de ranas comenzó a croar tímidamente. Hizo una profunda reverencia, giró hacia su espalda, y enfiló decididamente hacia el Templo Rojo.

  Al ingresar fue recibido por un lama vestido de negro, parco, con la cogulla casi tapándole los ojos. Sus gestos eran algo fríos y distantes, tal vez diezmados por infinitos peregrinos… Después de presentarse, Akarghi mencionó el nombre del gran maestro, el rishi Dur-pah, de quien había escuchado que se hacía llamar El Muerto-en-vida… El sombrío lama le dio la espalda, se inclinó ante una gran estatua de Buda, avivó a Nachiketas, el fuego consagrado, y salió de la gompa antes de que Akarghi terminara de hablar… A pesar del extraño comportamiento del lama, Akarghi sonrió y se mantuvo bien erguido, con los ojos entornados y la respiración lenta y profunda. Escuchó a lo lejos el ronco murmullo gutural de los monjes en oración. Om mani padme humOm mani padme hum

5

Akarghi no podía dejar de observar con extrañeza la figura del rishi Dur-pah, Muerto-en-vida, quien no sólo había ignorado el protocolo monacal al invitarlo a sentarse sobre cojines de seda, en medio de una amplia terraza desde la que se divisaba una cascada, y seducirlo para que, acompañado de pastelillos, tomaran juntos un humeante té importado de alguna remota zona del continente, sino que además vestía de una extraña manera, como alguna vez había reconocido camisa y pantalón en unos hombres ataviados a la usanza occidental, y, lejos de renunciar a su pilosa mundanidad, ostentaba una larga cabellera y barbas blancas.

–¿Has cumplido con todos tus deberes de humano, Akarghi?… –le espetó mientras sorbía ruidosamente su bebida caliente– ¿Has dejado un hijo debidamente tras de ti, serviste al Señor Indra durante más de tres años, donaste todos tus bienes y, rigurosamente purificado de toda mancha, abandonaste el mundo para seguir santamente el Camino de la Verdad?

–¡Sí, sadhu, lo he realizado todo, cabalmente!

-¡Entonces, ya puedes reírte de todo eso!…

Akarghi se quedó mirando incrédulo a los ojos de El Muerto-en-vida, quien sonreía pícaramente mientras le guiñaba un ojo.

–Mira, hijo, ya veo de dónde vienes… Tú también pareces saberlo… ¿Ahora sabes adónde vas?

–Creo saberlo, en parte… Me dirijo por el Camino de la Verdad, hacia la Verdad de la Purusha.

–Parece que te estás enredando con las palabras… ¿Cómo se puede avanzar por el Camino de la Verdad, hacia la Verdad, si ya te encuentras en la Verdad del Camino?

Akarghi enmudeció pensando en la paradoja que le planteaba el maestro. Además distinguía en sus ojos un brillo arremolinado que le advertía sobre otros sentidos, inusitados, futuros, posibles, que no lograba siquiera intuir.

–Tal vez usted me pueda iluminar sobre esto, amado rishi… He venido a escucharlo. Tengo hambre y sed de Prajna (Conocimiento)…

El Muerto-en-vida se puso de pie casi de un salto, su rostro pareció ensombrecerse, igual que las sombras que bajaban de la montaña comenzaban a teñir las formas mudas de los objetos.

–¡Hasta mañana… hasta mañana!—repitió mientras se alejaba oliendo el aire, como si fuese un animal.

6

“El Camino de la Verdad”, murmuró para sí, mientras desde la ventana abierta contemplaba las sinuosas estrellas de la constelación del Cisne, y una sensación de inquietud lo embargaba… “El Camino de la Verdad”, volvió a repetir… Vio pasar repentina y veloz una estrella fugaz, que pareció dejar escapar algo así como un suspiro. Apretó entre sus dedos la rudraksha (semilla cuenta) suave y amiga que acompañaba su oración nocturna al Buda Amitabha. La selva húmeda de arremolinados olores florales lo empujaba hacia el placer de los sentidos, y el lejano grito erotizado de los simios que hacían el amor en la selva le revolvía la sangre y acaloraba sus recuerdos. Ya había sufrido por más de diez años el cepo de los sentidos y no quería volver a repetirlo, a pesar de que colegía que su savia todavía joven no se dejaría ahogar durante mucho tiempo por su mera voluntad espiritual o su ascético esfuerzo. Una imagen como un relámpago se le apareció por respuesta a sus pensamientos… Laitnavira, la joven más hermosa que nunca hubiese visto, entrelazada con sus piernas doradas sobre sus hombros, amándose él y ella bajo la luna de otoño, desnudos a la orilla del río Turgusha, y los pétalos del jazmín estremecido contra el que se apoyaban con sus cuerpos rítmicos se desprendían, y laceraban sus sentidos con su perfume invisible al rozarse en su nariz, entre el soma de los pechos agitados de la joven… Akarghi se llevó la mano izquierda a la garganta y la apretó con fuerza, mientras con la derecha se dio un fuerte golpe en el estómago. La fuerza del golpe lo hizo doblarse y caer al suelo. Comenzó a llorar quedamente de dolor y rabia. Gateó hasta la estera que yacía sobre el suelo de madera y se quedó tendido, bocabajo, gimiendo.

Todavía se mantuvo horas despierto, mientras el estribillo obsesivo continuaba martillando con furia en su mente: “El camino de la Verdad”…

7

Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”… Repetía una y otra vez una voz debajo de su ventana. Una luminosidad pálida y grisácea se desplegaba alrededor de los objetos. Akarghi se movió con pereza y percibió que le dolía todo el cuerpo, como si le hubiesen dado una paliza. Aún no amanecía por completo, y la voz juvenil repetía monocorde el himno sagrado… “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”… Cuando se hizo el silencio después de la letanía de los 16 mantras, pudo escuchar que una alondra cantaba cerca, respondiéndose con otra más lejana. Entonces, un estremecimiento y crujido de toda la arquitectura fue seguido por una intensa vibración y un ruido cavernoso. No experimentó miedo, a pesar de que por un momento las paredes y el techo se inclinaron. Luego todo volvió a la calma, si bien ya las alondras se habían silenciado. Le pareció que un ruido en su propio estómago replicaba el temblor, y que de sus entrañas algo así como una voz oscura lo llamaba ansiosamente.

Una hora después caminaba casi a hurtadillas por los pasillos circulares del templo, esperando encontrar a quien preguntarle por el Gurú. En un descanso de una escala se encontró con un lienzo colgante en el que se representaba una imagen que le llamó vivamente la atención… Una garza resplandeciente de poderosa envergadura acababa de atrapar a un dragón desde la superficie de un lago y levantaba el vuelo hacia una montaña alta y nevada, mientras el dragón se contraía y luchaba por morder a su raptora. De pronto la garza pareció girar su cabeza hacia Akarghi y le clavó una mirada de fuego. Akarghi dio un respingo y se dio la vuelta, incrédulo, para mirar a su alrededor. Detrás de él, a no más de un paso, se encontró con la mirada fija del mismo monje recepcionista, que lo observaba en silencio e inmóvil.

–¡Ah, qué bueno!…—exclamó Akarghi, y giró nuevamente hacia la pintura.

Al reconocer que todo se encontraba en el mismo lugar que al principio, y la garza continuaba con la mirada clavada en las alturas de la montaña, Akarghi nuevamente se dirigió al monje vestido de negro.

–Buscaba… busco a Sri Muerto-en Vida…

–Se ha marchado.

–¿Cómo es posible?…

–Ha partido hacia una de las ermitas de los montes, a un retiro total e indefinido.

–Pero… ayer no me advirtió nada. Se despidió anoche con el propósito de encontrarnos hoy.

–¡Así es!… Expresó su pesar y disculpas por tener que marcharse sin aviso, e instó a usted a quedarse con nosotros todo el tiempo que desee.

8

Como un alud o un derrumbe se le vinieron encima las consecuencias de la partida de Muerto-en-vida. Embriagado de extrañas sensaciones comenzó a deambular por la pagoda y sus alrededores. Un viento helado de otra estación se dejó sentir, y aunque tiritaba de frío, caminó descalzo por la hierba húmeda, mirando hacia lo alto de los cerros, o hacia el fondo del valle, insatisfecho y desorientado… Le dolía “El Camino de la Verdad”. Podía sentir con claridad las espinas que cada cierta distancia se clavaban en sus pies, pero nada dolían en comparación con la pregunta lacerante: “¿Y al fin, cuál es El Camino de la Verdad?”… Por un instante había sentido que la respuesta estaba ahí, al alcance de la mano, y que, aunque no fuese nada fácil abordarla y proseguirla hasta el fin, aquel hombre santo y único tenía la virtud y el poder de encaminarlo hacia esa realidad y hacia sí mismo… Pero se había ido, estaba nuevamente solo y confundido, como no había dejado de estarlo ya poco tiempo después de partir del Monasterio de la Paz Inmortal, a los diecinueve años.

Sumido y mareado en sus pensamientos, de pronto sintió entre sus piernas una suave presión, y, a continuación, el maullido de un gato. Bajó la mirada y se encontró con una pequeña bola de pelo blanco que se restregaba contra sus piernas; cada dos o tres empujoncitos maullaba y levantaba sus ojitos azules hacia Akarghi, buscando aprobación.

–¡Pequeño!, ¿de dónde has aparecido?—le habló Akarghi, y se inclinó para tomarlo en sus brazos.

El pequeño felino se dejó voltear y acomodar entre los brazos de Akarghi; comenzó a ronronear. Entonces apareció a pocos pasos, desde atrás de un seto de zarzamoras, una bella joven de pelo largo y oscuro, vestida con una túnica caoba como las que usaban los monjes del lugar, y un velo translúcido sobre su cabeza.

–¡Aquí estás, pilluelo!—exclamó con una amplia sonrisa dirigida tanto al gatito como a Akarghi.

La joven extendió sus brazos hacia Akarghi en un gesto de solicitud. Akarghi a su vez extendió sus brazos para devolverle el pequeño felino, y, al transportarlo de uno a otro, sus manos se tocaron por un corto momento. Akarghi sintió al contacto de su piel una descarga eléctrica, y una sensación inusitada de placer lo invadió. Akarghi miró a la joven y le pareció que ya no era humana. Sintió que sus piernas le temblaban y que no podría resistir una emoción tan grande.

–¡Gracias por encontrar a mi Nino! Ya me estaba preocupando… Mi nombre es Saddinavi—y volvió a sonreír sostenidamente, como si supiese que con su sonrisa podía iluminar el mundo.

–Akarghi… Mi nombre es Akarghi—balbució sin saber si sonreír también, o salir corriendo.

–Tú debes ser el venerable invitado de sadhu Muerto-en-vida…

–Yo… seguramente sí… ¿Venerable?… Pero… no sé si deba… aceptar la invitación…

–¡Quédate!—exclamó Saddinavi, y dándose media vuelta partió corriendo por donde mismo había llegado.

Akarghi escuchó su risa fresca y alegre que se alejaba, como también lo hacía el agua de la cascada al amanecer.

9

Sri Muerto-en-vida se acercó a su ventana sentado a horcajadas de un diván resplandeciente y dorado. Akarghi abrió los ojos y lo vio allí con una sonrisa maliciosa, invitándolo a acercarse a su lado. Los grillos adentro y afuera de su dormitorio reían desaforadamente. Akarghi pensó que si aquello era un sueño, poco importaba, pues igual tenía que vivirlo y ser parte de él, de modo que con decisión echó atrás su manta y se encaminó hacia la ventana, dispuesto a salir volando en el diván de su maestro. Sin embargo, al salir hacia el exterior, su cuerpo demasiado pesado comenzó a caer. Miró hacia abajo, pero vio el cielo azul y unas nubes lejanas que parecían ir acercándose a él; en cambio al mirar hacia lo alto, observó que los techos del templo y sus alrededores, así como las rugosidades montañosas, se oscurecían y alejaban. Comprendió que no estaba cayendo sino ascendiendo, al revés de lo que sentía. Entonces sacó un espejuelo de su bolsillo mágico y miró en él. La imagen invertida le permitía poner las cosas en su debido lugar, si bien todas las cosas ahora sólo se reflejaban en espejos, y ya nada podía ser visto sino a través de espejos, o dentro de infinitos espejos, aunque las mirase directamente, sin más mediación que sus propios ojos. En uno de ellos divisó a lo lejos a sadhu Muerto-en-vida que le hacía señas con ambas manos para que fuese hacia él. A pesar de la distancia Akarghi le gritó:

–¿Cómo puedo ir hasta allá si yo no he creado este sueño?

Muerto-en-vida lanzó una gran carcajada y comenzó a alejarse montado en su diván de oro.

–¿Dónde estoy?—se preguntó Akarghi y se miró a sí mismo, constatando que se encontraba desnudo.

Miró a su alrededor para descubrir si alguien más podía estar observando su desnudez, mas era evidente que todas las cosas estaban igual de desnudas que él, y nada más que otro humano podía encontrarse vestido y avergonzarlo. Pero afortunadamente no vio a nadie.

De pronto un repentino acceso de conciencia le hizo recordar que una y otra vez su vida volvía a repetirse. Otra vez en el Camino de la Verdad. Otra vez la sensación y hasta quizás la evidencia de que estaba soñando, es decir, simplemente viviendo.

Sin embargo, ¿cómo podría escapar al flujo de la realidad, o de la conciencia, que lo empujaba primero a recordar a Laitnavira, a sentir su piel de seda morena por el interior de sus muslos entre sus propios dedos extáticos, desde la distancia de un recuerdo atrapado como un pez brillante en el río de la memoria, para convertirse sin advertencia ninguna en pura presencia, mero presente sin distancia ni afuera?…

10

–Maestro Pipilunni, hemos atravesado el tiempo y el espacio para venir a conocer tu enseñanza.

Kabhir, el mayor del grupo de cinco niños, luego de declamar ostentosamente estas palabras, se inclinó y arrodilló ante el amigo que oficiaba como gurú Pipilunni. Los otros tres, dos niñas y un varón, lo imitaron y también se arrodillaron. Akarghi, que venía caminando por un angosto pasaje, justo al llegar al zaguán de piedra donde se encontraban los niños se mantuvo escuchando y mirando esta escena tras un seto de bugambilias. Al calor de la soleada tarde sólo una brisa liviana mitigaba el sudor y la sed de Akarghi, mientras su mirada descansaba entre el violeta de las flores, y una sonrisa de ternura iluminaba su rostro.

–¿Qué quieren saber, hijos de la sombra y de la ilusión? –preguntó el niño Pipilunni, cerrando sus ojos y estirando las facciones de su rostro.

–¡Enséñanos cómo has conseguido el samadhi, bendito Pipilunni!… ¡Queremos seguir tus pasos!

–Así… –respondió Pipilunni en voz baja.

Akarghi no podía ver a Pipilunni desde el lugar en que se encontraba, de manera que sigilosamente se acercó un poco más al seto para buscar un mejor ángulo, sin embargo perdió el equilibrio y, al tomar una rama para evitar tropezar del todo, algunas espinas se le clavaron en la palma de la mano; gimió, retrocedió, y con este brusco movimiento delató sin querer su presencia. Los niños se asustaron y emprendieron una desbandada carrera. Akarghi avanzó para ir a la siga de los niños, pero en ese mismo momento apareció por otro lado del zaguán un rickshaw tirado por un hombre pobre, que se detuvo a pocos pasos de Akarghi.

Una joven y llamativa mujer se levantó del asiento, mas al hacer ademán de bajar notó que su sari se había enganchado en alguna saliente, por lo que levantó con gesto decidido su túnica muy por encima de su rodilla, dejando ver casi completa una de sus largas y perfectas piernas de color canela, y retiró su prenda del obstáculo. Luego miró a Akarghi con expresión de complicidad y coquetería, y siguió su camino hacia una reja de hierro, tras la cual se perdió siguiendo un pasillo cubierto por un toldo de bambú.

Akarghi se llevó las manos a los ojos para restregárselos, como si quisiese despertar de un sueño. Sintió olor a sangre, y miró sus manos teñidas con el rojo de su propia sangre; una extraña sensación de dolor y placer superó todo lo que hasta entonces había sentido en su vida. Jamás había visto el cuerpo semidesnudo de una mujer, ni sospechaba siquiera la salvaje sensualidad de una hembra que podía satisfacer hasta el más inconfesado deseo y fantasía de un hombre.

11

De la misma manera que un boxeador recibe un certero golpe en la sien y todo gira a su alrededor, y ya nada posee consistencia ni orden, así quedó Akarghi tambaleándose después de la visión de la larga y dorada pierna de la mujer. Su entendimiento, su razón, su memoria habían quedado anulados, y una terrible, maravillosa y salvaje sensación hasta entonces no experimentada arrasaba por completo su ser interior. Esa pierna, ese cuerpo, ese rostro, esa persona toda comenzaban a adquirir una dimensión colosal que parecía ocupar paulatinamente el centro de su conciencia, de su mente, de su alma y, al final, parecía irse extendiendo por la realidad toda, igual que un sol cuando amanece despliega su luz devoradora a través de los espacios y tierras. Sólo su yo, ese yo que tanto y tantas doctrinas aprendidas y mortificaciones propias habían despreciado y envilecido hasta tratar de ahogarlo en el Brahman indistinto; ese ensoberbecido y altanero ego que había quedado reducido a una pasa sin vid, probablemente sólo al atman minúsculo y primigenio desde donde ahora se contemplaba aún en sí mismo, como reducido a un agujero negro y mínimo, dentro del otro yo múltiple, sobrecogedor,  conmocionado e irresistible; sólo, pues, aquel yo-atman último, abisal, divino, antes de desaparecer por completo en la inmensa realidad de los gunas, ahora y todavía se resistía observando su propia persona, pero sin poder alguno.

Unas pocas personas pasaban por el lugar caminando o sobre algún pequeño vehículo, entonces Akarghi creyó divisar la estatura divina y el sari vistoso y colorido de la joven en su perfecta intuida desnudez, que se alejaba a la distancia entre los kioscos y la gente. Sin pensarlo siquiera comenzó a correr tras ella. No tuvo consideración ninguna con su condición de venerable sanyasin; nada le importó el recato de la virtud y de la espiritualidad, sólo corrió y corrió, a veces tropezando con algún niño, o con algún anciano, o saltando por encima de otro sanyasin postrado en profunda meditación. Siempre creyó verla más adelante, unas veces más cerca, otras más lejos, hasta que por fin, ya en las afueras de Nirmla Jhar, el pueblo donde había llegado esa mañana, divisó que ingresaba a un templo por la avenida sombreada de higueras sagradas y banianos.

Se acercó jadeando y empapado de sudor. Entró al sector de las abluciones, luego a las ofrendas, y a la oración, y a los patios, y miró los techos, hasta buscó en el cielo, pero nada… Una violenta sensación de desconsuelo, de frustración, de rabia y deseo insatisfecho lo mantuvo como un tigre rampante, mirando de un lado para otro. Las emociones cambiaban desordenadas y difusas como todo lo que percibía a su alrededor. Cansado y sofocado dobló las rodillas ante el estanque de las purificaciones y comenzó a mojar su cuerpo dejando caer el agua oscura y refrescante desde la coronilla hacia abajo. Cerca de él había otras personas, pero en esta hora ya no existían para él. Entonces, al doblarse sobre la superficie abrió los ojos y alcanzó a reconocer su rostro reflejado en el agua. Esperó que las ondas se aquietaran hasta que apareció neta y clara su figura. Al verse a sí mismo experimentó un intenso vahído y le pareció que iba cayendo hacia el fondo de su propia imagen…

12

Escuchó a lo lejos las voces de un coro femenino que entonaba una salmodia lenta y dulce, y divisó iluminada, como en el fondo de un inmenso cuadro oscuro, la figura de la diosa Rhambla danzante que se movía sensualmente, girando en torno a sí misma y usando con encanto sus cuatro brazos semejantes a cuatro cintas mágicas de colores. Se aproximó velozmente hacia ella; cuando ya estaba próximo a chocar con su cuerpo, la imagen se disolvió y comenzó a distinguir ante sí una superficie de aspecto líquido. Parpadeó para despejar la vista y, al abrir los ojos, se encontró ante la superficie del estanque del lamasterio de Lamayuru, el santo Monasterio de la Paz Inmortal. Casi instintivamente su mente habló: “¡Koi!”…

–¡Koi!– volvió a repetir como despertando de un sueño.

Primero miró hacia abajo del estanque, luego introdujo sus dedos en el agua y los hizo vibrar como de costumbre. Una inmovilidad inusitada en el agua y en el lugar mismo lo intranquilizó. Levantó la vista y miró hacia los alrededores. Una extraña sensación le reveló que aunque todo parecía ser el Claro de Luna hasta en sus más mínimos detalles, y todo parecía ser el mundo conocido, completo y continuo de su lamasterio Lamayuru, y que la realidad era la misma, en verdad no eran los mismos, sino algo así como una mala copia. Una vez más atravesó su mente, como un doloroso latigazo, el recuerdo de “El camino de la Verdad”… En respuesta a esto, un impulso irracional y violento lo empujó a realizar un acto injustificable. Saltó adentro del estanque y comenzó a correr de un lado para otro, con el agua por sobre las rodillas, mirando hacia todos lados y gritando bajo el agua “¡Koi!”… “¡Koi!”… En un momento de su loco ir y venir sin solución, se detuvo y recordó: “Farra-aj”… Sólo él podría estar detrás de esto…

Saltó fuera del agua y corrió hacia el interior del monasterio. A su paso empujó hacia los lados a varios compañeros y venerables, mientras corría fuera de sí por los pasillos y salas. Cuando se encontró con Chien Zu en el vestíbulo de la habitación del abad y éste intentó detenerlo, se deshizo de su captor con un rápido movimiento del brazo y se arrojó hacia la puerta. La empujó con fuerza hacia adentro y jadeando se enfrentó con la mirada inquisitiva de Farra-aj, desde lo alto de un túmulo, donde acostumbraba meditar.

–¿Dónde está… la pez del estanque del Claro de Luna?—preguntó tratando de esconder y contener su rabia.

Farra-aj se lo quedó mirando en silencio de arriba abajo, al tiempo que observaba la posa de agua que se formaba alrededor de la túnica de Akarghi. Sonrió compasivamente y le respondió:

–¿De qué pez hablas, Akarghi?

–¡La pez koi del estanque del Claro de Luna!

–Nunca ha habido un pez en ese estanque… –Al ver que Chien Zu aparecía cautelosamente a la espalda del joven, se dirigió a él– ¿Has visto alguna vez un pez en ese estanque, Chien Zu?

–¡No, nunca, venerable!

–Ya lo ves, hijo… Una vez más la poderosa Maya juega con la ilusión de tu mente. Sin embargo, dichoso tú, cuando esta diosa desafía tu sentido de realidad y te remece la raíz de la conciencia, entonces y sólo entonces, aun en medio de tu desorientación e ignorancia, no antes, puedes iniciar la búsqueda de la certera salida hacia el camino de la verdad. Ahora sal de aquí, considera tu posición, busca tu centro y dirígete a tus obligaciones dignamente, porque tu destino es verdaderamente superior y debes comportarte en consonancia con él.

Akarghi se dio media vuelta sin comprender nada. Algunas sensaciones como recuerdos, como imágenes de ensueños, como fantasías se agolpaban en su corazón y en su mente. Estaba solo, pero al mismo tiempo no estaba solo, consigo mismo. Había en el fondo, o en el medio de todo, de sí mismo, de la realidad que experimentaba, algo así como un hilo conductor perfecto, casi como la razón suprema que explicaba, unificaba y generaba el caos mismo. Si estaba enloqueciendo, lo hacía –esto sí era indudable– sobre el riel infinitamente recto que sostenía la locura de la realidad.

Caminó de regreso hacia el estanque del Claro de Luna. Durante su caminata se detuvo a preguntarle a un par de novicios amigos y a un venerable lama por Koi, pero ellos negaron saber de su existencia… Las sombras del anochecer llegaron junto con su propia llegada al estanque. El aire olía a flores marchitas y algún búho lanzaba a lo lejos un grito ronco y extraño. Se dejó caer junto al estanque y, empujando un brazo bajo el agua, se quedó tumbado con la mejilla vuelta hacia la superficie. El llanto brotó sonoro y con fuerza haciendo estremecer su cuerpo.

–¡Tú eres real, Koi!… ¡Tú eres real!—repetía entre cada sollozo.

13

Una mano se posó en su mano y, al volver la vista, se encontró con la mirada inquisitiva de un niño pequeño que depositaba dentro de su mano un nenúfar amarillo que había arrancado del estanque. Akarghi se movió con torpeza y lentitud, como quien despierta de largas horas de sueño. Sonrió sin entender lo que estaba sucediendo, pero un impulso natural lo hizo inclinarse hasta rozar con su frente el agua y juntar sus manos delante de su propio rostro en un gesto de gratitud. Al levantar nuevamente la vista, el niño ya no estaba ahí, pero el nenúfar continuaba resplandeciendo entre sus manos… “¡Levántate! ¡Despierta! Ve a encontrar a los más grandes maestros y aprende junto a ellos. Pues este sendero es tan afilado como el filo de una navaja, peligroso y difícil de atravesar, dicen los sabios.[1] Una voz profunda y cavernosa repitió en su interior el sutra que había aprendido y meditado tantas veces al despertar en el lamasterio de Lamayuru. Contempló el nenúfar sobre su palma abierta y una gruesa lágrima resbaló por su mejilla hasta golpear y sumirse en la superficie del estanque. Le pareció, con su corazón desbordante, que mil vidas ya vividas por él se materializaban allí, en ese nenúfar brillando como un sol en su mano…

Sin embargo, de la misma manera que una serpiente duerme mimetizada en el polvo, repentinamente un chasquido la despierta y de un salto se yergue con sus fauces abiertas, así ascendió sin aviso por su eje vertebral la kundalini de fuego para morder su mente y su sensibilidad, infundiéndole recuerdo y deseo aún más ardiente de encontrar a la joven que había aparecido con su piel de pantera fugazmente ante él. Otra vez un centelleo de conciencia le advirtió: “¡Detente!” Y otra vez su olfato de animal en celo lo empujó a volver al lugar donde la había sentido por primera vez. Mientras caminaba por las callejas todavía atestadas de gente, sólo una vez tuvo un instante de cordura cuando a su lado una paloma blanca que ofrecía su dueño para la venta batió repentinamente sus alas, se liberó de las manos regordetas de su amo y, dispersando numerosas plumas albas al aire, echó a volar casi por encima de la nariz de Akarghi. Se detuvo, un fuerte vahído le hizo perder el equilibrio, se apoyó en un pilar de madera, se observó a sí mismo con compasión y alcanzó a balbucear: “¡Krishna, oh Krishna, sálvame!”… Pronto la fuerza de los variopintos colores internos volvió a hacerlo arder, y como un toro enfurecido continuó adelante.

14

Se encontraba ya a pocas cuadras de la plazuela buscada, cuando aconteció un hecho inesperado. Caminaba aferrado a su mala, repitiendo sin ninguna conciencia el maha mantram de Krishna, cuando un impulso también inconciente empujó su vista hacia adelante. A unas decenas de metros corría hacia él un carro  abierto e inusualmente tirado por caballos. Sobre él divisó a la mujer deseada y, confusa y desinteresadamente, le pareció distinguir a alguien sentado a su lado. El carro se acercó velozmente hacia él; Akarghi, en un acto de arrojo incomprensible, avanzó resueltamente unos pasos en dirección frontal al vehículo. Los caballos se sorprendieron del extraño, mas ya demasiado cerca, aunque intentaron frenar para evitar el choque con Akarghi, lo golpearon con fuerza y lo arrojaron rodando por el suelo.

La joven se apeó del carro y se acercó a Akarghi que aún se encontraba sobre el piso, a medias conciente. Le tomó la mano, le acarició el rostro que sangraba y, dándose media vuelta, se dirigió a la persona que la acompañaba en el carro, quien seguía sentado sin inmutarse:

–¡Es un sanyasin!… Debemos ayudarlo.

El hombre hizo un gesto de desagrado con la boca y se mantuvo en silencio. La joven solicitó a dos transeúntes que la ayudaran y subieron a Akarghi al carro. Akarghi comenzó a recobrar el sentido con la cabeza reclinada sobre los muslos de la joven. Al abrir sus ojos se encontró con la mirada inquisitiva de la joven sobre él, con sus ojos glaucos de tigresa delineados con un largo trazo negro, como un horizonte de placer sin límite… “En medio de los objetos que entran en contacto con tus órganos sensoriales, sé vigilante, evita perpetua y sistemáticamente toda construcción mental con ellos… ¡No sucumbas a los objetos! ¡No te identifiques más con tus órganos sensoriales! Renunciando a toda construcción mental, identifícate con el resto.[2] Sus maestros habían trabajado sistemáticamente con sus sichyas (discípulos) el maravilloso desapego de los sentidos, y Akarghi había aprobado una y otra vez cada examen como ningún otro de sus compañeros lo había logrado. Placer, dolor, belleza, fealdad, frío, calor, hambre, saciedad, pureza, suciedad y tantas otras emociones asociadas a los sentidos que atan el alma y la mente de un novicio, superadas por Akarghi. Recordó la voz ancestral que le repetía otra vez aquellos sutras, pero una cierta entonación burlesca parecía acompañar la solemne declamación interior de los versos… La joven sonrió feliz al ver que Akarghi volvía en sí, se inclinó sobre su rostro y dejó caer, como una gota de miel, un beso sobre sus labios.

–¡No hagas eso, Latniavira, es un asceta! –exclamó a su lado el hombre que la acompañaba.

Akarghi sintió una vibración eléctrica y una hoguera de placer no experimentado desde la raíz de su sexo hasta la coronilla. La joven se echó a reír, empujó a Akarghi para que, incorporándose, se sentara a su lado, y dijo con su voz cristalina:

–¡Es mejor que te sientes, swami, porque Tashi se pone celoso!

15

¿Es posible conciliar la salvaje y muchas veces exquisita naturaleza animal y mental que nos excita al deleite, a la pasión y al sufrimiento, con la misteriosa fuerza que se aloja en algún rincón, en alguna cima empinadísima de nuestra alma inconciente y que nos impulsa hacia el infinito, hacia una bienaventuranza sutil, trascendente, al fin inconmensurablemente superior a toda experiencia sicológica, biológica y animal?

¿Es posible al menos identificar por dónde debemos avanzar en la relación entre estos dos proyectos de existencia real y construible, si no hay conciliación o unificación espontánea y progresiva entre ellas? Porque una y otra de estas naturalezas, en esta etapa del hombre, parecieran odiarse como dos enemigos obligados a casarse y engendrar hijos juntos… ¿Qué certeza puede haber con un universo espiritual invisible, y que sólo la mente y la conciencia pueden experimentar –o creer–: “¡Existe!”?… Si al menos hubiera un solo sentido, los ojos por ejemplo, que nos reclamaran con evidencia: “¡Mira, ahí va el Amor!” O, “¡mira cómo el alma de ese moribundo se separa de su cuerpo y es recibida por aquel bellísimo ángel que la conduce hacia su mutación trascendental!”… Entonces, de seguro, nuestra naturaleza animal, nuestro apego a nuestra propia mente cedería sin el instintivo miedo de sacrificar la poca vida que tenemos a una mera ilusión, al veneno metafísico de la no-vida, y, como aquellos suicidas que se arrojan sin el mínimo temor a la inmolación cruenta y a la desencarnación de sus víctimas, porque su certeza espiritual –aunque no vista, ¡duda terrible para una inteligencia lúcida!—elimina todo instinto de vida animal y asegura, sin necesidad de confirmación ninguna, la verdad de lo invisible y hasta de lo absurdo…

Porque aunque los sentidos, el cuerpo, la belleza del mundo y toda la fuerza desatada de la evidencia de que la carne, el sexo, la sangre, el dolor, nuestros padres e hijos, y el mundo que nos rodea son reales, ¡la realidad!, y que por ende debemos vivir por ellos y para ellos, aun así con total facilidad y por todos lados se trastornan, de innumerables maneras pierden solidez, conocimiento y sustancia, y siempre, más pronto que tarde, desaparecen…

Es probable que Akarghi no sea más que uno de esos seres marcados por la fortuna, a los que toca en suerte desnudar y encarnar en su corto período de una vida, el espíritu de una época, de un proyecto humano temporal, o tal vez hasta el espíritu profundo del ser humano mismo, y del mundo. Lejos se encuentra, sin embargo, de ellos mismos y, por cierto de nosotros, comprender –incluso en pequeña parte– el sentido, el propósito de estas vidas descomunales y extrañas. Cuando ellos viven, ¿hacia dónde se dirigen?… Como esos bólidos maravillosos que atraviesan el cielo nocturno, y a nosotros, que apenas alcanzamos a fijar un instante la vista en ellos –pues ya mismo desaparecen– nos dejan suspendidos con la más extraña sensación de irrealidad y de magia…

16

“¡Debo salir de aquí!… ¡Debo huir, cuanto antes!…” Pensó Akarghi, mientras cerraba los ojos en un intento desesperado por escapar del embrujo de los sentidos y del poder irresistible de Latniavira, en quien ya se reconocía atrapado y delirante… Si cerraba sus ojos, de inmediato quería volver a abrirlos para mirar su rostro de mujer ardiente, y también el perfil de sus formas curvas que delineaban con exuberancia y sensualidad sus ropas. Si dejaba de oír, pronto quería a cambio volver a imaginar el roce de sus labios en cualquier parte desnuda de su propio cuerpo. Si quería aplacar el fuego que parecía ir encendiendo su sangre, su sexo respondía tercamente levantándose y endureciéndose. Quizás otro monje, otro sanyasin, otro iluminado, otro hombre simplemente, hubiese contrapuesto su otro yo, el superior, su voluntad, su lucidez, sus ingentes aprendizajes en años y años de poderosa espiritualidad y control de la mente, de manera que hubiese al menos experimentado la penosa lucha entre el cuerpo y el alma; entre la pureza espiritual y la energía arrolladora de los instintos; entre la conciencia directiva de la condición natural humana y la contradictoria sensación de las emociones que se asocian como aliadas con el deleite de los sentidos… Pero ¿sólo a Akarghi le podía ocurrir tal desaforado trastorno, la mutación de una persona en otra, repentinamente?; ¿o quizás todos estamos también expuestos a la insospechada y polimórfica experiencia de la avalancha de nuestro misterioso y atávico inconciente, o de la maldad, o de la contradicción, o de lo que quiera que sea?…

–¡Prométeme, Tashi, que no permitirás que este joven sanyasin se marche de tu palacio hasta que yo lo consienta!… ¡Cien años de desgracias nos perseguirían si no lo cuidamos debidamente hasta que pueda volver a la calle! –imploró Latniavira, inclinando sumisamente su cabeza hasta los pies de Tashi.

Tashi Aburghasim, hombre de unos cincuenta años, alto y duro como un roble, el más acaudalado de la región, astuto e inescrupuloso, apasionado y egoísta, criminal y dadivoso, creyente y cínico, podía olfatear la malicia de Latniavira como un animal en celo; no obstante, por esos incomprensibles designios de la mente humana sintió que su propia pasión se encendía aún más con la pasión, el desafío y la fantasía de su joven amada. Sonrió casi con maldad y le respondió:

–¡Así sea, mi niña diosa de sándalo!

Y de este modo transcurrieron tres días y, luego, una semana… Primero Akarghi sintió miedo, pero miedo de sí mismo… Latniavira jugaba con él al gato y al ratón. Lo dejaba merodear por todas partes; le mostraba los encantos de su magnífico cuerpo sin nunca excederse; lo buscaba como se busca un objeto de placer; se le acercaba casi hasta rozar sus labios; bailaba con sus caderas y nalgas jubilosas siempre desde lejos, pero donde la vista de Akarghi la alcanzase; reía y se dejaba acariciar por Tashi delante de él, hasta que un día, al final de la primera semana, después de asegurarse de que había vencido hasta la última resistencia de su voluntad espiritual, le pidió a Akarghi que la acompañara al río Turgusha. Akarghi supo con absoluta certeza que acompañar a Latniavira al río sería lo mismo que saltar a un precipicio y comenzar a caer, sin regreso…

17

Akarghi escuchó a su espalda el cuchicheo y la risa contenida de un grupo de jóvenes bhikkus, mientras abría el estuche de caña esmaltada y se lo encontraba vacío. Se dio media vuelta y enfrentó al grupo de jóvenes con una mirada severa. Uno de ellos, su mejor amigo, Kynpham Sing se acercó y le habló en voz baja y compungida:

–No he tenido nada que ver en esto, Akarghi… Lo siento… Tampoco sé dónde está tu flauta.

Akarghi observó la cara mohína de Kynpham, luego recorrió con su vista los rostros burlones, ficticiamente indiferentes y cínicos de los jóvenes rasurados que comenzaban a salir del salón de descanso, y se echó a reír. Uno de los jóvenes tropezó con uno de sus compañeros y la tropa entera se desahogó en una gran y sonora carcajada, mientras escapaban corriendo del salón.

–No te preocupes, amigo—dijo Akarghi.

Se sentó sobre el mismo suelo en posición de loto, cerró los ojos, juntó las palmas de sus manos delante del pecho y comenzó a meditar. Kynpham se lo quedó mirando, sorprendido y sin saber qué hacer. Una repentina ráfaga de viento hizo temblar la mampara de la entrada. Akarghi abrió los ojos, se levantó, giró hacia la estatua del Buda Avalokiteshvara, inclinó su cabeza un momento, mientras el incienso se alzaba en una fina voluta espiralada hacia el techo piramidal desde las dos patenas de oro. Se dirigió con paso resuelto hacia el exterior del monasterio, caminó hacia el Claro de Luna como dirigido por una brújula interior, y una vez allí contempló con los ojos entornados el lugar. Kynpham lo seguía de cerca, con cierto temor. Muy alto, una pareja de águilas sobrevolaba el jardín del cenobio. Akarghi se acercó al estanque, alzó la manga de su túnica, cerró los ojos, y sumergió su brazo hasta casi el hombro. Su mano se encontró con la flauta en el fondo del estanque y la cogió. Kynpham lanzó un grito.

–¡Akarghi!—exclamó Kynpham–… ¡¿Cómo has podido saber que estaba ahí?!

Akarghi volteó hacia Kynpham Sing y dijo:

–“El que se esfuerza durante seis meses en permanecer continuamente separado de la vida en el mundo llega a ser el receptáculo de los poderes del Yoga perfecto, ilimitados, supremos, ocultos. Por el contrario, el que está lleno de pasiones y de ignorancia, ya sea que tome alimento en exceso, o bien sea cogido por los lazos del matrimonio, de la paternidad y de la amistad, no será nunca el receptáculo de este Yoga.[3]—recitó de memoria.

–Lo que tú has hecho es magia…

–¿Por qué te sorprendes?… Sólo he realizado la enseñanza de nuestros maestros… Esto es Yoga.

18

Las nubes blancas y grises se dispersaban casi somnolientas hacia los cerros en la cálida mañana de otoño. A poco de amanecer la fila de trece monjes vestidos con sus largas túnicas de color carmín bajaba silenciosa por los senderos de la montaña hacia la comarca. Adelante los guiaba, apoyándose en un largo bastón, el acarya Kinjihoro, un hombre septuagenario de piel oscura y expresión viva. Akarghi, uno de los más jóvenes del grupo, caminaba entre ellos, destacándose por su amplia sonrisa y su mirada inquisitiva y soñadora dirigida ora hacia las montañas nevadas, ora hacia el cielo, ora hacia los bosques florecidos de acampanadas jacarandás, pajanelias y magnolios, e innumerables y diminutos seres vegetales, voladores, trepadores y errantes del valle. Para Akarghi la Naturaleza, manifestación de Brahma, pura y absoluta divinidad, lo unificaba en el júbilo y en la perfección del Sat (Ser) manifestado. Todo –podría decirse– vibraba en Brahma, y Brahma vibraba en todo; Akarghi se experimentaba a sí mismo como una diminuta, extática y atómica extensión del Todo, como una gota brillante de agua profundamente sumergida en el océano absoluto, eterno y sin límites. El sol salió desde atrás de una nube oscura y explotó en una sinfonía de luz y color. Un colibrí se agitó en el aire sobre la columna de santos, y luego con un brinco veloz se acercó junto a la cabeza de Akarghi y le susurró al oído: “Para realizar el Eso debes renunciar a todo, ¡absolutamente a todo! Después de haberte desembarazado de todos los objetos, asimílate progresivamente a eso nada que queda.[4] Los otros bikkhus sólo vieron con extrañeza que la pequeña ave de tonos verdiazules revoloteaba alrededor de Akarghi, pero no escucharon nada. Akarghi se inclinó profundamente ante el espíritu del ave  y la siguió con la mirada, mientras se perdía entre los hibiscos y las bugambilias. Luego se adelantó a la columna para acercarse al maestro Kinjihoro. Las nubes danzaban en paz delante del sol. Cuando se encontró a su lado, esperó que le dirigiera la palabra. Después de unos cinco minutos Kinjihoro habló:

–¿Qué quieres, Akarghi?

–Venerable acarya Kinjihoro, después que el jivan mukta se ha liberado de todas las experiencias y apegos de la Maya, el fin de nuestro propio camino, y cuando ya no queda nada en la existencia para nosotros, ¿cómo es posible continuar vivo?… ¿Qué vida puede ser esta vida?

El lama miró escrutadoramente a los ojos a Akarghi, calló unos segundos y luego respondió:

–Tú conoces la respuesta, sishya, pero quieres escucharla de mí para reafirmarte a ti mismo… ¿Cómo discernir el preciso momento en que la yema del ciruelo se rompe para dar a luz la nueva flor?… ¿Cómo discernir el preciso momento en que el presente deja de ser presente?… ¿Cómo es posible vivir cuando ya se ha muerto?…

Akarghi se inclinó con reverencia ante su maestro y continuó caminando a su lado en silencio. Sus palabras lo habían movido a una intensa y profunda intuición y meditación. Después de marchar más de una hora, comenzaron a entrar por una calleja de tierra a un poblado sumido en una lúgubre y hedionda neblina de humo. Frente a cada choza o casa, en los terrenos circundantes y también a lo lejos, se levantaban humaredas de fogatas, unas más vivas, otras menos, que servían para espantar el morbo que asolaba a la población, pero también para quemar los cadáveres de los que fueron enfermos, y ahora difuntos.

19

–¡Ven, Akarghi, por aquí!…

Latniavira se levantó el sari por encima de las rodillas y tomó de la mano a Akarghi para obligarlo a seguir detrás de ella.

–¡Verás un lugar maravilloso que ningún otro hombre conoce!—agregó Latniavira, mientras entrecerraba sensualmente los ojos, le grababa un beso en los labios y lo conducía hacia un sendero de hierba fuera del camino principal.

Akarghi, al caminar detrás de Latniavira, podía observar el movimiento felino de las caderas de la joven; podía contemplar el cabello negro, en parte trenzado y en parte suelto, que la brisa  agitaba, y desde el cual merodeaba un perfume agridulce como de castañas y limón, como de sándalo y canela; podía ver y palpar la piel de su exquisita mano, y el resplandor de su brazo dorado, largo y flexible; pero, sobre todo, no podía dejar de imaginar su cuerpo desnudo, avanzando delante de él, listo para entregarse a la voracidad de sus ojos en cualquier instante.

Sólo una noche, una noche de insomnio y angustia había sido suficiente para tomar la decisión… Afiebrado, empapado de sudor, a veces rígido en su lecho, a veces caminando por la habitación, a veces de rodillas ante las estrellas, a veces enterrado en el lodo de los campos cercanos, había buscado en su interior, en los dioses y en el universo la respuesta y la fuerza para no ceder a la tentación de la carne… Una noche, noche de veinticuatro horas, o quizás de mil años, en que había hurgado en la hondura de su mente, de su cuerpo y de su alma la verdad, y su realización definitiva y total en sí mismo… Y como en esos sueños en que caes y caes, cada vez más rápido hacia un choque mortal, y comprendes entonces la angustia real de la muerte… si bien ahí mismo, en un momento de onírica lucidez, entiendes que no es tu cuerpo, sino tu alma la que cae más y más, tu esencia que se azotará allá al fondo contra el abismo límite de la condición humana, así Akarghi completó su caída hacia el amanecer, cuando una lechuza blanca agitó sus alas en el marco de su puerta y se quedó pensativa contemplándolo. Luego de varios minutos en que una y otro se miraron la lechuza habló con voz femenina:

–Has completado el camino del Yoga, Akarghi… Tú y el Dharma son uno solo. Si huyes ahora de la mujer, serás adorado como un dios por el resto de tus días, y ya no volverás al samsara –¿quién no lo quisiera?–… Pero sólo si atraviesas la existencia por el medio de su sexo, irás aún más lejos de lo que ha podido alcanzar ningún humano, siguiendo el rastro de Brahman, el Único  que siempre se aleja más, sin ninguna lógica, una vez que lo has logrado…

20

Ilusión… ilusión…” Murmuró Akarghi, mientras Latniavira, ante sus ojos ansiosos e incrédulos, se había liberado lentamente de su sari para mostrarse debajo cubierta sólo con una túnica de gasa blanca semitransparente que apenas envolvía su cuerpo desnudo, se arrodillaba y comenzaba a gatear inmediatamente delante de Akarghi por un estrecho túnel vegetal entre arbustos y hierba alta. “Ilusión… ilusión…”, repetía Akarghi ya sin ningún sentido, con un murmullo monótono, y como por algún mero automatismo inconciente, trastornado y obsedido por la visión a pocos centímetros de sus largos  y aceitados muslos, de sus nalgas cimbreantes que imploraban por detrás ser cogidas firmemente por sus dos manos, y de su sexo femenino y animal ahora apenas escondido en un brillante y minúsculo triángulo de tela dorada, entre la voluptuosa raíz trasera, con forma de corazón, de sus piernas olorosas.

De esta manera Latniavira fue arrastrando como por encanto a Akarghi por el pasaje secreto que sólo ella conocía. Después de un tiempo sin tiempo y de un espacio sin espacio… desembocaron en un lugar maravilloso: un abra bien cerrado por rocas amarradas con líquenes, nalcas desbocadas y bosques que contenían al centro el estanque translúcido del río Turgusha, y un sol ubicuo que a través de las altas copas de los jacarandás, de los flamboyanes, mangos y banianos danzaba deshaciéndose y rehaciéndose en innumerables rayos amarillos, dorados y matizados verdes.

Al salir primera del túnel vegetal, Latniavira volteó hacia Akarghi, se incorporó con sus rodillas abiertas e hincadas en el suelo, se soltó el pelo, dejó caer la translúcida tela desde su torneado hombro derecho, dejando al descubierto uno de sus pechos, abultado y jugoso como un mango maduro, en tanto la otra parte de la gasa quedaba retenida por su pezón izquierdo, dejando sólo a medias descubierto su otro seno. Latniavira cerró sus ojos, abrió sus brazos y los levantó hacia el cielo, echando levemente la cabeza hacia atrás. Akarghi, aún a gatas, vio elevarse el cuerpo perfecto de Latniavira como la ascensión de una diosa al cielo y, al igual que un relámpago enciende y transfigura repentinamente la oscuridad de una noche, delirante por la visión y fuera de sí, saltó sobre Latniavira, apretó con su mano izquierda el pecho desnudo, la rodeó firmemente con su brazo derecho y la besó, abriéndole la boca con su boca, casi furiosamente.

Rodaron por sobre la hierba y la fina arenilla blanca. Akarghi suspiraba y gemía como enloquecido, dejando fluir caóticamente su virginal instinto sexual, en tanto Latniavira, maestra en el arte amatoria, lo contenía, se entregaba, lo controlaba, lo dirigía con suavidad, a veces con fuerza y hasta con cierta violencia, le susurraba al oído provocadoras peticiones, lo rozaba, lo mordía, lo cogía, lo besaba y lamía donde ella bien sabía que su piel y su cuerpo sensible reaccionaría con un descarga de placer casi doloroso.

Las horas se deslizaron más allá de la noche, entre sus cuerpos que no cesaban de moverse en una danza a veces frenética, a veces reconcentrada, siempre rítmica, como el movimiento de una ola cuando empuja a otra, ya en calma, ya tumultuosa o en silencio, sólo adyacentes, contemplándose con ojos brillantes y agradecidos, para luego experimentar de nuevo el encendido de la sangre que hincha las venas y los sexos, que vuelven a buscarse como dos hambrientos que conocen la saciedad en el sexo del otro.

21

Ingresaron al nosocomio en fila, igual como habían llegado, meditando y orando reconcentradamente cada uno en sí mismo, y cada uno en el otro. El lugar, un edificio de madera desteñida de pino, con dos pisos, rectangular, antiguo, olía a incienso, a cera, alcohol de quemar, excremento y sangre. Una neblina caliente, opaca y agria, más espesa aún que la exterior otorgaba a las cosas, contornos y figuras un aspecto fantasmagórico y tétrico. Gemidos, llantos, murmullos, respiraciones agitadas oprimían el aire hacia todos lados. Los médicos del hospital habían muerto o se habían marchado… Demasiadas muertes, demasiado dolor sin retorno ni bálsamo de miles de personas de la región habían llevado la solidaridad humana a su límite, y sólo quedaban allí tres ancianas que oficiaban de enfermeras voluntarias; que acompañaban como mejor podían a los dolientes y agonizantes. Ellas mismas habían enviado la solicitud de ayuda espiritual al monasterio de Lamayuru, pero no sospechaban que los monjes acudirían en persona al viejo hospital de Kapanhutta.

Las tres ancianas se llamaron excitadas unas a otras, se congregaron en la entrada y se prosternaron entre lágrimas y bendiciones ante el grupo de bhikshus.

–¡Benditos, benditos…! ¡No somos dignas de que entren en este lugar impuro! – repetían una y otra vez.

El acarya Kinjihoro posó su mano sobre la cabeza de cada una de las ancianas y respondió:

–¡Ustedes benditas, que han ofrendado sus vidas a los enfermos, abandonados y despreciados!… ¡El señor Shiva sabrá recompensarlas en ésta, y en otra vida incluso!…

Con un gesto amable Kinjihoro indicó a sus acompañantes más jóvenes que ayudasen a las ancianas a incorporarse. Akarghi se acercó a la que se veía más débil y menoscabada en su alma y su cuerpo por los años y la vida. Al estirar su mano para que ella la cogiera, vio que sus ojos miraban entrecerrados al vacío, sin visión. La cogió de ambos brazos y la levantó casi como peso muerto.

–¿Quién eres tú bendito y santo joven?—preguntó la anciana, mientras se apoyaba sin fuerza en los brazos de Akarghi.

–El bhikshu Akarghi. ¿Y usted, mi  amada madre?…

–Me llamo Shambhu. Y aunque en este lugar y en mi vida sólo queda ocasión para el sufrimiento, la desesperanza y la muerte, puedo ver que por tu bendita persona la divinidad se nos hace presente incluso en el más extremo e inevitable horror de la condición humana.

–No menos por ti, el divino Brahma se nos hace presente; no más que por estos humanos dolientes se hace en mí presente…

Los siete candelabros que iluminaban con sus tenues llamas el lugar oscurecido para no herir la vista dolorida de los enfermos resplandecieron al mismo tiempo, como si una súbita explosión de energía los hubiese expandido en su don de luz, y luego siguieron iluminando tenues desde la penumbra.

Shambhu tomó de la mano a Akarghi y lo condujo hacia otra habitación. Akarghi observaba los rostros y los gestos del dolor y de la muerte en cada uno de los dolientes mientras avanzaba entre las dos filas de esteras, en las que padecían los enfermos su denigrante deshumanización por la descomposición progresiva del cuerpo.

22

Cuando Akarghi ingresó al último pabellón del nosocomio el acarya Kinjihoro pasó por su lado, en sentido contrario, con la cabeza baja, las palmas apretadas frente al pecho, y sin mirarlo. Akarghi giró sobre sí mismo para seguir a su maestro con la vista, como esperando alguna señal de su parte. La mano de Shambu apretó la suya y, al mirar hacia el interior de la habitación, sintió en su corazón una dolorosa opresión y tristeza; sus piernas comenzaron a tambalear y temió perder el equilibrio. Nunca había visto la muerte tan de cerca; nunca había percibido el aura de los moribundos, grisácea y con ocasionales y débiles destellos de luz que se van apagando; el color mortecino, cerúleo de la piel casi sin vida, y un silencio profundo, invisible, por detrás de los sonidos alargados de la agonía. Pero sobre todo, la angustia… Sentía en el centro de su pecho toda la angustia contenida en aquellas decenas de miserables seres que ya en los últimos momentos se aferraban instintivamente a sus cuerpos incapaces de vivir.

Akarghi creyó que no lo podría resistir y decidió darse la vuelta para salir del lugar. Shambhu lo arrastró de la mano y se acercaron a la litera de alguien que se había dado media vuelta hacia la pared, y cuyo rostro había cubierto con una sábana.

–¡Nadhi!—susurró la anciana–… ¡Nadhi… ha venido un ángel a visitarte!… ¡Míralo!…

Nadhi se mantuvo inmóvil por unos segundos, pero luego giró rápidamente para mirar a Akarghi. Retiró la sábana de su rostro; una mujer joven dejó ver su faz demacrada y los ojos casi turbios dentro de sus cuencas oscuras. Se quedó mirando a Akarghi con la boca entreabierta, respirando dificultosamente, y luego algo así como un rictus de alegría se esbozó por el lado izquierdo de la comisura de sus labios.

–¡Él es, Shambhu… él es!—dejó escapar en una especie de soplido–… ¡El deva de mi sueño!… ¡Ha venido!…

Akarghi dio un paso hacia ella en un natural impulso para bendecirla, pero se detuvo. Sintió miedo, y al momento de sentirlo, se avergonzó de sí mismo.

–¡Ahora… puedo morir… en paz!—dijo ella con la voz entrecortada y haciendo un gran esfuerzo para hablar.

Akarghi buscó con la mirada a Shambhu, sin saber qué decir ni qué hacer.

–Ella es Nadhi –dijo Shambhu, reconociendo la incertidumbre de Akarghi–, su familia entera ha partido antes que ella. Está aquí, sola, desde hace cinco días. Llegó vomitando sangre y suplicando salváramos al bebé de ocho meses que traía en su vientre… Quería que la abriéramos viva y extrajéramos a su hijo… ¡No pudimos hacer eso, swami… no podemos…!

–¡Mi señor, mi dios, te ruego que toques con tu flauta la melodía más hermosa que conozcas!—exclamó la joven en una especie de arrebato repentino–. ¡Tu música divina me guiará por el túnel de las sombras!… ¡Tú, mi deva bendito, sabrás hacer lo demás!—la joven se llevó ambas manos hacia el vientre, por debajo de la sábana.

Akarghi primero se sintió anonadado y, luego de unos instantes, todavía incrédulo, se palpó con su mano izquierda bajo la túnica donde llevaba escondida su flauta, y que Nadhi evidentemente no podía ver. La joven cerró los ojos y esperó. Akarghi sintió como si una súbita aparición se hubiese hecho presente en su interior: un maravilloso hálito de amor y paz sobrehumana que lo inspiraba más allá del horror de la muerte; sacó con cuidado su pequeño instrumento y, primero, con una elegía triste y serena que afloró de la caña al soplarla con sus labios redondeados y entreabiertos hizo brotar de los ojos cerrados de Nadhi un hilo de lágrimas… Luego, hizo elevarse de la caña un himno dulce y profundo, con largos agudos y graves cristalinos sonidos, como el alma que asciende en espiral al desencarnar hacia los cielos, y, entonces, sonriendo Nadhi repentinamente como tocada por un rayo de luz, murió.

23

El día que Akarghi nació, su madre pudo morir… Lejos de la ciudad y escasos de recursos, los Mendalhayam debieron resignarse a que el parto se realizase en la casa familiar de campo que carecía de las condiciones para velar adecuadamente a una parturienta. Tejalami Mendalhayam, ante la inminencia de ser padre de su primogénito, corría de un lado para otro, solícito y preocupado de que todo estuviese debidamente preparado y dispuesto para recibir al nuevo señor de la casa, “al futuro rey del mundo”, como bromeaba con su mujer, seguro de que había de ser un varón y no una hembra. Las gallinas saltaban a su paso aleteando y cacareando, cuando ahora corría veloz hacia el huerto para traer las hierbas medicinales que la comadrona le había solicitado a última hora. Miraba hacia el cielo una y otra vez, a pesar de que tropezaba con esto y aquello, buscando alguna señal en la inmensidad azul que confirmase sus ansias, y no dejaba de repetir en voz baja y veloz, maquinalmente: “omomom…”, y de apurar las cuentas de su mala, que llegaban a resbalarse en ocasiones de sus dedos transpirosos, mientras las apretaba más de lo debido recitando el mantram.

Lokhi Mendalhayam, por su parte, desde hacía días temblaba de miedo y lloraba a escondidas de su marido; creía y sentía que la muerte la estaba acechando hacia la hora de su parto, y que su hijo debía nacer para cambiar su vida por la de ella. Meses atrás, acuciada por la obsesión varonil de su esposo, había decidido visitar a una famosa adivina para que le anunciase el sexo de la criatura, pero la respuesta le había impedido volver a dormir en paz: “Si es un niño, morirás. Si das a luz una niña, verás crecer y engendrar a los hijos de tu hija…” Nada más quiso decirle la profetisa, aunque Lokhi llegó a arrodillarse y llorar ante ella para que le revelase el sexo de su vástago. Sola se guardó este secreto durante meses y ya no quiso saber nada más de adivinos ni de oráculos, pero cuando se acercaron los días del alumbramiento, el terror se volvió a abalanzar como una bestia sobre ella y ya no podía dejar de sentir ni de pensar sino en la inminencia de su muerte. Los familiares de la pareja habían acudido en masa y se distribuían las tareas del hogar, pero siempre en vista del niño que pronto habría de nacer. Las mujeres de más edad, experimentadas, se aprestaban a acompañar de cerca el parto y, entretanto, reunidas ante el lecho de Lokhi, levantaban con cánticos monocordes sus preces a la diosa Kali, rogándole que mantuviera alejados de la madre y del hijo a los ráksasas (demonios) envidiosos y crueles. Lokhi, por su parte, interpretaba aquello como un signo más de su mala fortuna, pues entendía en la invocación a coro de Kali la inevitabilidad de la terrible muerte que a ella misma le esperaba. Para sus adentros gemía: “¡Lakshmi… Lakshmi…, ven a mí…!”, tratando de atraer a la dulce y apacible diosa del amor.

Lokhi lanzó un grito al ver en el suelo, junto a la pared cercana, un ratón de larga cola que se la quedó mirando fijamente con sus diminutos ojos rojizos. El ratón no se inmutó por el alarido y continuó con sus ojos clavados en los de Lokhi. Sólo salió corriendo de la habitación luego de que algunas mujeres se movieran hacia él. En ese mismo momento comenzaron con violencia las contracciones de parto de Lokhi.

24

Lokhi dejó escapar un grito agudo y largo, pero esta vez de dolor, y se aferró con ambas manos al colchón de la cama. Casi como un eco o respuesta, un trueno apagado se dejó oír a la distancia. De entre el coro de mujeres, la más joven y distinguida, vestida con un sari blanco y una toca del mismo color, se acercó a Lokhi y le tomó la mano. A pesar de que Lokhi sólo trataba de resistir el dolor y poco le interesaba lo que ocurría a su alrededor, algo le llamó la atención de la mujer y la miró con extrañeza. Cuando se encontraron sus miradas, habló la mujer:

–¡No temas!…

–¿Por qué?—preguntó Lokhi, abriendo bien los ojos y sintiendo que su bebé daba un brinco en su vientre.

–¿Estás dispuesta a dar incluso la vida por tu hijo que va a nacer?

–¡Sí!

Lokhi no dudó en responder con decisión y de inmediato, a pesar de que podía estarse condenando definitivamente a sí misma, y aún sin comprender qué estaba ocurriendo. Sin embargo, retiró bruscamente su mano de la mano de la mujer.

–Puedes morir, pero no debes morir…

–¿Quién eres?—preguntó con temor– ¿Qué quieres decir?…

–Digamos que soy tu madre.

–Pero mi madre está afuera y no se parece en nada a ti…

–Debes llamar Akarghi  a tu hijo, y vivirás…

–¡Se llamará Siddharta, si es varón… ya lo hemos decidido con mi esposo!

–¡Debes llamar Akarghi a tu hijo, y vivirás!…

La mujer volvió a coger la mano de Lokhi, acercó sus labios a ella, la besó suavemente y salió de la habitación, sin que nadie pareciera percatarse ni de su presencia, ni de su partida.

Una nueva y más intensa contracción la obligó otra vez a gritar. La comadrona se acercó con paños calientes a Lokhi, los depositó sobre su vientre y luego de revisar el grado de dilatación de la parturienta, exclamó:

–¡Ya viene, mamita!… ¡Ya viene!…

Todo se revolvió de inmediato en la habitación. Se escucharon algunas órdenes breves y voces. Las mujeres corrieron en distintas direcciones para cumplir con sus roles. Una mujer a cada lado tomó una y otra mano de Lokhi para que las apretara sin dañarse y al mismo tiempo experimentase la fuerza solidaria de su compañía. Nuevamente un trueno estalló, pero esta vez cerca, y el sol se oscureció repentinamente con el manto gris de una inmensa nube.

–¡Se llamará Akarghi!…—gritó Lokhi, al mismo tiempo que hacía fuerza para que la criatura saliera ya de su matriz.

–¡Es un varón!—gritó la partera.

En ese preciso instante Lokhi sintió un agudo dolor en el pecho y su corazón se detuvo… “Me muero”, fue lo último que alcanzó a pensar, y luego todo se oscureció para ella. La comadrona se subió arriba de Lokhi y comenzó a golpearle el pecho. En ese mismo instante, la madre de Lokhi entró a la habitación atraída por los gritos angustiados de las mujeres y, al ver la dramática y desesperada escena, lanzó un grito contenido, se llevó la mano al corazón, y cayó al suelo fulminada.

25

–¿Puedo hablarte ahora?… Ahora que ya has bajado de las inalcanzables estrellas y has podido conocerme tal cual soy…

Akarghi sonrió indulgente, incluso con cierta vergüenza, a la pregunta que acababa de dirigirle Latniavira… “Si me hubiese hecho esta pregunta dos semanas atrás, tal vez no hubiese ocurrido lo que nos ha acontecido durante este tiempo”, pensó para sus adentros, pero no más que como cae un copo de nieve ya sin razón justificada desde una nube estival.

–¡Siempre podrás decirme lo que quieras, beldad mía!—respondió Akarghi, sin dejar de sonreír maliciosamente, al tiempo que le levantaba el vestido y deslizaba sus hábiles manos por entre las piernas de la joven, buscando la fuente misma del placer.

Desde el día en que Latniavira lo había iniciado en las delicias de su sexo, Akarghi había experimentado un cambio vertiginoso y notable… La enseñanza recibida del Dharma, las marcadoras experiencias monacales, su trabajo espiritual, mental, la sublime moksha (iluminación) alcanzada, su mística, sus intereses y emociones, su manera simple y cotidiana de vivir, sus prácticas religiosas y su disciplina ascética, incluso sus amados recuerdos, y hasta sus gestos y movimientos de antes, parecían ahora no haber existido nunca… Pero tampoco importaba nada, porque ahora todo estaba allí, ante él y para él, toda la realidad concentrada y absoluta en una mujer perfecta, a la que sólo podía corresponderle amándola y amándola, poseyéndola erótica y sexualmente una y otra vez, eternamente, en el rito perfecto que la creación había ocultado en el sexo delicado y profundo de toda mujer.

Latniavira respondió buscando y apretando, sobre la túnica de lino carmín de Akarghi, con un movimiento descendente y ascendente, el pene anhelante y colmado de sangre, al tiempo que lo besaba en la boca, lamiendo sus labios. Luego lo rechazó, empujándolo por el pecho hacia atrás.

–¿Sabes que te amo?—volvió a preguntar Latniavira, clavando sus ojos negros y desafiantes de tigresa en los ojos de Akarghi.

A Akarghi se le llenaron los ojos de lágrimas y, excitado por un impulso irracional, trató de tomar a Latniavira en brazos para llevarla tras un seto de adelfas y demostrarle con un acto sexual su pasión. Sin embargo, Latniavira se desprendió de su abrazo y le dijo en voz baja:

–¡Aquí no, nos puede ver y oír cualquiera!… ¡Esta noche, esta noche volveremos a nuestro río y a nuestro lugar secreto para amar!…

A pesar de la advertencia, Akarghi intentó besarla, pero Latniavira volvió a revolverse con fuerza, evitó su esfuerzo y su boca, y salió corriendo del patio donde se encontraban. Akarghi se la quedó mirando, con la respiración agitada, como un lobo hambriento al que se le acaba de escapar desde sus mismísimas fauces la liebre veloz.

26

“¡Esta noche!… ¡Esta noche!…”, repetía para sí una y otra vez Akarghi, como hasta hace tres semanas –y ya no más– había repetido en su espíritu el om absoluto y sagrado, y meditaba en todo momento en los sutras de sus textos maestros. Hasta hacía tres semanas la purusha (realidad) se expresaba en perfecta unidad y simbiosis con su propio atman (yo), de manera que todas las cosas mantenían un trato y un diálogo continuos con su realidad; una sincronía y un saber sostenidos entre la trascendencia y los hechos; entre la naturaleza con su multiplicidad de seres, y su propio ser individuado… Pero ahora, eso había enmudecido, desaparecido; ¿o bien había sido sofocado y desgarrado todo eco interior de algo más?…

Obsesionado e inquieto salió el resto del día a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad. Inusualmente tropezaba con frecuencia con la gente, pero no reparaba en ello. Al pasar ante el templo de la diosa Lakshmi, se decidió a entrar, sólo pensando que podría acrecentar de esta manera el poder y la felicidad de su amor. Se sentó en posición de loto ante la imagen imponente de la diosa de cuatro brazos blancos, pero no pudo siquiera entrecerrar los ojos, pues se imaginaba, con total realismo, desnudando la estatua viva de la diosa y abalanzándose a besarla entre sus piernas. Ansioso y excitado se levantó sin más y volvió a salir a la calle. Siguió caminando hacia las afueras de la ciudad y, sin querer, se fue acercando por rodeos hacia el río, hasta que se percató de este hecho y, sin dilación, aunque aún era temprano, se encaminó decididamente hacia el lugar secreto.

Al llegar observó con satisfacción la belleza y el encanto de las aguas turquesas, aspiró el olor intenso a jazmín, se deleitó con las luces y sombras que danzaban como tenues figuras de mujeres asaltadas por el repentino brillo solar. Se quitó la túnica traspirada por el excesivo calor, la arrojó lejos sobre un arbusto y se dejó caer, con su cuerpo moreno y ahora bien formado, lentamente de espaldas bajo el agua; permaneció allí durante más de un minuto, con los ojos abiertos, feliz, contemplando hacia la superficie la voluptuosidad del mundo acuático.

Después de refrescarse y ensoñar con el próximo encuentro de amor con Latniavira, se tumbó desnudo con los brazos abiertos sobre la blanca y delgada arena. Cerró los ojos para escuchar el gorjeo de ruiseñores, zorzales, alondras y el grito lejano de los papagayos, acompasado por el gorgoteo de las diminutas caídas de agua que por todas partes llegaban al río. Continuó ensoñando y fantaseando con los vivos recuerdos de Latniavira hasta que se quedó dormido.

Habían descendido ya las primeras sombras de la noche cuando se despertó al escuchar un crujido de ramas y hojas. Se incorporó a medias y comenzó a gatear en cuatro patas hacia la entrada del pasaje secreto, dispuesto a abalanzarse como un tigre sobre la desprevenida Latniavira. Se agazapó y esperó en silencio. Al aparecer su figura cubierta hasta la cabeza por un velo rosa, Akarghi saltó sobre ella, pero sorpresivamente recibió un fuerte golpe de puño en el rostro que lo lanzó hacia atrás. Tashi Aburghasim se retiró el velo rosa de la cara y con una mirada feroz, dejando escapar un furioso grito, saltó sobre Akarghi, quien quedó de espaldas bajo el peso de sus rodillas. En su mano izquierda llevaba una daga que levantó resplandeciente por encima de su cabeza y la dejó temblando en lo alto, luchando con su odio para no descargarla al punto en medio del pecho de Akarghi. Akarghi, sorprendido y anonadado por tamaño furor, se quedó inmóvil y entregado.

–¡Maldito imbécil, vas a morir!—gritó Tashi, esperando el menor movimiento o gesto de Akarghi para descargar el golpe mortal.

Sin embargo Akarghi leyó en los ojos de Tashi la duda y la expectación, de manera que sin miedo se dejó llevar por la voluntad de Tashi, y, a través de él, de la voluntad del supremo Brahman, hacedor de todas las cosas. Tashi esperó un par de segundos y luego apretó la daga al cuello de Akarghi, preparando la decapitación. Mas, al observar la actitud serena, sostenida y templada de Akarghi, cambió instantáneamente sus facciones y lanzó una gran carcajada.

–¡Matarte sería un premio, maldito monje gusano!…

En su ancho rostro resplandeció una dramática mueca de maldad, junto a una sonrisa de satisfacción.

–¡Así, como ahora estás, desnudo en tu bajeza,  desnudaré tu impostura de asceta y hombre santo ante todos!… ¡¿Me has oído?!—le gritó a Akarghi a unos pocos centímetros de su cara.

Por primera vez, en su interior algo respondió con una intensa sensación de miedo. Así, ante la muerte, ante su muerte, efectivamente nada en el mundo podía causarle ni el menor temor; pero volvió a leer y anticipar en la maldad de los ojos de fuego de Tashi algo horrible, algo inmensamente más temible, brutal y aberrante que la muerte… Akarghi movió afirmativamente la cabeza.

–¡Quiero escuchar claramente la respuesta!… ¡Quiero escuchar: “Sí, señor”!…

–¡Sí, señor!…—balbuceó, tratando de mantener su aplomo.

–¡Bien, entonces escucha esto!… ¡De aquí en adelante, por el resto de tu vida, serás mi esclavo y harás todo lo que yo te ordene!… Y para asegurarme de que cumplas con este juramento, la vida de Latniavira dependerá de ti… Y no solo su vida, sino cada centímetro de su cuerpo, pues ese cuerpo hermoso que has mancillado con tu lujuria, será el garante y el castigo a la traición… Lo iré cortando con esta misma daga, las arras de tu juramento, centímetro a centímetro cada vez que faltes a éste… Y ahora, el sello y la firma… ¡Abre tu mano!

Akarghi extendió temblando su mano izquierda, y Tashi atravesó longitudinalmente su palma con el acero, abriendo un surco de piel, carne y sangre.

27

–¡No, baba Tashi,… no…te lo suplico, no!…

Gritó, cuando el sicario, de pie junto a Tashi, blandía por un momento en alto el machete y en seguida descargaba un golpe preciso sobre el dedo meñique izquierdo que saltó despedazado a un metro de distancia. Tashi dio un paso al lado, se miró la ropa y escupió en el suelo, mientras el hombre aullaba de dolor y la sangre corría por su brazo. Akarghi, a pocos pasos, observaba la escena temblando; las lágrimas le caían por las mejillas.

–¡Has perdido un dedo por negarme a tu hija!—gritó Tashi, después de arrojar el humo de su cigarro hacia el hombre que se había dejado caer de rodillas y se apretaba la mano– ¡La próxima negativa te costará dos!… ¡La esperaré hasta la próxima semana!… ¡Ahora sáquenlo de aquí y limpien el suelo!—les ordenó a dos de sus sirvientes, quienes tomaron de los brazos al hombre y lo sacaron arrastrando de la habitación.

Ravajagana, el sufrido hombre de unos cuarenta años que acaba de ser sacado a la fuerza del lugar, era sólo una víctima más del poder y la inmoralidad de Tashi Aburghasim. En concordancia con su carácter, Tashi había seguido los mandatos de su naturaleza desde temprana edad, evidenciando una fuerza, convicción y liderazgo que se dejó sentir ya en su etapa escolar, estableciendo relaciones de control y sumisión con sus pares, especialmente con una pandilla de jóvenes que lo acompañaban, lo admiraban, pero que también le temían y eran por él abusados. Si alguno de ellos de alguna manera se revelaba, Tashi sabía cómo persuadirlo, cómo reconquistarlo y cómo someterlo, incluso con maltratos, para dar de pasada una enseñanza sobre la inconveniencia de prescindir de él, y de la utilidad de prestarle servicios y subordinación, pues, por otra parte, su generosidad en agradar de todas las formas imaginables a las personas que con él se vinculaban, era proverbial e incluso extrema. Sus padres, una familia empobrecida con cinco hijos, trabajaban en las labores del campo de sol a sol, y carecían de la presencia, de la personalidad y convicción para poner límites y educar a este particular hijo, el cual, sin ser abiertamente irreverente y desconsiderado con ellos, acababa siempre imponiendo su soberana voluntad.

Con los años, Tashi, poco dado al estudio y atento a sus sobresalientes cualidades sociales, se dedicó siempre con éxito a todo tipo de actividades que le reportaran placer, poder, dinero y libertad, sin importar las restricciones que imponen la moral, la tradición, la ley, la sociedad humana o simplemente la conciencia natural. Sus actividades y rango de acción se habían encauzado, con el correr del tiempo, al narcotráfico, la prostitución, el tráfico de influencias y el comercio en general, gracias al cual ocultaba sus segundas intenciones y su vida, manteniendo una fachada digna.

Hacía tres años, Tashi había descubierto a la joven, hermosa y sensual Latniavira en un cabaré, donde bailaba y servía a los parroquianos, ocasionalmente, si bien por gusto, con servicios sexuales malamente remunerados. Verla y quererla para sí fue una sola cosa para Tashi, y, a pesar de que Latniavira veía en él ante todo el oropel de su beneficio, encanto y atractivo social, acabaron cada uno por sus propias razones y deseos creando una relación de pareja singular, en la que Latniavira aceptaba tranquilamente la poligamia y el rol de Tashi, y Tashi, que Latniavira continuara bailando y comerciara con su cuerpo, pero a condición de que fuese por un buen precio y con las debidas precauciones higiénicas. El odio, pues, de Tashi hacia Akarghi se debía no tanto al trato sexual que mantenía con Latniavira, sino a que ella se hubiese enamorado de Akarghi, y no de él.

–¿Qué dices ahora, sanyasin?… ¿Por qué lloras, por qué sufres, si esto no es verdadero, si esto es sólo una ilusión?—le espetó Tashi con una sonrisa feroz.

28

–¡Sí, señor, seré tu esclavo!—dijo Akarghi, conteniendo las lágrimas.

Satisfecho Tashi con la respuesta y la sumisión de Akarghi, le dio un bofetón en el rostro, se puso de pie y se devolvió por donde había llegado. La luna se filtraba con múltiples rayos entre la floresta y se reflejaba en el agua y en la arena, que parecía estremecerse en su luminosa blancura. Un extraño silencio se dejaba sentir en todo el lugar. Akarghi abrió su mano y contempló la palma herida; sus lágrimas comenzaron a mezclarse con la sangre que aún manaba de la herida. Confusas emociones transitaban y se revolvían por su corazón y su mente, si bien entre todas ellas primaba un dolor profundo, desconocido hasta entonces para él, desconcertante y nuncio de angustiosas y transformadoras experiencias. Y junto con este dolor, como centro, totalidad y verdadera causa del mismo, Latniavira…

Nada le importaba de sí. Había estado a un segundo de morir, pero eso nada lo había afectado. Sin embargo, la integridad de Latniavira, la integridad de su cuerpo y de su alma lo devolvía y lo ataba exaltadamente a la vida, hasta la esclavitud y más, aunque de ello aún no tenía conciencia. La imagen realista de su cuerpo perfecto desgarrado a pedazos, y el sufrimiento –la tortura moral– causado por Tashi, que en adelante inevitablemente la acompañaría, eran las únicas representaciones e ideas definidas que en este momento lo dominaban y atormentaban.

Precisamente el pensar y la conciencia en Latniavira lo puso en movimiento y le dio una dirección y sentido urgente hacia la acción. Tashi Aburghasim, en sí mismo o para él no significaba en absoluto un problema, pero, en relación con Latniavira, se le manifestaba como un horrible fantasma, un engendro abismal y omnipresente que lo podía llevar a la locura y a la desintegración de su alma.

Se acercó a la orilla del río, se lavó la herida y, buscando con su especial habilidad clarividente entre la vegetación del lugar, encontró dos hierbas, milenrama y romero, que lo ayudarían con su herida. Las masticó, hizo un bolo en su boca y luego colocó el emplasto en su mano, que cerró cuidadosamente. Volvió a vestir su túnica y salió gateando del lugar por el pasaje acostumbrado. Mientras avanzaba por él, sintió vívidamente que repetía la experiencia traumática de transitar por el canal vaginal de su madre para desembocar en una nueva existencia amenazante y desconocida. Pero esta otra vida tenía ahora un solo nombre y sentido: Latniavira.

29

 Los jóvenes discípulos, en más de una decena y de diferentes edades, comenzaron a sentarse desordenadamente en la grama del cerro, donde acostumbraban a descansar después de jugar durante una media hora al perseguidor. Una tarde aireada, activa y no con mucho sol había conseguido templar los ánimos de los jóvenes que gozaban de una jornada especial, liberada ya la sobrecarga de energías que su dichosa edad les proporcionaba. La visita del abad Sapilaspatti del monasterio de Ladakh había facilitado que se les concediera la tarde libre, después de una mañana intensa bajo las enseñanzas del mismo reverendo Sapilaspatti, un hombre ya mayor que gozaba de una gran reputación como maestro en el Yoga y el Budismo, el cual les había dejado la tarea de meditar en sus densas palabras, a fin de compartirla a la mañana del próximo día, en el salón de estudio, los jóvenes novicios de Lamayuru con él.

Los jóvenes no por monjes dejaban de bromear, de reír y experimentar los sanos deleites de una atolondrada excitación emocional propia de la edad. Sin embargo, a sus dieciséis años, Akarghi, entre todos ellos, con frecuencia manifestaba comportamientos diferentes, a veces calificados de admirables por sus propios compañeros, pero otras también como raros. Si bien había participado en el juego con tanta o mayor energía y contento que sus demás amigos, ahora prefería retirarse a unas decenas de metros del grupo, bajo la sombra de una higuera, a descansar y meditar en importantes asuntos que quería volver a traer a su conciencia. Reclinada su cabeza sobre un leño abandonado vio llegar desde lo alto un ruiseñor, que se posó entre la fronda de la higuera sobre un ganchuda rama gris, y a una distancia de sólo un par de metros, de manera que Akarghi podía verlo y oírlo a su placer. De inmediato se acercó su amigo Kynpham Sing y le preguntó si podía acompañarlo, y en qué meditaba o pensaba. Akarghi le señaló el ruiseñor y respondió:

–¡Mira y escucha la belleza de ese ser!…

Mientras Kynpham ponía su atención en el ave, comenzaron a llegar los demás integrantes del grupo, y se sentaban alrededor para escuchar el diálogo. Kynpham sonrió complacido al contemplar el pajarillo, que parecía no atemorizarse con la presencia de los jóvenes.

–¿Recuerdan la enseñanza que nos impartió esta mañana Sri Sapilaspatti?

Como varios de ellos lo mirasen con una expresión dudosa, Akarghi recitó con ayuda de su prodigiosa memoria: “Los dioses se volvieron entonces hacia el ojo: “¡Canta el Udgitha (Himno) para nosotros!” “De acuerdo”, respondió éste, y entonó el canto. Todo el bien común que proporciona la vista, el ojo garantiza su beneficio para los dioses, mientras que el placer sutil que otorga la belleza es utilizado por él mismo [que posee ese ojo]. Los asuras (dioses menores) comprendieron que este canto iba a conferir a los dioses el poder de sobrepasarlos. De la misma manera, atacaron el ojo con las flechas del mal. Este mal se encuentra hoy día cuando vemos la fealdad o mostramos actitudes incorrectas – esto es, el mal por la vista.[5]

El ruiseñor levantó el vuelo cuando Akarghi terminó de recitar, y los jóvenes lo siguieron con la mirada.

–¿Cómo lo entiendes tú?—preguntó Aadarshini, uno de los mayores de entre los novicios, y que siempre escuchaba con interés  los comentarios de Akarghi.

–Yo hablaré por lo que me enseña mi propia inteligencia, pero cada uno de ustedes tiene la suya propia, por lo que les pido disculpas por esto.

30

–Hablaré con respeto y humildad ante esta sabiduría divina—continuó Akarghi–. Y porque mi mente limitada y pobre apenas atisba la belleza divina que experimenta el ojo, como nos enseña nuestro Brihadaranyaka, me concentraré por esta vez en el placer sutil de nuestro ojo cuando observa todo el tiempo la belleza, y su contraparte, la fealdad….Todas las personas aman la belleza y se sienten atraída por ella, y todos experimentamos cosas feas que naturalmente rechazamos, gracias, en uno y otro caso, a un sentido, emoción o facultad especial y natural que los dioses y los asuras nos han creado… ¿Los dioses y los asuras?… ¿Quiénes son ellos?, podremos preguntarnos, si no son parte de nuestra experiencia, como sí lo es la belleza y la fealdad, que las reconocemos en las cosas Nosotros creemos, primero que todo, porque nuestros antepasados, nuestros mayores y maestros nos lo enseñan así. Es decir, primero creemos en los dioses, porque creemos en nuestros mayores, y éstos creen en los dioses porque creen en sus propios mayores, y así sucesivamente hasta que alguien, generalmente el primero de todos, lo experimentó realmente por sí mismo, o simplemente lo inventó…–Algunos murmullos de descontento se dejaron oír entre los jóvenes, y en otros apareció una sonrisa irónica, aunque otros pocos asintieron.

–Yo no diré ahora por cuál de las dos creo, pero creo—continuó Akarghi, capturando de igual forma el interés de todos sus compañeros–. En cierto nivel de experiencia de los seres humanos no es relevante si existen o no los dioses: experimentamos belleza y fealdad en las cosas, creamos en ellos o no. La mayoría de las personas experimentan lo bello y lo afirman así: “¡Eso es hermoso; esto es feo!” Y ni se les pasa por la imaginación preguntarse si las cosas son bellas como las percibimos bellas, o ¿en qué medida nosotros creamos la belleza y la fealdad con nuestro ojo personal y subjetivo? Y es que esta mera pregunta nos pone de inmediato fuera del campo de la experiencia de los sentidos, e incluso de la autopercepción de nuestra mente. Entonces experimentamos una sensación de desvalimiento y vacío, como si ya no tuviésemos suelo que pisar, ni aire que respirar. Entonces, en un acto de necesidad y urgencia la gente puede responderse: es nuestra naturaleza, o nuestra genética, o las estructuras de la mente, o la cultura, o los dioses… Pero al fin de cuentas todo ello queda al margen, excluido y ciego de la directa experiencia de las causas… Una vez más la experiencia. ¿Ese ruiseñor era bello, feo o indiferente?… Primero, era lo que cada uno de nosotros sintió. Pero más allá de ese nivel elemental y superficial de la realidad, ¿hacia qué causa se explica lo que hayamos sentido de una o de otra manera con el ruiseñor?…

–¿Y cuál sería entonces la experiencia de la causa primera de la belleza y la fealdad?—interrumpió, preguntando con vehemencia el más joven del grupo, un chico delgado y con lentes de vidrios redondos.

Akarghi guardó silencio unos segundos, dirigió su mirada en dirección adonde había visto volar el ruiseñor, levantó los hombros y respondió en voz baja:

–¡No lo sé!…

31

“¿Se puede estar durmiendo si uno sabe que está durmiendo?”, se preguntó Akarghi, mientras meditaba. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Doce piedras de diferentes colores lo rodeaban y lo observaban atentamente… “¿Se puede estar durmiendo si uno es conciente de igual manera, y de todo cuanto puede ser conciente de sí mismo, que cuando se está despierto?”

–¿Se puede estar despierto si nosotras hablamos y escuchamos tu pensamiento?—dijeron a coro las piedras con un sonido gutural.

–Cuando estoy despierto las piedras no hablan. Todo el mundo experimenta lo mismo.

–¡Necio!, cuando estás despierto sólo eres tú la causa de que no escuches a las piedras que hablan cuando hablan… ¿De qué te sirve estar despierto? ¿De qué sirve que todos experimenten lo mismo, sólo porque experimentan un mismo sueño en común? Es lindo experimentar lo mismo que todos y vivir todos en el mismo planeta, pero no por ello deben convencerse de que están despiertos. Además, tampoco todos experimentan lo mismo…

–Entonces ¿ahora estoy despierto?

–No estás durmiendo ni despierto. Sólo estás conciente en cierto estado de mente… En este estado de mente, hablamos y te escuchamos. En el otro, no.

–Pero si ahora me escuchan y hablan, entonces el otro estado en el que no las escucho es ilusorio, y éste, verdadero…

–¡Escucha, escucha bien, Akarghi!… No podrás entenderlo aún, pero debes recordarlo… Ni estar durmiendo ni estar despierto es verdadero ni ilusorio…

Desde los flancos de cada una de las piedras comenzaron a abrirse un par de alas, que agitaron, como se estremece el cuerpo al despertar, y levantaron el vuelo en distintas direcciones, encendiendo el aire con rayos de todos colores. Akarghi se las quedó mirando lleno de gozo, aunque no tenía razón alguna para sentirlo.

–¿Qué miras?—preguntó una voz que parecía venir de todos lados, pero que no producía ningún sonido.

Akarghi miró hacia todos lados, pero no vio a nadie.

–¿Quién eres?… ¿Dónde estás?—preguntó intrigado.

–Eso no importa, porque no podrías entenderlo.

–¿Adónde habrán ido esas piedras?

–¿Qué piedras?

Entonces Akarghi pensó si quizás no estaría ni despierto ni dormido, porque estaba muerto…

–¿Cómo podrías estar muerto, si sólo un cerebro vivo en un cuerpo vivo produce pensamientos?—preguntó las voces-una voz.

–Esos pensamientos sí necesitan un cerebro vivo en un cuerpo vivo; pero estos pensamientos son otros pensamientos, y al parecer no necesitan un cerebro vivo en un cuerpo vivo.

–Dices bien, Akarghi. Aunque hay pensamientos diferenciados por nivel de existencia, también existe un pensamiento indiferenciado y común a toda realidad que puedas experimentar en una conciencia manifestada.

–¿Por qué tendría que creerte si no eres nadie? Puedes ser sólo una ilusión de mi mente.

–Porque primero eres conciencia, y luego crees o no crees…

–Entonces tú eres conciencia.

–Soy la conciencia de la conciencia.

–Dios.

–No lo sé.

–¿Me dejarás que te llame Dios?

–¡Sí!

–¿Me dejarás que te llame no-Dios?

–¡Sí!

Un gallo cantó cerca de la ventana. Akarghi despertó bruscamente. El gallo aleteó y se posó sobre el marco de la ventana. Lanzó un largo y agudo quiquiriquí.

32

–¡Despierta, niño!—exclamó el lama Sapilaspatti, ofreciéndole a Akarghi una sonrisa compasiva y maliciosa a la vez—. Después de los deshielos, ¿para qué cae el agua de la cascada del Velo de la Virgen en lo alto de la Montaña Azul?—preguntó a continuación a los doce jóvenes sishyas que lo escuchaban atentamente, sentados en torno a él.

–Para nutrir la vida de los seres vivos del Valle de los Recuerdos—respondió un joven a su derecha.

–Bien dicho… ¿Cómo podría vivir el venado o la amapola del Valle si no recibiesen el agua de la cascada?… Pero, ¿ésa es la razón por la que cae el agua de la cascada?

–El agua de la cascada cae porque la tierra la atrae con su fuerza gravitatoria hacia el centro de ella misma. El agua, por lo tanto, cae para cumplir con una ley natural—. Respondió el joven de los anteojos de vidrios redondos.

–Bien dicho… ¿Cómo podría no cumplir el agua con la ley de la naturaleza? Pero, ¿ésa es la razón por la que cae el agua de la cascada?

–El agua de la cascada del Velo de la Virgen cae sin un para qué –respondió Akarghi, con la voz temblorosa de emoción–… Sólo las cosas que la rodean le otorgan, cada una, un para qué o un para sí. ¿Podemos saber qué es realmente el agua de la cascada del Velo de la Virgen en lo alto de la Montaña Azul?… ¿Cuando canta el ruiseñor, es realmente bello su canto?

–Bien dicho, sishya… El agua de la cascada del Velo de la Virgen en la Montaña azul no tiene nombre, ni esencia, ni realidad. El ruiseñor, cuando canta, también no canta… Mediten en ello.

El lama hizo una profunda reverencia que sostuvo alrededor de un minuto; luego se levantó en silencio, sin el menor gesto, y salió del salón. Akarghi sintió una extraña emoción que apretó su pecho, se incorporó velozmente y salió a la carrera del salón para no llorar delante de sus compañeros y del abad Farra-aj.

Akarghi continuó corriendo una vez que se encontró en el patio, y se encaminó hacia los cerros. Todavía corrió una media hora más, sin importarle ni el cansancio ni el esfuerzo que lo hacía jadear y sudar, hasta que llegó al lugar donde había estado con sus compañeros el día anterior. Necesitaba sentarse bajo la higuera; necesitaba experimentar la energía de ese árbol milenario. Ya no lloraba, pero aún una sensación desagradable oprimía su pecho. Volvía a faltar a las reglas de su orden monástica y arriesgaba otra vez un severo castigo, pero en su interior algo parecía desafiar esta veneranda norma y su vida monástica misma. Hacía ya unos meses que sus amados maestros, sus amados amigos, su amado monasterio, su amada vida toda se había visto amenazada y cuestionada por extraños sentimientos que iban manifestando de a poco una forma intelectual y expresión conceptual. Al escuchar y experimentar las palabras del lama Sapilaspatti no dejaba de sentir el regocijo y el asombro de la verdad y la belleza que se desplegaban como una evidencia sublime ante él y en su propio interior. Sin embargo, igual que una sombra inseparable y negadora de la forma original, se proyectaba por todas partes también la duda terrible, el sentimiento intuitivo y corrosivo de que todo esto no estaba bien… De que, de alguna incomprensible y sutil manera, en la medida que avanzaba y experimentaba más y más la Verdad, en esa misma medida, y como contraparte, se alejaba más y más de ella, del mismo modo que una mosca atrapada en la tela de la araña, al moverse más y más en ella para liberarse, más y más es envuelta y prisionera de su propia intención. Dios, Brahma, la Verdad, la Realidad, Akarghi, e incluso la evidencia como sentimiento en sí mismo –en definitiva lo supremo y lo irrenunciable– proyectaban en su mente, en su conciencia, en su interior profundo e insondable la sombra de un bufón que en una mueca infernal deformaba y se reía victorioso de mentirlo todo, de engañar por completo a todos los seres humanos y también a todos los seres divinos, pero, sobre todo, a Akarghi mismo.

33

Akarghi se quedó mirando el rostro inmovilizado de la mujer que todavía esbozaba una plácida sonrisa. Shambhu se acercó al cuerpo de la mujer, tomó su brazo, auscultó su pulso, luego acercó la palma de su mano a la nariz y dijo en voz baja:

–Está muerta.

Akarghi giró a un lado y a otro, como si buscase a alguien que pudiese darle una explicación, o bien lo rescatase de esta terrible experiencia. Pensó en el maestro Kinhijoro y se dio media vuelta para salir en su busca, pero un fuerte tirón en la manga de su túnica lo obligó a detenerse.

–¡No hay tiempo que perder!—exclamó Shambhu, y le puso en la mano un escalpelo—Un minuto más y el bebé morirá.

Akarghi miró el bisturí reluciente en su palma, y como un relámpago de lucidez comprendió que toda la realidad estaba ahí, esperando su acción: podía o no podía… simple y terrible. Adentro del vientre de esa mujer muerta un pequeño ser humano, a punto de nacer o de  morir, dependía de él.

Shambhu hizo una profunda reverencia ante el cuerpo inánime y ante el nuevo ser, y luego cogió la sábana, la retiró, dejando al desnudo el cuerpo estragado y desnudo de la joven, con una repentina protuberancia en el vientre, que advertía que ahí alguien esperaba algo. Akarghi nunca había visto el cuerpo desnudo de una mujer, si bien aquel cuerpo no parecía ya el cuerpo de un ser humano. Un ligero estremecimiento le erizó la piel. Luego una presencia interior lo puso en alerta, como si alguien se hubiese colado en su conciencia y en su mente, y tomase el control de su sí mismo; entonces experimentó la necesidad de actuar, de actuar con rapidez y precisión.

Consideró dónde debía realizar el corte para no dañar a la criatura. Con una decisión y seguridad inexplicables acertó en trazar una línea horizontal imaginaria sobre la zona del pubis, y estirando el brazo hundió profundamente la punta del cuchillo; abrió un profundo canal en la piel. Al encontrarse con la pared del útero ya no pensaba en nada; sólo seguía esa voluntad lúcida interna que lo dominaba. Cortó varias veces, introdujo su mano derecha en la abertura de carne, y se encontró con el cuerpo resbaloso de un niño. Lo arrastró hacia la abertura, de manera que quedara la cabeza hacia el exterior; en seguida introdujo con fuerza ambas manos por la hendidura, y, tomando al niño desde las axilas, lo trajo al mundo.

Akarghi levantó al niño en alto y éste comenzó a llorar. Shambhu ayudó a cortar el cordón umbilical y recibió al niño entre sus brazos. En ese momento entraron con precipitación dos jóvenes bhikshus, que se quedaron con la boca abierta al observar la escena. Akarghi, como despertando de un sueño, sólo sonreía sin dejar de mirar a la pequeña criatura que movía sus piernecitas, sus manos diminutas y la vista hacia uno y otro lado.

–¡He aquí tu hijo, divino Akarghi!— Shambhu exclamó dichosa.

34

Después de los maravillosos momentos en que Akarghi pudo experimentar el asombro y el milagro de participar y facilitar el advenimiento de un nuevo ser humano a este plano de existencia, la criatura pareció comenzar a desplegarse en un entorno de tiempo y espacio, de materia, de naturaleza biológica y necesidad, de circunstancias humanas y condicionamientos desde lo otro. Entonces el bebé comenzó a llorar de hambre. Fue revestido con paños de algodón de dudosa procedencia y, no lejos, se escuchó un grito desgarrador, seguido de un ruido seco y extraño. Shambhu depositó el niño en los brazos de Akarghi, al tiempo que decía:

–Buscaré algo de leche de cabra, que debe de quedar por ahí.

De la misma manera que la experiencia de la visión se completa sólo cuando se integran, en una sola percepción, figura y fondo, Akarghi volvió a poner atención en el entorno que lo rodeaba y llamaba. Observó primero el rostro contraído y doliente del bebé, escuchó su queja animal, y en seguida levantó la mirada hacia el cuerpo destrozado y muerto de su madre; miró a ambos una y otra vez; olió el aire fétido de la habitación y del hospital y se estremeció de la inesperada fusión que experimentaba entre la vida y la muerte; el horror y la gracia; la ternura y la repulsión. Akarghi sintió un poderoso desconcierto; nunca había experimentado algo semejante.

El acarya Kinjihoro irrumpió en la habitación seguido de varios bhikshus. Su rostro denotaba preocupación y molestia. Se detuvo a la entrada, oteó el espacio circundante y se dirigió a Akarghi:

–¡Nos vamos, nos vamos ahora mismo!… ¡Sal de aquí, sishya Akarghi!

Akarghi volvió a mirar el rostro del bebé contraído por el llanto de hambre.

–El bebé, acarya, ¿cómo podría dej…, cómo podríamos dejarlo así?

–Éste ya no es un lugar para nosotros. Nada tenemos que hacer aquí. Debemos salir ahora mismo. Has profanado un cuerpo humano. ¡Sal de aquí, sishya Akarghi!

Shambhu entró llevando un biberón en su mano y se encaminó hacia Akarghi. Como si no hubiese percibido nada, puso el biberón en la boca del bebé, que comenzó a succionar la leche con ansiedad.

–¡El niño no debe quedarse aquí!… ¡Debes llevarlo contigo, baba Akarghi!… ¡Tú lo has traído al mundo, es tu hijo ahora!—exclamó repentinamente Shambhu con la voz quebrada por la emoción.

–¡Eres un bhikshu, un monje del monasterio de Lamayuru, un consagrado!—exclamó, perdiendo el control el acarya Kinjihoro–. ¡Si no regresas ahora mismo con nosotros, ya no podrás regresar jamás!

–¡El niño morirá si se queda aquí, baba Akarghi!… ¡La peste lo matará pronto!… ¡Debes llevártelo!—suplicó Shambhu, dejándose caer de rodillas y doblándose hasta tocar el suelo con su frente.

–¡El divino Indra lo protegerá y cumplirá su destino!…

El acarya Kinhijoro se dio media vuelta y salió de la estancia, junto con los demás monjes. Akarghi volvió a mirar una vez más al niño que se había dormido después de alimentarse y, con los ojos enrojecidos por las lágrimas contenidas, lo depositó apresuradamente sobre una estera y salió corriendo del lugar.

35

No es común que a los 22 años contemples tu vida como si fuese una larga cinta desplegada hacia el pasado, y que incluso al observarla y contenerla en tu alma te parezca que hayas vivido al menos tres vidas bien diferentes en una. No es propio de la juventud que a esta temprana edad sea la memoria tu facultad más activa y decisiva en tu vida mental y personal.

En lugar de lanzarse en un impulso y vuelo temerario y libre de la imaginación y la expectancia hacia un futuro que parece eterno y abierto, permanente estado del alma y de la mente de todo joven, Akarghi vivía, incluso contra su voluntad y convicción espiritual, un presente dolorosamente resignificado y atraído por su propio pasado, con fuerza semejante a la de un hoyo negro que succiona toda materia y energía de su universo entorno.

Sentado sobre el antepecho de mármol del templo Bhadrachalam del señor Rama, Akarghi contempla a sus pies la ciudad que se mueve con indescriptibles líneas, ondulaciones, colores y enlazamientos humanos. Y allí mismo, aun envuelto por este océano humano de formas, sonidos, olores y fuegos de la naturaleza viviente, todo esto sin embargo parece venir a diluirse y transformarse ante su propia conciencia vital, así como la ingente inmensidad del mar viene a morir humildemente en la débil línea final del agua espumosa que la arena se traga y acaba en esta otra inmensidad de playa y tierra. Y esta línea mínima y humilde, pero terrible y grandiosa, que representa el paso de la vida a la muerte, y de la muerte a la vida, se puede vivir también, paradojalmente, en un mismo escenario vital y natural de fondo y forma contenedoras, dentro de un mismo cuerpo biológico continuo y vivo, dentro de una externa objetividad firme, sólida y real, que pareciera desmentir como irreal y sicológico el cataclismo, la agonía y el parto de la esencia y del alma que atraviesa un infinito en pocos instantes para aparecer abruptamente en otro infinito. Con esa distancia infinita contemplaba Akarghi su infancia, y dolía, como duele el recuerdo de un amado muerto, infinitamente propio, pero infinitamente imposible… Y dolía también la distancia infinita de aquella vida amada en el monasterio de Lamayuru, su otro yo, cercano como pueden serlo sólo tres años de distancia de uno mismo, pero ya infinitamente imposible…

¿Quién era ahora?… Pero esta pregunta que nosotros solemos lanzar con tanta soltura sobre otro tú o él cualquiera, sin embargo, al igual que Akarghi, en un primer momento, momento cuya medición en tiempo humano puede durar en algunos casos incluso los ochentaitantos años relativos de una vida biológica común, uno mismo (dirigida al yo de uno mismo) se vuelve incapaz de responder, o, todavía más, siquiera de cincelarla primero en pétreas palabras desgarradas de la roca viva de nuestro propio pensamiento y conciencia, en una pregunta primigenia e  ininteligible: ¿Quién soy yo? … Porque esta pregunta aguda y alta como puede serlo sólo una estrella, sólo se yergue en el lugar infinitamente alto y adecuado cuando un orden, un kosmos, ha logrado construirse a través de un esfuerzo de millones de años de evolución de ese mismo universo, y no antes, nunca antes, aunque el llanto desgarre las tripas del corazón que anhela un nuevo orden en medio de su propio caos. Incluso si es un dios, y no un humano, el que llora anhelante…

36

Si a los 22 años contemplas tu vida y reconoces que ya has vivido tres vidas en una, naturalmente comenzarás a comprender y asumir que la muerte, esa supuesta experiencia irrepetible y única, no es en esencia diferente al tránsito y renacimiento de una vida tras otra dentro de un solo y mismo cuerpo vivo. Pero todavía más, comenzará a dilatarse tu memoria como un continuo tan profundamente hacia atrás, que ya tampoco podrás evitar presentir –otro de los tantos nombres para recordar– la reencarnación de tu misma alma en diferentes cuerpos, como tantas vidas desplegadas en el mismo cuerpo, o en otros cuerpos físicos facilitados para tu propia experiencia y evolución. Y aunque venga toda una legión de esos pequeños demonios llamados científicos a refutar tus vivencias y certezas con sus maravillosas máquinas probatorias, la realidad de tu alma podrá con justa razón replicarles y exorcizarlos con una simple evidencia: “No se han adentrado en su propia mente y alma”.

Y esta otra vida de Akarghi, la última y tercera, que ya vivía en cronos humanos desde hacía tres años, ésta que él había identificado con un solo nombre y persona amada, avanzaba o se escapaba también hacia el infinito a una velocidad vertiginosa, a decenas de años de vida humana por segundo.

Akarghi observaba, pero no meditaba; sentía, pero no presentía; pensaba, pero no oraba; vivía, pero no vivía, porque más allá de las intensas latencias de los sentidos, de los instintos y las emociones, vivir es ante todo sentirse vivo, y eso Akarghi lo había ido perdiendo en estos últimos años de esclavitud. Una vez más la imagen de Latniavira desnuda, con sus grandes pechos recostados sobre su boca, agitándose como la marea del mar que solloza de placer sobre su pelvis de fuego, atravesada hasta su fondo suave y cálido por el sexo erguido y a punto de estallar, lo llamaba a perderse en su cuerpo y en el amor de su piel y de su alma compartidas.

Sin embargo, lo mismo que el horror cuando aparece repentinamente, desde el hontanar del alma, y copula con el universo todo, e incluso con el amor sagrado, todo ello se convierte en una agonía, en un sufrimiento de amor, porque la muerte en un instante se funde con la vida sin diferencia entre una y otra. Los contrarios se funden sin diferencias, en una unidad no querida, inoportuna, trágicamente y sin trascendencia. Ese espanto y aborrecimiento, esa unión insostenible entre el amor y el infierno, se había materializado y personificado entre Akarghi y Latniavira: les había nacido un hijo imposible, el hijo de la esclavitud de Akarghi, un niño al que llamaron Prâsad.

37

¿Dónde estoy?, pensó Akarghi, mientras el sol se empinaba ya sobre el blanco templo Bhadrachalam y a sus pies el distante laberinto de las calles humanas palpitaba con esas pequeñas figurillas disformes que desde lejos habían dejado de asemejar personas.

¿A quién pertenezco?… De la misma manera que la cuerda de un laúd al ser pulsada vibra velozmente con movimientos contrapuestos y desde ese singular conflicto de fuerzas surge el sonido unificado, así en la mente de Akarghi dos contenidos de conciencia contrarios y antagónicos producían un singular estado de conciencia. Al contemplarse a sí mismo en el espejo de su alma surgían dos maravillosas y terribles visiones: Latniavira y su hijo Prâsad cosido a su falda; y allá en el mundo, desplegado ante la ventana de sus ojos, otras dos maravillosas y terribles visiones: la humanidad madre y tierra, y su extrañamiento desgarrado de todo.

Sin convicción e involuntariamente, como una roca esférica en la pendiente de una montaña tendrá que rodar al punto en una sola y necesaria dirección, Akarghi se puso de pie y, sin reparar en las obligaciones religiosas propias del lugar sagrado, salió en dirección al bajo. Aun así, como su pasado y su orden interior (el estado natural de poseer una identidad estable sin percatarse uno de ello) comenzaran a venirse abajo con un ruido sordo, con un movimiento progresivamente acelerado, cual una inmensa sequoia se quiebra y comienza a caer desde lo alto hacia abajo, y uno se queda pasmado contemplando el desgarramiento de lo inevitable, Akarghi lograba penosamente sostener su ojo interno todavía más alto, buscando la estrella polar que lo mantuviese esposado a su propio destino, ése que se conoce sólo cuando se integra la trascendencia como único eje constructivo y consustancial a la vida.

Los últimos dos años Akarghi había visto gente, mujeres y hombres a veces extraños, fantasmales ante la conciencia, tantas veces incomprensibles, como ver a un recién nacido morir, o el besar gimiendo un cadáver, o la santa gota de lluvia acumulada hasta ahogar a un pueblo de pobres, u observar el  degollamiento de uno que suplica y llora, y la sangre que salta de su cuello cercenado riega la flor de una margarita casi tronchada por el peso del cuerpo desplomado, o los párpados entreabiertos de unos ojos en blanco que no distinguen entre uno que duerme y uno que yace muerto, o la sonrisa infernalmente cruel de un humano como cualquier otro, o un pequeño niño sirio muerto bocabajo en una playa sin nombre.

Ahora bajaba y caminaba por las calles familiares contemplando seres, fragmentos de algo indefinible, como esquirlas de una granada, o desmenuzamientos de un rayo de sol lejano, o trozos de costilla de un Adán primigenio,  o pasos y voces de senderos yuxtapuestos, y hasta juntos, que jamás se tocan. El sentido, la razón de ser, la coherencia de todas esas personas, todas reales, se diluía progresivamente. No quería que se diese así… Se resistía a experimentar la desintegración del dharma; la disolución de todo dios y ley y orden en una humanidad artificial y forzada, sin unidad ni sentido. Podía reconocer casi con horror que el sentido y el sinsentido de la existencia y de la realidad toda estaban ambos ahí, fundidos, abiertos, expuestos por sus dos irreconciliables extremos, completamente disponibles para la mente humana, gratuitamente y como sin hostilidad entre sí, todopoderosos y… ¿unificados en una absurda ininteligible unidad?

38

“¿Se puede vivir la Verdad sin experimentar la disolución progresiva y completa de todo?”… Akarghi giró su cuerpo hacia lo alto del monte y observó arriba el templo Bhadrachalam; volvió a girar su cuerpo hacia la calleja que se adentraba en la maraña humana, intentó dar un paso, pero percibió un crujido extraño y doloroso bajo su pie desnudo; miró su planta morena y descubrió adherida a ella la masa gelatinosa y despedazada de un caracol. Tomó los restos desde su pie y los depositó sobre la palma de su mano. Una nube de angustiosas y extrañas emociones lo impulsó a levantar su vista hacia el cielo, luego giró su vista alrededor, como si buscase una respuesta cerca. Una procesión de monjes budistas pasó cantando en coro una monodia a su lado, en dirección al templo Bhadrachalam:

Los estados mentales están precedidos por la mente,

liderados por la mente, creados por la mente.

Si uno habla o actúa con mente impura,

de aquí el sufrimiento lo sigue a uno

como la rueda sigue la pata del buey que tira el carro.

Los estados mentales están precedidos por la mente,

liderados por la mente, creados por la mente.

Si uno habla o actúa con mente pura,

de aquí la felicidad lo sigue a uno

como la sombra que no se aparta…[6]

Akarghi se hizo a un lado para no entorpecer su paso. El último monje se dio vuelta hacia él y con una mueca desagradable que mostraba los dientes apretados, levantó hacia él su dedo medio, luego giró y siguió caminando. Entonces alguien tomó su mano de la que escurrían los restos de caracol; sintió su suave piel y su cálida presión: a su lado se le arrimaba una mujer con un vistoso sari de color rojo y turquesa, sonriente, perfumada con aceites, con colgantes de coloridas gemas en su frente y cuello, que susurraba algo incomprensible, al tiempo que desnudaba su seno y deslizaba hacia derecha e izquierda sus pechos morenos sobre la piel de su brazo. Repentinamente saltó sobre la mujer un perro moteado y comenzó a tironearla de su sari, mientras gruñía con rabia. Un hombre ya mayor gritó una maldición, le lanzó un palo al perro, pero éste escapó con un ágil brinco y se perdió entre las piernas de la gente; el palo golpeó fuertemente la cintura  de Akarghi, que por un momento se dobló de dolor. El hombre se acercó a la mujer y le puso algo en su mano. La mujer acercó sus pechos a la boca del hombre, quien pasó su lengua por ambos, la tomó de la cintura y se la llevó hacia un pasaje cercano. Los vendedores gritaban ofreciendo su mercancía tratando de opacar con instrumentos musicales y gritos más fuertes las voces de sus competidores. Hacia adelante, por todos lados, filas de cientos  de sannyasines sentados en posición de loto recibían sobre un trozo de tela de diferentes colores, depositado pulcramente delante de ellos, las monedas ya opacas ya relucientes de los viandantes, mientras en silencio o murmurando repetían sus mantras. Uno de ellos abrió un ojo y se quedó mirando con ese único ojo a Akarghi.

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–¡Cuidado!—exclamó Kynpham Sing, y empujó de un brazo, con cierta brusquedad, a Akarghi.

Gracias a este repentino empujón Kynpham había evitado que su amigo Akarghi aplastara con su pie un gusanito tornasolado que avanzaba entre la hierba, levantando y bajando su morro peludo y ondulante. Cuando Akarghi comprendió el valor de la intempestiva acción de su joven amigo se sintió feliz y lo abrazó agradecido. Kynpham enrojeció y miró hacia otro lado.

–¡Mira!—volvió a exclamar Kynpham, señalando hacia las montañas lejanas, cubiertas de nieves eternas, pero atravesadas ante la vista de los jóvenes por numerosas ramas de cerezos en flor próximas a ellos.

Una bandada de coloridos periquitos pasó volando y alardeando de su jovial presencia con fuertes graznidos. Akarghi sonrió.

–¿Acaso hay algo separado de algo?—preguntó al aire y abrió sus brazos, como si tratase de abarcar el universo entero.

Kynpham se arrojó al suelo y comenzó a dar vueltas entre las lilas y los brotes de hinojos, riendo feliz como un perro. Akarghi lo miró; una sombra de preocupación oscureció su faz, pero en seguida volvió a sonreír y se dejó caer igual  que su amigo, girando y riendo.

–¿Y la muerte?—Akarghi preguntó repentinamente, en voz alta–. ¿Y el sufrimiento?…

Kynpham se quedó mirando a su amigo, ladeó un poco la cabeza, mientras respondía con un tono compasivo y condescendiente:

–¡Absorbidos!… ¡Completamente absorbidos por la vida, el amor, la belleza y la paz de Brahma!

Akarghi lanzó una sonora carcajada, y se abalanzó nuevamente a abrazar a su amigo.

–¡Es cierto!… ¡Es cierto! –gritó exultante.

Kynpham no pudo evitar responder al abrazo de Akarghi rechazándolo y empujándolo hacia atrás.

–¿Qué pasa?—preguntó Akarghi, sorprendido por la respuesta de su amigo.

Kynpham bajó la vista, palideció y, después de un incómodo silencio, dijo con voz ronca:

–Abrazar no es un juego.

–No, por supuesto que no es un juego.

–Entonces, ¿qué quieres decirme?…

–Que te amo, que amo al universo entero, que nos sentimos divinos cuando amamos y vivimos así.

–¡Eso no es cierto!—gritó desaforadamente Kynpham.

–¿Cómo que no es cierto?

Las lágrimas saltaron de los ojos de Kynpham, apretó los puños, se dio media vuelta y se alejó corriendo hacia lo alto de la colina más cercana. Akarghi también corrió unos pasos tras su amigo, pero pronto se detuvo para observar y tratar de comprender su extraño  comportamiento. Entonces escuchó un crujido bajo su pie; lo levantó para mirar, y vio allí, pegado a su sandalia, un caracol destrozado. Volvió a alzar la vista y divisó a lo lejos a Kynpham que desaparecía como una pincelada caoba entre los cerezos y los almendros desbordantes de flores, e incluso que, superpuesto en una sola perspectiva, parecía adentrarse sobre las nieves eternas de las montañas de Katmandú.

Por más que trataba de aplicar su razón y hasta su sexto sentido, no podía justificar la actitud de su amigo. ¿Por qué parecía sufrir?, se preguntó Akarghi. Mas, evidenciando que ensombrecerse y preocuparse por él atentaba contra el espíritu y la verdad del momento y del universo recién compartido, lo envolvió en una oración y en un poderoso sentimiento y rayo de compasión, de luz y de amor. Akarghi se sintió tranquilo, pero igualmente dubitativo comenzó a caminar de regreso al monasterio, aunque giraba su cabeza hacia atrás cada cierto rato.

40

La meditación de laudes se realizó con el cojín vacío de Kynpham Sing. Una incómoda molestia apretaba el estómago de Akarghi mientras trataba infructuosamente de alcanzar el vacío de su mente. Aunque insistía en visualizar a Kynpham en adoración a los pies de Buda, una y otra vez involuntariamente reproducía la imagen de su cuerpo cayendo desde la cornisa de un ventisquero. Durante uno de sus intentos de invocar al Buda Avalokiteshvara y consagrar a su amigo al poder compasivo y salvador del Señor y Padre, se le apareció vívidamente Su divina presencia realizando el vitarka-mudra, al tiempo que le decía con cierta severidad:

–¿Y a ti qué, si yo quiero para él su mal?

Akarghi dio un brinco sobre sus posaderas,  y se preguntó a sí mismo: “¿Qué es esto?”. Abrió los ojos y se encontró con la mirada escrutadora y seria del abad Farra-aj sobre él. Volvió a cerrar los ojos y sólo con un gran esfuerzo logró terminar la meditación. El abad se acercó a Akarghi, cuando los demás estudiantes salían de la sala, y le entregó una hoja de papel de bambú plegado. Sin decir palabra, el abad se inclinó ante Akarghi, el cual devolvió el saludo con una gran reverencia. Akarghi contempló el blanco papel doblado sobre su mano, entonces sorpresivamente se filtró un rayo de sol por lo alto de una celosía y se posó sobre el centro de su mano, iluminándola. Se llevó el papel a la frente en un gesto de devoción y con curiosidad lo abrió. Decía:

Como la lluvia penetra la casa mal techada,

así la pasión penetra

en la mente no desarrollada.

Como la lluvia no penetra la casa bien techada,

así la pasión no penetra

en la mente bien desarrollada.[7]

“¿La pasión de quién?”, fue lo primero que pensó Akarghi. Y una voz admonitoria dentro de él le hizo sentir que debía ante todo velar por su propia ilusión, por sus propios encubiertos autoengaños. Era fácil ver los defectos de los demás, los de todos los otros, pero qué difícil contemplar como un soberano observador de sí mismo, lo que en gran medida sólo se experimenta como una incuestionable y ciega necesidad de ser uno mismo (sin serlo). Akarghi sintió un fuerte dolor en medio de su pecho y se llevó ambas manos al corazón. Se sentó sobre el suelo, dejó caer la barbilla sobre su esternón y comprendió que algo grande estaba por suceder. Rápidas sucesiones de imágenes, de intuiciones, certezas y nebulosas eventualidades se acumularon arremolinándose como vientos venidos de lejos que traen esencias de extraños mundos. Un trueno retumbó con fuerza sobre el lamasterio; en seguida una lluvia de gruesas y violentas gotas comenzó a hacer tiritar los techos y las copas de los árboles con sus sonoros latigazos.

Llegó más temprano la noche y Akarghi se acostó en su estera, cerca de la ventana desde la que veía lo alto de una jacarandá. Sólo él parecía sombrío y silencioso entre los jóvenes monjes que se volvían satisfechos hacia uno y otro lado para dormir. Sólo él vibraba de una manera inusitada y anormal al escuchar la lluvia que sabía mojando inmisericorde a su doliente amigo Kynpham. Estuvo a punto de salir de su cama en un par de ocasiones y escapar hacia los cerros donde había visto por última vez a Kynpham, pero alguna fuerza interna lo retenía irracionalmente, esperando…

Había caído ya en un sueño liviano, inquieto, de esos que mezclan realidad, pensamiento conciente y fantasía, con cascadas de flores azules y rojas, con paraísos infernales, con voces de ultratumba y caricias de una respiración en el cuello, hasta que una mano se posó dulcemente en su cabeza y le habló al oído: “¡Akarghi!…”

Akarghi se sobresaltó y, dándose la vuelta, se encontró con la figura velada de Kynpham. Éste puso una mano mojada sobre la boca de Akarghi; respirando afanosamente, se acercó a Akarghi y lo besó en los labios. Akarghi se quedó inmóvil y sorprendido por unos segundos, luego empujó con decisión a Kynpham y exclamó:

–¡No!… ¡Eso no!

Un repentino relámpago iluminó la estancia. Las miradas de los dos jóvenes amigos se encontraron y se sostuvieron una en la otra, mientras duró la luz. Cuando volvió la oscuridad, Kynpham dejó escapar una especie de sonido gutural y, antes de que Akarghi se percatase siquiera de lo que estaba ocurriendo, salió corriendo del dormitorio. Akarghi se quedó sentado en su estera tomándose la cabeza con ambas manos, sin saber qué hacer y sin comprender lo que acababa de ocurrir. Se quedó así por lo menos un par de horas, pensando, meditando, orando, pero sin orden ni claridad alguna. A eso de las cinco de la mañana la lluvia había cesado. Escuchó unas voces que se venían acercando por el patio, luego el silencio… “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una vez más. Volvió a escuchar voces que se acercaban desde el interior del monasterio. Repentinamente se abrió la puerta del dormitorio, e iluminado por candelabros ingresó  el abad Farra-aj, acompañado por Chien Zu y varios otros lamas. Se escuchó el gong de una campana; todos los jóvenes se incorporaron y saltaron fuera de su estera. Farra-aj hizo una profunda reverencia, mientras los demás lamas lo secundaban en el mismo gesto, y, haciendo con su mano derecha el vitarka-mudra, habló:

–El sishya Kynpham Sing ha sido encontrado muerto, colgado de un árbol.

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Akarghi había recuperado su condición animal. El hombre superior, espiritualizado, quizás incluso el ángel y hasta el dios, conservan latentes memorias de sus recónditos estadios primitivos, de sus caracteres vividos en los albores de un tiempo irreconocible desde la epifanía mórfica presente, pero que vuelven inevitablemente al hoy cuando se fisura la integridad del organismo vivo, y entonces, cuando comienza a morir en su sólida unidad –sea el cuerpo, sea el alma, y hasta el espíritu–, abrumado de sostener por decenas de años forzadamente la vida, se abre de nuevo a reencuentros insospechados con otras formas de existencia.

Hay hombres y mujeres que construyen magníficas y santas mansiones del espíritu en sus mentes, en su comportamiento, en su aspecto, en su entorno, en sus acciones y en el reconocimiento social, pero aun así generalmente no saben que siguen sosteniéndose sobre sus temblorosos instintos, recluidos como volcanes activos en la oquedad de la subtierra (inconciente); e incluso, más allá del cuerpo y su urgente pasado animal, cuando el alma ha desencarnado al término de una vida, también se descubre sostenida por su propia oscuridad tenebrosa desde la que ha surgido caóticamente. Y aun Krishna, el Buda y el Cristo se encontraron, como todo hombre y mujer espiritual se encontrará en alguna hora y tiempo, enfrentados a sus propios límites oscuros (su materia oscura), que deben sobrepasar desintegrándose en todas las direcciones de su ser, y, por ello, también en la memoria viva de su primer pasado, al trascender.

Durante el último año que Akarghi había vivido en Lamayuru había percibido clarividentemente los límites en la espiritualidad de todos los hombres santos, maestros, sannyasines, avatares, iluminados, lamas, que había conocido, y se preguntaba si ellos mismos serían concientes de sus propios límites y limitaciones, de manera que aun las máximas y supremas manifestaciones de santidad e iluminación que se asignaban a un humano divinizado le resultaban insuficientes y superables… ¿de qué manera?… Entonces ni él era capaz de concebirlo, ni saber ni doctrina alguna por él conocida le parecía que lo concebía siquiera, pues ni el Nirvana, ni la reintegración en el Brahman-Atman, o concepción del cielo divino cualquiera, le resultaban suficientemente trascendentes ni reales. Tampoco era entonces capaz de reconocer y percibir en sí mismo sus propios límites, su propio techo espiritual, a pesar de que crujía y crujía cada vez más la morada de su propio ser, a partir de su propia y creciente agonía espiritual.

Tres años después de iniciado este sorprendente y revulsivo proceso y camino, Akarghi había recuperado su atávica animalidad por medio de su instinto sexual y del miedo. Otros la recuperarán por medio de otros instintos, pero Akarghi se había encontrado con sus propios accesos a la fuerza ancestral que se esconde en el pasado misterioso e insondable de nuestro ignoto origen, incluso profundamente antes que la primera epifanía de la luz creadora… Latniavira, como toda mujer que comienza a experimentar la maduración definitiva de su atractivo sexual y, entonces, cuando más hermosa que nunca antes, más atractiva, más corporalmente perfecta para el sexo y la procreación se sabe y se vive, en ese mismo instante presiente con todo su ser que su belleza, su poder y su cuerpo comenzarán desde esa cúspide máxima una declinación mortal hacia un futuro ya sin regreso, entonces también Latniavira comenzaba a inquietarse soterradamente –como complemento a su cuerpo perfecto, actual, carnal–, por la necesidad de un amor eterno, espiritual, sin cuerpo…

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Akarghi observaba, a los pies de la blanquísima cama, el cuerpo desnudo de Latniavira que reposaba allí después de hacer por octava vez el amor desde el inicio de la noche anterior hasta el amanecer, justo en la hora matutina en que el sol veraniego entraba raudo de luz por entre los finos pliegues del visillo de la amplia ventana del dormitorio de Latniavira. Tendida a lo largo y sobre su espalda, como viniendo hacia él, mostraba con naturalidad la perfección de sus formas delineadas y moldeadas probablemente por un artista divino o por un mago sobrenatural, pues ningún humano podría realizar una obra tan perfecta en material alguno. Akarghi, apoyado sobre el barandal de los pies de la cama, casi tembloroso y exangüe por el despliegue físico de su sexo febril, sorbía con sus pupilas incansables cada maravillosa zona del cuerpo de Latniavira sobre la que ponía su atención. Su asombrosa pierna derecha, apoyada en la sábana blanca sobre su pie delgado se erguía hasta la pequeña isla de la rodilla, hacia arriba, y luego descendía por su muslo terso, amplio y sedoso hasta unirse a una delgada línea de pubis que se escondía hacia la hendidura de su sexo, y que su otro muslo (y pierna) extendido, reposando directamente sobre el lecho, y juntándose sensualmente allí con su muslo hermano, se plegaba hacia sus raíces carnales, hacia una sombría zona triangular sobre las jugosas medialunas de sus brillantes nalgas, invisible y misteriosa conjunción entre sus piernas juntas, donde esperaba el fuego inagotable de su vagina que estallaba una y otra vez para Akarghi su volcán líquido.

Veía sus piernas como dos escalas vertiginosas que lo excitaban a subir hacia su sexo oloroso y aún más arriba, escalando su vientre  delgado y turgente, modelado como una exquisita llanura de bordes curvos y profundos que, sobre sus caderas amplias y generosas, se angostaban abrupta y sorpresivamente para llamar a sus manos a cogerla desde su diminuta cintura, y dirigir desde allí, como un alocado auriga, la carrera de las yeguas desbocadas en sus giros y gemidos, y, en el colmo de la pasión tremolante, atrapar desesperadamente con su boca los dos erguidos pechos arremolinados entre espasmos de placer.

Ansioso, esperando que afluyese nuevamente desde el chakra basal la sangre de su propia serpiente de fuego hacia su pelvis, y allí se desplegase en un remolino de ardor y fuerza sexual, para volver a asaltar con su ariete animal el cuerpo siempre disponible y abierto de Latniavira, observaba acechante y sorprendido sus labios rojos, perlados con algo de saliva fresca y semen,  sus dientes casi sonrientes, sus largas pestañas curvas, su cabello revuelto como una tormenta del monzón caliente, los poros invisibles de todo su cuerpo que brillaban de placer, y su piel que voluptuosamente se curvaba entre cuello, hombros, brazos, manos, senos y nalgas, que estiraban hasta el límite la sensualidad y el deseo de su anatomía de mujer, como si cada zona de su cuerpo poseyese por sí sola el poder de arrebatar la razón con una sensación única y brutal, para llevar al límite y a la sorpresa continua, inagotable, la sensibilidad extasiada y extrema de Akarghi.

Latniavira abrió lentamente sus ojos, movió con suavidad sus nalgas sobre la sábana hacia derecha e izquierda, y con un gesto de invitación con ambas manos extendidas hacia él, lo llamó sonriente para que volviese a entrar en su cuerpo, y, para que horadándolo amorosa y salvajemente una y otra vez, quizás alcanzase su alma.

43

Akarghi salió rápidamente a la calle, pero se detuvo en el portón del hospital, todavía indeciso. La tarde se había tornado gris y comenzaba a llover con fuerza. Miró hacia el cielo y le pareció ver dibujada en el contorno de una gran nube la figura de una mujer, de una hermosa mujer que danzaba. Akarghi había aprendido por sí solo –o mejor, guiado por su maestro interno– a leer el lenguaje de la realidad sincrónica, sin embargo aquella singular señal le pareció lejana e incomprensible.

Ante su mirada el mundo extendía su sudario de tristeza y soledad; los cadáveres habían dejado de arder en las piras funerarias y se retorcían inmóviles a medio quemar; los pocos deudos atemorizados se habían refugiado en algún habitáculo oscuro y húmedo para rezar y llorar sus pérdidas y miedos; las flores de las cintas, de las coronas y sacrificios que brillaron un instante a la vida se hundían rápidamente en el barro y en el agua tenebrosa; a sus pies pasó una banderita con oraciones arrastrada por el agua de un arroyo; quizás lejos, o tal vez desde diferentes lugares, un murmullo monótono de voces tristes, a veces agudas, a veces graves, parecía proyectar el dolor humano hasta el fondo de la escena visible. Nunca Akarghi había experimentado tanto y tan omnipresente la desolación humana. El inmenso dolor que dejaba dentro del hospital ahora se dilataba sin horizonte por la vida cotidiana de los seres humanos, por la naturaleza dolida y amenazante, e incluso más allá, desde donde se intuía, como un eco fundacional, el desgarramiento de la primera existencia.

Miró hacia el final de la calle pero no vio a nadie. Volvió a emprender la carrera para impedir que el sufrimiento del universo lo detuviese. ¿Cómo podría el ser humano superar el sufrimiento, sino huyendo de él?… Así lo entendía ahora al recordar al Buda divinizado; y hasta el Cristo, ese iluminado del otro extremo de la tierra, ¿no había escapado también del sufrimiento humano dejándose crucificar hasta morir en una cruz, y al fin irse?

Mientras corría bajo la lluvia comenzó a llorar. Y mientras corría, y más se alejaba del hospital y del pueblo, lejos de aplacarse el dolor que agarrotaba sus entrañas, sólo aumentaba y aumentaba… Sin quererlo se acordó de su madre, y la vio arrastrándose y gimiendo hacia su lecho para morir… ¿No era una manera demasiado piadosa el llamar descanso a la muerte? Sólo para ocultar y aplacar el insoportable dolor de tantas cosas que se destruyen cuando alguien muere… ¿Y no resultaba, en consecuencia, el no impedir la muerte, o incluso el no impedir cualquier situación humana que facilitase el deterioro de la vida, también una terrible manera de huir de la responsabilidad que nos enrostra el sufrimiento para no huirlo ni encubrirlo engañosamente, sino para asumirlo en su cruel naturaleza y así, al fin, de buena manera transformar la realidad y la existencia que lo causan?

Y al correr Akarghi pensaba qué le querrían decir sus lágrimas unidas indisolublemente a la lluvia, en un doloroso dulce-amargo.

44

A pesar de que el corazón le pesaba más y más con cada zancada, sus piernas parecían volar tercamente buscando alcanzar cuanto antes la procesión de sus amados compañeros de Lamayuru. Cuando salía ya de un pequeño bosque divisó a la distancia el grupo de bhikkus que caminaba acompasadamente bajo la lluvia. Dos de ellos que avanzaban en la retaguardia se volvieron hacia él y le hicieron una seña con sus brazos en alto. Akarghi emocionado levantó también sus dos brazos, pero el movimiento desincronizado del resto de su cuerpo lo hizo tropezar con una rama que no logró saltar debidamente, y cayó rodando sobre el barro y el agua. Akarghi primero se rio nerviosamente al sentir el frío y la humedad pegada a su piel; luego se estiró para comenzar a incorporarse, y, al hacerlo, observó su rostro reflejado turbiamente en el lodo; se lo quedó contemplando, al tiempo que una sensación angustiosa lo arrastraba hacia su propio interior, presionándolo. Una sensación indescriptiblemente cargada de vivencias significativas, sin formas definidas, pero todas verdaderas y reales, se materializó en su espacio y tiempo presentes, como si en un instante, en un solo y simple acto de conciencia y mente, se hubiesen hecho presentes innumerables relatos de vidas palpitantes y recuerdos simultáneos. Como respuesta, o quizás como un simple concentrado de todas aquellas vivencias unificadas, escuchó en su interior un grito, un grito agudo y entrecortado que fue creciendo en intensidad, hasta que se hizo tan potente y amplio que se volvió tan interno como externo, hasta resolverse en un único, sobrecogedor y claro grito desesperado de un bebé, de un bebé que gritaba en su llanto personal también toda la angustia y la desolación humanas.

Akarghi miró casi con horror las figuras ahora inmóviles de color morado que lo observaban desde lejos… ¿Acaso ellos no podían oír ese llanto?… No, por cierto, porque si así fuese…

Akarghi se incorporó, se tocó el corazón con la palma de su mano derecha, y con una certeza absoluta se dio media vuelta para emprender de regreso una carrera todavía más loca que antes. Lo arriesgaba todo y ya no le importaba. Sentía que existía una sola necesidad, un único acto inevitable del destino; lo demás, aunque no pudiese anticipar, ni siquiera imaginar sus consecuencias; aunque no hubiese plan alguno, y, aunque incluso no hubiese después de ese acto en absoluto continuidad de la existencia, y, después de éste, se extinguiese toda la realidad, debía inexorablemente cumplirlo y realizarlo… Sacar de ese hospital de muerte y de ese pueblo de muerte al niño que él mismo había traído a la existencia.

Llegó jadeando y empapado a la puerta del hospital. Entró velozmente y se dirigió de inmediato a la habitación donde había dejado al niño, pero se encontró con que ya no estaba ahí. Shambhu tampoco se veía por ninguna parte. Cerró los ojos, puso ambas manos juntas en un gesto piadoso ante su frente y se concentró. Pronto su tercer ojo activado lo impulsó a moverse y se encaminó con decisión por algunos pasillos oscuros y abandonados. Siempre siguiendo su instinto salió a un gran patio que daba a otras construcciones aledañas. Miró a su entorno y eligió caminar por unos estrechos pasajes cubiertos de escombros y basura, que lo condujeron hacia otro sector. Allí todo parecía muerto, solitario y abandonado. El viento había alejado temporalmente la lluvia, pero el cielo revuelto seguía presagiando todavía fuertes nubadas. De pronto se fijó en un cobertizo deteriorado adosado a un edificio de tres pisos. Entró en él y distinguió una bajada hacia un subterráneo por una vieja escalera. Aunque no veía a causa de la oscuridad reinante caminó cuidadosamente, e inclinándose en un punto, buscó con sus manos en el suelo. Reconoció algo así como un cajón; dentro de él palpó algunas ropas y, entre ellas, el cuerpo caliente y dormido de un bebé.

45

Akarghi tomó una flor de almendro que recién había caído junto a su pie, la puso sobre la palma de su mano y se la quedó contemplando. Miró a los dos bhikkus, Kynpham y Nigarvi, que lo acompañaban y, entendiendo que ellos, a su vez, lo observaban con cierta extrañeza, les dijo:

–¿Hay alguna diferencia entre esta flor y esta otra que pende de la rama del almendro?

Acercó su mano a la rama, de manera que ambas flores quedaron una junto a la otra.

–Una está viva y la otra está muerta –respondió Nigarvi.

–Creo que comprendo lo que piensas, Akarghi. No es tan simple-–respondió a su vez Kynpham—. Cuando nuestra mente sentencia que algo es igual o diferente a otra cosa, en realidad está definiendo algo que no está ahí afuera, sino que se crea en el entendimiento de nuestra mente y que vale sólo para la mente que quiere experimentarlo y entenderlo así. Esas flores de almendro no son ni iguales ni diferentes entre sí; ¿acaso sería la flor en la rama más flor del almendro que la que ya no se encuentra en la rama?; no hay una viva y la otra muerta. Hay una relación entre esas flores que pareciera que nosotros no podemos captar naturalmente con nuestra mente y que se nos escapa a la conciencia incluso. Tal vez pudiéramos decir que ambas simplemente son parte de un continuo de realidad, en la medida que ambas están ahí, y que al menos cualquier categorización o identificación, verbal o intelectual,  de su estar ahí, presentes, inevitablemente representa algún grado significativo de distorsión e ilusión.

–Y, sin embargo, miren lo que dice nuestra lección de hoy.

Akarghi abrió su cuaderno de notas y leyó en voz alta:

En verdad, este universo consiste en una tríada: nama, el nombre; rupa, la forma; karma, la acción. Todos los nombres de uso corriente, todos los himnos, tienen su fuente en la palabra, y es por esta fuente que emergen todos los nombres. Allí está su punto común, pues esta fuente es común a todos los nombres. Esta fuente es su Brahman, su identidad esencial, pues es ella la que sostiene todos los nombres.[8]

La mayoría de nuestros maestros –continuó Akarghi– nos ha enseñado que tras el velo de la ilusión de nuestros sentidos y de nuestra mente se encuentra una realidad más verdadera. Este Upanishad también nos enseña que sí existe una raíz verdadera en los nombres, en las formas y en la acción. Que existe una realidad última y primera, un Brahman-Atman que lo sostiene todo. ¿Pero cómo podemos asegurar que no hay allí, en esa sublime experiencia primera-última, la que incluso identifica cualquiera religión o doctrina humana como primera y última, también una ilusión, un equívoco que puede incluso alcanzar más allá de nuestra mente esencialmente equívoca, también a un plano de esencias-existencias supra-humano también equívoco e ilusorio en su propia esencia respecto de otra dimensión todavía más amplia y más profundamente arraigada en un indescifrable más allá, como si Brahman-Atman, o Dios, todavía fuesen ilusorios en sí mismos, respecto de un plano que los antecede y supera en esencia y existencia?

–¡No, eso no es posible!—exclamó Nigarvi y se levantó inquieto.–¿Quieres negar la existencia de nuestra Verdad, de nuestro Ser Supremo, al que todos los más divinos y sagrados textos, y todos nuestros avatares, maestros e iluminados, y todos nuestros dioses nos han revelado como la Suprema y Absoluta Verdad?… ¿Eres un ateo y un nihilista?

–¡Hum! –agregó Kynpham–… ¡Eso es peligroso, muy peligroso! –y se quedó cavilando con la mirada clavada en el suelo.

–¡No, mis amigos, sólo digo que Dios, en su propia dimensión de existencia, es tan real como la flor del almendro en la rama y la flor del almendro que se encuentra fuera de la rama!

46

Chien Tzu abrió sigilosamente la puerta. Entró, sin abrir del todo, al despacho del abad Farra-aj, y detrás de él avanzó, como ocultándose en su espalda y en su sombra, el bhikku Nigarvi. La habitación olía a incienso y trementina. El lama se encontraba meditando sobre un trono de poca altura, de manera que sin abrir sus ojos hizo un gesto leve a Nigarvi para que se sentara en el suelo, sobre un cojín café bordado con figuras doradas, delante de él. Nigarvi miró a su alrededor con cierta preocupación y luego de un momento de vacilación avanzó hasta el cojín y se sentó en él, echando la manga izquierda de su túnica sobre el hombro, en un gesto nervioso de sumisión, que acompañó con la inclinación de su cabeza, y así se quedó esperando. Chien Tzu se inclinó a su vez levemente ante el lama y salió del despacho.

El joven Nigarvi, amigo de Akarghi, al observar que el abad continuaba en meditación, entendió que él también debía acompañarlo en esta acción; cerró pues los ojos, iniciando los ejercicios de respiración. Sin embargo, antes de que transcurriera un minuto, el abad Farra-aj abrió sus párpados y se dirigió a Nigarvi:

–Y bien, bikkhu Nigarvi, ¿qué me tienes que contar?…

Nigarvi abrió los ojos sobresaltado y observó la mirada escrutadora y severa del abad sobre él.

–¡Akarghi es un infiltrado, un espía de los demonios comunistas!… Usted, su santidad, estaba en lo cierto.

–¿Cómo es eso?

–Akarghi pretende destruir los fundamentos de la Verdad. ¡Lo he escuchado de su propia boca!… Akarghi quiere enseñar que ni la Verdad ni Dios existen. Es evidente que detrás de él hay una ideología y un poder mundanos que buscan aniquilar y sacar del mundo al espíritu, las verdades reveladas, la santidad misma, y el divino Camino.

–¡Hummm!… ¡Ésa es una grave acusación!

–Kynpham estaba presente. Él puede dar fe de lo que acabo de decir.

–Sí, así debe ser. No lo dudo. El plan continúa adelante…

–¿Qué plan?—preguntó Nigarvi con ingenuidad.

Farra-aj entrecerró los párpados mientras observaba escrutadoramente a Nigarvi.

–¿Estás dispuesto a dar tu vida por tu fe y por lo que amas, Nigarvi?

–¡Sí, maestro!—contestó Nigarvi con decisión.

–¡Bien, entonces eres la persona indicada!

Farra-aj se puso de pie y caminó lentamente hasta el ventanal.

¡Ven!—llamó a Nigarvi.

Cuando Nigarvi llegó junto a él, Farra-aj posó una mano sobre el hombro derecho de Nigarvi y, dirigiendo su vista hacia el exterior, dijo:

–Mira esa cumbre nevada… ¿Cuán lejos está de aquí?

–¿Diez kilómetros, tal vez?

–No, Nigarvi, sólo se encuentra a la distancia que tú quieres que se encuentre. De la misma manera si te pregunto: ¿cuánto tiempo falta de aquí a cincuenta años?, me responderás: obviamente cincuenta años. Pero no es así…

Farra-aj empujó del brazo a Nigarvi hacia una pequeña poltrona, frente a la cual él mismo se sentó en otra, y sirvió una taza de té al joven bhikku.

–No puedo explicarte más por ahora, pero debes saber que quiero hacerte parte de un plan divino, más allá del tiempo y del espacio… Un plan que tiene por propósito precisamente salvar la Verdad revelada por los dioses al ser humano.

Farra-aj guardó silencio mientras observaba tenazmente a Nigarvi, quien resintiendo la penetrante mirada del lama tosió nerviosamente y se llevó la taza a la boca para tratar de ocultarse de los ojos del abad.

47

La doble puerta del salón se abrió con fuerza hasta atrás. Entraron dos hombres altos y fornidos, rapados, premunidos con garrotes, ceñidos con un traje color carmín y botines forrados con piel de búfalo. Se detuvieron en la entrada, recorrieron con fiera mirada el espacio circundante, que se abría un poco más abajo que el nivel de acceso, y luego avanzaron un paso más en el rellano. Por detrás de ellos apareció la figura de Tashi Aburghasim, inconfundible por su poderoso aspecto, quien avanzó dentro del salón sin vacilación alguna. Más atrás entraron otros dos enormes secuaces, uno de los cuales empujaba con su bastón cada dos pasos a Akarghi, que tendía naturalmente a quedarse atrás.

El enorme salón, al que se descendía por una escala de tres peldaños, se encontraba en una semi penumbra, tanto por la escasa luz que arrojaban algunos faroles en las esquinas, como por el humo de quienes fumaban en el lugar. Una extraña, perturbadora y abigarrada escena se dejaba ver allí. Los más extraños ruidos y sonidos se hacían oír a causa de unos centenares de personas. A simple vista aquello parecía una orgía. Un hombre joven se acercó rengueando a Tashi y estiró su mano pidiéndole una limosna. Tashi casi sin mirarlo descargó un fuerte puñetazo entre la boca y nariz del hombre, quien se desplomó de espaldas, sin ninguna reacción, y azotó su nuca contra el pavimento, quedando inconciente. Tashi levantó la vista hacia el entorno como si buscase a alguien en particular. Vio a muchos bebedores, en grupos, en parejas o solitarios; vio a hombres que jugaban a las cartas  en algunas mesas iluminadas con una vela; vio a algunas mujeres que circulaban entre decenas de hombres que se abalanzaban sobre ellas y las poseían de las formas más instintivas y brutales, sobre las mismas mesas, en el suelo o contra los muros y parapetos que separaban algunos sectores de otros. Gritaban, se reían, maldecían, jadeaban, peleaban, juraban, y quienes tenían algún conocimiento de música hacían sonar los nagaswaram, los sitar y las tablas, o bien otros simplemente los aporreaban para aportar con un ruido más al frenesí ensordecedor. Un hombre que se encontraba cerca de Tashi comenzó a vomitar sin cuidarse de no salpicar a los próximos, por  lo que uno de los guardias que escoltaban a Tashi se le acercó  y golpeó varias veces con su grueso bastón de madera la cabeza y la espalda del desgraciado, que cayó al suelo, gimiendo de dolor, y luego quedó allí desvanecido. Tashi se miró su impecable traje blanco y, al observar una pequeña mancha de vómito en el borde inferior de su kurta, extrajo un revólver de entre sus ropas, lo acercó a la sien del infortunado que yacía en el suelo, y le disparó, matándolo instantáneamente. Akarghi corrió hacia el hombre para tratar de ayudarlo, pero al punto reconoció que estaba muerto. Cerró los ojos y, meditando, acompañó el vuelo de su alma hacia las primeras estancias de las sombras de la muerte.

–¡Deja eso!—gritó Tashi Aburghasim.

Akarghi volvió a abrir sus ojos y miró a Tashi. Su corazón comenzó a bombear de prisa y fuerte en su pecho. Sintió cómo la rabia violenta acompañaba el flujo creciente de su sangre y se irrigaba por sus venas a través de todo su cuerpo. Volvió a reconocer en ese mismo instante y hecho cuán profundamente arraigado y vivo se encontraban en su sí mismo todos aquellos instintos, emociones y sentimientos brutales, primitivos, salvajes que la presencia de Tashi simplemente reanimaba. Esa sangre milenaria que ahora se encendía por algún mágico mecanismo interno lo convertía instantáneamente en una poderosa bestia acondicionada para saltar, luchar, destruir y matar… ¿Dónde quedaba entonces el ser espiritual, la mente trabajada, la  conciencia superior, el monje, con los que se había identificado y experimentado sus últimos diecinueve años? En ese momento Akarghi reconoció el punto preciso donde se experimenta la inflexión existencial y sicológica de la libertad humana, pero de una libertad coaccionada y reducida a la esclavitud de la naturaleza animal, que señorea este plano de realidad: ¿Qué era más fácil en ese momento? ¿Qué era lo natural y qué lo correcto?… ¿Gritar y abalanzarse para matar a Tashi, o bajar la mirada y pedir perdón?

En ese mismo instante se le vino a la mente la imagen de Latniavira bailando desnuda ante él, gimiendo en su oído en el momento preciso de su orgasmo, todo su sexo salvaje y maravillosamente animal; entonces Akarghi comprendió, vio profundamente, y, bajando con lentitud la cabeza, dejó caer unas gruesas lágrimas, y exclamó:

–¡Perdón!

–¡Vamos, levántate!—gritó Tashi– ¡Quiero que encuentres a ese infeliz Ravajagana!

Akarghi se puso de pie, levantó la vista y comenzó a caminar hacia un extremo del salón. Todos siguieron a Akarghi, propinando empujones y golpes de palo a quienes se les interpusieran. Akarghi finalmente rodeó un bastidor de bambú y se encontró detrás a un hombre que apoyaba un codo sobre una pequeña mesa redonda, mientras bebía de una botella marrón, ya en evidente estado de ebriedad.

–¡Aquí estás, infeliz!… ¡Llegó tu hora!

El hombre giró la vista y reconoció de inmediato a Tashi Aburghasim. Como un  perro saltó a sus pies y besándolos exclamó:

–¡Baba Tashi, perdóname! ¡Aquí estoy para complacerte!… ¡Mira, traje a mi hija, a mi amada Alisha!

Se levantó y con paso torpe y bamboleante se encaminó hacia un rincón, en el cual se formaba un espacio entre un gran anaquel con botellas y la pared. Introdujo en el espacio su torso, estiró su brazo y sacó de aquel lugar a una jovencita de unos trece años, morena, con los ojos pintados de turquesa y la boca, de rojo; con colgantes dorados en las orejas y el cuello, el largo pelo negro y ondulante suelto delante de los hombros, pero envuelta en un paño blanco. Al verla, Tashi Aburghasim esbozó una sonrisa de satisfacción y dijo con dulzura:

–¡Ven, Alisha!

La joven se acercó sonriente a Tashi. Cuando estuvo a su alcance, Tashi estiró su brazo y, con una expresión de rabia, arrancó con fuerza la túnica que cubría el cuerpo de Alisha. La joven quedó con su cuerpo desnudo ante la vista de todos; con sus manos cubrió instintivamente sus pechos y su vagina. La mirada de Tashi se encendió al observar la belleza y la turgencia de la juventud desnuda y protegida. De un brinco, Tashi se sacó el camisón blanco y se abalanzó sobre Alisha. La cogió fuertemente de las nalgas y la apretó contra su pene erecto. Alisha abrió sus ojos y se quedó anonadada, inmóvil y entregada a Tashi. Todos los presentes se mantuvieron en silencio contemplando la escena. Tashi desnudó su pene y lo introdujo en la boca de Alisha, empujando hacia adelante y hacia atrás. Akarghi volvió a experimentar el drama interno del ser humano: aquella increíble experiencia y visión lo excitaba intensamente y, al mismo tiempo, le parecía la más brutal y detestable aberración…

48

Veloces pero sin prisa, los jóvenes discípulos se sentaron sobre sus zafus granates, una vez que Khurrul hizo repicar la campanilla y dejar vibrando su elevación en el aire para iniciar la segunda meditación del alba. Treintaiséis pequeños aprendices rapados que buscaban denodadamente la elevación de sus mentes y de sus almas hacia el Alma. Treintaiséis fragmentos del Ser universal que había estallado en sus individualidades y se alejaban siguiendo sus propias direcciones en pos de una paradójica reintegración total.

Akarghi ocupaba la segunda fila, el puesto segundo de la derecha, en pronunciada diagonal hacia la figura hierática e imponente del anciano lama Sonam Gyatso, modelo de sobrecogedora energía, quien sólo cada cierto tiempo descendía a los salones de meditación para provocar con su presencia una agitación en las densas texturas vibracionales del inconciente colectivo monacal para el apostolado. Akarghi sabía que su presencia revelaba la epifanía de un dios y, en consecuencia, una seguidilla de milagros se producía inexorablemente mientras su santidad se movía delante de sus sentidos. El primer milagro, hoy, ya había ocurrido ante los ojos de todos: se cumplía el tercer amanecer desde que Kynpham Sing se había suicidado… Así lo evidenciaba Akarghi.

Antes de cerrar los ojos para iniciar la meditación Akarghi alcanzó a observar que un movimiento ondulante surgía del perfil de Sonam Gyatso y se proyectaba sobre todos los muros del salón cubiertos con un delicado papel de arroz mate, encendiéndolos con una intensa luz blanca que parecía otorgarles volumen y vida espiritual. Las sutiles vibraciones musicales de la campanilla de Khurrul se unieron al resplandor de los muros y modificaron la estructura atómica del espacio circundante.

Al cerrar los párpados Akarghi sintió que la luminosidad y la vibración se extendían también hacia su interior con tanta intensidad que no necesitó iniciar ni los ejercicios de respiración, ni acompañar el mantra om mani padme hum, que a lo lejos comenzaba a resonar en las gargantas de los monjes mayores. En ese momento Akarghi tuvo una visión. Con la misma naturalidad y evidencia que la vista nos enseña que lo que ven los ojos es real y verdadero, vio descender desde el cielo un gran triángulo de luz hacia él, seguro de que incluso si abría nuevamente sus ojos, continuaría viendo lo que entonces veía. Ya cerca, pudo reconocer, dentro de este cuerpo piramidal, la figura de su amado amigo fallecido Kynpham Sing, quien sonreía nimbado por un halo aún más luminoso. Sin mover los labios, Kynpham le dijo con su voz de costumbre: “¡Estoy bien!”.

–¿Dónde estás?—replicó Akarghi.

Kynpham sonrió sereno, abrió los brazos y comenzó a alejarse dentro de la pirámide de luz hacia el cielo. Ya en lo alto, la pirámide experimentó una transformación. Como si las estrellas de todo el cielo se uniesen a ella en una especie de luz subyacente y universal, comenzó a diluirse el cuerpo de la pirámide, manteniéndose fuertemente brillante sólo los tres vértices de la forma piramidal que enfrentaba a Akarghi. Al poco rato se veían sólo tres esferas de luz blanca que por su posición relativa configuraban una especie de triángulo en el cielo. Las esferas de luz comenzaron a moverse lentamente y a acercarse hacia Akarghi. A medida que se acercaban iban aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, se asemejaban cada vez más a lunas llenas, a la vez que podía percibir con claridad la geografía irregular de sus superficies. Sin romper su disposición triangular, llegaron a detenerse a unos 50 metros de Akarghi y a unos pocos metros sobre la superficie del suelo, de manera que el tamaño de cada una era similar al de una casa flotante de tres pisos. A pesar de que sus ojos le enseñaban que delante de él se encontraban tres lunas que podía percibir hasta con sus menores detalles, al mismo tiempo sabía que allí delante había otra cosa.

“¿Otra cosa?”… Akarghi sintió que su alma se perturbaba hasta más allá de sus cimientos, ante la posibilidad real de que TODO fuese en realidad otra cosa. Pero, aun así, algo en su interior le enseñó que debía seguir adelante, porque incluso él mismo no era él mismo sino otra cosa, a la que él mismo no podía resistirse ni conocer por medio de la conciencia, ni por la mente, ni por lo que llamamos humanamente libertad. Y aunque, por ello, la Verdad fuese otra cosa, no por ello debía dejar de creer y buscar la Verdad, porque aun así, esa OTRA COSA que no era la Verdad, era la que lo estaba llevando…

La luna que se encontraba en el medio comenzó a vincularse de una manera especial con Akarghi. Sintió que lo atraía hacia ella; sintió que él mismo se conectaba con ella como si esta luna fuese un ser vivo y personal. Sintió un fuerte vahído al entrar en su fuerza gravitacional; sintió que todos los vellos de su cuerpo se erizaban magnetizados y que la realidad comenzaba a perder consistencia. No había palabras y a pesar de ello experimentaba comunicación fluida y entendimiento; y todo este estado, misteriosamente, colmado de amor. La luna comenzó a dejar de ser una luna y sólo había alrededor de Akarghi un espacio intensamente blanco por el que avanzaba hacia su profundidad sin moverse, sin arriba, sin abajo, sin derecha ni izquierda. Y este espacio blanco no era un espacio propiamente tal, sino, extraña pero naturalmente, él mismo. Pronto comenzaron a circular algo así como luces de colores, de muy hermosos y desconocidos y vivientes colores alrededor suyo, girando en espiral cada vez con mayor velocidad –y él en el medio– hasta alcanzar finalmente una velocidad vertiginosa; pero, aun así, Akarghi no experimentaba miedo y se sentía parte de una ilimitada y divina Paz. Escuchó con fuerza en su interior, en su cerebro también, la sagrada vibración OM.

Entonces todo se detuvo abruptamente. Extrañamente parecía flotar en medio de un gigantesco cilindro fusiforme hacia adelante y, volviéndose, constató que también hacia atrás. Pero este cilindro en realidad era cúbico, pues hacia arriba veía un techo o cielo resplandecientemente azul; hacia la derecha, un plano en el que existía una inmensa muchedumbre humana; hacia la izquierda, otro plano diferente en el que se proyectaba otra muchedumbre de todo tipo de seres vivos; y hacia abajo, un plano insondablemente oscuro, como una mezcla de tierra y agua que se balanceaba lenta y ondulantemente. Entonces tuvo la sensación de que comenzaba a caer hacia el plano de la derecha; experimentó por primera vez una intensa sensación de miedo. Estiró brazos y piernas hacia los lados tratando de aferrarse y apoyarse en algo. La realidad-de-la-experiencia le comunicó que no debía temer, sino simplemente dejarse ir.

Entonces sintió que volaba alto, como un ave, y podía contemplar lo que ocurría abajo, en ese inmenso espacio. Podía ver personas, millones y millones, una infinidad de personas de todos colores y procedencias, bajo un sol resplandeciente, reunidas, acampadas, caminando, descansando, meditando, mendigando, apretadas unas con otras, y en medio de todas ellas, uniéndolas y separándolas al mismo tiempo, como una gran vena de agua, el río Ganges, trascendente, silencioso y terrible, al que finalmente acudían todas esas personas buscando su purificación y su salvación.

Y vio Akarghi, con esta omnisciencia y conciencia-en-todo que experimentaba, a los sadhus, a los santos, a las mujeres, a los niños, a los ancianos y hombres sin fin, buscando todos algo en común, a pesar de que cada uno entendía y vivía a su propia manera aquello que estaba buscando y también creyendo encontrar. Porque contemplándolos a todos juntos, quizás como dios mismo nos contempla a todos los seres, comprendió que aun lo más cierto y verdadero que experimenta, sabe y cree cada ser humano, no es tal.

Entonces reconoció en su alma que no había en él mismo ya ningún sentimiento, ninguno en absoluto.

49

“¿Hasta dónde quiero sumergirme en este maravilloso pantano?… ¿Dejaré… o bien podré evitar que el cieno alcance mi boca y, entonces, simplemente… asfixiarme?” Se preguntó Akarghi, mientras contemplaba las turbias y malolientes aguas del pantano que se extendía delante de sus ojos. Tan engañosa le parecía la vida del hombre común como esa hermosa y aparentemente benévola laguna con su lisa superficie, en la que se reflejaban las poderosas nubes que avanzaban por el cielo, y también las cañas, lotos y flores acuáticas que sonreían tierna y coloridamente. Pero al entrar a esas aguas bastaba sólo un paso para comenzar a hundirse más y más a cada movimiento vital, como hasta entonces había conocido la vida del hombre…

Una mano se posó suavemente sobre su cabeza. Akarghi volteó y se encontró detrás con la figura en pie de Latniavira. Dado que él se encontraba sentado en postura de meditación, introdujo su mano derecha bajo la túnica roja de Latniavira y comenzó a subir tocando delicadamente con sus dedos abiertos desde la pantorrilla hacia arriba, apretando con suavidad su rodilla, rodeando por detrás y por delante su muslo firme, suave y sinuoso, hasta tocar, casi temblando, su sexo desnudo primero con la palma de su mano, y luego invadiendo con sus hábiles dedos las cavidades externas, oleosas y húmedas de su sexo. Latniavira entrecerró sus ojos disfrutando como una felina el deseo vibrante de Akarghi sobre su piel sensitiva. Cada uno de los amantes sabía a la perfección cómo llevar al otro, excitando una por una las zonas de placer de sus cuerpos y de sus almas, hasta lograr la iluminación misma del placer que se completaba siempre y sólo en un orgasmo extático y total.

Akarghi se incorporó para tratar de coger a Latniavira de la cintura con ambas manos; sin embargo, en ese mismo momento apareció sin aviso y repentinamente un pequeño perro lanudo de color miel que comenzó a saltar, ladrando alrededor de ambos, como si los conociese de mucho tiempo antes. Latniavira, al verlo, lanzó una cristalina carcajada, sin poder dejar de reír. Akarghi, al principio, se sintió contrariado, pero pronto se contagió también con la alegría de Latniavira y comenzó también a reír, lo cual el perrito parecía entender como un acicate a su propio ánimo festivo, de manera que ahora saltaba tratando de morder los brazos que uno y otro agitaban.

Akarghi cogió un palo del suelo, lo agitó delante del hocico negruzco del perro, y luego lo lanzó lejos para que éste se alejase en pos de él. Dando brincos y ladridos por entre la maleza se perdió por un momento de vista. Latniavira aplaudió feliz. Akarghi volvió su vista hacia su amada y, al contemplar el resplandor de su alegría, un nuevo arrebato de deseo lo animó más que antes a amarla. Sin embargo, antes de que pudiese volver a tocarla, el perrillo ya estaba de regreso con el palo en el hocico, saltando encima de ambos, deseoso de continuar la entretención recién descubierta.

Esta vez una idea repentina y extraña se le atravesó en la mente a Akarghi. Una idea nunca antes concebida o concebible para él, y sólo posible en las condiciones que allí mismo se encontraba… Tomó a la fuerza el palo del hocico del can y se giró en dirección a la laguna pantanosa. Llevó el madero con su brazo hasta atrás de la nuca listo para arrojarlo lo más lejos posible, al pantano.

Algo así como un latigazo de metaconciencia lo disparó fuera de su cuerpo, y se vio a sí mismo desde lo alto, visualizando claramente la atrocidad que estaba a punto de cometer… Pudo sentir nítidamente la duplicidad de su sí mismo. Un Akarghi con su propia  y autónoma conciencia, movido por una personalidad que se había posesionado por completo de su mente, de sus emociones y de la articulación de su cuerpo, con su propia moral, sus propias intenciones y con independencia de su espíritu y de su conciencia superior; algo así como un homúnculo, capaz de desenvolverse básica pero eficientemente en el plano natural de este mundo, quizás como la mayoría de los simples y llanos seres humanos se viven a sí mismos y a la vida. Y por otro lado, el otro Akarghi, duplicado simultáneamente en conciencia superior y percepción propia de su espíritu, viviendo casi desencarnadamente –como separado del cuerpo y del plano físico, en un plano metafísico– la mera contemplación y autocontemplación de ese otro Akarghi (y paradójicamente el mismo) activo, dueño y mentalizado en su accionar en el mundo. Sólo había un Akarghi contemplando a este otro y mismo Akarghi que, sin la menor fisura en su propia mente y conciencia, estaba a punto de lanzar a la muerte a esta criaturita ingenua y feliz.

Así, cuando el Akarghi espiritual se contempló a sí mismo en este otro Akarghi activo y posesionado de su humanidad, durante un lapso más breve que toda unidad mínima de tiempo, pero suficiente para experimentar la terrible trascendencia y conocimiento de su propio acto y consecuencias, se horrorizó de sí mismo y, como si hubiese caído desde una altura infinita, se apoderó de todo su ser entrando en su propio cuerpo y en su mente con un grito absoluto: ¡No!…

Soltó el palo tras su nuca, si bien su brazo ya había comenzado el movimiento hacia adelante, de manera que cayó ante él con la palma encorvada y vacía. Akarghi se dio vuelta hacia Latniavira; vio su expresión de desconcierto y su sonrisa que parecía haberse congelado en su rostro. Sintió vergüenza, inmensa vergüenza de sí mismo y de su propia bajeza ante la mujer que amaba; ante la diosa Latniavira que lo había endiosado también a él como un ser, como un hombre y avatar superior.

Abrumado por esta terrible conciencia, Akarghi se dio media vuelta y comenzó a alejarse de Latniavira, cabizbajo. Ella se lo quedó mirando aun un rato sin poder reaccionar, hasta que en una especie de repentino arrebato comenzó a correr hacia Akarghi. Al llegar hasta él, lo tomó de un brazo y con un fuerte tirón lo hizo girar hacia ella. El rostro de Latniavira se había vuelto a iluminar con una sonrisa, con una sonrisa que a Akarghi le pareció incomprensiblemente beatífica. Todavía por unos segundos Latniavira se lo quedó mirando a los ojos, inmóvil y en silencio, como si tratase de comunicarse con él por la simple mirada o por la fuerza de su emoción, hasta que al fin lo abrazó, apretó apasionadamente su cuerpo y sus labios a los labios y cuerpo de Akarghi, y entre beso y beso exclamó súbitamente:

–¡Estoy esperando un hijo tuyo, mi amor!

50

En medio de la oscuridad Akarghi abrazó al bebé y lo sacó cuidadosamente de la caja para no interrumpir su sueño. Caminó casi a tientas, tratando de regresar por donde había llegado. Subió la escalera sin verla y, al ascender por ella, una extraña sensación lo acompañaba, casi una visión. Le parecía que subía la ladera de una montaña, de una montaña sagrada, y que, cada vez que levantaba un pie, algo así como un suave aletazo que surgía de él mismo lo elevaba ingrávidamente un poco más alto hacia una suerte de luminosidad invisible que parecía esperarlo por allá en lo alto.

Sin embargo, al alcanzar el rellano superior, cuando ya iba a salir hacia el exterior, lo acometió un intenso temor y la certeza de un peligro cercano. Como respuesta apretó un poco más al bebé contra su pecho; tuvo la impresión de que la criaturita atravesaba su piel y se alojaba entre sus pulmones, bien pegadito a su cálido corazón. Al salir al exterior lanzó una rápida mirada por los alrededores e inició la marcha.

–¡Akarghi, detente!…

Escuchó que le gritaban a su espalda. Giró la cabeza sin dejar de caminar. Divisó a unos sesenta metros, como saliendo desde atrás de un edificio, a dos personas altas y extrañamente vestidas con una suerte de monos pegados al cuerpo de color negro platinado, los cuales les dejaban al descubierto sólo la circunferencia del rostro, pero que, inquietantemente, no se vislumbraba que lo poseyesen. Además, uno de ellos parecía apuntarle con un objeto desconocido.

Akarghi comprendió de inmediato la naturaleza del miedo que había experimentado al subir la escala y sin la menor vacilación comenzó a correr alocadamente, despreocupándose de la posibilidad de caer con el bebé en brazos.

–¡Akarghi!…

Volvió a escuchar que le gritaban. El bebé comenzó a llorar en sus brazos.

–¡Oh Brahma, oh Dios!—exclamó y giró rápidamente por un estrecho pasaje.

Cuando ya había avanzado unas decenas de metros vio que desde la puerta de una vieja casa una anciana le hacía señas para que se acercara. Akarghi miró hacia atrás, pero no vio a sus perseguidores. Enfiló hacia la puerta que la anciana había dejado entornada, habiéndose retirado al interior. Después de entrar Akarghi cerró de inmediato y se quedó esperando con la espalda pegada a la puerta. El bebé dejó de llorar. Durante más de un minuto no escuchó nada, salvo el silencio cargado de incomprensibles signos. Caminó algunos pasos al interior y apareció ante su vista un largo pasillo, hacia el fondo del cual creyó vislumbrar un resplandor vacilante. Siguiendo la voz de su maestro interior se encaminó por el pasillo hacia lo que parecía un destello. Mientras caminaba le pareció que alguien le tocaba la espalda. Se dio media vuelta, pero no vio a nadie, salvo algo que se asemejó a una sombra que se alejaba por el pasillo. No le prestó importancia, sino que continuó avanzando con decisión hacia el vano desde donde afluía un resplandor cada vez mayor.

La puerta estaba entornada. Entró con precaución y se encontró abruptamente en una habitación que resplandecía desde todas partes con una luz intensamente blanca. Hacia el fondo del espacio encendido en este resplandor divisó a la anciana sentada en una silla mecedora, la cual se balanceaba sin que ella pareciera apoyar sus pies sobre un suelo que no parecía ser diferente que la luz misma. Akarghi se acercó a ella. La anciana de blancos cabellos, vestida con una túnica violeta, se mantuvo con los ojos entornados y en una actitud meditativa. Akarghi también entornó sus párpados y adecuó su conciencia para tratar de conectarse con su vibración astral.

–Akarghi, ¿puedes reconocer la Verdad?… ¿Puedes controlar tu destino?—preguntó la anciana inmóvil con una voz cavernosa y gutural.

Akarghi dio un respingo, abrió los ojos y dudó si la anciana había hablado con su voz física, pues lo que percibió con sus ojos le hizo recordar la escena vivida con el lama Sonam Gyatso hacía menos de un año; la figura de la anciana estaba vibrando y emanaba ondas que fluían hacia el espacio circundante, como si nada fuese sólido. Pero la pregunta, esas dos preguntas –y su mente en ese acto intuitivo se expandió hasta el máximo de emoción y conciencia– constituían al mismo tiempo que luz, la vibración misma y su expansión sin límites, transformándolo todo en su sustancia luminosa y vibrante.

–¿Puedo reconocerla de alguna manera?—preguntó Akarghi en su mente.

–¡Vé a Shangri La! Allí encontrarás una madre para tu hijo.

Akarghi podía escuchar las palabras de la anciana, pero, sobre todo, sentirlas, percibirlas como provenientes desde todas las cosas. La anciana volvió su rostro hacia Akarghi, pero éste no pudo verlo, pues brilló tan intensamente que debió cerrar sus propios ojos, e incluso dar vuelta su cabeza en sentido contrario.

Akarghi salió de la habitación impelido por una certeza. Y aunque el mensaje carecía de un sentido coherente, explícito y justificado si trataba de entenderlo con la razón y darle una explicación y sentido, en su fuero interno lo intuía con la profunda y sustantiva coherencia y totalidad como la que puede contener la misteriosa, densa y arcana simbología de un mapa. De alguna manera todo lo vivido con aquella anciana era un solo y unificado mapa que debía aprender a leer, actualizando en sí mismo facultades nuevas y descubriendo en cada signo el saber que irá conduciendo progresivamente en la dirección correcta, hacia un final desconocido, pero sólo alcanzable por un paulatino avance en un sentido correcta y progresivamente cumplido en lo inmediato, incluso sin certeza alguna de lo mediato ni de lo ulterior.

“Shangri La, reconocer la Verdad, dirigir mi destino” repitió para sí Akarghi mientras atisbaba por la puerta entornada hacia el exterior de la casona. La luz de la tarde ya comenzaba a retirarse y las figuras cobraban un tono azul grisáceo. Volvió a mirar al bebé en sus brazos que sorprendentemente volvía a dormir casi con una sonrisa. En ese momento tuvo una intensa iluminación interior. Pensó: ¿Qué es más verdadero: los sagrados sutras, las cuatro nobles verdades, el Bhagavad Gita, los Vedas, Brahman-Atman, todas las sagradas escrituras y verdades reveladas por los dioses y santos a los hombres, o este bebé que dormía en sus brazos, único, frágil, mortal y pequeño, en la mismísima inmediatez de la conciencia, del cuerpo, del tiempo y del espacio? Sintió un fuerte dolor en el medio de su pecho. “Shangri La” repitió casi como un mantra, como un ensalmo, una súplica, una intuición, un imán, y salió a la calle.

51

“¿Qué somos?… ¿Qué soy?… Más allá de la respuesta obvia que nos aporta la experiencia de lo inmediato: esto que vivimos todos y cada uno de los seres humanos, y en lo que la inmensa mayoría se queda, y hace de ello mundo y universo… Más allá de lo obvio e inmediato: ¿Qué somos?… ¿Qué soy?” Así se preguntaba otra vez Akarghi contemplando el tronco que caído sobre el espacio que separaba una y otra orilla del alto acantilado permitía suponer que era posible transitar a través de él el inmenso espacio que periclitaba hacia un profundo y turbulento cauce.

¿Quería hacerlo? ¿Debía hacerlo? ¿Elegía hacerlo?… No le cabía duda alguna de que había sido llevado hasta este punto y encrucijada. Y aunque no podía dar cuenta de las razones que había tras cada instante en su vida, podía sentir que cada instante de su vida respondía a un plan, a un saber cósmico, a una providencia divina; y que si él podía modificar o decidir algo por sí mismo, lo hacía solamente sobre un libreto que ya estaba escrito, y en el cual apenas le era lícito modificar una palabra por aquí, y otra por allá. Sin embargo, como en ese preciso instante, tenía la intuición de que a veces, en especiales momentos y por importantes razones, le era lícito reescribir una línea, y hasta todo un párrafo, de su propia vida. Y aunque en la decisión que estaba a punto de tomar se encontraba en juego la obvia consecuencia de “vivir o morir”, hasta le parecía experimentar la realidad de las otras consecuencias y transformaciones que implicaría una u otra opción para la existencia y, en definitiva, para su alma; porque lo que allí enfrentaba era un tránsito, un tránsito de una realidad a otra, aunque pasase sin más y siguiese caminando igual, por la misma ruta que antes –así parece hablar la muerte, al menos cada vez que se acerca íntimamente a un ser humano–.

Podría haberlo resuelto con la amigable razón, y entonces ella le hubiese informado que aquel recurso no era en absoluto seguro, y que, por más que tardase más de una semana en encontrar un paso vadeable, sin duda sería una decisión más humilde y sensata; pero decidió continuar adelante, convencido por una certeza irracional y profunda.

Se concentró en meditación, saludó con una reverencia al peligro y comenzó a caminar dirigido por su sexto sentido. No miró el vacío en ningún momento; sus pies desnudos se adherían a la madera del tronco con la misma naturalidad que el musgo se adhiere a la roca. Una suave brisa le trajo a su nariz el perfume de los pinos verdes que palpitaban al otro lado de la sima. Sonrió Akarghi, y en ese preciso momento un crujido que enseñaba la fisura interna del madero se dejó oír crecientemente, mientras Akarghi paralizado y sin aliento esperaba el desenlace del proceso interno del tronco. Casi sin señal visible, el tronco repentinamente se quebró un paso más adelante de Akarghi. El vacío se agrandó bajo los pies de Akarghi y, al comenzar a caer, estiró su brazo izquierdo con el que alcanzó a aferrarse a una corta rama que sobresalía del tronco gris. Por primera vez miró hacia abajo, y vio descender veloz su flauta y sus sandalias desprendidas de entre su túnica anaranjada. Sintió miedo, un miedo que nunca había experimentado en su vida. El pedazo de madero al que se aferraba siguió descendiendo hasta quedar suspendido e inmóvil en un ángulo de unos veinte grados. Estiró también su brazo derecho y logró coger el gancho, de modo que quedó colgando con sus dos manos agarrotadas. Una vez más se vio a sí mismo desde afuera y desde dentro. Desde afuera aquello parecía simplemente un ensueño lejano y ajeno, que no lo afectaba en absoluto en la paz de su espíritu; desde adentro, el animal se aferraba salvajemente, hasta con sus uñas ancestrales clavadas y su miedo casi rabioso, para alejar la pérdida del cuerpo vivo.

Rápidamente vio desfilar en su atenta conciencia uno tras otro los seres que lo habían acompañado en esta experiencia de vida y, de alguna misteriosa manera, cada uno de ellos cobraba pleno sentido en su preciso momento otrora vivido; sin embargo, además parecían completarse y culminar justo en el terrible momento que ahora le acontecía, a veces perdonándolo, a veces llorando, pero siempre besándolo en un abrazo de amor, como si entonces no hubiesen devenido por completo, sino recién ahora.

Hacía sólo un mes que había abandonado a Laitniavira y a su pequeño hijo Prâsad. Los vio venir de lejos con profunda pena y adentrarse en su corazón para acompañarlo en la angustiosa caída y en el inminente paso a la muerte. Sus músculos jóvenes y fuertes, su liviano peso de asceta, y sobre todo su poderosa concentración lo mantuvieron colgando la primera hora sin mayor dificultad. Después de la primera hora que dedicó a resistir el peso de su propio cuerpo, pensó qué podría seguir esperando… ¿Vendría alguien y lo rescataría? Miró hacia el fondo del abismo, miró a su alrededor, miró hacia lo alto y se vio a sí mismo solo, desamparado, físicamente abandonado y solo; pero en su alma ya no estaba solo, pues una nube de almas amorosas y livianas flotaban alrededor de él y sólo esperaban, haciéndole sentir su cálido soplo, que se dejase caer para tomarlo con ellas hacia otros mundos ingrávidos. Le pareció que Koi se movía graciosamente alrededor de él con su cuerpecito de pez brillante y tornasolado; le pareció que Buda, Krishna, Visnu, Rama, Dios en todas sus manifestaciones amadas se había concentrado por fin en su presencia y se llenaban de sentido ahí, en ese preciso instante, misteriosamente, entre la vida y la muerte, colmándolo todo, hacia uno y otro lado, de Verdad.

Volvió a sentirse dentro y fuera de su cuerpo, en una sola y misma experiencia. Sin embargo, en ese preciso momento, su conciencia se llenó de luz, de una sublime sensación de libertad, de liberación y plenitud, separada de su cuerpo que pendía como una minúscula hojita casi seca instintivamente aferrada a una rama cualquiera, y que el viento del espíritu con su omnipotente soplo estaba a punto de tomar en el divino movimiento inmóvil del ser.

De la misma manera que había escuchado el crujir del tronco que se quebraba con su peso, ahora le pareció escuchar desde muy lejos que los huesos de sus dedos crujían, se resquebrajaban por dentro y finalmente se liberaban, dejándose caer, ya sin miedo y en paz.

52

Luminoso sol de la mañana. Dos filas de doce jóvenes bhikkhus encabezadas en el medio por el santo lama Dadhyach, y en la retaguardia por el santo lama Ghrtakausika, caminaban por el largo sendero de grava blanca entre los altos setos de hortensias blancas, rojas y azules. Sus lustrosas calvas brillaban como remate de sus túnicas carmines, mientras salmodiaban himnos del Atharva Veda. Cada uno portaba alguna herramienta de jardinería en una mano; en la otra, circulaban velozmente las cuentas de un mala. Se detuvieron al llegar a un amplio espacio en el que crecían numerosas plantas florales, formando círculos concéntricos separados por delgados caminitos de piedras preciosas, y en medio de los cuales un amplio espacio circular cubierto sólo por arena blanca impresionaba por su luminosidad y particular vibración.

Dadhyach se detuvo, giró hacia el sol, hizo una profunda reverencia, la cual acompañaron todos los demás con el mismo movimiento, y comenzaron a cantar el himno al sol, en el que bendecían y agradecían el don de la vida, el don de la verdad expandida y el poder infinito de la luz que alcanza a todos los universos. Akarghi cantaba con el corazón y el alma henchidos de felicidad y de paz. Repentinamente sintió como si algo grande aletease cerca de su espalda, y un frío intenso lo hizo estremecerse. Giró un poco la cabeza para mirar de reojo, pero no vio nada detrás de él. Entonces le ocurrió que una fuerza poderosa lo agarró desde adentro y lo jaló con violencia hacia su interior y hacia afuera de sí mismo, como si lo hubiesen arrastrado de la piel, separándola de su cuerpo. Le pareció que se contemplaba a sí mismo desde lejos y al mismo tiempo desde arriba. Sin embargo, ahora percibía todo de una manera completamente diferente. La paz, la felicidad, la verdad de todo lo que experimentaba  hasta ese momento, sorpresivamente se mostraban extrañas y engañosas. Miró a sus compañeros inclinados, haciendo reverencias, pero no le parecieron actos de adoración y beatitud, sino un sinsentido, movimientos compulsivos, incomprensibles y hasta ridículos. Le pareció que todos estaban locos. Los lamas estaban locos creyéndose lamas e investidos de alguna autoridad y de algún saber que ellos mismos, y otros como ellos, se habían otorgado y validado. Los demás se habían llenado de ilusiones creyéndose discípulos de santos locos, persiguiendo una verdad, una doctrina tan cierta como un sueño que nadie sabe de dónde viene y adónde va. Y al sol, ¿le podía importar realmente las zalemas que estas criaturas delirantes le hacían con la mayor seriedad y convicción, sin saber realmente si tan solo había un sol u otra cosa ahí afuera?… ¿Y Dios, había algún dios con nombre y atributos siquiera en alguna parte?… Él mismo, Akarghi, ¿quién era en realidad?… ¿Era todo eso que se presentaba ante su propia conciencia como obviamente él mismo? E incluso, su propia conciencia… ¿iba a alguna parte cierta tratando de dilucidar su propia verdad, o la certeza de su conciencia de alcanzar verdadera realidad en su propia conciencia, o simplemente una y otra vez hacer el loco como todos los demás, incluso intentando ser el loco cuerdo?… ¿Acaso el camino de la verdad espiritual, de todas las religiones y enseñanzas del mundo –fuese ésta hasta la ciencia o evidencia racional o sensorial–, tratando de separase y superar la ilusión de los simples, de los humanos comunes y corrientes, no creaba sino otra ilusión, más refinada en la conciencia, o quizás simplemente más elitista, pero no por más conciente y verdadera a la conciencia, menos ilusoria y fantástica?

–¡Hey, Akarghi!—escuchó que alguien le gritaba con voz de niño– ¿Te has preguntado por qué tienes dos pies y no cien como yo?

Akarghi bajó la mirada y vio que un cien pies caminaba sinuosamente sobre el dorso desnudo de su pie derecho. Sin embargo, al observarlo se dio cuenta que no reptaba, sino parecía flotar sobre su pie, al tiempo que resplandecía con destellos de colores como un pequeño arcoíris.

–Tú, maravillosa creatura, ¿tienes realmente cien pies, y yo dos?

–Haces bien en preguntarte, porque así cumples tu dharma, lo mismo que yo cuando camino con mis cien pies sobre tu pie.

–¿Los sabios tienen razón cuando declaran que todo es ilusión? ¿Cómo distinguir entre la ilusión de que tú, pequeño insecto, me estás hablando, y de que tú estás caminando o flotando sobre mi pie?

–Recuerda esto, amado Akarghi… La Verdad no puedes encontrarla como un minero encuentra escarbando la tierra una pepita de oro, sino que la encuentras cada vez que identificas lo menos falso, de lo más falso; lo menos ilusorio, de lo más ilusorio.

Una hermosa mariposa de color azul aleteó graciosamente alrededor de la cabeza de Akarghi y luego se posó sobre el pabellón de su oreja izquierda.

–¿Qué soy más yo, amado Akarghi?—preguntó la mariposa con una voz tenue como un hilo de seda– ¿Una mariposa azul posada en tu oreja? ¿Una mariposa azul que habla junto a tu oreja? ¿Una mariposa azul hablando que tu pensamiento crea? ¿U otra cosa?…

–¿No es posible para mi mente detener la ilusión que inevitablemente produce mi mente al experimentar toda la realidad en mi mente? Creo que enloqueceré tratando de discriminar la ilusión de la ilusión…

Una zarigüeya pasó corriendo por el lado de Akarghi, y dijo volteando por un segundo su aguzada cabeza:

–¿Adónde voy? ¿Puedo ir a alguna parte y venir de otra?

–No tengo respuesta.

–No tienes respuesta para lo que preguntes, ni respuesta para lo que afirmes –intervino el ciempiés, que ya comenzaba a alejarse elevándose por los aires, convertido en un faisán de oro brillante.

–Y sin embargo vives –agregó la mariposa, moviendo lentamente sus alas como dos abanicos.

–Eso lo dices porque yo creo saber que vivo y no vivo, pues en cuanto vivo sé que muero, y si muero entonces no vivo ni muero, sino vivo-muero.

–¡Bien, amado Akarghi, se ve que comienzas a caminar sobre la nada!

–La nada… la nada… la nada… –murmuraron los árboles a coro mientras el viento bailaba desnudo entre las hojas verdes y secas, entre las ramas ondulantes y las flores que se reían antes de caer como copos muertos de nieve hacia todos lados. Y el eco de todas las risas allá en el fondo de la garganta de la montaña, apretándose unas con otras para cruzar el estrecho desfiladero, como las palabras cuando se agolpan unas con otras tratando de aflorar por las cuerdas vocales hacia este planisferio de realidad.

–¡Akarghi, vuelve al camino de la Verdad! –gritó desde lejos el lama Ghrtakausika– ¡Céntrate en el círculo divino del aquí y del ahora!

Akarghi giró la mirada hacia el lama, y al contemplarlo a él y a todos sus semejantes, experimentó la divina compasión del Buda.

53

–Debes estar muy enamorado de Latniavira para cometer tantas atrocidades por su causa.

Después de decir esto con lentitud y voz ronca, Tashi Aburghasim volvió la mirada hacia Akarghi, desplegando una sonrisa maliciosa y un brillo maligno en sus ojos. Akarghi paseó su vista por el entorno, contemplando los cadáveres ensangrentados de unos ocho hombres y dos mujeres tirados en el suelo de la plazoleta. Tashi apoyaba su espalda sobre una gruesa columna de mármol mientras limpiaba meticulosamente su revólver con una pluma de ganso.

–Es verdad, Tashi –replicó Akarghi–. Yo he llegado a degradarme y experimentarme en mi más perversa condición al hacerme cómplice y facilitador de tus execrables crímenes, pero así mismo tú tendrás que experimentar tu propia redención y la realización de tu espíritu divino que ahora oprimes en el fondo de tu alma.

–¡Eso no existe, muchacho iluso! ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira esto!

Tashi apuntó en medio de los ojos a Akhargi y luego apretó el gatillo. La baló pasó junto al rostro de Akarghi, y, quemándole la oreja, le destrozó el lóbulo izquierdo. Akarghi se inclinó de dolor llevándose la mano a su oreja sangrante.

–¡Tú eres igual a mí, pequeña rata; no yo igual a ti! ¡Te lo demostraré!… Ya no eres el sannyasin virginal y puro que se nos presentó como un dios. ¡Qué rápido y fácil abandonaste tus votos de castidad y tu vida de asceta y santo! Te enamoraste y perdiste la cabeza y el juicio por el cuerpo de una mujer como el más ordinario de los animales humanos. ¿A quién le oras y realizas tus sacrificios diarios? ¿Hay alguien arriba o en cualquier parte que escucha tu silencio culpable? Lo único que gobierna la realidad es el poder y la acción. No eres ahora más que un maldito sicario a sueldo. Ya no eres mejor que yo.

–¡No soy mejor que tú, ni nunca lo he sido! Pero esto tiene que acabar…

Tashi volvió la mirada hacia Akarghi y lo observó a los ojos. Su mirada por un momento pareció experimentar el primer chispazo dentro de un polvorín, pero al percibir la candidez de los sentimientos de Akarghi, se relajó con la misma celeridad y lanzó una gran y larga carcajada.

–¡Sannyasin de mierda!, ¿por qué tengo que enseñarte a ser sólo un hombre y no un enfermo espiritual y delirante? Quizás en eso consista mi redención, como dices tú.

En ese preciso momento entró Latniavira por una calleja aledaña, con el pelo revuelto, sin maquillaje y apenas cubierta con una delgada túnica azafranada que transparentaba su exquisita desnudez. Su rostro acentuó la expresión de preocupación con que llegaba al observar la cruenta escena y la sangre que manchaba el cuello y el hombro de Akarghi. En lugar de dirigirse a Tashi, se acercó a Akarghi y solícitamente se inclinó a revisar su herida.

Tashi Aburghasim enrojeció y sus ojos parecieron hincharse hacia afuera de sus cuencas. La piel de su cuerpo se erizó de igual manera que innumerables diminutas flechas a punto de ser disparadas, y el polvorín de su ira explotó. Dio un par de saltos para alcanzar a Latniavira, la cogió de un brazo y le asestó un fuerte bofetón en una mejilla; luego puso el revolver en medio de su frente y echando fuego por sus ojos se dispuso a apretar el gatillo.

–¡No!—gritó Akarghi y tomando con fuerza el brazo de Tashi logró que lo retirara de su frente.

Tashi sintió que su fuerza se multiplicaba con la energía de un volcán en ignición, de manera que se zafó del tirón de Akarghi y le devolvió en el rostro un golpe con el cañón de la pistola. Akarghi se dejó caer al suelo, amortiguando el golpe sin oponerse al movimiento hostil. Una idea terrible se le ocurrió a Tashi, concordante con el estado en que se encontraba.

Se quitó la ropa con movimientos bruscos y veloces. Dejó caer la pistola a los pies de Akarghi y completamente desnudo se abalanzó sobre Latniavira; la besó con fuerza mordiéndole los labios. Con una mano la cogió de los glúteos y la apretó contra su pene erecto, frotándolo entre las piernas de Latniavira. Ella cerró sus ojos; Tashi le arrancó la túnica a Latniavira mientras besaba sus senos, su vientre, su sexo. Akarghi contemplaba paralizado la escena.

Tashi cogió de la cintura a Latniavira y se dejó caer a horcajadas sobre el cadáver de uno de los hombres, quedando sentado sobre el cuerpo muerto y con Latniavira sobre su propia pelvis con las piernas abiertas, apretándola contra su pene. Le mordió ambos pezones, introdujo con su mano derecha su pene en la vagina y comenzó a poseerla con fuertes movimientos de penetración. Latniavira se inclinó hacia atrás, apoyándose en los muslos de Tashi y, con los ojos cerrados y la respiración agitada, parecía disfrutar del sexo tanto como Tashi.

Akarghi miró la pistola que relucía junto a sus pies. Una mezcla de dolor y absurdo estremecía su pecho. ¿Qué era eso que ocurría ante sus ojos? ¿Acaso conocía realmente a Latniavira, a la que amaba? El arma que Tashi había dejado ahí para humillar su naturaleza espiritual, lo mejor de sí, en pos de lo peor de sí, era un camino incitante, dispuesto a satisfacer una parte importante de su ser, aquella que en este estadio evolutivo consideramos nuestra naturaleza animal y primitiva, el mal en nosotros, pero que se abre camino aún a esta realidad con demasiada facilidad y naturalidad. ¡Qué fácil y jubiloso sería para él tomar la pistola y dispararle primero a Latniavira y luego a Tashi Aburghasim!

Podía ver con claridad las consecuencias. Podía anticipar quién sería él mismo en adelante, y esta misma evidencia le permitió entender que ya no era más ese animal, ese hombre simplemente que tantas y tantas vidas hacia atrás había experimentado arrastrando su karma repetido una y otra vez, como desafiando su pobre capacidad de llegar a ser libre, y que sólo buscaba perpetuarse en un futuro sin redención.

¡Ya era libre!… O al menos podía comenzar el arduo camino de asumir la creación responsable de una realidad libre aún inexistente.

Akarghi los contempló una vez más en su acto sexual, juntó las palmas de sus manos a la altura de su pecho, hizo una profunda reverencia que sostuvo por unos segundos, y luego se dio media vuelta y salió caminando con una sonrisa de compasión y perdón.

54

–Estar vacío del yo, querido hijo –señaló con una dulce sonrisa el acarya Xu Yun—no significa que anules tu identidad, como si eliminases una bala que se dirige a destruir una vida; sino propone que tu yo libre se asocie a toda forma de realidad para energizarla y fortalecerla en su propio camino de existencia, de la misma manera que el sol se integra, se transforma, energiza y hace crecer toda vida, sin reproducirse como mero sol en nada, pero también sin anularse a sí mismo. El yo natural del humano, en cambio, sólo trata de reafirmarse a sí mismo y reproducirse en su propia forma individual en cada cosa y en cada ser, estancando el flujo y la integración de la realidad como un continuo vibrante y total. El yo natural, por ejemplo, se emociona, valora, piensa de una determinada manera personal, y a través de estos sentimientos, valoraciones y pensamientos filtra e impone a la realidad sus características y condiciones subjetivas y propias. El yo natural es sólo un pequeño dictador encubierto que anhela transformarse en el supremo emperador de la realidad. El yo natural construyéndose siempre a sí mismo, siempre destruye a los demás.

Akarghi recordaba así las antiguas palabras del maestro Xu Yu, apoyando ahora su cabeza en ambas manos, sentado en posición de loto a la orilla del río Turgusha, donde había amado meses atrás con toda su pasión a la bellísima Latniavira. Con los ojos cerrados escuchaba el mismo sonido cantarín y desaprensivo de las aguas que circulaban sin jamás separarse del Todo. Sin embargo, ahora ni el río, ni los árboles, ni los pájaros, ni la arena, ni el cielo por encima de todo, ni los olores hablaban sólo de Latniavira y de su propio deseo de gozarla sin fin. Las palabras de Xu Yun le confirmaban lo que él mismo había aprendido estos últimos dieciséis meses: no era Latniavira quien lo había embrujado con su perfección de mujer; no era ella en definitiva el objeto de su deseo, sino que él mismo se había exaltado en su propio yo, en su propio sentir que buscaba satisfacerse y gozarse a sí mismo, amando de la manera que sólo él se había impuesto amar y poseer a Latniavira.

¿Por qué, si había entendido tan bien y diáfanamente las palabras que había conocido de boca del acarya hacía cinco años atrás, no había podido evitar el largo camino del descenso y de  la contradicción que había emprendido desde entonces hasta ahora? Tantos seres, tantos maestros, tantas enseñanzas había conocido y comprendido como el discípulo más aventajado y lúcido, pero aun así había recorrido el mundo al revés y su propia realización opuesta a esa conciencia y saber perfectos.

En un acto inconciente detuvo con sus dedos una hoja de baniano que la corriente arrastraba lentamente junto a la orilla. Como si despertase de un ensueño se observó a sí mismo. Entonces comprendió que detener la hoja con el pensamiento no era lo mismo que detener la hoja con su mano, aunque en esencia fuesen lo mismo. Entonces comprendió que su conciencia no quería detener la hoja, pero su mano y su inconciente sí. Entonces se observó una vez más a sí mismo y comprendió que se puede ser un santo y hasta un dios en el pensamiento y en la conciencia, pero un demonio y una bestia salvaje y egoísta en otros niveles o planos de conciencia. ¿Cuál debía ser entonces la relación entre estos diferentes y hasta desconocidos planos y manifestaciones del yo y de la conciencia?

Pero, ¿entonces también amar a Latniavira, o simplemente amar era sólo una ilusión del yo, de un yo que incluso podía ser tan ilusorio en su dimensión conciente como en su dimensión inconciente? Incluso si la respuesta– siguiendo la enseñanza de Xu Yun– fuese que el amor verdadero del yo libre buscaba la liberación y la realización del ser amado, tanto como la propia, todavía eso podía no ser más que una proyección de una entidad más profunda, más amplia, pero igualmente incompleta o ilusoria. Eso ya se lo había cuestionado, y quizás hasta intuido, en sus años de aprendiz en el monasterio de Lamayuru.  Esto era el Camino de la Verdad: su obsesión, su vida, su sentido, su destino, su peligro, su camino…

Comenzaba ya a esbozarse una respuesta, pero atento a las infinitas trampas que la mente, que la conciencia y que la realidad misma le ponían por todas partes y de infinitas maneras, consideró que su juventud también podía ser otra trampa, de manera que decidió seguir adelante el camino de la Vida para confirmar o modificar la asombrosa intuición que comenzaba a gestarse en su existencia y en su esencia humana mismas.

–Acarya Xu Yun — Akarghi recordó haberle preguntado –, ¿hasta dónde es posible expandir y modificar la conciencia en todas sus formas y estados, y también el yo, para que al menos se difundan e integren mejor con la Realidad en todas sus formas y estados?

Xu Yun se incorporó un poco para mirar con los ojos entornados a Akarghi y después de un breve intervalo se puso de pie, se inclinó respetuosamente ante Akarghi, y salió del lugar sin decir una sola palabra. Akarghi se quedó observando con cierta sorpresa el suelo por donde iba caminando el santo varón y descubrió que donde apoyaba su pie, y luego avanzaba, se grababan huellas fosforescentes de color turquesa que tendían a diluirse hacia un tenue celeste hasta desparecer. Sin decir una palabra Xu Yun le había respondido con un acto desafiante a su capacidad cognitiva: ¿qué experimentaba su conciencia?… ¿Algo que sus ojos y su conciencia percibían fuera de sí mismos? ¿Algo que sus ojos y su conciencia producían independientemente de lo que realmente había afuera de ellos mismos? ¿Lo uno y lo otro junto? O, ¿ni lo uno ni lo otro?…

Todavía más, ¿por qué había salido de esa manera, sin decir palabra? En ese mismo instante un rayo del sol de la tarde se filtró por entre la alta fronda, impulsado por una suave brisa, iluminó un círculo cerca de su pie, y luego desapareció, para encender otro círculo de luz un poco más lejos, y luego desapareció, y volvió a aparecer todavía más lejos, y así sucesivamente se formaron siete círculos seguidos de luz, hasta que pareció perderse tras una alta peña.

–¡El Camino de la Verdad!… ¡El Camino de la Verdad!—repitió Akarghi en voz alta.

55

El benévolo maestro Artabhaga dio por terminada su clase de lógica sobre las proposiciones antitéticas en el canto V del Mahabharata a eso de las 10 a.m. Y aunque a Artabhaga no le llamaba la atención ni se ofendía porque algún estudiante no asistiese a su clase –peor para él, decía–, a Akarghi sí le había parecido intrigante el hecho de que su amigo Kynpham Singh se ausentase, tanto más cuanto desde el alba lo había notado particularmente taciturno. Por lo mismo, decidió cometer una vez más una infracción venial a las reglas monásticas y también él, siguiendo a su amigo Kynpham, ausentarse de la meditación a la que acudían a continuación sus condiscípulos.

Se resguardó tras un pequeño bastidor, entornó los párpados y, haciendo uso de su especial don de clarividencia, visualizó prontamente a su amigo en la cima de una montaña, sentado dentro de un nido de águilas, oteando la lejanía. Akarghi decidió, por tanto, salir furtivamente a los patios para indagar en los alrededores. Después de evadir a un par de monjes atareados, ocultándose precavidamente, salió al patio sur, que miraba hacia las zonas bajas y luminosas de la región. Sin razón aparente se acordó de su perrita Phyn, cuando salían de paseo a buscar frambuesas en la quebrada, y ella parecía entender, moviendo su cola y saltando para morder amistosamente la mano de Akarghi, que aquella aventura la llevaría a otros mundos originales y sorprendentes. Se entristeció al reconocer que nunca más volverían juntos a correr en la quebrada y que ya nada de aquello, que nada de su pasado, se podría recuperar.

Akarghi se paró sobre una roca plana y comenzó a girar lentamente, extendiendo los brazos, en trecientos sesenta grados; mientras se encontraba con los ojos cerrados ya en el tercer giro, los abrió repentinamente y vio por encima de los techos del monasterio, sobre la torre más alta del campanario, algo así como una figura humana. La visión le pareció extraña e inusual, de manera que dudó de lo que estaba viendo. Se restregó los ojos y volvió a mirar. La figura ya no estaba allí.

Aun así, aquello le resultó, por lo menos, significar una señal, de manera que se encaminó hacia los edificios aledaños al Gran Templo. Una vez en el interior de éste, acercó su nariz al pasamanos de la escala que conducía hacia lo alto de la torre y creyó reconocer en él el olor de Kynpham. Subió con cautela, mirando hacia lo alto y hacia abajo. Cuando se encontraba a unos metros del rellano superior, y como ocultándose por detrás de la gran campana de estaño y cobre, divisó claramente a su amigo que se encaramaba con dificultad, y colgando peligrosamente, por la cornisa hacia el techo del campanario.

–¡Kynpham!—gritó Akarghi, pero no recibió ninguna respuesta.

Sin temor reprodujo la misma osada acción de su amigo y subió por la cornisa al techo de palmetas de madera esmaltada. A unos metros distinguió a su amigo sentado y con la mirada perdida en lontananza.

–¡Kynpham!, ¿qué haces aquí?

El joven giró la cabeza hacia Akarghi y con una sonrisa triste respondió:

–No lo sé, Akarghi… de verdad que no lo sé.

–No fuiste a la clase de lógica y ahora te encuentro aquí… Algo te debe estar ocurriendo, Kynpham.

–¡Mira si no es extraño y diferente observar las cosas desde aquí!

–¡Sin duda!, pero no necesitas arriesgar tu vida para ver las cosas diferentes.

Kynpham volvió a sonreír con tristeza y, girando la cabeza hacia Akarghi, respondió:

–Aquí nos han enseñado a mirar las cosas de una determinada y única manera. Una manera protegida, armoniosa y sin riesgo. Farra-aj diría que ésta es la mejor manera, porque la perspectiva espiritual incluye a todas las maneras, pero cada día tengo más dudas de ello… Nos han enseñado a aceptar la tradición de la verdad, no a cuestionarla ni a superarla.

–¿Qué te causa dudas?

–Es difícil expresarlo en palabras… Recuerdo el orgullo de mi padre al abrazarme por última vez al ingresar a la orden, y la tristeza contenida en una sonrisa y un silencio inacabables de mi madre. No he podido olvidarlos ni a papá ni a mamá; casi todas las noches sueño con ellos. Y esta renuncia, esta disciplina, estas enseñanzas repetidas hasta el cansancio para convencer a tus expectantes maestros y, al final, a ti mismo, de que estás en el buen camino y en proceso correcto hacia la iluminación y la liberación del samsara… No me convence; hay demasiadas cosas…

–Creo que te entiendo, Kynpham. Creo que de alguna manera experimento lo mismo que tú.

–Cuando digo “demasiadas cosas” incluyo cosas que ni a ti mismo podría contarte y que es mejor que llegues a enterarte algún día por ti mismo.

–¡Así debes ser, te lo creo!; pero de las cosas que sí puedes hablar…

–Puedo entender que nos propongamos evitar el sufrimiento y hasta la felicidad misma como un estado de realización personal. Lo he creído honesta y comprometidamente todos estos años –tú sabes de qué hablo–. Ha sido satisfactorio, no lo pongo en duda. Pero si contemplo la vida y la condición de los seres humanos y del mundo en general todo se me hace tan diferente… Cuando observo esta mariposa amarilla que ahora pasa volando delante de nosotros, ¿es necesario que le niegue su realidad al compararla con Brahman, o con las cuatro nobles verdades, o con un dios trascendente?… ¿Qué es más o menos verdad: lo que veo con mis ojos y lo que siento con mi corazón, o lo que pienso y creo con mi entendimiento y mi fe?

–Quizás no haya que establecer dicotomías, contradicciones, contraposiciones en esos dos niveles de la realidad y de la experiencia… Quizás haya formas de realización humana todavía desconocidas que no se resuelvan unificándolas o sintetizándolas o siquiera concibiéndolas tan incompletamente como lo han propuesto todas nuestras santas doctrinas y verdades reveladas hasta ahora.

Kynpham Singh fijó su mirada en Akarghi y, sonriéndole con ternura, agregó:

–Aun en esto tratas de sacar ventaja con el pensamiento. Ya no sé a quiénes tengo que satisfacer –porque no veo ninguna síntesis ni conciliación tampoco entre ellos–, si a la conciencia, a la fe, a la razón, a la intuición, al corazón, a mis sentidos, a mis instintos, a la naturaleza, a los maestros, a Dios, a Buda, o incluso a un tal llamado Jesús… ¿Y qué es eso de la ilusión, del sufrimiento, del egoísmo, de la negación, de la maldad y de la muerte?… ¿No es todo esto precisamente el corazón y el alma misma de la existencia, su inevitable realidad?…

Mientras Kynpham decía estas últimas palabras, se puso de pie tambaleándose, abrió sus brazos, y comenzó a inclinarse hacia el vacío. Akarghi dio un brinco y tomando de un brazo a su amigo, lo empujó hacia sí, abrazándolo.

56

De pie sobre la balaustrada del templo Bhadrachalam del señor Rama, a cincuenta metros de altura, como en aquella ocasión con Kynpham, Akarghi contemplaba con vértigo el vacío que toda su vida lo había atraído hacia sí. Y en lugar de que los cinco años transcurridos desde entonces diluyesen y enterrasen su sustancia viva en el pasado, ciertos hechos sólo se acumulaban en el presente, desde la memoria explosiva, y venían a realizarse una y otra vez en este ahora cierto que denominamos presente.

En este ahora tan cercano le parecía comprender mejor que nunca a Kynpham, a partir de su propia experiencia. Cómo el tenso empuje de los hechos de vida te van guiando sin mayor claridad –pero con una lógica interna implacable– hasta la repentina situación en que te descubres parado sobre una balaustrada, a cincuenta metros de altura, cuando ya lo más natural es saltar al vacío, y de ninguna manera volver atrás… Entonces, a veces tienes la fortuna de despertar y ser libre, y aun así saltar, o no.

Akarghi contempló que, en su caso, era la degradación de su vida, de su mente y de su alma la que lo había arrastrado hasta ahí. Una degradación moral, síquica y espiritual que había avanzado gradualmente durante los últimos cinco años, pero cuya raíz, cuyo origen y principio, ¿dónde se ocultaba?… ¿Por qué no la había previsto ante tantas señales, y, si por momentos la había reconocido, no había entonces retrocedido espantado? Ahora veía que no había sólo dos planos de la mente y de la realidad, ni tampoco uno solo –monismo o dualismo, como enseñaban todos los maestros–, es decir la iluminación y la ignorancia, o la trascendencia y la inmanencia de lo inmediato, sino una gradación tal vez infinita entre un estado cualquiera de mente y de realidad, y lo otro, siendo este otro como un simple referente de profundidad e identidad insondable y abierta, respecto de cualquier sí mismo.

Y entonces, como en aquella ocasión le advirtió la anciana salvadora de su primer hijo, ¿todo esto era destino?… Todavía seguía tratando de resolver ese acertijo. Era más fácil quedarse viviendo en el monasterio de Lamayuru, o en cualquier otro, si éste ya no existía, y acomodarse al interior de un aprendizaje y enseñanza previstos, como el niño que al comenzar a caminar va aprendiendo cada día a ir más allá, pero sólo dentro de su propia casa. Eso también era destino, pero el destino que uno mismo se forja y crea con ayuda de los demás y del universo natural mismo. Al partir de allí, Akarghi había empujado los límites de su realidad y abierto, igual que una herida, un camino. El costo había sido alto y estaba a sus pies… Porque si saltaba no había poder en el universo que le impidiera trascender su condición natural y su pasado, pero también cortaba de raíz su vida en este plano de existencia y, en consecuencia, las posibilidades de continuar interactuando evolutivamente en él. Era como un peso enorme sobre la espalda que lo doblaba hacia el abismo; no sólo sus asquerosos actos, su abominable debilidad, su siniestra maldad mercenaria, la vulgaridad de su vida, la impunidad de su humanidad animal, y así muchísimo más sin cuento, sino también se había agregado esa masa inconmensurable de virtualidades profundas y karmáticas  de sus vidas pasadas que se identificaban y recreaban de las más insospechadas maneras con la sincronía de un presente así también predestinado. Entonces, el destino parecía ser una figura contrahecha de agregados, en los que, como un caldero hirviendo, revolvía adentro realizaciones inevitables, tendencias flexibles y circunstanciales, pero también eso que comenzaba a experimentar aún puerilmente: decisión propia, y tal vez hasta algo de libertad…

Ya lo había logrado una vez al huir de Lamayuru. De hecho, ahora, soportando el peso de ese mismo pasado, de todos los pasados y, ante todo, de este pasado próximo que giraba ahí mismo como un torbellino alrededor de la persona de Latniavira, de su hijo Prâsad y del terrible Tashi Aburghasim, volvía a desafiarlo: “¡Mira, ahí abajo, la liberación de tu iniquidad y de tu insoportable dolor!”… Esto era más fácil que darse la vuelta y salir nuevamente por un camino inventado, cuyo precio de partida era o bien matar a Tashi Aburghasim, o abandonar y dejar morir en sus manos a Latniavira y a su hijo Prâsad. Sin agregar a ello incluso, la casi imposible necesidad de redimirse después de todos estos imperdonables pasados para siempre presentes…

Y aunque todo en él había ya periclitado hacia un abismo; y aunque una y otra vez volvía y volvería a caer, o estar a punto de saltar hacia ese abismo que acompaña a cualquier movimiento vital, ya no había duda ni ausencia  de un indefinible… –digamos— poder, fuerza, energía, orden, divinidad, inteligencia, plan, o como quiera llamársele, que también participaba misteriosa y abrumadoramente en su destino, en todo destino, pero de una manera todavía ininteligible, extraña y sobrecogedoramente superior a cualquiera y todas sus propias facultades humanas, incluso las espirituales.

Y ahora mismo, ahí, delante del abismo, aunque carecía de las condiciones personales y de conciencia profunda para abrir en el acto un portal luminoso en su cárcel de vida, en cambio podía gustar con la orla de su conciencia la certeza de que el Camino de la Verdad, ese largo, dramático y elusivo camino, ya podía experimentarlo inexorable y consistentemente como su destino…

De pronto Akarghi puso atención en la lejana calle bajo sus pies y divisó a unas personas que le hacían señas con los brazos; sin embargo la calle y la plaza se habían llenado de personas; una muchedumbre lo observaba. Y así como también él los observaba, divisó en cada uno de ellos una motivación propia para estar allí; oteó a otros que caminaban de prisa y seguían, lanzándole sólo una mirada de soslayo; vio a mujeres que les tapaban los ojos a sus hijos; vio a sanyasinnes que seguían meditando a la orilla de la calle; vio la morbosa, curiosa, inquieta, sorprendida, asustada, asqueada mirada de tantas personas; vio sus caminos de vida ahí mismo, confrontados por su propia muerte, y por la vida que venían trayendo hasta la muerte que a ellos en su momento les tocaría vivir. Entonces, lo que al comienzo le llegó como un murmullo o un ronquido extraño y gutural, se fue transfigurando a sus oídos en un claro, salvaje e inconfundible grito de la multitud: “¡Salta!… ¡Salta!… ¡Salta!…”

57

La orden vino del bureau del Comité Central: “¡Destruir Lamayuru!… ¡Que no quede piedra sobre piedra!… ¡Limpiar la sociedad humana de toda mentira!…” Akarghi se despertó sobresaltado y traspirando. Se sentó sobre su lecho y miró a su alrededor. Escuchó atentamente tratando de percibir hasta el ruido más leve y lejano… Sólo grillos, un búho insomne y algunas gotas de rocío que caían desde los techos húmedos. Por alguna misteriosa razón, lo que sus ojos veían y sus oídos percibían, despierto, le resultaba menos real que aquello que en sus sueños vivía. Por tercera vez en el mes soñaba que su amado Lamayuru era arrasado por el fuego. Decenas, tal vez cientos  de demoníacos seres que arrojaban fuego por sus hocicos y por sus ojos, asaltaban el lamasterio y le prendían fuego, danzando en una especie de ritual macabro. Tan reales y ciertos le resultaron los dos primeros sueños, que se había sentido en la obligación de contarlos y advertir al abad Farra-aj, así como a otros maestros. Swami Krishnananda se había quedado pensativo, observando a Akarghi, y luego respondió:

–Si así fuese, no podríamos evitarlo. Aquí y en ninguna parte podríamos evadir la maldad humana. Es necesario que el grano muera para que nazca una vida nueva.

–¿Usted no haría nada, maestro, para impedirlo?… ¿Dejaría morir a todos nuestros padres y estudiantes?…

El swami Krishnananda había sonreído compasivamente, e inclinándose ante Akarghi se alejó en silencio. Por su parte, Farra-aj demostró una conducta todavía más evasiva:

–El día y la hora no los conoce nadie. Deja que las cosas sigan su curso.

–¿Qué quiere decir con eso, venerable?… ¿Qué debo hacer?

–Guarda silencio, Akarghi. No hagas caso de sueños, de visiones ni agüeros. Esas no son cosas para humanos. Atiende tus obligaciones y vivirás en paz.

Sentado a los pies de su litera se tomó la cabeza con ambas manos. Este tercer sueño, sin embargo, era todavía más intenso, violento y real… Su corazón latía de prisa y con fuerza. Trataba de recordar las palabras de sus maestros, pero el miedo congestionaba su pecho y no le permitía respirar con tranquilidad. Miró a sus condiscípulos que dormían plácidamente bajo el tenue resplandor de la luna media. A algunos de ellos también les había participado sus sueños, pero ellos lisa y llanamente se habían burlado. Su fama de fantasioso y excéntrico le jugaba en contra. No sabía qué hacer… Se sentía solo y desorientado. Se apretó con mayor presión la cabeza rapada.

De pronto sintió que alguien le tocaba el hombro. Levantó la vista y un grito se ahogó en su garganta. A un paso de él se encontraba de pie Kynpham Singh, su amigo muerto. Una especie de nimbo blanquecino le daba un aspecto de mayor irrealidad. Kynpham sólo lo observaba en silencio con una mirada curiosa y, en apariencia, triste.

–¿Kynpham?—preguntó tímidamente Akarghi.

El espectro giró la vista hacia un costado y levantó su brazo derecho indicando en dirección sur.

–¡Vete ahora mismo, Akarghi!… He venido a advertirte de un gran peligro.

Akarghi giró en la dirección que le indicaba su amigo, pero no vio nada, salvo un rayo de luna que atravesaba una celosía y se filtraba oblicuamente hacia el interior.

–¿Qué pelig…?—su pregunta quedó inconclusa al volver la vista hacia Kynpham, pues allí no había nadie.

–¡El grano de trigo muere solo! –escuchó que una voz en su interior le transmitía esta enseñanza.

De un brinco saltó de su cama, se vistió con su túnica y un manto de lana. Guardó su flauta y un mala entre sus ropas; se postró en una profunda y larga reverencia, oró con las palmas juntas, y luego se apresuró a salir hacia el patio. “¡Hacia el sur!”, repitió para sí mismo. Al salir, olfateó el aire, miró hacia todos lados, y creyó distinguir a lo lejos, por el camino del Valle, unas sombras desusadas. Lanzó un graznido, como el de la corneja, pero sólo le respondió el silencio. Saltó el vallado, al llegar al final del camino interior que acababa en la puerta sur, y enfiló por los senderos de la montaña, entre las rocas que conocía bien.

“¿Y si todo esto no fuese más que una locura mía, una ilusión de mi mente?”… Entonces algunos recuerdos vinieron a él como un carrusel, pero, sobre todos ellos, se empinaba con fuerza un inquietante temor. Cada diez pasos volvía su cabeza hacia Lamayuru. No se había alejado aún quinientos metros, cuando se detuvo espantado. Había visto repentinamente estallar una intensa llamarada en cada uno de los cuatro costados del monasterio. De inmediato pudo oír, facilitado por el silencio y la oquedad del lugar, terribles gritos furibundos, y, entremezclados con ellos, otros más agudos que expresaban terror y auxilio. Sin pensarlo más, se devolvió hacia el monasterio. Cuando se encontraba ya a unos cien metros, divisó a lo lejos, por las laderas de la montaña, hacia el norte, dos figuras que apenas identificó, bajo la luz de la luna, como dos monjes que huían apresuradamente de Lamayuru. Se detuvo y se ocultó tras una alta roca. Podía ver y oír con claridad los gritos, el tronar de las armas de fuego, y el crepitar de las llamas. Pudo distinguir cómo arrastraban a sus jóvenes compañeros hacia los patios y, haciéndolos hincarse de rodillas, les disparaban a quemarropa.

–¡Fin a la religión!… ¡Fin a la mentira!… ¡Muerte a los traidores!… ¡Viva la revolución del pueblo!…

Akarghi escuchó las proclamas, mientras les disparaban a sus compañeros, monjes y maestros… Las lágrimas caían una tras otra al contemplar impotente la matanza y la destrucción de Lamayuru. Entonces divisó a ciertos hombres vestidos con camisa suelta y pantalón de color marengo, con sombreros de paja en la cabeza, portando fusiles y linternas, que se encaminaban hacia los alrededores, y también hacia donde él se encontraba. Se dio media vuelta y salió corriendo por donde mismo había venido.

Esta vez ya no volvió la cabeza atrás. Sólo corrió entre las breñas en dirección a los pasos distantes que le permitirían escapar hacia las tierras bajas; hacia los pueblos del sur que nunca había conocido, y que ahora representaban la realización involuntaria y dolorosa de su llamada al mundo, la que ya hacía tiempo venía procesando y preparando. Todo tipo de imágenes, recuerdos, emociones, ideas, vahídos venían desordenadamente a su mente, mientras corría… ¿Sería capaz de darle sentido a todo esto, a toda su vida?… ¿Habría un orden, una justicia detrás de esta horrible, final y aberrante matanza?… ¿Habría realmente un dios en todo esto?… ¿Qué era al fin de cuentas la espiritualidad frente a la perversión humana?… Y entre todas estas y tantas otras cuestiones del alma, una duda (¿justificada?) lacerante, recurrente, intuida y exasperante: ¿Acaso alguien había conspirado desde dentro de Lamayuru?…

58

Tendido de espalda sobre un montón de heno, Akarghi contemplaba el cielo estrellado. El olor de la paja lo embriagaba. Las estrellas titilaban alternadamente, cómplices de algún secreto inmemorial. Tenía hambre, sed, frío, sueño, y le dolían las piernas de tanto correr y caminar. Pero no podía dormir. Escuchaba el trajín de la noche convertido en silencio. Más que todo, escuchaba voces sin palabras y entendía significados sin pensamiento. La cauda blanca del vestido de la luna ya había dejado atrás los amplios surcos de las praderas del cielo; Akarghi se quedó a solas con la inmensidad del Universo. Allí se encontró una vez más consigo mismo; algo de sí se abrió paso desde la negrura interior; se expandió su mente y una creación vino a ella; él mismo, en conciencia, era no más que una gota de espíritu momentáneamente despierta… ¡Tan pequeño se percibía a sí mismo!… Pero, al mismo tiempo, con cuánta seguridad y valentía se vivía su yo como una poderosa realidad que permitía que el universo entero se le mostrase, y se le pudiese descubrir, y conocer, e incluso dominar, y hasta crear, por su inteligencia y acción. ¡Cuán delirante y absurda le parecía la vida del ser humano, en ese instante y así, atrapado, ensoñando su grandeza inexistente!… Y, a pesar de ello, un Algo (un Brahmán) había insertado en él ese mismo delirio y obsesión de grandeza con un propósito sabio, trágico por cierto –como la misma violencia de la energía explosiva del universo–, pero también estratégico, finalista y redentor –como un instinto más, pero al cual, soberano, todos los demás sumisamente servían–… ¡Todo en el ser humano, sin excepción, servía a esta pulsión monstruosa y delirante!

Recordando la horrorosa experiencia de la matanza en Lamayuru, consideraba que ni aun la más atroz e inconcebible acción humana podía alterar ni afectar en nada el curso del plan del Universo. Todo, absolutamente todo, hasta la desaparición de una galaxia o un millón de galaxias, en nada afectaba la inmensidad del Universo, de la misma manera que al arrojar una gran piedra en un lago sólo algunas ondas se levantan y expanden un breve espacio y tiempo, pero la gran calma de la totalidad del lago vuelve a absorber la piedra y el cambio, para continuar inalterable y sin tiempo… “Deja que las cosas sigan su curso”, había sentenciado Farra-aj; también Krishnananda parecía haberle expresado algo similar. Su sabiduría manifestaba la profundidad insondable del Universo y de la realidad mismas, sin embargo… aun así le parecía necesario, inexplicablemente necesario el agitarse, moverse, luchar incluso, aunque no fuese más que el estremecimiento ridículo de un grano vivo de tierra dentro de la tierra toda… ¡Su juventud era algo, aunque también no fuese nada! Quizás ni Farra-aj, ni Krishnananda, ni los maestros de Lamayuru habían dicho toda la verdad, completa… ¿Por qué no había muerto también él?… ¿Era un mero capricho de los dioses, o azar?… ¿Por qué los sueños premonitorios?… ¿Por qué la salvadora aparición de Kynpham ya muerto? Sus memorias, quizás sus registros akashicos incluso, confirmaban solidariamente un destino nuevo en él, una saliente innovadora y diferenciada hacia el abismo del futuro, y que sentía y presentía descomunalmente en su sí mismo… Pero cuanto más se observaba desde los ojos de los demás, así como desde su propia mirada reflexiva, dudaba más también de sí mismo, de  la aparente locura y manía que lo empujaba a creerse más que todos, todos los humanos y todos los sabios de todos los tiempos, corrigiendo sus errores e ignorancia… Se resistía, pero al mismo tiempo la vida seguía creando esa única y misma dirección bajo sus pies, dentro de él y en torno a él… Iba hacia adelante –lo sabía desde los escalofríos de su piel, hasta la raíz luminosa y límite de su alma–; rota la contención del pasado humano, pero también del presente, podía anticipar la inmensidad del lago, desde donde él, piedra conmovida en su fondo lacustre, pugnaba por salir a flote y avanzar ingrávida sobre su superficie, hasta quién sabe dónde, y quién sabe cómo… Al menos, aunque tuviese diez manos con todos sus dedos para contar los hechos sobrenaturales, mágicos, imposibles, inauditos, fuera de toda norma y ley que podía identificar y evidenciar en su vida, no eran suficientes; y eso era algo, algo que ya no podía ser absorbido simplemente por el lago… Podían de aquí en adelante tildarlo de loco –hasta era necesario y natural–, pero tampoco podía mentirse a sí mismo, ignorando al menos la realidad y el sentido de lo ya vivido, que nadie mejor que él mismo conocía; de manera que también tendría que experimentar, crear y comprender su futuro impredecible (su diminuta vida), en la más completa soledad de iguales.

Como si una mayor  conciencia facilitase y accediese a una todavía mayor conciencia, la sensitiva y reflexiva contemplación del Universo le provocó una repentina visión, un súbito insight, un poderoso acceso intuitivo a lo que se abría-ocurría y al mismo tiempo se cerraba-ocurría ante él, con él: Una Conciencia-Orden circulaba por toda la grandeza del Universo, desde lo más inmenso a lo más reducido, unificándolo todo (todas las cosas) en infinitas Voluntades y Gradaciones, atravesándolo e integrándolo también a él mismo por completo, sin vacío ni fisura alguna en sí mismo ni en su relación con Todo, y resonando en emociones sublimes, como si las más exaltadas y superiores entre ellas (y suyas) sólo pudiesen pobremente sintonizarse con un estado de Realidad que las superaba al mismo tiempo infinitamente, pues en todas ellas también se tensaba un dolor esencial, como si necesitasen reventar sus propios límites para seguir abarcando más y mejor esa Realidad Trascendente y Totalizadora, que se alejaba siempre más allá de Todo, en todas las direcciones y formas imaginables.

No era la primera vez que experimentaba esto, pero era la primera vez que lo experimentaba así; justo y completamente así… Entonces esta noche oscura que parece  descubrir  a los sentidos y a la inteligencia humana la profundidad sin medida del Misterio-Causa que sostiene nuestra insignificante realidad cotidiana, respondió también a Akarghi con una señal fehaciente y compasiva a sus empobrecidos y hambrientos sentidos animales. Entre las estrellas que lucían desplegadas como almas concientes del Universo, y mientras Akarghi sentía en la suya propia ese mismo y unívoco resplandor, naturalmente –-si puede decirse así—brotaron como yemas celestiales dos luces de extraordinarios y cambiantes colores, crecientes y decrecientes, que fueron seguidas por una tercera luz, inicialmente de color verde, pero que degradaba sus colores hacia impresionantes y desconocidos matices, nunca vistos por ojos humanos. Y se movían veloces, sorpresivamente por el cielo, danzando una coreografía divina, entrelazada perfectamente con la configuración de constelaciones y estrellas, como si la perspectiva con la que realizaban sus movimientos fuese precisamente la que Akarghi experimentaba desde la perspectiva de sus propios ojos… ¿Esas luces eran dioses que jugaban con el Universo en sobrenatural armonía y unidad con la mente de Akarghi?… ¿Era Akarghi, en alguna medida también, esas mismas manifestaciones estelares?

59

Caía. La gravedad, las uñas del aire frío contra su piel, el peso desmadejado del cuerpo sin control no mentían: ¡Caía!… Sin embargo, su alma, la zona íntima de su conciencia, flotaba ingrávida al lado de su cuerpo, como siempre lo había hecho –ahora se percataba de eso–. Su cuerpo físico caía, su cerebro caía, e incluso su mente con parte de su conciencia despierta, pero no el fondo radical de su conciencia donde se alojaba reconcentradamente su yo actual, por allá, hacia las fronteras mismas del espacio y del tiempo. La violenta experiencia de muerte en la que se encontraba mostraba con total crudeza y evidencia la natural y permanente diferencia de la conciencia arraigada en la dimensión del espíritu, y su amigable compañera de vida, su extensión casi continua, la conciencia sico-biológica, arraigada en el cerebro y en la dimensión síquica de la mente, con la cual la mayoría de los seres humanos se identifican a sí mismos, y con la que viven su ilusoria vida cotidiana. Con frecuencia quienes experimentan la inminencia de la muerte logran alcanzar este estado profundo y ampliado de conciencia – aunque siempre estuvo presente–, que les permite por un momento verse holísticamente a sí mismos y a la realidad desde sus niveles fundacionales.

Sólo cinco segundos, tal vez seis o siete, y su cuerpo material encontraría la resistencia de la materia física en el fondo del precipicio… ¡Caía!… Pero, también, ¡no caía!… La realidad es para el ser humano sólo la respuesta selectiva, a partir de una infinidad de dimensiones posibles, a su particular estado de conciencia, el cual materializa sólo una de esas posibles dimensiones de realidad.

Entonces cruzó algo así como un umbral, y se desencadenó una experiencia nueva de realidad. El espacio pareció expandirse, las cosas se disolvieron o se extendieron en nubes y flamas de maravillosos colores y movimientos en espiral, ondulantes, entrelazándose y formando sublimes tonalidades y formas dinámicas y cambiantes. Su corazón, o su sensibilidad, alcanzó una intensidad y una cualidad tales y tantas, que nunca había siquiera soñado, porque su persona parecía haberse volcado, transfundido, dentro de una Persona total que se unía y al mismo tiempo se diversificaba en todas las cosas. Era tan desbordante la experiencia y percepción de Aquello, que su sensibilidad sólo reaccionaba con sus más elevados sentimientos, sintiendo y percibiendo por todas partes, en un Sí mismo universal y al mismo tiempo suyo, Amor, Felicidad y Adoración…

Extrañamente guardaba una débil imagen de sí, una difusa autopercepción de estar ahí como un yo, pero al mismo tiempo un no-yo en todo. Vio como en el frente de su perspectiva se aglutinaron fuerzas y voluntades, las que se materializaron o configuraron en una especie de torbellino en espiral, cuya expansión lo atrajo más y más hacia su interior y centro, como si estuviese cayendo, guiado por una sobrecogedora sabiduría. Siempre viajando y bajando hacia ese centro, acabó concentrándose tanto y al mismo tiempo reduciéndose tanto, que todo y todas las cosas parecieron desembocar en una percepción y autopercepción que identificó, finalmente, como su propio cuerpo, un volumen como un cuerpo biológico y carnal, recostado sobre una superficie dura que le ofrecía, al mismo tiempo, sostén y obstáculo.

Movió su mano derecha suavemente; inclinó delicadamente sus dedos sobre la superficie de algo duro, liso y frío, que creyó reconocer como una superficie rocosa. Inspiró, y experimentó la sensación del aire húmedo y fragante que ingresaba por el canal de sus fosas nasales, por su garganta, por su tráquea hasta sus pulmones, que se hinchaban para absorber, en un tránsito hacia el interior de su cuerpo, el prana vivificante.

Había caído, sin duda. Su razón ordenadora y su fiel compañera, la estructurada memoria, le advertían que había experimentado con su cuerpo vivo una larga caída desde aquel árbol colgante hasta el fondo del abismo, pero no registraban el impacto final, ni la muerte, ni la ilógica razón de encontrarse recostado sobre una roca impenetrable, y vivo, al parecer tan vivo como antes. Sin embargo, su conciencia y su sensibilidad todavía parecían flotar o anidar en un liviano afuera-adentro de su cuerpo, pero también en un ingrávido afuera-adentro de Todo, al punto de que el espacio, el tiempo y su cuerpo físico se sentían como una frágil metáfora proyectada holográficamente por aquella otra dimensión y realidad infinitas.

Era enteramente ilógico encontrarse vivo, pero su conciencia y la potencia de esta realidad sobrepasaban la necesidad de la razón, de la mente y de los sentidos de validar una realidad a su manera. El reclamo de la mente natural no le parecía más que el balbuceo de un ingenuo bebé.

Una gota cayó sobre su frente, luego otra, gruesa, líquida y fresca, como besos de niños. Abrió sus ojos, vio el cielo brillante de nubes y el vuelo recto de innumerables gotas que se entrelazaban hasta romperse sobre las cosas. Akarghi comenzó a llorar con sus propias gotas del alma… Había nacido, una vez más, renacido, porque otra memoria más cierta y poderosa le enseñaba la eternidad de su propio pasado y la dirección de sus infinitos espacios. Atrapado dentro de su pequeño cuerpo, en su mente viva de humano, aleteaba como una mariposa que se desprende con dificultad de su vaina y crisálida. Había atravesado el estrecho canal que une la vida y la muerte, el infierno con el cielo, el espíritu y el alma, arriba y abajo.

Se incorporó, se quitó la ropa y comenzó a correr desnudo por la montaña.  Akarghi reía y gritaba como un loco. Aleteaba como un pájaro y cantaba haciendo vibrar con su voz las gotas de lluvia, el viento que se movía a su compás, las ramas de los árboles por las que escurría el soma del cielo; los insectos se estiraban en sus refugios para alcanzar la vibración que Akarghi hacía circular por el valle y los montes. Los gamos se arrebujaban en sus guaridas y algunos simios entrecerraban sus ojos, conmovidos por un destello de conciencia más allá de sus propios límites, meditando. El prana circulaba como un remolino poderoso y energizaba la misma energía con un don inusitado, exaltando el milagro sostenido de la existencia y del mundo, abriendo por todas partes caminos de ida y de venida, sólo obstruidos momentáneamente por la mente humana incompleta, al mismo tiempo abierta al Infinito.

60

Akarghi dio un brinco y se sentó sobresaltado en su cama. Frente a él, ocupando todo el marco de la ventana, un ojo perfectamente redondo, con un iris de colores cambiantes y una pupila como de fuego azulino y matizado lo observaba terrible.

–¿Quién eres?—preguntó Akarghi asombrado, sin mover los labios.

El ojo le respondió sin palabras:

–No más que lo que tú quieras que yo sea.

–¿Eres un dios?

El ojo continuó mirándolo y unido al mismo tiempo  a su alma. Silencio. Largo silencio.

–¿Duermo?… ¿Vivo?—se preguntó a sí mismo.

–No más respuestas acogedoramente cerradas, Akarghi… No más Akarghi.

Sintió que una piel suave y delicada acariciaba su nuca calva. Sintió que alguien se sentaba a su lado. Giró su cabeza y vio a Latniavira que lo miraba con amor y solicitud.

–¿Qué haces aquí?… Si llega a enterarse Tashi, nos degollará de inmediato.

–Akarghi, amor mío, ¿qué amor es un amor que le teme a la muerte? Sólo el amor que le teme a la muerte, muere. Meses, y hasta años temí morir. Durante este último tiempo me aterrorizaba la posibilidad de que Prâsad pudiese morir. Me enloquecía la posibilidad de que tú pudieses morir.

–Por sostener este amor he cometido crímenes horribles.

–¿Hay siquiera en esta existencia una cosa, una sola cosa, que en algún sentido no sea un crimen, un abominable crimen? Ni siquiera Dios, ni siquiera el amor… Dios y el amor aquí manifestados deben aniquilar, incluso de las formas más atroces, todo por todas partes, para manifestarse como Dios y como amor. Un Dios perfecto, un Dios  únicamente de amor sólo existen en la mente inventiva, cobarde, frágil e ilusoria de los humanos. Un Dios así sólo puede ser inventado en un más allá, nunca en un aquí y ahora.

Volaba, planeaba con sus alas pardas extendidas y vibrantes por encima de la superficie ondulante y azul del lago. El aire lo sostenía y al mismo tiempo abría un espacio invisible hacia el fondo de un algo que lo atraía en dirección opuesta. La vida es bella cuando se deja contemplar por el sentimiento. La vida se sostiene fuerte sólo dentro de un sentimiento. El ojo abierto de un ganso que planea sobre la superficie de un lago experimenta la contemplación del universo sobre sí mismo. Se escuchó en la vacuidad del valle un violento estruendo. Algo duro y veloz atravesó el aire, golpeó el pecho emplumado del ganso, se abrió paso hasta su corazón, y explotó.

Akarghi estiró su mano, buscando la mano de Latniavira, pero se encontró con una mano pequeñita. La mano de su hijo Prâsad. Él lo miraba con lágrimas en los ojos, como si hubiese estado llorando hasta hace un momento, y ahora hubiese encontrado la paz que mitigaba el llanto. Padre, él era su padre, el dios padre que necesita todo niño, poderoso como una montaña por la que descenderán las aguas del cielo una y otra vez, sosteniendo el orden necesario para la vida, conteniendo el caos que amenaza omnímodo, detrás de todo. Lo habían puesto allí, y él resonaba armónicamente en su corazón y en su mente como padre protector de aquel niño, sólo de aquel niño-hijo, o ante todo de aquel niño, como también lo había experimentado años ha con su fugaz primogénito. El amor de un padre y de una madre, tan inmensos como una montaña de nieves eternas, se inmortalizan allí delante del hijo amado, inmóviles e incondicionales para siempre. Akarghi había abandonado ya las alturas y planeaba ingrávido sobre las aguas, liberando la descomunal energía contenida en una paternidad, para que el hijo ya maduro, diamantino, se mude más allá, por donde las aguas buscan su propio océano. Y tu hijo te dará muerte, y tú lo matarás en defensa suya, uno y otro, al mismo tiempo. Y llorará, siempre el pequeñuelo llorará cuando llegue la muerte que no podrá comprender, demasiado tempranera para un corazón de niño atravesado por la muerte del padre. Y buscará tu mano casi a ciegas, tiritando, porque nunca será demasiado fuerte para el caos. Y llorará y gritará de dolor y rabia, todo junto, amándote y condenándote a su resentimiento, porque incluso la rabia y el dolor lo protegerán de tu abandono, empujándolo hacia la brutal reacción de la vida.

–¡No hay Dios!… ¡No hay Dios!—gritará con todas sus fuerzas, y entonces comenzará a caminar con sus propias piernas por un camino que deberá inventar en medio de la nada. Una nada que él mismo también ha inventado.

El ojo, el ojo recto y destructor como una bala disparada repentinamente. El ojo creador, iluminado, que va hilvanando mundos y universos de una sola mirada.

–¡No te vayas, papá!—gimió el pequeño Prâsad.

–No te engañes, hijo mío. Aunque me haya ido, jamás me iré de ti. Ya lo entenderás con el ojo del alma.

Akarghi recordó a su padre, y al padre de su padre, y al padre del padre de su padre. Todos empujando en una misma dirección, conmovidos por sentimientos trasegados de un corazón a otro, mediados por el nacer y el morir continuos. Y de la misma manera, Todo, toda la realidad, como si fuese un Dios, como un metafórico padre, empujando en una misma dirección, amando y aniquilando en su empuje trascendental. Había al fin llegado la hora de asestarle una mortal puñalada al corazón de su padre-realidad para mirar por el ojo omnividente, creador-destructor de la obviedad de lo ya vivido así, que no se mueve más por sí mismo, en la forma de un pasado mortalmente pasado. Su padre-realidad quería morir entre sus manos, quería transformación, transformación total, y su primer acto asesino, su primer movimiento criminal consistía precisamente en esto: ¡Ver, entender, ser conciente de esto mismo!… No sólo ya ser empujado por  el padre, sino también comenzar a empujar al padre. ¿Cómo no habría de ser terrible también la mirada del ojo? Visión y acto. Atractivo y horror de la trascendencia.

Akarghi sintió que el gran ojo disparaba su mirada como un proyectil en el medio de su frente y abría un agujero, quemante y balsámico, hasta el ojo de su alma, cuya diminuta visión se colmaba como una gota se une a un océano, moviéndose en todas direcciones, sin aún dejar de ser una gota, como una experiencia por ahora sólo visionaria, de todo-en-todo. Visión, y de inmediato acto; acto puro e increado.

61

Sentado sobre una roca, a la orilla del camino, Akarghi se quedó contemplando el rostro dormido del niño en sus brazos. Al observarlo con atención tuvo la extraña sensación de que podía verse a sí mismo como desde arriba. Se sorprendió de la situación. Él, joven monje de Lamayuru, sentado en algún lugar desconocido, con un bebé suyo dormido en los brazos, sin lógica alguna… Intentó elevar una plegaria a Lakshmi.

Escuchó a su espalda un sonido deslizante y luego el chasquido de una rama que se quiebra. Se dio la vuelta con algo de temor, pero la oscuridad había ganado demasiado espacio en el mundo, y sólo divisó una masa de árboles sombríos. Algo le llamó la atención, y sus sentidos aguzados por una larga práctica de visualización le enseñaron un brillo tenue en medio de la oscuridad; un brillo singular que parecía moverse zigzagueante y lentamente hacia el interior de la fronda. Aspiró profundamente el aire y distinguió un olor intenso y agridulce, tal vez el olor de un animal, de un animal grande y velludo. Sin pensar ni medir las consecuencias de su acto, se puso de pie y, siguiendo su instinto superior (las nebulosas voces del interior de su alma), comenzó a caminar impávido hacia la hondura del bosque.

Caminó con dificultad, cuidando poner el pie a cada paso en lugar seguro para no arriesgar una caída con el bebé en sus brazos. El bosque entero parecía haberse aquietado de su labor diaria, y ahora el silencio mostraba el lado oculto de las formas. Akarghi sabía que allí estaba la vida en sus infinitas manifestaciones, atenta y despierta, observándolo, sintiéndolo, esperando de él un movimiento sutil y armónico para construir juntos el flujo de las energías de la existencia. Una brújula interna lo conducía en alguna dirección impredecible. Conocía ya los vericuetos de la mente, esos pasajes de aspectos familiares y seductores, por donde uno mismo va adentrándose gradual y naturalmente, seguro de seguir avanzando por la realidad confiable que nos ofrece el sol de cada día, pero que, encubiertamente a nuestra inteligencia, no hacemos más que reproducir una y otra vez, diluida en la ilusión macabra de lo que nuestra propia mente produce y quiere experimentar como realidad. El trabajo con su mente (de todo monje) lo alerta contra esos peligros, le enseña las prácticas riesgosas de su cuerpo y de su mente, pero también los ejercicios poderosos y diminutos que van separando, desde las fundaciones mismas, la energía oscura de la energía constructiva y productiva, que se vincula con la misma realidad productiva que lo espera para saltar hacia el futuro.

Akarghi escuchó nuevamente  el susurro y el crepitar de las hojas aplastadas. Esta vez, sin embargo, intuyó una presencia amenazante. Escuchó un ruido ronco, velado, como un gruñido contenido, presionado por la rabia. Algo también se agitó inquieto por entre las altas frondas de los árboles. Escuchó un trueno a lo lejos, ronco como el rugido de un león hambriento. Las ramas comenzaron a quebrarse una tras otra a su alrededor; no era un animal, sino una jauría que lo acechaba  a él y a su bebé, al que olían deseosos de su carne tierna y perfumada. Vio brillos redondos como pupilas de brasas ardientes, y gemidos de criaturas despedazadas. Escuchó el grito agonizante de una madre que ya no podía seguir protegiendo a su cría. Escuchó la voz desesperada de su propia madre que gritaba: “¡Akarghi, Akarghi!… ¿Dónde estás?”

–¡Mamá, mamá!—gritó Akarghi como respuesta– ¿Dónde estás?… ¿Dónde?

Casi como un eco escuchó la risa desaforada y burlona de cien gargantas ancestrales.

–¡No verás!… ¡No verás!—comenzaron a cantar a todo pulmón–… ¡No verás nada, dulce hijo, amado hijo!… ¡No verás nada!

–¿Quién eres?—gritó con miedo y rabia Akarghi– ¡Tú no eres mi madre!

–¡Tú no eres mi hijo!—gritó su madre– ¡Infeliz!… ¡Abandona la vida que robas entre tus brazos!

–¡No!—respondió Akarghi y, al distinguir que una sombra más negra que las otras sombras se abalanzaba para arrebatarle el bebé, estiró el brazo para cubrir con él el cuerpecito inmóvil  de su niño.

Sintió que su brazo crujía desde adentro y que unas mandíbulas como hierros candentes quemaban su carne, atenazándolo con inmensa fuerza. Se dejó caer hacia atrás, experimentando el abandono de sí al poder que nos supera, sin oponerse a ninguna forma de muerte. Cuando su cuerpo alcanzó el suelo, su cabeza golpeó contra una superficie dura que remeció su cerebro y le quitó la conciencia.

Tuvo un despertar, inevitable despertar de toda manifestación de conciencia desde su propia inconciencia. Se encontraba sobre la tierra, arrebujado contra sí mismo, como un gusanito encorvado. De inmediato buscó al niño; lo descubrió pegado a su pecho, pero se percató dolorosamente de que no estaba bien. Su rostro ahora había empalidecido y sus labios contraídos aparecían amoratados. Acercó con angustia sus labios a los labios del bebé y sopló rítmicamente en ellos. No sabía por qué lo hacía, pero lo hizo con decisión y fuerza. Un minuto después era evidente que el niño respiraba y su rostro volvía a brillar con el aliento de la vida. Sin embargo, el pequeño no abría sus ojos y evidenciaba una languidez enfermiza. Akarghi reconoció que el niño se estaba muriendo. La notoriedad de los hechos, la necesidad de la biología, manifestaban que Akarghi no era el padre de aquella criatura, sin embargo su alma se hallaba indudablemente unida, asociada a un destino común, más significativo incluso que el vínculo familiar y natural. Por eso podía presentir qué debía hacer por él, exactamente qué… Lo volvió a coger entre sus brazos, también con su brazo herido, si bien éste no parecía tan dañado como lo había experimentado durante el ataque de la bestia. Ahora podía ver con claridad las irregularidades del suelo, los peligros del bosque, de manera que comenzó a correr con el niño en los brazos, mientras se preguntaba a sí mismo si había alguna lógica natural y racional en la existencia, cuando los hechos una y otra vez mostraban contradecir la lógica de los sentidos, la lógica de la razón, de la conciencia, y hasta la necesidad de una realidad física ¿que no era tal?… ¿Era esta la maya que enseñaban, y de la que alertaban, sus amados maestros? Como un eco identificó una voz surgida desde su propia voz interior: “¡Hay más, mucho más que lo conocido por el ser humano y los venerables richis, devas y saddhus de hoy y de ayer!… ¡Sigue adelante, Akarghi, sigue adelante!”

Doce pasos más adelante, sin ninguna explicación, se encontró con una estela en forma de flecha, tallada en un viejo madero, y apoyada sobe el tronco de un baniano rozagante, que señalaba hacia la distancia: SHANGRI-LA.

62

Akarghi miró al niño entre sus brazos. Caminaba guiado por su sentido superior. Quizás la misión principal de la señal física del letrero clavado en el camino, de la rosa de los vientos en la encrucijada de la vida, del testimonio indubitable ante los sentidos y la conciencia, sea simplemente apuntalar con el hecho concreto nuestra débil certeza que duda y se disipa en su vaguedad y en su propia debilidad mentirosa, porque carece de la ruda realidad y evidencia que nos informan los sentidos y la lógica que compasivamente los acompaña: Esto es así.

Akarghi miró al niño en sus brazos y comprendió que también su niño, ese ser pequeño y único era una prolongación, una proyección, una creación encarnada de sí mismo, de un algo suyo inmaterial, trascendental y amorfo que necesitaba materializarse en sus propios brazos para que su pobre inteligencia lo asumiera con pleno sentido en medio de su conciencia atenta y en el entrelazamiento vital de su existencia. Esa pequeña criatura lo desafiaba a realizar en conciencia (centradamente) su vida, su libertad, su sentido y responsabilidad de la manera en que ninguna otra cosa podía hacerlo. Por eso estaba allí entre sus brazos. Pero sus brazos también estaban allí para el niño, para facilitar y realizar el desafío existencial que poseía ese pequeño e inmenso ser, y como prolongación física del destino de ese niño en particular.

Y el olor de las flores, de la hojarasca reseca, del agua retenida en tantas cavidades; y las formas de las aves que aleteaban entre las ramas, y la forma de las ramas que se extendían buscando de innumerables maneras su realización propia en el espacio oxigenado y amenazante; y las piedras, las rocas musgosas, ocres y grises que se mostraban ante los ojos, ante el tacto de tantas criaturas, y resistían con su sólido volumen el libre paso de tantas criaturas que debían avanzar sabiamente por el entorno físico y mental de la existencia, aprendiendo de las piedras, del espacio, de la luz del sol, de la oscuridad de las noches, de las ramas, de las flores, del olor y las formas de las infinitas cosas que se proyectaban desde las criaturas mismas, hacia las criaturas, unas y otras entrelazadas, por siempre.

Entonces Akarghi se vio a sí mismo, en sus brazos, como un niño que se estaba muriendo. ¿Podía ser una madre para él?… No podía amamantarlo. Podía amarlo, acariciarlo, protegerlo del frío y de las fieras con su propio calor y cuerpo, podía acunarlo como un padre entre sus brazos, pero no podía darle lo que ahora el pequeño más necesitaba. Toda su voluntad, su grandeza personal, sus capacidades humanas no valían nada ante la simple necesidad de alimento de un bebé. Inevitablemente la grandeza humana se anula ante lo que la supera, siempre infinitamente más que ella misma, y queda inerme, entregada a esta realidad superior, misteriosa, trascendental, monstruosa, universal, que nunca, sin embargo, se desentiende de nuestra minúscula nada, y, aunque sea con el desenlace extremo de la muerte, nos acoge inexorablemente en su propio ser, en su  océano sin costas ni faros.

Allí mismo, adelante, como una respuesta, una sutil prolongación de un flujo de existencia ininterrumpido, apareció un reducido caserío, en medio de un inmenso bosque, en medio de un gran mundo, en medio de un universo infinito, para Akarghi y su niño… Llámese casualidad o necesidad –poco o nada sabemos de ello–, surgió ante él, tal vez salvador, tal vez semejante al deseo de un hombre joven con un niño en sus brazos, tal vez incongruente con sus deseos, pero inevitable y perfectamente ahí.

–¡Akarghi!—escuchó que una débil voz lo llamaba.

Giró su cabeza hacia la derecha y vio una choza con una portezuela entreabierta y por cuyo techo de paja escapaba el humo a bocanadas. Los perros se acercaron a oliscarlo, pero no ladraron ni se mostraron amenazantes. Akarghi sonrió y se adentró por la portezuela. En el interior podía distinguirse un recinto principal, con suelo de tierra cubierto a trechos por telas coloridas y pieles. En el medio, una estufa encendida, en la que se cocinaba un par de pucheros que revolvía una anciana con una cuchara de palo. Olía a pino quemado y a comida sazonada. En un costado, una mujer joven, morena, sentada al borde de un camastro, salmodiaba guturalmente una canción, con un bebé que dormitaba en sus brazos.

La anciana de cabellos blancos hizo un gesto a Akarghi para que le dejara ver el bebé. Éste se lo acercó a la mujer, y ella puso con suavidad ambas manos sobre la coronilla del pequeño. Entornó levemente los párpados y sostuvo la posición de sus manos durante cerca de un minuto. A continuación le habló a la joven en algún dialecto que Akarghi no comprendió; ésta se puso de pie y se acercó a Akarghi. Ella le entregó la pequeña que dormía ya, mientras tomaba, a su vez, al niño de los brazos de Akarghi. El bebé pareció despertar repentinamente cuando la joven, desnudando uno de sus pechos, lo acercó a la boca del niño. Akarghi volvió a sonreír, con un sentimiento de profunda paz y gratitud.

La anciana invitó a Akarghi a tomar asiento ante una pequeña mesa de madera de higuera sagrada; le sirvió puchero hasta la mitad de  un bol y, disponiendo ella misma unas cuantas cucharadas del mismo puchero, se sentó también a comer, mientras Akarghi sostenía con un brazo a la niña dormida.

–¿Qué destino te ha traído hasta aquí, hijo?

–¿Destino?… ¿Existe algún destino inexorable?… ¿Cómo podría yo conocerlo?

–La Verdad siempre es un destino… ¿Buscas la Verdad?

–No puedo evitarlo. Mientras más hondo me sumerjo en mí y en la realidad toda, más intensa es para mí su presencia, pero también su distancia. Mientras más me acerco a ella, más también necesito empujar hacia ella… ¿No acabará siendo Verdad nada más que un nombre para una realidad  que se transforma en espiral, desplegándose a sí misma, en la medida que yo me experimento como un centro de algo?… ¿Podría haber un nombre de verdad para algo que se mueve?… ¿Podría haber mente siquiera para algo inconmensurable que se transforma sin cesar?

–Verdad y Destino son pequeños nombres desvalidos que igualmente te necesitan. Es tu verdad y tu destino ir más allá de los nombres de la Verdad y del Destino. Andar un camino para ti es trascender la realidad de los nombres y de las cosas, comenzando por la cosa de tu mente y de tu cuerpo… ¿Tienes hambre?… ¡Come, hijo!… ¡Come!… El bebé se quedará con nosotras. ¡Tú debes regresar a tu monasterio y destino!

63

–¡Hazte a un lado!

Gritó un hombre alto y rubio, tocado con un casco tricorne, y con su rostro ornado por unos gruesos y rojizos mostachos. Le dio un empujón con una rodela que llevaba pegada a su costado. La muchedumbre caminaba ante él, a veces muy junta, otras, más espaciada. Akarghi se había detenido sorprendido, al encontrarse con lo que parecía una procesión, una marcha, una romería, o algo por el estilo.

–¡Hey, tú, camina! –alguien le gritó desde atrás.

Nunca había visto tanta gente reunida en tan poco espacio. Miró por encima de todos y vio, más allá, el diferente verdor de multitudes de árboles que ascendían por las colinas. Y por encima de ellos, en lo alto, muchas nubes de distintas formas y colores que se desplazaban en una misma dirección. Y vio con su imaginación, aún más alto y lejano, infinidad de estrellas que se movían silenciosamente hacia el fondo de todo.

–¿Ves?… Te lo dije. Te lo repetí mil veces, y aquí está. ¿Qué sacabas con negarlo y oponerte?

La voz recia de una mujer madura se alzó cerca de él. Akarghi giró un poco para mirar hacia ella. Recibió otro empujón de un anciano que pasó a su lado cargando un saco de harina sobre sus hombros. Una mujer obesa, ataviada con un amplio sari de colores vivos, tironeaba de un brazo a un pequeño mocoso que se resistía a caminar junto a la mujer, y, gimoteando, trataba de acercarse a su padre, quien llevaba en brazos a un niño dormido de dos años.

Un grupo de jóvenes se acercó riendo y empujándose. Al verlo detenido, entorpeciendo la marcha de la multitud, se le acercaron más y, haciendo bromas por su aspecto humilde y monacal, dos de ellos le tendieron sendas botellas de alcohol. Akarghi se inclinó respetuosamente ante ellos y se negó, llevando ambas palmas juntas sobre su cabeza.

–¡Mojigato!—le gritó uno.

–¡Hipócrita!—le gritó otro.

Uno de ellos, envalentonado, levantó la botella por sobre su calva y le dejó caer un largo chorro de licor, que lo mojó desde el cuello hasta la cintura. Akarghi alzó sus ojos hasta los ojos de su agresor y lo miró con el corazón. El joven primero levantó la botella casi vacía, haciendo un furioso ademán de ir a golpearlo con ella, pero de inmediato se contuvo, dejó de reír, volvió a empinar el resto de bebida que quedaba en el frasco y se volvió hacia sus amigos, quienes habían comenzado nuevamente a caminar, empujados por el natural movimiento de la muchedumbre y por el interés repentino hacia una pareja de bellas señoritas que divisaron cerca.

–¡Akarghi!…

Escuchó que gritaban desde lejos. Alzó la vista, se empinó para tratar de mirar sobre el gentío. Creyó divisar el rostro amado de Latniavira, sólo por un momento. El movimiento sin pausa de las personas hizo zozobrar cualquier posibilidad de volverla a ver. Un asno, portando canastos, pasó a su lado y lo miró con su ojo lastimero y cansado. Akarghi estiró su mano y acarició el costado del animal. Sintió sus pelos tiesos y húmedos besar la piel de su mano. Creyó ver su historia de trabajo, de esfuerzo sostenido para servir a su familia de pobres hacendados; pero también entrevió la luz del sol recostado sobre los pétalos de las flores que tantas veces había olido dichoso en las praderas de su campo. Vio también el trote feliz de su estatura gris por los llanos después de una larga lluvia, salpicando agua y barro como chispas de vida y de paz.

Entonces Akarghi comenzó a caminar hacia un costado, chocando con unos y otros, gimiendo sordamente y doblándose con pesar cada vez que golpeaba a alguien en su andar, pero igualmente decidido a alcanzar el margen de ese río humano.

–No nos puedes abandonar. No puedes huir de tu destino humano, Akarghi.

Escuchó que le hablaban casi al oído, con un susurro.

–Es verdad que me duele mi humanidad –respondió en voz baja–. Me duele la humanidad toda. ¡Míralos!… Caminan y caminan, arrastrando siempre a otros o a sí mismos. ¿Qué sentido puede tener lo que hacen?… Así viven, así creen vivir. Sin embargo, algo los puso ahí, les dio forma y vida. Algo les dio el ser, y ellos no hacen sino cumplir esa necesidad, creyendo que viven por su voluntad, o porque sus padres los engendraron, o por tantas otras razones y circunstancias. ¿Acaso se enteran de que son una riada que se mueve en una sola dirección, sin saber adónde van?

–¡Rishi, rishi, sálvalo!… ¡Te lo suplico!

Alguien lo tomó de la manga de su túnica y lo obligó a detenerse. Una mujer de edad cubría su rostro con un velo marrón y temblaba toda de emoción a su lado. Dos hombres jóvenes depositaron en el suelo una parihuela sobre la que yacía otro joven, con aspecto cerúleo, estragado y moribundo. Akarghi dirigió su mirada a la mujer y pudo vislumbrar en ella su propio dolor, manifestado en dolor de madre. “Si no amáramos, carecería de todo sentido la fatalidad de esta existencia machacada por el sufrimiento irrenunciable y por la muerte.

–¡No puedo!… ¡No soy mago ni sanador!

–¡Sólo impón tus manos sobre él, rishi!… ¡Sólo te suplico que impongas tus manos sobre él!…

Aakrghi creyó ver, a través de su velo, sus ojos empapados de lágrimas, y en el medio de sus lágrimas una luz, un rayo dorado de luz que ascendía hasta el sol mismo, y, por el medio del sol, más allá, hacia unas alturas invisibles. Akarghi miró a su alrededor y constató que la multitud se había detenido cerca de él y lo miraba con curiosidad y expectación: ¿Sería él el elegido, el dios encarnado y benigno que liberaría a los humanos de su desesperanza y miseria corporal y mental?… ¿Era él, era él?, se preguntaba la multitud. Tantos habían venido ya, desde todos lados, en todos los tiempos, tratando de asumir la divina condición salvadora de nuestra humanidad caída dentro de su propia impotencia, pero todos y cada uno de ellos había también fracasado en su compasiva impostura. La multitud los veía morir; moría ella misma, como siempre, y aun así  no quería aceptarlo; creían en todos ellos, pero ya sin la convicción de la fe del alma viva…

Akarghi entrevió en los ojos de la mujer, fe; en los ojos de la multitud, incertidumbre; en la del joven tendido, muerte; en los suyos propios, amor…

64

La luna había traspuesto temprano el horizonte. Una penosa inquietud lo impulsaba día tras día a deambular por la ciudad, desde la mañana hasta la noche. Era un monje caído, como un ángel caído. Poseído por la inmediatez irresistible de las pasiones, del deseo sexual al rojo vivo en el horno de su kundalini; por el presente amarrado al flujo del movimiento de las cosas entorno; por la pérdida de la lucidez relampagueante de la conciencia ahogada por las emociones y por el ensordecedor timbal de la mente. Los sutras aprendidos de memoria y repetidos otrora durante cien mil horas acerca de la impermanencia de todas las cosas se diluían en una rememoración inane que se anulaba sin la menor resistencia a sí misma. Aun así, una persona interior, la más suya, quizás la más suya sólo porque la quería para sí desde su yo libertario, desde dentro no dejaba de saberse y quererse monje, de quererse asceta, a pesar de la incontrovertible y salvaje realidad con que él mismo se experimentaba en otro sí mismo unido a su embrujado entorno. Era la mortalidad sufriente, era la ilusión de la irrealidad una experiencia grata; ¿cómo no habían de deslizarse y caer todos los humanos en ella?… Tashi Aburghasim, el monstruo, también estaba contenido en sus propios registros de humanidad, al igual que en el de todos los más santos y bodhisattvas, que apenas resistían y empujaban con el hombro para contener sus portones internos, los que al menor descuido y debilidad, salvajemente abiertos, los sumergiría en su magma interior, sin diferenciarse en nada de cualquier otro burdo humano. ¿Por qué creían haber trascendido y superado su ancestral absurdo y materialidad?… Ni siquiera hacer milagros, ni siquiera resucitar era una prueba de ello.

Akarghi se resistía a vivir sin más; a vivirse a sí mismo interminablemente en este confuso juego de irse adormeciendo y muriendo de a poco, como viven y mueren todos los seres humanos desde siempre. Sentía la suave pendiente por la que iba resbalando hacia su progresiva anulación. Suave y dulce morir, porque se realizaba en el amor total por  Latniavira, la mujer, su bien y su mal perfectamente uno… Batalla terrible que ya no le permitía conferirle sentido alguno ni al menor rastro de orgullo, ni al menor rastro de vergüenza, ni hasta quizás de dignidad. Siempre había pensado que no es maestro ni bienaventurado quien no se mantiene libre sobre todo dentro de la experiencia viva de la ilusión de lo cotidiano y natural. Siempre había considerado con un venerable respeto, pero también con profundo recelo, a tantos ascetas, monjes, sanyasines, lamas, santones, brahmanes y budas retirados de las pasiones, del drama cotidiano por la subsistencia, precavidos del amor y del sexo, atemorizados por las pasiones, aislados de sus propias mentes, e impotentes de acción en el mundo y para el mundo: ¿Eran realmente honestos, primero y ante todo, consigo mismos?…. Allá, en lo alto de su divino Lamayuru, ¿podía haber sido Akarghi realmente honesto consigo mismo?… Ahora sólo sentía gratitud hacia Farra-aj por haberlo torturado seis horas en el Camino de la Verdad. Sin esa experiencia forzada jamás hubiese conocido el mal y el sufrimiento que te conecta directamente con aquellas zonas tuyas invisibilizadas por la espiritualidad y la vida de los buenos, por la vida civilizada, que te alejan de la conciencia y de la experiencia de uno mismo. Farraj-aj, sin querer, lo había empujado en una dirección del Camino de la Verdad que el mismo Farra-aj jamás hubiese podido imaginar, ni aceptar. Había entonces sentido rabia, quizás hasta odio, sufrimiento injusto y lacerante, humillación, todo ello surgido irreverentemente de sí mismo. ¿Era sólo un accidente, una mera circunstancia pasajera y superficial de sus emociones y de su mente, que podía ser erradicada de sí, como se hace saltar una viruta negra y superficial de una gruesa y sana madera? Recordó el sagrado texto: “El Atman es inalcanzable, pues nunca ha sido capturado; inalterable, pues nunca crece ni disminuye; libre, pues nunca ha sido amarrado a nada; sereno, pues nunca ha conocido preocupación ni dolor.”

Ingresando al jardín, de regreso a la casa de su amo, Tashi Aburghasim, reflexionó con tristeza: “O el camino es tan lejano que incluso los más iluminados han creído alcanzarlo, sin jamás alcanzarlo… O bien toda iluminación y experiencia en este plano espiritual es también una ilusión, pues ningún humano puede liberarse de su propia sombra… ¿Existe realmente este camino, o no existe?

Creyó escuchar un gemido. Luego otro. Aguzó el oído y le pareció que el sonido provenía de algún recinto próximo de la gran mansión. Rodeó un amplio cenador cubierto de hiedra y se aproximó a un vestíbulo que daba hacia el jardín lateral. Las puertas de cristal estaban entreabiertas. Sabía que no debía hacerlo, pero igualmente se acercó sigilosamente ante la entrada. Movió la cortina levemente con su mano, y divisó adentro, a media luz, el cuerpo enteramente desnudo y pardo de su diosa perfecta, Latniavira, en medio de la habitación, con sus brazos levantados y sus manos entrelazadas en lo alto. Primero vio las dos curvadas torres de sus grandes senos alzados en todo su agitado esplendor. Su rostro también levantado hacia el cielo, con los párpados cerrados, expresaba un gozo que Akarghi nunca había visto. Volvió a escuchar un gemido que brotó de sus labios entreabiertos, como mensajero del ardor de sus entrañas extasiadas de hembra y mujer. Tashi, también desnudo, con sus miembros musculosos y tensos se arrodillaba ante la belleza misma y, presionando y levantando con sus fuertes manos hacia sí las apretadas nalgas de Latniavira, bebía ardientemente entre sus piernas, adherida su boca y su cabeza a los entreabiertos labios de su vagina, los embriagantes líquidos compartidos por su lengua, como olas de fuego, y por el mágico clítoris, que quemaba ya cerca de su primer orgasmo.

Las cosas suceden precisamente cuando deben ocurrir. Akarghi soltó la cortina, se quedó un minuto inmóvil, eterno, esperando, atrapado dentro de sus vertiginosos asaltos internos. Impulsivamente volvió a entreabrir la cortina y, al contemplar el maravilloso cuerpo de Latniavira resplandeciente, remecido como por una tormenta de extáticos y llorosos estremecimientos, lo abandonó todo y salió corriendo de allí.

Corrió como aguijado por un demonio, llorando; a veces se detenía, doblaba las rodillas, apoyaba sus manos en ellas y comenzaba a llorar convulso. Siguió corriendo por las calles durante mucho tiempo hasta encontrarse con el templo Bhadrachalam del señor Rama, solitario y embozado en la oscuridad de una noche otoñal. Subió alado las escalas, a saltos, hasta alcanzar la torre. Sólo miró un instante hacia abajo las sombras que hacían invisible el espacio que lo separaba del lejano suelo. Abrió los brazos, gimió, y se dejó caer hacia la muerte.

65

Lo despertó una mariposa de color verde limón posada sobre la punta de su nariz. Al abrir sus párpados la mariposa se elevó en zigzag hacia la copa de los árboles tornasolados. Akarghi yacía sobre un mullido lecho de arena blanca, junto al río Turgusha. Las aguas calipso murmuraban como de costumbre su ondulante saber inveterado… “Paz, paz, paz, paz, paz…”; repetían confiadamente, inmutables, sin alzar la voz.

En un solo instante Akarghi lo recordó todo… ¿Por qué estaba ahí, si en realidad debía estar tirado en medio de una calle, hundido y deshecho dentro del suelo salpicado con su sangre? Aunque… ¿por qué tenía que encontrarse con el mismo cuerpo, si despertaba él mismo de su muerte?… ¿Por qué tenía que ser su cuerpo físico y mortal aquello que le permitiera identificar el estado de existencia en que se encontraba? Bien podía ser que su cuerpo biológico actual no fuese más que una proyección de su propia mente y de su alma –incluso hasta de otra mente y de otra alma–, indiferente de si era el mismo, u otro, que el último vivido; indiferente incluso de que pareciese el mismo u otro diferente… Era sin duda su alma la que sabía la verdad –no su cuerpo— y a quien debía interrogar hasta obtener quizás una certeza. De la misma manera que aquellos excepcionales despertares, cuando uno (de inmediato y en la más completa confusión) no reconoce dónde se está, ni siquiera reconoce qué está pasando, pero, en vez de caer rápidamente en la cuenta de la realidad inmediata y la razonable explicación de todo –como nos ocurre usualmente–, continuáramos indefinidamente en ese desconcertante estado, así Akarghi continuó experimentándose a sí mismo y a toda la realidad. En ese momento Akarghi pudo recordar (¿o anticipar?) numerosas caídas en la muerte. Podría haberse tranquilizado pensando que su imaginación lo creaba todo, y que podía imaginar lo mismo o lo contrario, de manera que le demostrase ser ridículo prestarle crédito a sus manipulables ficciones; pero afortunadamente su confusión era tanta y tan singular que no le permitía a su razón obligarlo ni conducirlo a concluir nada claro y distinto, ni a concluir nada lógica y apodícticamente evidente. Así, las cosas podían acontecer auténticas con toda su insondable y extraña paradojalidad, irracionalidad y misterio, sin que la conciencia ni la razón las redujesen a una certeza y condición meramente inteligibles.

Latniavira, surgida desde su propia alma y, desde ella, la mujer, ¿qué era, y qué había hecho con él? Latniavira le era insoportablemente hermosa, entonces él también lo era. Ella le era aberrante, entonces él también lo era. Así, de la misma manera, él amaba y odiaba a Tashi Aburghasim… Contempló las aguas del Turgusha y vio los haces de esa energía fluyendo en forma de aguas, de corriente, de río, de todo. Vivo o muerto, él mismo, igual que el Turgusha, no dejaba jamás de fluir, de moverse, de cambiar de uno a otro, hasta confundirse uno y otro. Nadie ni nada podía detener, frenar el cambio de éste en aquél, de la ilusión de la irrealidad, en esa otra realidad, o ilusión… Y así también podía dirigirse hacia una dirección lejana e insondable, como el río que alcanzará la mar océano, pero que al sólo transitar los recovecos del mundo no puede sino difusamente intuir en su todavía propia pequeñez germinal e incierta.

Y Prâsad, su hijo, en medio de todo, como un mojón de carne, prana y fuego señalando la intersección entre Akarghi y Latniavira, o tal vez incluso de Tashi Aburghasim entre ellos, y, por qué no, hasta de cualquier otro hombre entre ellos. ¿No era el niño también el río?… ¿O quizás una roca en medio del curso contra la que chocaban las aguas para seguir inexorablemente el curso que quisiesen tomar, o también quedarse allí muy junto alrededor del niño, al hombre definitivamente, en un remolino sin final?… Akarghi debía decidir y descubrir el afuera-adentro de la existencia inmediata: ¿Su hijo, o el hombre adveniente?… ¿Su hijo, o el hijo? En cualquiera de ambos casos la herida ya había sido infligida en el costado de la existencia –ninguno de los dos jamás ya podría borrarla–; de él, como padre; de Prâsad, como hijo, irrenunciablemente… ¿Serían uno para el otro la montaña, hogar para el resto de sus vidas, o serían sólo el guijarro en el camino que es empujado con el pie al avanzar más allá con paso seguro?

Sin embargo, en Latniavira toda bella, límite de su alma mortal, se encontraba la completa respuesta, la arrolladora hasta anular al hijo, y al padre incluso, al mismo Akarghi. El universo entero no llegaba a ser más que la sombra de alguno de sus diminutos vellos de su esplendorosa piel… Quería verla, quería hablar con ella, porque ya no quería volver a verla ni volver a hablar jamás con ella, de la misma manera que se une copo con copo de nieve hasta formar la masa justa, que se transforma al fin en bola de nieve y alud. Un Akarghi muere, un Akarghi nace.

Akarghi emprendió la marcha. Unos pasos más adelante se encontró en el suelo una flor madura de dientes de león; la cortó suavemente, la alzó por encima de sus ojos y la sopló largamente, hasta que volaron, alejándose con la brisa, todas sus esponjosas y blancas cipselas. Se quedó mirándolas y meditando en el peculiar destino de cada una de ellas, todas ellas surgidas como pensamientos de una sola y misma mente, o como sentimientos de un inmenso corazón, o como destellos de posibilidades de una misma alma que se diversifica en cientos de existencias, de planos, de cuerpos, de tiempos, sin que la sabiduría humana pueda acompañarlas una a una, y al mismo tiempo, en el progresivo desenlace que va desentrañando el movimiento transformativo de cada una, simultáneamente hasta la eternidad, como tránsito del ser y tiempo más allá del ser y tiempo.

“Soplar y ser soplado”, pensó Akarghi. “Allá voy”.

66

Un barullo de emociones galopaba en su corazón. Cuando el mundo alrededor de uno comienza a venirse al suelo y todo aquello que te hace la vida tan natural, tan fácilmente cotidiana y familiar, se destruye, se disuelve, como se vuelve irreconocible y terrorífico un querido poblado después de atroces tres minutos de terremoto, la memoria se apodera de uno y llena tu corazón de recuerdos. Se dio media vuelta, agitado… Un niño, un joven tiene la mente en blanco, limpia como una mañana a pleno sol, alada de optimismo, porque aún tiene poco o nada para recordar; o, simplemente –como todo adulto–, ha olvidado el arcano de su propia alma… El verdadero recuerdo nunca te perdonará simplemente olvidar, ante todo, lo horrible.

Akarghi comenzaba a recordar. No conseguía dormir, aunque ya eran las tres de la mañana… El verdadero recuerdo te destruye la ingenuidad, el optimismo y la pureza para siempre. Sin embargo, también te enseña que, al igual que el flujo de todo lo existente, el horror también buscará su propio descenso hasta su consunción, en el mismísimo fondo de sí mismo, que lo acabará transfigurando en otro ser nuevo, más ancho, y nuevamente purificado. La manilla giró suavemente y la puerta se abrió un poco, luego otro poco, hasta que una silueta se deslizó por el vano y entró. No esperaba  a nadie, pero tampoco temía a nadie. Ya hacía tiempo había dejado a un lado su cama y dormía sobre el suelo desnudo. Esperó.

La figura se arrodilló a su lado, estiró su mano y buscó con dedos delicados entre sus piernas; cuando sintió su piel suave y cálida sobre su sexo reconoció el perfume y la vibración magnética de Latniavira, que iba a llevarlo veloz al cielo de su placer. Cogió su antebrazo, lo retiró con fuerza hacia un lado y se incorporó de un salto, hasta quedar sentado muy cerca de su rostro. Ella se aproximó más, felinamente, acercando los labios a su boca, pero Akarghi interpuso su mano entre sus labios.

–¿Qué pasa?—susurró Latniavira.

–¡Perra!—exclamó furioso.

–¿Yo?… ¡Sí, lo soy!—agregó después de unos segundos de silencio–. Pero siempre lo he sido, y tú siempre lo has sabido. ¿Quieres ofenderme?… ¿Quieres dañarme, golpearme, matarme por eso?…

Akarghi sintió que todo se revolvía en su estómago. No pudo resistirlo y se abalanzó sobre ella. La tomó con fuerza del cabello y la atrajo hacia sí. Con la otra mano presionó uno de sus pechos, pasó la palma de su mano sobre el pezón, y la besó en la boca con desesperación y lujuria. Ya no necesitaba palabras para continuar gritándole: ¡Perra!…

Los ojos de Latniavira centellearon en la oscuridad, como los ojos de una pantera. Se resistió con fuerza, pero no lo suficiente para evitar que Akarghi consumara su salvaje deseo… Se dejó violentar. Resistió con un gemido una bofetada de Akarghi; le respondió con un largo arañazo en la espalda cuando él la penetró furioso y ciego de pasión. Akarghi separó estirando los brazos de Latniavira y los apretó por la muñecas contra el suelo, mientras se movía hacia adelante y hacia atrás con todas sus fuerzas. Y cuando Akarghi acabó también con un largo gemido sus empujes sin freno, al eyacular, ella también le devolvió una fuerte bofetada.

Akarghi se dejó caer a un lado, se tapó la cara con ambas manos y comenzó a llorar convulsivamente, como un niño desolado. Latniavira se arregló su ropa y, sin decir una palabra, se puso de pie para salir de la habitación. Akarghi sintió el movimiento de Latniavira; retiró las manos de su cara y gritó:

–¡¿Adónde vas?!

–A dormir– respondió nuevamente con un susurro.

–¿Tú sabes qué he hecho por ti?…

–¡No!.. No lo sé!… ¿Qué has hecho?…

–Me he degradado, me he ensuciado a mí mismo, a ti, a nuestro hijo, a miles de personas…

–¿Y quién está libre de pecado, de suciedad, de vergüenza, de humillación y de traición a sí mismo?… ¿Acaso eres mejor que cualquiera?

–¡No, no lo soy, sin duda!… Pero no puedo aceptarlo sin más. Un sanyassin ha tomado la decisión de no aceptarlo, cuando elige el camino de la devoción y el ascetismo…

–Pues tú ya no eres un sanyassin. Eres un puerco hombre, tanto como yo una perra… ¿Quieres seguirte mintiendo a ti mismo, hombre santo?

–¡No!

–Entonces, ¿qué harás?…

Akarghi volvió a recordar… Recordó el dolor en forma de imágenes de recuerdos martillantes, brutales; de su propia animalidad contrahecha, de su propia bajeza, de su ruindad, de la estupidez suya y de todos los hombres y mujeres que había conocido, como una cadena de eslabones infinitos que iban descendiendo hasta la sustancia misma de la condición humana. Dolor y rabia de verse a sí mismo tan miserable, tan sólo uno más atrapado en su propia minúscula mediocridad humana, debatiéndose por escapar, como una gusano en la insondable mierda… Recordó, en medio de su sufrimiento, a su madre Lokhi. Volvieron a caer dos gruesas lágrimas por su cara.

–¡Te amo!—exclamó con un fuerte susurro.

–¡Yo también te amo! –respondió Latniavira con voz aterciopelada.

–¡Entonces esto se acabó!… ¡Aquí mismo se acabó!—volvió a gritar Akarghi– ¡Emponzoñado con tu veneno, supremo y final tóxico hacia el final mismo de nuestra humanidad, todo muere, amor, amor, amor!… ¡Por tu causa igual y mejor todo muere!… ¡Todo!

–¿Qué harás, Akarghi?… ¿Qué harás?—preguntó Latniavira con voz temblorosa y fina, como una niña asustada.

–Te entregaré a Tashi Aburghasim. A ti y a Prâsad los entregaré… A todos los hombres y mujeres que le temen y lo odian los entregaré. Tú amas a Tashi… Yo también amo a Tashi, porque lo odio. Todo es igual. Morir, vivir, sufrir, ser atormentado, todo es igual… ¡aquí!

–¡No, Akarghi, no te vayas!… ¡Tashi me matará, a mí y a nuestro hijo!…

Akarghi comenzó a reír, a reír cada vez más fuerte, más convulsivamente, hasta gritar sin control. Latniavira se dio media vuelta y salió corriendo de la habitación. Akarghi se incorporó y, sin dejar de reír, apretando con una mano su estómago, medio encorvado, comenzó a caminar dando tientos con su otra mano estirada.

–¡Lokhi, Latniavira!… –comenzó a gritar– ¡Lokhi, Latniavira!…

Primero cayó de rodillas, cuando se escapó su primer gemido; todavía riendo, explotó en sollozos, temblando, hasta caer enrollado como un gusano retorcido y convulso sobre el suelo duro, llano y frío.

67

–Nadie está solo, hijo… Nadie está solo. Si tú dejas a tu mujer y a tu hijo, ellos jamás conocerán el abandono. Tú eres la manifestación visible del amor divino… Si tú ya no estás, el amor divino se materializará de otras innumerables maneras para ellos, en el tiempo preciso, en el lugar preciso.

Akarghi inclinó con reverencia su calva morena ante la mirada profunda y sostenida del sanyassin Vijnanamaya. El sabio de larga barba grisácea, curtido, envejecido y ennegrecido por el sol, sentado en posición de loto, lo contemplaba con respeto y afecto. Lo esperaba… Hacía años sabía que vendría. Al contemplar el resplandor de Akarghi su alma se engrandecía y evidenciaba su propio destino, aunque destino no significaba para él la hermosa y evidente figura de una tela bordada delante, sino la incertidumbre de un corto momento que se devela ante la mirada sorprendida, y luego ya no existe más.

–No me duele tanto su abandono de mí, sino la soledad mía… Me he ido quedando solo rápidamente en mi vida. He perdido a mis padres, a mis amigos, a mis maestros, a mi mujer amada, a mi hijo amado, a mis prójimos, a mis dioses y, tal vez, ante todo, me he perdido a mí mismo… La soledad ha venido hasta mí por todos los caminos internos y externos, buscándome como encrucijada de todas las soledades. Cuando mis padres me entregaron a Lamayuru, ¿podían conocer ellos la voluntad que yacía escondida en mi propio huevo interior?… ¿Y mi propia voluntad ha sido algo más que un impulso espiritual y volcánico, el cual, encubiertamente, no representa sino la ceguera del interminablemente obsedido por su exceso de visión?

El sanyassin Vijnanamaya entornó los párpados y un punto de luz dorada resplandeció en medio de su frente. Un grupo de palomas caminó confiadamente entre los dos sanyassines, picoteando invisibles granos en el suelo. La luz del sol del atardecer iba y venía entre las nubes beiges. Un ronroneo de oraciones llegaba desde los templos cercanos. Gotas trasparentes goteaban por la punta de los cabellos de hombres y mujeres que realizaban sus abluciones a la orilla del río.

–Hemos invocado al universo entero, y a los dioses junto con él, en este minúsculo fragmento de existencia de nuestro atman, que respira. Todas las vidas humanas se esfuerzan por necesidad y sin darse cuenta en introducir Todo en casi nada (el yo), pero no se dan cuenta de que a Él mismo lo rechazan y deforman al afirmar  y acrecentar su yoidad. Tú ya los has visto, Akarghi, en su dramática contradicción y caos… Amor y odio; verdad e ilusión; lealtad y traición; solidaridad y egoísmo; espiritualidad y materialismo; felicidad y angustia… Tú ya los has conocido como un mero tú mismo. Sin embargo una voluntad superior anima la existencia de todos e, inadvertidos de la fuerza evolutiva, ella misma y por sí mismos los encamina dentro de esto, un destino. Tú has despertado primero a esta verdad y te has puesto prestamente en el Camino, porque ella te ha despertado y te hace caminar.

Un niño pequeño se acercó a ellos y depositó una diminuta moneda plateada, casi sin valor, en el cuenco de Vijnanamaya. El sanyassin estiró su mano; el niño se arrodilló ante él y esperó humildemente que Vijnanamaya posara su mano sobre su cabeza y lo bendijera. “Tvayi anurāgavān bhavāmi”[9], murmuró tres veces. El niño inclinó su frente hasta el suelo, se levantó con una sonrisa beatífica, y se alejó sin comprender lo que el sanyassin le había dicho.

Akarghi también sonrió mientras cruzaba una mirada significativa con el rishi. Por un momento pensó decir algo, pero se contuvo o, mejor dicho, ya no encontró nada qué decir. Vijnanamaya tomó la moneda del cuenco, cerró la mano y tendió su puño hacia Akarghi. Éste ofreció su palma abierta hacia el maestro, el cual la dejó caer sobre la mano extendida de Akarghi. Vijnanamaya repitió tres veces sonriendo: “Tvayi anurāgavān bhavāmi”. Akarghi se inclinó hasta el suelo, besándolo; se puso en pie y se alejó por entre la multitud de peregrinos.

Hacía tiempo y años que no se sentía tan jubilosamente bien; tan puro de recibir una pureza superior a sí mismo, pero también accesible desde sí. Ser amado y amar movía la Voluntad de todos los Universos…No temió recordar a Latniavira, la sensualidad irresistible, la lujuria; no temió recordar ninguno de los gestos crueles y mortales  que él mismo había compartido y realizado junto a Tashi Aburghasim; no temió el ciclo de las rencarnaciones como realización de un juicio mortal. Vijnanamaya había tendido nuevamente hasta él la realidad pura, aquella que alguna vez, hace eones, había sacado desde sus propias vísceras al primer ser humano puro hombre-mujer. Pero todavía más poderosa que aquel día inicial, ahora y en Akarghi, perdonaba, absorbía y transfiguraba la larga historia de dolor de una humanidad culpable y fracasada, a la que, en justicia, sólo le correspondía ya la extinción… Esta pureza nueva, en cambio, no se alejaba, hacia lo alto, de su enemiga Impureza e Imperfección, sino nacía desde ella misma, de la sustancia misma del Mal. Akarghi no era ningún hijo de Dios, ningún dios, ningún avatar, ni siquiera un santo, sino un simple y maligno humano ansioso de lograr la redención, como cualquier otro.

Sintió sobre su pie desnudo una caricia y hasta un beso; bajó la vista y vio que una víbora se deslizaba sinuosa y tranquilamente por el empeine de su pie. No sintió miedo; por el contrario, dejó pacientemente que su temblorosa cola terminara de besar su pie, y que su propio pie terminara de besar su rugosa cola. Sin embargo, observó como la víbora avanzaba dos metros más allá, se acercaba a una mujer joven, y le clavaba en el talón sus colmillos desbordados de veneno. La joven lanzó un grito agudo de dolor; al descubrir la roja y negra serpiente que ya comenzaba a alejarse velozmente hacia un sector despoblado, se desplomó al suelo desvanecida. La gente se quedó paralizada, sin saber qué hacer. Akarghi fue veloz a coger una navaja desde la mesa de un vendedor, corrió hacia la joven, realizó dos pequeñas y profundas incisiones en el talón de la mujer y, acercando su boca al pie, comenzó a sorber con fuerza y a escupir a un lado la sangre que manaba negra y emponzoñada. La gente comenzó a levantar un reclamo sordo al observar la maniobra impúdica de Akarghi, que incluso dejaba ver la pierna de la joven hasta más arriba de la rodilla. Una fuerte patada en sus costillas lo tumbó a un lado, luego otra, y luego varias más en diferentes partes de su cuerpo, mientras escuchaba gritos descontrolados de un par de hombres que, acto seguido, tomaron el cuerpo de la joven, la levantaron en brazos y se la llevaron del lugar.

Un niño de diez años se acercó a él y le ayudó a incorporarse. Sólo su pericia para esquivar y asimilar los golpes impidió que sufriese fracturas en las costillas. Akarghi miró con lágrimas en los ojos al niño; vio en sus grandes ojos almendrados un sueño hermoso y triste, como si sus propios ojos lo estuviesen mirando.

68

“Nadie está solo, hijo… Nadie está solo”… Recordó las palabras del sanyassin Vijnanamaya, mientras observaba a cientos de niños, mujeres, hombres y ancianos escarbando en inmensos cúmulos de basura. Su aspecto era terrible. Los niños en su mayoría estaban casi desnudos o completamente desnudos, con sus pieles negras y arrugadas de hambre, pegadas a su esqueleto frágil, y coronados con grandes cabezas de ojos anonadados por la miseria. Los hombres apenas cubiertos con unos taparrabos grasientos y colgantes se enterraban sin repulsión en el pus animal y el deshecho nauseabundo, buscando un pedazo de algo que pudiese comprar un instante de vida. Incluso las aves carroñeras y los perros se alejaban asqueados del lugar. El sol fulguraba inclemente en estas latitudes, muy arriba, como si la fuente de la luz no se inmiscuyese en los dramas humanos.

“¿Qué hacen ahí?”, pensó Akarghi… Se acordó de Tashi Aburghasim, de Latniavira, de Balu Nadeem, de Savir Dhariwal, de Sunashi Ghosh, de Hrithik Goswami, y tantos otros a quienes una caprichosa fortuna les había entregado tanta riqueza, tanto poder, con camas blancas de seda, con vista al mar y a la belleza, con bebidas espirituosas de todos colores, con la realización de todos sus deseos y voluntades al punto. Observándolos a aquéllos, en cambio, oscurecidos de dolor, ennegrecidos de pura privación, intocables y aislados como perros sarnosos, ¿qué podía significar el aceptar que no estaban solos?… ¿Acaso era necesario reconocer que no estaban solos, y, entonces, que la providencia y la sabiduría de Dios sabrían recompensarlos, premiar su humilde y paciente sometimiento a su miseria y abandono? ¿Cuándo, dónde?… En otra vida. Siempre en otra vida, en otro cielo, en otra era, en otro mundo, en otro cuerpo, porque era evidente que nunca los satisfacía, los sanaba, los salvaba, los liberaba, los amaba en éstos. Ningún darçana (enseñanza) poseía el poder de facilitarle creer que el dolor y la miseria humana que tenía delante había que tolerarlas tal cual, por la razón que fuese, pues ahora esto ya le parecía más un subterfugio cómodo y falaz, que cualquier otra cosa.

Una niña se le acercó y le estiró un pedazo de género sucio que alguna vez había sido una muñeca. Ella lo miró sin expresión alguna, aunque Akarghi creyó distinguir el surco seco de una lágrima sobre su mejilla polvorienta. Akarghi la tomó delicadamente y miró a la niña con una sonrisa compasiva. Vio en sus ojos el brillo de una vida que iba apagándose demasiado aprisa. La niña se dio media vuelta y se alejó musitando algo, por entre la basura.

¿A quién o a qué le creería en definitiva?… Pues sea cual fuere la certeza o la opción que lograse, siempre sería ante todo una creencia, un acto de peligrosa fe, sustentada en algún tipo de fundamento invisible, donde siempre convergen amigablemente la verdad y la ilusión. Una tras otra había visto derrumbarse desde dentro cada creencia humana, cada certeza que había conocido, y hasta compartido, convencido. Esa niña cumplía con llevarse otra vez todas sus verdades; todas las verdades de montañas y montañas de libros sagrados y verdaderos. ¿O debería oponerle un no rotundo, fanático, espiritual, y dejarla disolverse en el trasfondo del pasado, confiado en que Dios, o la buena voluntad de algún alma noble –o necia—la acompañase mínimamente para que no cayese fácil y rápido en la anulación, en la agonía, generalmente más larga que todo, y al final en la muerte? La observó como se iba apartando de su vista entre dos montículos de desechos, y visualizó con inquietud las dos opciones que se le adelantaban, como dos largos caminos, quizás tan largos como para alcanzar, por uno u otro, alguna inalcanzable estrella en el firmamento, o bien, incluso –de haberla–, la meta del Universo. “Cuando intuyes la realidad de cada momento como si fuesen dos caminos divergentes ante ti, sólo estás comenzando a ver en forma de dos, lo que simplemente no tiene número…”, le había revelado en un sueño el rishi Dur-pah.

–¡Destino!… ¡Por todas partes destino!…

Exclamó con un estremecimiento, y saltó para ir a la siga de la niña. Esa palabra mañosa y ambigua (destino) bailaba delante de él; se escondía como una danzarina sensual y misteriosa, siempre mostrando un poco más de sí, prometiendo más, como si todo, más y más, fuese moviéndose armónicamente con ella. Pero siempre también engañando, siempre encantando con su conmovedora apariencia… Se le saltaron las lágrimas al constatar a cuantas y tantas sufrientes personas iba dejando abandonadas en ese basural cuando pasaba a su lado sin detenerse, por seguir a una sola, a la niña que lo llamaba más que nadie.

Un buitre que volaba en círculos con sus negras alas extendidas, a baja altura, le graznó:

–¡Déjalo, Akarghi!… La buddhi (inteligencia) humana jamás podrá develar ni comprender la razón detrás de todo… ¡Vete!… ¡Nada elijes, nada conoces, nada progresa!

Akarghi lo miró con compasión y, sin detenerse, le gritó:

–¡Sé tú mi destino, sea!… ¡Pero yo seré también el tuyo!

Y con una convicción que presentía más allá de sí mismo, continuó adelante, desafiando con su sí mismo al pasado y al presente, comprendiendo que todo, aun lo más evidente y cierto, podía igualmente no ser más que una ilusión y un engaño.

Caminó como un sabueso de las existencias posibles. Perdió de vista a la niña varias veces, pero esas mismas veces encontró también a la distancia su figura pequeña y mortecina, que rengueaba levemente. No quiso asustarla, por lo que se mantuvo a suficiente distancia para reconocerla y no perderla. Un instinto, o una voz interna, lo conminaba a seguirla, a seguirla y seguirla, sin saber hasta cuándo.

La niña caminó por senderos de tierra, más allá de los basurales extensos como cementerios de lo que nadie quiere ver, y se adentró en poblaciones de miseria, como cloacas hundidas todavía más abajo de la tierra, en las que sólo pueden habitar humanos descartados para siempre, incluso más olvidados que los muertos. Allí la niña se detuvo delante de una choza de cartones, ante el vano de una entrada cubierta por un paño oscuro, se dio media vuelta y miró hacia Akarghi; bajó la vista y, apenas empujando con su cuerpo la tela, entró.

Akarghi esperó dos minutos inmóvil ante el aparejo de puerta, se concentró profundamente, pues podía anticipar lo que adentro ocurría; finalmente descorrió con suavidad la tela que colgaba desde el dintel, al tiempo que avanzaba con el corazón estremecido. Primero experimentó la visión de un estallido de luz; en seguida sólo vio oscuridad, una insondable y angustiosa oscuridad.

69

Tras el umbral había otro umbral. Tras cada noche había una alborada. Tras cada movimiento, un acto. Tras cada existencia, inexistencia… Aquello no era una habitación humana. Los objetos se acumulaban unos sobre otros, hasta alcanzar el techo. No había espacio; sin embargo vivían personas allí, muchas personas. Olía a infierno. Las personas, familiares de la niña, se encontraban ahí, en todas partes, pero no eran visibles; era imposible verlas entre montañas de trastos y desechos. Sólo se escuchaba el silencio… Todos debían estar hablando, sin duda, pues no hay humanidad sin palabras, pero el silencio era total, como sólo puede serlo el silencio de los sordos. Akarghi comprendió que había llegado la hora.

Por el medio de la montaña de escombros, de oscuridad y pobreza, se entreabría una especie de angosto pasadizo, que se adentraba hacia una profundidad ilógica y absurda. En el fondo del pasadizo distinguió una figura pequeña que levantaba su mano en alto, haciéndole una seña para que se encaminase por ahí. Ya nada parecía real, si bien Akarghi conocía esa experiencia desde temprana edad, de manera que en todo momento podía también sintonizar a voluntad su mente para experimentar la irrealidad de toda realidad.

Cuando dio el primer paso, sintió que su piel era arrancada de su cuerpo hacia arriba y hacia atrás, como se desuella  de un tirón la zamarra de un animal. No sintió dolor, pero sí un desgarramiento interno. Ocurrió como si con esa piel se le hubiese arrancado un pedazo de conciencia que se iba alejando junto con esa piel, observándose conciencia con conciencia, como dos personas que se observan simultáneamente, aunque siendo la misma. “¿Sería eso mi cuerpo?”, pensó sólo un momento; luego ya no importó. Se sintió liviano de cuerpo y de alma. A su alrededor las cosas se distanciaron; le pareció escuchar un rumor, una multitud de pequeños sonidos que al agregarse unos con otros aparentaban el lejano girar de las olas del mar, o el diálogo nocturno de infinidad de grillos, o el repicar de la lluvia por entre las hojas de los árboles. Todo estaba oscuro; al igual que una noche podía ver el cielo lleno de estrellas, pero no eran estrellas sino nebulosas y galaxias de maravillosos colores que giraban alrededor de su propio centro, desplegando brazos de estrellas como filamentos de luces, y que se desplazaban hacia todas las direcciones, en una armonía sublime que hizo saltar de júbilo el corazón de Akarghi. Entonces le pareció que alguien se encontraba de pie junto a él y le tocaba suavemente la mano. Giró hacia abajo y divisó a la niña zarrapastrosa que lloraba mirándolo a los ojos. Akarghi se estremeció al contemplar el sufrimiento en sus ojos, al sentir la angustia y el abandono mortal en su alma.

–¡Kali, pequeña mía!… –exclamó Akarghi y la atrajo hacia sí, abrazándola y apretándola contra su pecho.

La niña comenzó a gemir. Akarghi la separó de su abrazo y miró su rostro contraído de dolor. Le pareció que la piel de la niña comenzaba a palpitar, como si innumerables burbujas creciesen bajo su epidermis y acabasen reventando. Toda ella parecía vibrar como si estuviese recibiendo una descarga eléctrica. Entonces su ojo derecho se agrandó y presionó hacia el exterior de su párpado, hasta que con un sonido sordo saltó fuera de su órbita, salpicándolo de sangre. De inmediato ocurrió lo mismo con su ojo izquierdo. Luego se le desprendieron las orejas de su lugar, y la nariz, y las manos, y los brazos, hasta que al deprenderse sus piernas, se derrumbó al suelo. Pronto sus músculos, sus tendones y nervios, sus órganos todos se licuaron en sangre; sólo quedó a la vista un montón de huesos y, encima de ellos, la calavera. Akarghi sintió horror y pena.

Escuchó cerca de él voces, murmullos, gemidos, choques de objetos. Desde todos lados aparecieron esas personas que siempre habían estado allí, detrás de todo, adentro de todo, debajo de todo. Comenzaron a acercarse a él, extendiendo sus brazos suplicantes.

–¡Sálvanos, Akarghi!—imploraban–… ¡Líbranos de morir!… ¡Líbranos del dolor!… ¡Líbranos de la eternidad!… ¡Sácanos de aquí, Akarghi!…

No pudo evitar sentir miedo y hasta terror. Sintió deseos de huir, de escapar de esta horrorosa realidad. Ante sus ojos espantados cada uno de ellos comenzó a padecer el mismo deterioro, la misma descomposición en vida que la niña Kali, y sus voces se diluían con borboteos, ahogadas en charcos de sangre. Sus huesos nauseabundos, blancos, rojos y negros, comenzaron a volar en todas las direcciones hasta ocupar la inmensidad del cielo en tinieblas, de un extremo a otro, moviéndose intermitentemente y entrechocando con espeluznantes sonidos, como una universal sinfonía macabra.

–¡Yo soy tú!… ¡Tú eres yo!– exclamó Akarghi, tratando de sostener aún la realidad en sí mismo.

Percibió un movimiento alrededor de sus pies. Los huesos de la niña Kali se movían. Comenzaron a girar alrededor de él, ascendiendo y rosándolo, hasta que al alcanzar la altura de sus ojos empezaron a ordenarse en forma de esqueleto, pero no de un esqueleto humano, sino de un ser monstruoso, horrible, en cuyas cuencas vacías brillaba, con el ardor de un fuego demoníaco, la insoportable mirada que revelaba el fondo mismo de lo humano… Ella, eso, el horroroso esqueleto lo cogió de ambos brazos y lo obligó a contemplar sus ojos abominables. Akarghi sintió que esa mirada, esa cosa, se metía dentro de su cabeza y comenzaba a presionarlo por dentro, hasta el punto que presintió que su cráneo iba a estallar. Simultáneamente la calavera crecía y crecía;  finalmente lo levantó por los aires, todavía aprisionándolo fuertemente con sus afiladas falanges. Abrió sus enormes mandíbulas con una sonrisa infernal y,  lanzándole al rostro su resuello de tumba abierta,  lo acercó de cabeza a su gigantesco hocico y se lo tragó.

Mientras caía adentro de aquello, por lo que podría ser el alma vacía de la Muerte Original, Akarghi constató: “Esto soy yo”… Y se encontró con el alma de sus padres, de sus abuelos, de sus maestros, de sus condiscípulos, de sus conocidos y desconocidos, de sus dioses, de los animales y de los árboles, de los elementos, de la rosa de los vientos, de los sueños, de los mundos, de los gritos y las sonrisas, de las moléculas y de todos los átomos resplandecientes, gozosos, girando danzantes, padeciendo la misma caída que él experimentaba, envueltos en un largo, interminable estallido de luz, que se iba extinguiendo muy de a poco, como un Universo que está siendo engullido a través de las eras por la insaciable boca de su Creador.

70

–Todos los seres buscan la liberación – expresó el lama Sung-Yat-poh, dejando sobrevolar más allá su mirada compasiva y tranquila por sobre las calvas cabezas de los veintitrés jóvenes discípulos.

Se encontraban reunidos a los pies de la cascada Azul, escuchando atentamente la inspirada enseñanza  del maestro, a sus pies.

Savir inclinó su cabeza y llevó las manos a su frente, esperando la indicación del lama para hablar. Escuchó su nombre y habló:

–Los seres humanos buscan su liberación, a través de la buddhi (inteligencia). ¿Los demás seres vivos lo hacen a través de la muerte y de la reabsorción en la gran matriz de Brahma?

Sung-Yat-poh observó con dulzura al joven que temblaba de emoción y nerviosismo.

–No hay tal liberación, Savir… No existe liberación alguna.

Los demás sravakas (discípulos) se inquietaron, murmurando y mirándose con extrañeza unos a otros.

–¿Adónde quieren ir?… ¿Qué es eso de la liberación, si no saben siquiera qué es esto presente, lo que está pasando, lo inmediato?… ¿Quién sabe realmente qué es esto? –señaló con ambos brazos y manos todo el entorno; luego señaló a cada uno con su índice, y finalmente se inclinó con una profunda reverencia hasta tocar el suelo con su frente.

Akarghi, a la sazón con doce años, llevó sus palmas unidas a su frente, pero desistió de continuar. Contempló el agua que a lo lejos se precipitaba en un lazo de espuma blanca y estruendosa, los cerros cubiertos de verdes árboles, las flores rojas de los hibiscos colgantes y las rocas cubiertas de musgo. Comprendió sin más que tras el agua inquieta, tras la cascada, tras los árboles lujuriosos y los cerros enhiestos, no había ni agua, ni cascada, ni árboles, ni cerros, ni nada… Pero no nada como vacío, aunque así lo llamaran los maestros, sino nada como inaccesible e inexperimentable.

–La purusha (espíritu trascendente)… ¿dónde está la purusha, maestro amado? –preguntó el sravaka Nadir casi a punto de echarse a llorar.

–¿Cómo no habrían de mentir los devas, los rishis, los libros sagrados, si apenas se les muestra una hebra de la Verdad, los niños humanos se ponen a llorar, aterrorizados?… Habría que tener un alma muy cruel y un odio mortal hacia los humanos para enseñarles la Verdad.

— ¡Yo no le temo a la Verdad! –exclamó Akarghi—, así que acabe con todo lo que veo, con todo lo que sé, con todo lo que creo y amo, aunque… acabe conmigo mismo.

–¡Vaya potrillo impaciente!… Así te llama con justicia el abad… Sí que caminarás un largo camino, pero un camino que no es camino… — dijo Sung-Yat-poh, y se echó a reír hasta que le saltaron las lágrimas. Los demás discípulos comenzaron también a reír, contagiados por la risa del lama.

Akarghi dejó caer la barbilla sobre su pecho y comenzó a meditar. ¿Sung-Yat-poh le había enseñado más de lo que debía saber?… ¿Un camino que no es camino?…

De la misma manera que las volutas blancas y grises del incienso se desprenden de la barra enrojecida, y el monje las ve venir hacia sí, ondulantes y expansivas, hasta que finalmente alcanzan su nariz y detonan su olfato, y la reacción contemplativa de su mente, así experimentaba Akarghi el mensaje del lama. Un camino, como la vida, como su cuerpo y su mente, como el mundo y la naturaleza, como lo dado ahí entorno, el primer peldaño del destino… Amaba la cascada, la montaña, las nubes y, arriba, el cielo azul; amaba el olor de las flores, de las cañas, del anís; amaba el calor del sol al amanecer, y el canto de los ruiseñores, de la alondra, el graznido del milano; amaba el juego ruidoso de los monos en la floresta, el vuelo delicado de la mariquita alrededor de la flor del guindo, el chasquido de las alas de las grullas al alzar el vuelo y  el aullido de los lobos en la alta sierra. Amaba Lamayuru, su nido, su huevo cósmico. Había observado a sus compañeros, a los monjes adultos, a los maestros ancianos, y también las estelas de los antepasados muertos en el monasterio, por cientos y cientos de años, amando el centro de la espiritualidad allí, en el lugar, en las salas de meditación, en los cenáculos aromados, en las celdas de oración, en los pasillos iluminados por diminutos vitrales, en los recintos secretos, en las alacenas silenciosas, en la antigua torre (vista, desde lejos, espiralada y liviana) del campanario, en los susurros de las túnicas al caminar y los movimientos felinos de los pies descalzos. En los inagotables olores del té y del pan, de las resinas brillantes de las paredes de madera, en las vetas interminables como estelas de cometa sobre las vigas de los altos cielos nimbados por penumbras y resplandores repentinos, en los rayos de sol apacibles caídos sobre cualquier amada cosa, o simplemente ingrávidos flotando en una espacio solitario,  Lamayuru había ido grabando cada cosa en él, con el más fino y sutil de los estiletes del alma, hasta la más insignificante y minúscula partícula de ser, que Akarghi había ido descubriendo y experimentado con su exquisita sensibilidad y su atenta conciencia.

Pero al amarlo, como él y todos lo amaban y lo habían amado, inmovilizaban la realidad, quedaban apegados, atrapados para siempre en un ensueño idílico y espiritual, liberados dentro de su propia cárcel, Lamayuru, el Universo y el alma en una amada cárcel… Al fin, el amor, el amor a cualquier persona y a cualquier cosa, por más excelsa y pura que fuese, ese sentimiento que todos exaltaban como el mayor poder del ser humano, ¿no podía llegar a ser también el mayor engaño y peligro para el mismo ser humano? ¿Era libre de él el asceta, el sanyassin, el yogui, el ermitaño, el jivanmukti, el brahman, incluso Indra y Varuna (Dios)?…

Pero, ¿quién soy yo?– pensó Akarghi–. Un niño de doce años que aspira a conocer la Verdad infinitamente superior a mí y a todo ser humano… ¡Ridículo!… Lo primero que necesito resolver es: o soy un ser ilusorio desde mi origen y principio, y en ese caso todo lo que yo sea y haga no es más que una ficción y engaño de que lo sea y haga yo; o, de lo contrario, en ese mismo origen y principio mío (yo) ya existe un germen de Verdad. Aun así, aunque hubiera Verdad en mi esencia, no garantiza eso que por evolución y progreso pueda llegar a liberarme de la ilusión que acompaña al resto de mi naturaleza, hasta alcanzar una Verdad infinitamente lejana… Además, ¿qué es eso de la Verdad? Por ahora, para mi subjetividad, no más que un estado de cosas irrealizado, siempre en el futuro, un supuesto, una esperanza, que acabará superando y dominando a otro estado de cosas… Una metáfora de algo que simplemente no se conoce.

71

–Akarghi, ¿qué fecha es hoy? – le preguntó Farra-aj, mientras Akarghi desgranaba porotos dentro de una gran olla de greda, sentado ante el mesón central de la cocina.

Akarghi levantó la vista y miró con extrañeza al abad, que caminaba lentamente alrededor, y miraba al suelo con expresión reconcentrada.

–¿Lo sabes?—agregó, al percibir la vacilación de Akarghi.

–24 de Mayo del año 1857 –respondió con seguridad, pues esa misma mañana lo había escuchado de boca del abad, al iniciar su sesión de yoga con la clase de novicios.

Farra-aj se detuvo a contemplar una mosca que descansaba cerca del canto de la mesa. Lanzó rápidamente su mano sobre la mosca en un movimiento envolvente y la atrapó dentro de su palma; la acercó a su oído unos segundos y luego abrió su puño. La mosca voló veloz.

–¿Escuchas voces, Akarghi?—preguntó el abad sin mirarlo.

Un novicio introdujo cautelosamente su pequeña cabeza calva por el vano de la puerta; al descubrir al abad adentro, hizo una mueca de susto y salió de prisa, dando un portazo. Akarghi no lograba comprender las intenciones de Farra-aj. Pensó, antes de responder, ¿por qué no están los cocineros hoy?… Además, tuvo la sensación de que alguien más escuchaba la conversación que sostenían.

–Todos escuchamos voces, Venerable.

Farra-aj se detuvo delante de Akarghi, fijó intensamente y por primera vez su mirada en los ojos pardos del joven.

–¿Escuchas voces de seres que no son personas?

Akarghi no había visto nunca esa mirada en Farra-aj, ni en ningún otro ser humano. Le pareció inquietante. Nunca había hablado de esto con nadie; una natural desconfianza lo había inclinado a protegerse. Quiso mentir, pero las palabras se le atragantaron.

–¡Dilo, Akarghi, no puedes mentir!—agregó el abad, como si leyese las intenciones de Akarghi.

(Va a creer que estoy loco… ¡Mi Señor, no soy capaz de mentir!…)

–Sí—respondió casi en un murmullo.

–¿Con el pez del estanque, verdad?

–Sí—respondió casi con un susurro, y palideció.

–¡Humm!… ¿Con alguien más?

–Usted no debe hacer esto, Venerable… — a Akarghi se le saltaron las lágrimas—No puede usted violentarme para que le revele lo que sólo en mi intimidad conocemos Dios y yo.

El abad pareció satisfecho con la respuesta de Akarghi, sonrió levemente y se dirigió hacia un taburete de meditación que se encontraba junto a la chimenea. Se acomodó en su âsana, cerró los ojos, e inhaló profundamente, reteniendo la respiración. Después de unos minutos, volvió a hablar, pausadamente y con voz gutural.

–¿Has encontrado tus vidas pasadas?

Akarghi, que había retomado la acción de desgranar el montón de porotos que se le había asignado, se detuvo y miró nuevamente al abad. Ahora podía responder de inmediato:

–¡No!—

Una pausa, mientras sólo se escuchaba el picoteo de algún pajarillo cerca de la ventana; el caldero en la chimenea borboteaba con pequeñas burbujas y las especias se arremolinaban unas con otras. Akarghi vio por detrás del abad, en el muro de piedra, una figura extraña que se delineaba y parecía crecer con el resplandor de la chimenea.

–¿Y tus vidas futuras… has visto tus vidas futuras?

–¿Existen?

Farra-aj volvió a guardar silencio por unos minutos. Luego respiró sonoramente y entreabrió sus párpados. Akarghi tuvo la impresión de que el abad no estaba por completo en su cuerpo.

–Nadie viene a este mundo para nada, sino para algo… Este para algo es un futuro que ya está en alguna parte. Este futuro viene hacia nosotros, tanto como nosotros vamos hacia él… Tu futuro, dentro de otros infinitos futuros, te está buscando, Akarghi.

–¿Puedo conocerlo ahora?

–¡Es muy peligroso, Akarghi!… ¡Muy peligroso! Si desajustas los patrones del plan cósmico, puedes provocar una colisión de Universos.

–¿Qué debo hacer?

–Lo sabrás a su debido tiempo.

–¿De qué podría servirme, entonces, anticipar mi futuro?

–Ahora no podrías entenderlo.

Un frasco que contenía sal rodó desde una repisa y cayó estrepitosamente al suelo, rompiéndose y derramándose en forma de estrella por el piso de color caoba.

–¡Ahora debes irte!… ¡Vete, vete de aquí!—exclamó Farra-aj, como despertando repentinamente, e hizo un ademán perentorio para que se retirara.

Akarghi se puso de pie y salió de la cocina sin mirar atrás. Ideas, locas ideas se le venían a la cabeza. Se encaminó de inmediato hacia la fuente del Claro de Luna. Una sensación de inquietud lo acompañaba; necesitaba ver a Koi. Las sombras y las luces de la fronda cercana jugaban sobre la superficie de las aguas. La vio de inmediato. La pez dio una especie de brinco y se alejó sinuosamente. Akarghi introdujo la punta de sus dedos bajo el agua y esperó. Esperó un minuto, se inquietó más. Le habló con su mente y con su boca, llamándola cariñosamente, pero Koi no se dejó ver. ¿Qué te ha sucedido?… ¿Qué te pasa, querida Koi?… ¡Akarghi, el novicio tunante!… La imagen de Farra-aj se cruzaba en todo momento por su conciencia… ¿Puedo yo conocer el océano infinito si vivo en este estanque? El día anterior, no más, había experimentado seis horas en el Camino de la Verdad… ¿Seis horas?… ¿Sólo seis horas?… ¿El día anterior?… Akarghi, ¿qué fecha es hoy?… ¿24 de Mayo del año 1857?… ¿Y si en realidad fuese el año 2057, o 57, o 2157?… Ya verá como el potro de la recta meditación lo endereza… Has esperado ya doce años para volver a conocer el mal, y debes por lo tanto hacerte hombre… ¡Koi, no me abandones!… Pero nada, ningún eco, ninguna respuesta, Akarghi solo, frente a la realidad impertérrita, indiferente, muda y sorda, impersonal, al parecer…

Una mano se posó sobre su hombro. Akarghi la cogió con su mano derecha y, al reconocerlo, de un brinco se abalanzó sobre su amigo Kynpham Singh para abrazarlo.

–¿Qué pasa, Akarghi?

–¡Kynpham!, ¿Dónde está Koi?… ¿Qué me está pasando?

–¡Akarghi, estoy aquí!… ¡Mírame!

–¿Eres tú?… ¿Eres realmente tú? –exclamó Akarghi con lágrimas en los ojos– ¿Te irás?… ¿Tú también te irás?

–¿Por qué?… ¿Adónde?

–¡Kynpham, el futuro… no sé dónde está el futuro y necesito encontrarlo!… Todo es demasiado breve, demasiado irreal, incomprensible… amado amigo.

–¡No te entiendo, Akarghi!… ¡No entiendo nada!… ¿Qué te ha pasado?… ¡Debe haber sido el tormento del Camino de la Verdad!… ¡Eso es, seguramente!…

–¡Sí, eso es!… ¡El Camino de la Verdad!… ¡Mi futuro es el Camino de la Verdad!… ¡El Camino de la Verdad, mi beatitud y mi tormento!… ¡Futuro, divino futuro, estoy aquí!…

72

Al día siguiente de otro día –como acostumbramos a identificar el tiempo en que nos encontramos—los novicios se encontraban al amanecer en el patio principal de Lamayuru, dieciocho jóvenes de entre 14 y 16 años, vestidos todos con sus túnicas andrajosas de humildad, descalzos, tiritando de frío y nerviosos, conversando sobre menudencias y ocurrencias, a la espera de los maestros guías, quienes los conducirían pronto hasta las Eremitas de la Muerte.

Aparte, cerca de unas columnas de piedra, discutían apasionadamente Akarghi, Nigarvi y Kynpham. Nigarvi sostenía una piedra en su mano; cada cierto rato hacia ademán de ir a descargarla sobre un escorpión que levantaba amenazadoramente su cola y aguijón. Todas las veces o Kynpham o Akarghi cogían del brazo a Nigarvi para que no concretara su intención.

–¡Es un ser vivo, sí, estoy de acuerdo!—exclamaba Nigarvi–… Pero si veo que va a atacarme a mí, o ustedes, o a quienquiera, no permitiré que lo haga.

–¡Puedes evitar el daño con el menor daño, si es necesario dañar para proteger!—respondió Kynpham–. ¡No tienes para qué matarlo!

–Si veo amenaza mortal, y siempre hay un riesgo mortal en un escorpión –ahora o más adelante–, no esperaré para ver las consecuencias de dejarlo vivo, ni correré un riesgo innecesario de muerte. Lo evitaré por completo, si lo mato antes.

–El miedo y la incertidumbre nos impulsan a responder brutalmente cuando reconocemos o creemos reconocer una amenaza de otro ser vivo –intervino Akarghi–. Esto se debe a que no hemos desarrollado la capacidad de interactuar con los seres vivos por medio de nuestra energía sutil.

–¡Yo no la he desarrollado!… ¿Y tú?

–¡Háganse a un lado!—espetó Akarghi.

Alejó con sendas manos a cada uno de sus amigos, y se inclinó con una sonrisa hacia el escorpión. Se quedó un momento contemplándolo, luego acercó suavemente su palma abierta a unos centímetros del animal. Éste se inmovilizó unos segundos; en seguida caminó decididamente hacia la palma de Akarghi y, ya sobre ella, se quedó nuevamente inmóvil. Kynpham y Nigarvi observaban con la boca abierta e igualmente inmóviles. Akarghi miró a su alrededor, caminó hacia un seto de zarzamoras que crecía junto a una escala de piedra y depositó el escorpión, que salió caminando de la mano de Akarghi, para ir a perderse dentro del seto.

Los monjes reconcentrados y silenciosos ascendían en fila por el sendero hacia la montaña, iluminados por el tibio sol del amanecer. Kynpham se acercó desde atrás a Akarghi y le habló en voz baja:

–¿Qué le dijiste al escorpión para que se comportara así?

Akarghi caminaba mirando el suelo; sonrió levemente.

–No le dije nada. Sólo acerqué mi mano. Él lo hizo todo.

–Pero ¿cómo?… ¿No te comunicaste con él?… ¿Todo fue mera casualidad?

–¡No lo sé!… ¿Existen las casualidades?… No creo; pero ocurrió así. ¿Cómo podríamos saber por qué un escorpión decide hacer lo que hace?

–¡Podría haberte picado!…

–¡Sí!

–¡No debiste haberte arriesgado!

–Lo volvería a hacer. Actué con amor… Quizás ése es el mejor lenguaje para comunicarse y actuar con los seres vivos.

–Igual podría haberte picado, y ahora estarías muerto…

Akarghi se quedó en silencio, y continuó caminando con la vista en el suelo.

Los tres lamas bloquearon con grandes rocas, desplazadas con palancas, la entrada de cada una de las dieciocho cuevas, en las que los novicios permanecerían enclaustrados e incomunicados, en la más completa oscuridad y desvalimiento, durante tres  días. Sólo disponían, dentro de un morral personal, de tres porciones de arroz y una botellita con medio litro de agua. Con este primer acto de iniciación comenzaba su proceso de consagración a la categoría de monje ungido. Ninguno podría en adelante renunciar.

Sentado ya dentro de su nicho, Akarghi también recibió la bendición de cada uno de sus maestros; oró con ellos para que los grandes dioses, Brahma, Krishna, Indra, Visnú, lo acompañaran e iluminaran en su viaje interior, y, al mismo tiempo, lo protegieran de los demonios que seguramente vendrían a tentarlo.

Escuchó el ruido crujiente y ominoso de la gran piedra rodando y eclipsando la luz que venía del exterior, hasta desencadenar sólo tinieblas en su entorno. La primera imagen que se le vino a la mente fue la del escorpión inmóvil sobre la palma abierta de su mano. Abrió también la palma de su mano y la miró, sin ver nada. Una extraña sensación de inquietud y desconcierto se allegó a él. No era nueva para Akarghi la experiencia de la completa oscuridad, pero sí lo era ahora por la imposibilidad de ver… Entonces reconoció el primer demonio en su propio interior: miedo… El miedo animal y ancestral de la bestia indefensa, accesible, entregada, vulnerable. El miedo del estómago contraído, del corazón agitado, de las manos sudorosas, del oído expectante, de la piel erizada y pálida, de la respiración forzada, del nudo en la garganta, de los ojos acuosos, y de la angustia del alma. Había estado todo el tiempo con él, invisible, latente, profundo y fundante. Hasta entonces había construido y constituido su individualidad, su identidad, su conciencia, su carácter, su bondad, su persona misma, sobre ese suelo terrible, bestial, ignorado, verdadero y, por sobre todo, suyo…

Se incomodó, se levantó, dio unos pasos hacia la entrada sellada, pero al reconocer lo absurdo de su propósito, se detuvo, retrocedió, se frotó ambas manos, y volvió a sentarse en posición de loto… ¡Tres días!… Nunca había sentido verdadero miedo; éste miedo, no… Pensó en su madre y en su padre. Pensó en su hogar y en Lamayuru. Pensó en el mundo y en Dios. Buscaba un refugio; el hombre siempre necesita un refugio para su existencia, además de los recursos tranquilizadores para su subsistencia. Se movió, se acomodó, respiró profunda y pausadamente, se rascó la punta de la nariz. Reconoció que su cuerpo también era un refugio. Reconoció que el yoga era un refugio. Por todas partes la misma necesidad… Y ahora, por todas partes también, el mismo miedo, la evidencia de la insustancialidad de aquel Akarghi, de su precariedad, de su autoengaño sostenido, iluso, irreal… ¿Hasta qué punto?… Ahora comenzaba a luchar… Sí, siento miedo, por todas partes, en todo, detrás, debajo, arriba de todo, lo tiñe todo, lo mancha todo, lo cuestiona y oscurece todo; me enseña que nada es como yo creía y sabía que era… Pero, ¿hasta qué punto el gran Señor Miedo es verdadero?… Sí, es verdad que se encuentra en mí; ésa es su mayor e irrefutable verdad. ¿Pero es verdad lo que enseña? ¿Hay algo siquiera de verdad en lo que apunta con su doloroso sentimiento?…

Akarghi dio un brinco. Con claridad sintió que algo se desplazaba detrás de él. Sintió incluso una corriente de aire, como la que produce un cuerpo al moverse veloz.

73

“¡Cómo me gusta salir a cazar!… ¡Un día entero cazando!”,  había dicho Tashi Aburghasim a Latniavira aquella mañana al despertar. No se cansaba de repetirlo, como un colegial ansioso, con quien fuera que se encontrase. Se calzó sus botas negras relucientes, se acomodó el sombrero alón, se miró en el espejo del dormitorio, arregló un mechón que sobresalía por la frente, y mostró al espejo, orgulloso de sí mismo, su dentadura blanca y alineada, con la que saldría a encantar al mundo. Depositó parsimoniosamente un puro en su boca, lo apretó entre los dientes y volvió a sonreír. Levantó un poco su mano, cogió un lazo que colgaba del techo, lo jaló y se fue a sentar frente a la ventana con una expresión beatífica, mientras arrojaba volutas de humo desde su puro encendido, creando universos con cada poderoso resoplido.

Satisfecho de sexo, satisfecho de comida, de sueño, de bienestar y de lujo, ahora esperaba, dueño de todo, el momento de expandir al mundo su libertad interior… La vida toda es una cacería, solía decir.

Latniavira se había levantado temprano del lecho de aquel hombre de enormes y dominantes manos para tratar de respirar, pero sólo por un momento breve, pues adonde quiera que ella iba, el lazo de su hermosura y sensualidad acababa atenazando su propia garganta y ahogándola con el ansioso, urgente y violento deseo de los hombres. Sin embargo, había llegado a quererlo, a necesitarlo así; era eso lo mejor que podía obtener de sí misma…

(Ser mujer bella es inevitablemente ser no para una, sino para los hombres.)

Cuando llamaron a su puerta, Akarghi ya sabía que se trataba de Tashi. Como todo amo y criminal, Tashi había llegado a apreciar a su bestia de carga, a su sabueso y víctima. Como toda víctima humillada, Akarghi había llegado a comprender a Tashi, a aceptarlo, a sufrir por él, aunque aquél se sentía feliz, y especialmente hoy, el hombre más feliz del mundo. Akarghi, quien el día que llegó a la mansión de Tashi había sido recibido en una acogedora y pulcra cabaña cerca del edificio principal, luego de su desgracia con su celoso huésped se había autoexiliado en una pequeña barraca húmeda, en la que aún se guardaban herramientas mohosas e implementos rústicos, como si quisiese camuflarse entre ellos.

Abrió la puerta; se encontró con un sirviente que no conocía, el cual, al verlo, bajó respetuosamente la cabeza y, mirando al suelo, le comunicó que Tashi Aburghasim lo esperaba de inmediato en el zaguán de las caballerizas para salir de caza. Esa noche Akarghi había experimentado un sueño intranquilo y, ahora, un funesto presentimiento se le hacía presente. Alguien había abandonado en medio de todos esos trastos una pequeña imagen de bronce del Buda Amitabha. Akarghi la había limpiado cuidadosamente y la había sentado, mirando hacia la pared. Antes de salir se encaminó hacia ella y la giró, de manera que quedase con su rostro enfilado hacia la puerta de entrada. Akarghi no creía en el poder de  las imágenes ni de los ídolos, pero sabía que en ocasiones, incluso para él, podían fungir como un mandala. Esta vez reconoció que necesitaba realizar todavía algo más: un verdadero acto mágico.

Mientras caminaba por los corredores exteriores, Akarghi contemplaba los magníficos castaños, los laureles rebosantes de flores rojas y amarillas, las verbenas, los gladiolos y los plátanos de refrescante sombra, el cielo que lucía esplendorosamente azul, con algunas nubes dispersas hacia el horizonte, escuchaba el diálogo sonoro de los tucanes, de  las perdices y los faisanes que se acomodaban libremente por los enormes jardines de la tierra de Aburghasim y, cerca, el canto sensual de algunas jóvenes trabajadoras que soñaban en amores.

(¿Quién ha creado todo esto?… ¿Realmente algún Dios?)

Pero como un felino herido podía oler el rastro de este Creador y Mago que se escondía de él, mezclado y confundido equívocamente con el olor de su propia sangre que manaba continuamente desde la herida que significaba su propia conciencia y mente. Alcanzaba a percibir allí la desconcertante mezcla entre ilusión y realidad, y todavía un poco más allá, el paradójico reflejo que causaba a este otro reflejo que sostenía ante sus sentidos y en su propia mente. Ahora sí podía percibir cómo su mente elegía ver todo ese hermoso mundo a su alrededor, pero que, detrás de él, la infinita prakriti (materia primigenia) palpitaba de virtualidades y de universos todavía ininteligibles e inaccesibles para él, como los terribles eventos que ya contemporáneos y en todas partes se hacían presentes, pero que el maravilloso jardín y cielo de Aburghasim por un tiempo y modo único lograban ocultar.

Llegó al amplio zaguán embaldosado que se abría delante de las caballerizas. Mucho movimiento, gritos, vituallas, carreras, caballares, carros, mozos, perros y armas. En ese preciso momento Tashi Aburghasim entraba en la escena con aire triunfante. Además de su cuidada e imponente vestimenta, destacaba su doble cinto con potentes pistolas y el rifle de caza que llevaba a la espalda, en bandolera. Akarghi, sin darse cuenta, frunció el ceño al verlo llegar. Tashi se detuvo y contempló el espectáculo que tenía delante con una amplia y radiante sonrisa de satisfacción. Cuando distinguió a Akarghi, hizo un gesto de alegría levantando una mano por sobre la cabeza y se fue directo a él para abrazarlo. Akarghi se quedó inmóvil, resignado, como si un oso inmenso se hubiese abalanzado sobre él.

–¡Qué alegría que nos acompañes, venerable Akarghi!—expresó con un dejo de sorna, como era su costumbre al dirigirse a él.

–¡Aquí estoy!—masculló por única respuesta.

–¡Bien, bien!… ¡Entonces vamos!…

Tashi se dirigió hacia su soberbio caballo inglés y, montando en él con la ayuda de un nervioso zagal, lanzó un chillido largo y penetrante, con el que daba la orden de ponerse en movimiento. Akarghi subió a un carro de carga y se acomodó en medio de los enseres y provisiones. Tashi Aburghasim, a la cabeza de todos, iba a iniciar la marcha sobre su corcel, pero se detuvo tirando con fuerza de las riendas de su caballo, el cual levantó hacia atrás su cabeza con algo de dolor. Tashi oteó por los alrededores, hasta que puso su atención sobre la techumbre de un edificio de granos que se empinaba sobre otras alquerías. Llevó su mano hacia la espalda, cogió el rifle por la culata, lo sacó de su lazo y lo dirigió hacia su rostro. Lo dispuso apuntando hacia el techo de aquella construcción, esperó unos segundos, como si el tiempo se hubiese inmovilizado ajustándose a su voluntad, y finalmente apretó el gatillo con una sonora detonación. Como respuesta, o mera sincronía, en la cima de la techumbre una solitaria paloma blanca pareció estallar, desprendiéndose en diferentes direcciones sus plumas y su sangre, roja.

74

–¡Bien afinada la puntería!—exclamó cerca de él, aplaudiendo, uno de sus guardaespaldas y ayudante.

Tashi Aburghasim guiñó un ojo y dirigió una breve mirada hacia Akarghi, quien, al observar el acto brutal de su amo, se había dejado caer sobre un montón de heno en la carreta, y cerraba los ojos. Luego, picando con sus espuelas los flancos de su corcel, se lanzó hacia adelante en una carrera desaforada. La columna se puso en marcha lentamente detrás del amo, si bien sus más cercanos seguidores partieron a la carrera tras él. Akarghi recordó las decenas y cientos de personas que había visto morir a manos de Tashi. Tuvo la certeza en ese momento de que Tashi Aburghasim no era el verdadero responsable de Tashi Aburghasim. Más aun, sintió que detrás de víctimas y victimarios, de hombres y divinidades, no había ni dioses ni demonios, sino algo muy diferente a hombres, dioses y demonios…

(Aunque no amase a Latniavira ni a Prâsad; aunque fuesen dos personas como cualquiera otra, no podría dejarlos a merced de esta bestia asesina…)

Un cuervo de plumaje acerado planeó desde lejos y vino a posarse sobre el balaustre de la carreta. Abriendo y entrecerrando su pico de basalto, declaró:

–No tiene sentido que trates de actuar como lo hace el Señor de la vida y de la muerte. Él rasga las personas como si fuesen figurillas de papel. Tashi rasga las personas como si fuesen figurillas de papel. Pero tú no eres Tashi. ¡Toma otra dirección, Akarghi!… ¡Busca otra respuesta!

El cuervo estiró sus alas y, antes de que Akarghi abriese su boca, levantó el vuelo por donde mismo había venido. Se escuchó nuevamente una detonación. El cuervo realizó un rápido giro en el aire y esquivó la bala. Desde lo alto de una colina próxima se escuchó una imprecación. Tashi Aburghasim se castigaba a sí mismo por haber fallado el tiro.

(Aunque los dioses no se rijan por amor en su acción sobre el mundo, ni el señor de la Vida y de la Muerte, yo no debo renunciar al amor… Pero ¿qué amor, qué amor, mi Dios, si el verdadero amor no es ese sentimiento espontáneo y dulce que llamamos “amor”, sino Algo confuso, misterioso y a veces hasta insensible y cruel, como lo eres tú mismo, Señor de Todas las Cosas?)

Entonces el caballo de Tashi bajó por la colina con el mismo frenesí, mientras éste reía y gritaba fuera de sí, agitando los brazos. Se dirigió hacia el grupo de jinetes que actuaban de oficiales y ayudantes de caza; les dio rápidas y excitadas instrucciones, como si se hubiese encontrado con una jauría de lobos, a los que se aprestaba a dar caza. Akarghi se quedó mirando desde lejos, pues su carreta se tambaleaba y crujía hacia el final de la columna. Un grupo de unos veinte jinetes partieron a la siga de su jefe, acompañados por un pequeño vehículo de dos ruedas, tirado por dos caballos, cubierto con una gruesa lona negra. Akarghi creyó escuchar desde la selva el rugido de una pareja de tigres. Los porteadores se dieron instrucciones breves y precisas. Los encargados de los perros de caza avanzaron también veloces, después de soltar decenas de perros ágiles y excitados. Akarghi se extrañó del revuelo y del nerviosismo general, pues consideraba absurda aquella obsesión humana por matar animales y, además, encontrar placer en ello.

Cuando su carromato alcanzó la cima de la colina divisó una singular escena. Lo primero que acaparó su atención fue la figura de Tashi Aburghasim. Cien metros más abajo, esperaba de pie sobre sus estribos, con el torso vuelto hacia atrás, que Akarghi apareciese en lo alto. Apenas lo divisó se dio rápidamente vuelta hacia el valle y en ese mismo instante una terrible detonación hizo eco en la cuenca. El artefacto que cubría la lona negra se encontraba al descubierto: un cañón humeante de doce libras que acababa de ser disparado. Abajo, en el llano, una gran explosión de fuego y humo hizo saltar por los aires algunas pequeñas cabañas de un villorrio de algunos centenares de labradores. Akarghi divisó como escapaban desde sus humildes cabañas hombres, mujeres y niños. Uno de los secuaces de Tashi hizo sonar un cuerno de caza; todos los jinetes se lanzaron a la carrera hacia el poblado; los guardias dejaron ir los perros, azuzados por el griterío y los ladridos de la jauría. Akarghi sintió que su corazón se apretaba y moría dentro de su pecho; cayó de rodillas en el suelo y se quedó mudo contemplando la escena.

(¿Dónde está Dios, dónde está Brahma, dónde está el Amor?…)

La tropa avanzó salvajemente por entre las casas, dando vueltas una y otra vez, persiguiendo a los que huían, disparando dichosos a los que trataban de escabullirse, sin nunca bajarse de sus inquietos caballos. Luego llegaron los perros y los sirvientes premunidos de machetes y espadas. Los gritos de los desesperados, de los que eran violentamente atacados, de los heridos y de los moribundos, de los niños cuando eran despedazados por los perros, de las madres degolladas, de los hombres y ancianos golpeados y baleados sin compasión. Tashi corría entre todos, riendo y gritando fuera de sí. Nunca se sentía más vivo y poderoso que cuando cazaba humanos.

Nadie quedó vivo. El pueblo fue cuidadosamente repasado. Los heridos fueron sacrificados y sólo algunas pocas niñas jóvenes, de bella figura, fueron amarradas y llevadas a los carros, como rehenes y esclavas. Tashi Aburghasim se acercó al carro donde había sido empujado nuevamente Akarghi. Akargi había hundido su cabeza entre las piernas y apoyaba ambas palmas de sus manos ante su frente, en un gesto de oración y dolor. Pasaban ante su alma las imágenes difusas de los espectros dolientes cuando partían en un vuelo arremolinado hacia la luz que los esperaba del otro lado de la vida que recién les había sido arrebatada. Sólo en un plano tan bajo de existencia y de energía tan densa podía experimentarse este paso interdimensional de manera angustiosa, con pérdida de la conciencia, brutal e incomprensiblemente injusta y destructiva. Tashi hizo un ademán con la cabeza a uno de sus secuaces, el cual se acercó a ellos arrastrando a una jovencita de unos quince años, que lloraba silenciosamente. Tashi la miró fiera y ansiosamente; aquella expresión de ingenuidad y desamparo  excitaba su furor y su ardor sexual. La tomó del pelo y la obligó a subir al carro. Luego le arrancó a tirones el sari hasta dejarla desnuda. La tomó de un brazo y la arrojó a los pies de Akarghi.

–Si no la penetras y acabas dentro de ella, la mataré –le dijo con una voz ronca y amenazante, mientras colocaba el cañón de una de sus pistolas en la sien de la joven–… ¡Abre las piernas! –le gritó a la adolescente.

Akarghi miró a Tashi con más compasión aún que a la joven, que temblaba con los ojos cerrados, y separaba tímidamente sus piernas. Akarghi comenzó a quitarse el dhoti hasta quedar también desnudo. Se acercó a la joven y, cubriéndola con su propia ropa, se abrazó a ella para ocultarla y protegerla también con su cuerpo.

–¡Mátame a mí! –murmuró.

75

Deambuló toda la noche. (Sólo cayó dormido una hora, dentro de un insólito ensueño.) Desorientado, tratando de alejarse siempre más de Lamayuru, a veces corriendo, cuando en los llanos la hierba húmeda rosaba sus rodillas sobre su túnica. Otras veces se detenía como un animal perseguido y aguzaba todos sus sentidos para lograr descubrir atrás a sus perseguidores, entre las ramas embozadas, o en el rodar de los casquillos de las pendientes.

Ahora se había detenido junto a una extensa charca y lloraba, observando las estrellas. Su corazón palpitaba ruidosamente más apretado por emociones y pensamientos que nunca. Contemplaba el Universo, sabiendo con absoluta certeza que el Universo lo estaba también contemplando a él. Lloraba tantas cosas. Le resultaba natural llorar su vida, las lágrimas eran más reales y verdaderas que las cosas mismas, que los acontecimientos, que las sensaciones y las personas que parecían causarlas. El sufrimiento era el estado más humano, el choque de la conciencia primaria contra la existencia… ¿Quién llora más, la madre o el hijo, cuando al nacer rompe la bolsa de la unidad y se separa para siempre la una del otro?

No era sólo la muerte irracional e injustificada de cada uno de sus maestros, de Farra-aj, de sus hermanos, de cada condiscípulo, cuyas vidas abundantemente vividas juntos, ahora que ya no existían, se rebelaban a morir desde el pasado, desde la memoria eterna e inmortal, que chocaba con el presente absurdo del nunca más, que parecía negar el sentido de cada recuerdo vivido, muerto. Esa sola evidencia era puro desconsuelo y llanto… ¿Qué podría decirle la constelación de Casiopea, o Cygnus, o Ardra, o Vicrtau, o Satabhishaj, desplegadas tan alto que ningún ingenio humano podría soñar siquiera alcanzarlas? ¿Estaba realmente escrito en ellas el destino de cada acontecimiento de su vida, con el mismo trazo que se escribía el destino de cada átomo, partícula y vibración del Universo infinito? Su dolor se desvanecía, lo mismo que toda su existencia, y hasta la prolongación en las posibilidades de sus vidas pasadas y futuras, en medio de ese espacio que no tenía fin, ni tampoco agotamiento a su siempre creciente inmensidad. Pero al mismo tiempo él no era una constelación, ni polvo de estrellas, ni vacío expandido, ni un grupúsculo de moléculas de carbono; era un ser humano que experimentaba su propio rango de realidad, en un plantea único y azul, condicionado por un tipo particular de existencia sicobiológica, la cual era empujada con frecuencia hasta los límites de sí misma.

Introdujo sus dedos bajo el agua oscura, como acostumbraba a hacerlo en el estanque del Claro de Luna, en su amada Lamayuru. Sólo experimentó frío, abandono, nostalgia, dolor. No era difícil terminar con todo dolor, con la ilusión de una existencia necesaria y preciosa, o injusta y precaria. Bastaba dejarse caer hacia el fondo de la laguna, sin moverse, sin respirar más, simplemente. Tantos y tantos habían ya reclamado al creador de esta horrible pantomima, desgarrados, saliendo por la puerta rápida de la muerte. ¿No era también una salida rápida de esta existencia fugaz y absurda el budismo, la vedanta, el brahmanismo, el yoga, y toda aspiración religiosa y espiritual hacia la trascendencia? ¿Era más horrible, injustificado, condenable, el suicidio de su amigo Kynpham, que el asesinato de sus amados hermanos, o simplemente la muerte natural de cada ser humano?… Ahí mismo le pareció a Akarghi que pensar en esto, o en cualquier cosa… ser conciente de esto o de cualquier cosa, no era más que la errática proyección de Algo que lo causaba enteramente a él, sin que él mismo produjese nada.

Y Eso mismo le había quitado todo lo que le había dado. Y Eso mismo parecía enrostrarle allí, sentado frente al cielo infinito, ¿Qué harás?

(…Como si Eso mismo quisiese olvidarse por un corto instante de Sí mismo y darme poder a mí, como un minúsculo yo incompleto y balbuceante de su propio Sí mismo, para inventar una decisión libre y original, como si cualquier presente, cualquier futuro, cualquier posibilidad, no existiese ya en infinitas dimensiones eternamente realizadas, sin libertad alguna ni capacidad de crear nada completamente nuevo y original. Era necesario crear la ilusión del tiempo y del espacio, del yo y de la conciencia, para que existiese la ilusión de la libertad y de la creación…)

Aun así la libertad, la creación, la responsabilidad moral, la conciencia de todo ser humano lograban desplegar su libreto dramático sobre un diminuto escenario teatral, sobre el que cada actor humano debía representar su honesto y auténtico rol dentro del guión prestablecido, que le indicaba generosamente:

–¡Elige tú, decide libremente qué decir, qué hacer, pero sólo entre esto y esto!…

Tenía que desapegarse de cada uno de aquellos seres amados como si jamás los hubiese en realidad conocido, y no fuesen de cierto más que archivos de un largo ensueño, al que llamamos vida. Ahora se encontraba ahí, desamparado de todo, sin continuidad, como si repentinamente hubiese sido arrojado en un mundo extraño. Recordó a sus padres, a su hermana, a sus perros, sus juguetes, sus paisajes y sus hogares. También habían sido rotos y destruidos como despertar de un sueño profundo, al ser trasplantado a Lamayuru. Sin embargo, aquello podía ser comprendido, podía todavía ser sentido como una natural prolongación de su infantil capacidad y aspiración de trascender. Pero ahora, precisamente cuando Lamayuru y la vida monacal en los últimos tiempos habían dejado de tener sentido, antes de que cualquier otro sentido, cualquier otro plan de vida pudiese gradualmente reemplazarlo, había sido destruido y esfumado, quedando huérfano de todo, como si lo más cercano y familiar para él fuesen no más que las estrellas que distinguía allá en lo alto. Quizás él mismo los había aniquilado desde antes, porque ya no creía en ellos. Quizás él era la muerte de los seres queridos, causada por su furiosa radicalidad de vivir, de sacrificarlo todo en pos de la Verdad. ¿Qué causaba qué?… De rodillas debajo de las estrellas tenía ya la certeza de que no era ni lo uno ni lo otro la causa de lo uno y de lo otro. Tenía que ir más allá, más allá de la ingenua relación entre las causas y los efectos.

(…¿Qué maestro, qué guía, qué bhakti (devoción mística), qué divinidad o andamiaje podré encontrar ahora que todo ha sido destruido a mi alrededor y dentro de mí?…)

Y sin poder retirar de su mente ni de su dolor la imagen de su madre tendida en su lecho de muerte, esperando coger, hasta entregar su último aliento, la mano de su hijo que jamás regresó… las lágrimas le ofuscaron la vista del cielo que no cesaba de mirar. Pero Akarghi, a pesar de ello, sonrió. La noche completamente viva lo contenía todo… absolutamente Todo.

Se dejó caer de espaldas. Cerró los ojos, y se quedó instantáneamente dormido.

76

… ¿Cómo puedo asegurarme de que esta realidad sea la realidad? En mi penoso esfuerzo por identificar y conocer la realidad se evidencia una manifestación considerable de irrealidad, de ficción, como si la realidad estuviese constituida en una gran medida de irrealidad. Lo mismo que si una corriente repentina y momentánea de aire se impregnase de conciencia (yo) y, al mismo tiempo, las flores de lavanda que crecen por ahí cerca tiñesen con su perfume, desde el momento en que yo nazca, este corto soplo de conciencia que se muere tan pronto como se detiene el reloj del tiempo. ¡Oh!, todo olería a lavanda sin saberlo yo… Dios olería a lavanda, yo olería a lavanda, el mundo olería a lavanda, la realidad toda, la verdad, y hasta la irrealidad… olerían a lavanda…

¡Qué bello, qué puro, qué absolutamente feliz y eterno experimentaba Akarghi ese momento y lugar!… Recostado de espaldas, junto al estanque que amaba, mirando con el rabillo del ojo el lento y sinuoso ser dorado de Koi que jugaba a vivir bajo las aguas. ¡Qué bien se sentía!… Había allí algo sublime, alrededor de él. El sol, el sol tan lleno de luz templada, se parecía tanto al resplandor de una sonrisa, al destello luminoso cuando se descubre una verdad invisible, al amor sin restricción desplegado por encima de todo. Y aun así devendrían momentos, días, siglos incluso, en que todo sería agonía y sufrimiento alrededor de él… otro sol; entonces sentiría creer que ese instante de gloria del mundo había sido tan falso e ilusorio sólo porque no podría darle sentido, comprender que este divino momento, el de ahora, fuese indiferente y juntamente también el más horrible y criminal.

¡Sentía paz, tanta paz!… Tanta, que no cabía en sí misma, y dejaba entrever Algo de esa paz, detrás de la paz. Tan inmensamente dichosa e intensa le resultaba esa experiencia de la realidad que sus emociones, sus diques y formas mentales se desbordaban; se rompían aquellas que incluso por superiores se manifestaban las únicas para acoger tamaña inmensidad de realidad, y se entremezclaban fluida y extáticamente, provocando un estallido de felicidad delirante. Sus sentidos, igual que si estuviesen afectados por una poderosa droga, no percibían tres dimensiones, ni la realidad natural de los sentidos. Percibían siete dimensiones superpuestas a un horizonte infinito…

¿Era todo esto sólo la realización de un siddhi (poder milagroso) cualquiera más?… Hacía ya tiempo que observaba con sospecha la santidad, la maestría, los sadhus (asceta iluminado), el nirvana. Observaba inquisitivamente; observaba receptivamente; observaba espiritualmente; observaba también escépticamente cada indicio de trascendencia, en los menores gestos, en las más sutiles actitudes, en la energía que fluía de sus cuerpos, de sus mentes y de sus almas, en la voz, en su aura, en el trasfondo invisible de la conciencia, cuidadoso, cauteloso, mesurado, imparcial y, sobre todo, auscultándose a sí mismo, como al más peligroso de todos los embaucadores y charlatanes. Lamayuru había sido –dentro de este cuerpo– su primer salto existencial en la búsqueda de la Verdad. Cuando su sagrado ojo interno se despertó hacia los nueve años, la Verdad, que hasta entonces se había identificado con la persona de su madre y de su padre, se rasgó de arriba abajo. No podía creer entonces ni ahora que hasta los nueve años ellos hubiesen sido sus dioses supremos, inalcanzables en su perfección, y que toda la realidad se hubiese construido y significado en torno a ellos. Pero a los nueve años alguna tela gris se cayó de sus ojos y los vio repentinamente por detrás de su amor, de su maravillosa imagen y de su nimbo de perfección, como seres y mentes imperfectas, condicionadas, inconsistentes, sufrientes, adormecidas. En ese momento surgió en Akarghi una aguda, separadora, dolorosa conciencia y certeza: ¡Estoy más despierto que ellos!

Sin embargo, también pronto surgió una nueva autoconciencia, desagarrada lentamente de su autocontemplación, de su inquieto espíritu, de su devoción, de su camino. Ella le hacía experimentar una nueva duda, una mayor necesidad de verdad (de firmeza en la fundación de la realidad), al descubrirse a sí mismo igualmente incierto, ignorante, incompleto, condicionado, imperfecto, engañoso, de la misma manera que él había reconocido antes a sus padres. Y se asustó. Se asustó tanto que no podía dormir, no podía comer, no podía siquiera llorar. ¿Y si ahora estoy más dormido aún que antes?… No sabía si había hecho lo correcto al abandonar el hogar, el amor de sus padres, para ascender a esta nueva experiencia de la Verdad que le ofrecía la vida monacal en Lamayuru.

Se le vino a la mente un recuerdo, casi la memoria de un mero sueño… Caminaba de la mano de su padre por ciertas calles amenazantes, horribles, en las que se escondían detrás de otros bultos, los bultos maltrechos, zarrapastrosos, deformados de cientos y cientos de humanos abandonados, mendicantes, leprosos, fétidos, intocables. Su corazón –igual que ahora– latía de prisa, agobiado de angustia, apenas intuyendo lo que ocurría allí.

–¡Míralos, Akarghi!… Han perdido la condición humana, y, sin embargo, son personas como tú y como yo.

No comprendió entonces qué había querido enseñarle su padre, pero igualmente un escalofrío recorrió su espalda de arriba abajo. Ahora, al recordarlo, experimentaba la angustia de no saber si él, su padre y aquellos miserables infrahumanos eran todos lo mismo… ¡Eso y esto!

(Recuerdo que mi padre apretó más mi mano, sentí un dolor que me pareció venir del corazón, pero no me quejé, y se adentró por un callejón lúgubre y oscuro. Yo trataba de ver qué ocurría ahí, pero sólo vislumbraba sombras y movimientos temblorosos. Podía sentir con tanta intensidad y sorpresa lo que ahora puedo llamar agonía… Mi padre se detuvo ante una sombra delgada como una raya de carbón, sacó algo de entre sus ropas y lo acercó a la silueta. Escuché un quejido y un susurro. La raya era una mujer que abrazaba a un niño. El niño era un quejido de hambre.

Pienso ahora qué habrá sido de ellos. De mi padre, del niño, de la mujer… ¿No se resuelve la pregunta siempre igual? El rico, el asesino, el asesinado, el niño, el gurú, la mujer, todos acabaron o acabarán en la muerte. Y yo, de la misma manera que ellos, acabaré allí donde nadie puede ver a ciencia cierta más allá. Yo quería ese día ver el rostro de la mujer. Quería ver tanto y sólo su rostro, como si en él pudiese descubrir su verdad y algo más: la Verdad. Hasta ahora sueño con ese rostro invisible. Necesito siempre ver más, más allá, pero no puedo.)

Akarghi dejó caer su mano pesadamente dentro del agua y giró su vista hacia Koi, tratando de ver más allá de su cuerpo y de sus escamas de pez… (¿Está ahí realmente Koi?…) ¿Podría también él causar que ella nunca hubiese estado ahí?

Sintió un extraño y desconocido vahído, como si le hubiesen quitado el suelo sobre el que apoyaba no su cuerpo, sino su existencia…

77

El aire estaba cargado de esencias de ultratumba. Ráfagas de viento arrastraban hojas, ramas y nubes tan negras y pesadas que parecía que pronto uno podría alcanzarlas con la mano. Akarghi había ido a meditar el día entero en las laderas del lujurioso Mehru y ahora, con los ojos bien abiertos, se admiraba del mensaje de la naturaleza. Algo oscuro, tenebroso y mágico vibraba en todas las cosas; algo misterioso y nuevo que transformaba los olores conocidos en inquietantes oráculos. Algo desconcertante que se alumbraba en el color de las cosas, como si innumerables cirios se hubiesen repentinamente encendido por el reverso de todo. A sus breves once años Akarghi jamás había experimentado algo así.

Entonces ocurrió un hecho asombroso. Se escuchó un terrible estampido y al mismo tiempo un descomunal destello iluminó el lugar. Una gruesa flecha de fuego cayó desde lo alto, semejante a una cascada tremolante, escindiendo el espacio, hasta clavarse en el suelo, a unos diez pasos delante de Akarghi. Sintió como si alguien lo jalase de la cabeza hacia atrás. Antes de que desapareciese el resplandor del rayo (y la estela ígnea todavía hacía vibrar las moléculas del aire), en el preciso lugar donde se había clavado en el suelo, se materializó una figura difusa que variaba de tonalidad entre el dorado, el blanco, el rojo y el índigo. Confundido Akarghi cerró los ojos y los volvió a abrir, pero la imagen continuaba ahí. Le pareció que la figura flotaba por encima del suelo, como a unos diez centímetros, y que algo se movía alrededor de ella, quizás unas alas curvas o anillos oscilantes. La figura alta y delgada se acercó a él, estiró su fino brazo traslúcido y extendió lo que parecía su mano por encima y cerca de su cabeza rasurada. Akarghi experimentó el efecto de recibir una poderosa descarga eléctrica y sintió un fuerte mareo.

Al despertar, Akarghi se encontró en un lugar sobrecogedor. Se experimentaba a la orilla de un inmenso lago, o de un océano tal vez –no podía saberlo—de aguas transparentes y, al mismo tiempo, brillantes, que reflejaban el más bello fondo de partículas de diminutas joyas. El cielo era otro lago, o bien un océano, de aguas de luz tan tenue y palpitante que iluminaban con sombras y tintes de ensueño todas las cosas… ¿Serían aquéllas, estrellas o soles o mundos?… A sus pies, una arena traslúcida y opalescente tan extensa y profunda que creyó hallarse suspendido sobre una fina red de inmaterialidad. Cerca de él, a tres pasos, la maravillosa figura lo contemplaba inmóvil y silenciosa. Tuvo la certeza de que sonreía y lo observaba con un profundo sentimiento de amor.

–¡Akarghi! –escuchó la voz en su mente, sin poder precisar si era hombre o mujer, pues hablaba como un soplo de viento que se va alejando– ¡Akarghi!—repitió–… ¡Akarghi!…

Y cada vez que la figura repetía su nombre, Akarghi trataba de abrir sus labios para responder, pero no podía. Al fin comprendió que no podía abrir su boca porque no tenía nada que decir. Entonces la voz habló por él:

–¿Dónde estoy?

Se acordó de un pasaje leído en un antiguo maestro: “Cuando ves humo del otro lado de la montaña, ya sabes que hay un fuego; cuando ves cuernos del otro lado de una cerca, inmediatamente sabes que hay un buey allí. Entender tres cuando uno se hace presente, juzgar precisamente de una mirada – esto es el alimento y bebida diarios de un monje.”

Akarghi trataba, pero no podía pensar. Su pensamiento, lo mismo que su lengua y tal vez como toda su mente, farfullaba, tropezaba, se confundía. Quiso dudar, quiso afirmarse a sí mismo como principio de verdad, y se dirigió a la figura dentro de su propia cabeza:

–¡No existes!… ¡Eres una ilusión!

Pero escuchó nítidamente como su propia voz salía lentamente de la boca de ese divino ser que lo contemplaba con infinita misericordia y le confesaba con pena:

–¡No existes!… ¡Eres una ilusión!…

–¡Yo, tú!—susurraron ambos, al mismo tiempo, como hojas secas arrastradas por el viento.

Akarghi experimentó una extraña sensación de angustia y dicha al mismo tiempo. Trataba de ser racional, pero no quería ser racional. Se vivía a sí mismo extendido y completado en el otro ser, reverberando en él, y él en Akarghi. Volvió a mirar a su alrededor y reconoció que la sublime belleza y perfección de ese universo que percibía, que resonaba en su interior, sólo podía experimentarlas porque también había tanta belleza y perfección en él mismo. Sus ojos se llenaron de emoción, de gratitud y lágrimas.

(Pero estoy solo… ¿Tú y yo estamos solos en este universo infinito y perfecto?)

–Miras con los ojos de tu cara, pero no miras con los ojos de tu alma… Estamos rodeados de seres como tú, como yo, diferentes a ti y a mí.

El ser traslúcido estiró su mano hacia Akarghi y le entregó un pequeño objeto de color café.

–¡Come!—le dijo.

Akarghi se lo llevó a la boca. Era blando, singular, cálido, pero su sabor contenía todos los sabores más exquisitos y estremecedores.

–¡Dame más!—suplicó Akarghi.

El ser volvió a estirar su mano y entregó a Akarghi un capullo de luz que fluctuaba entre diferentes colores.

–¡Huele!

Akarghi lo acercó a su nariz. Sintió que era arrastrado instantáneamente por todas las cosas, percibiendo los aromas más intensos y exquisitos que jamás había olido.

–¡No quiero dejar de oler!

El ser se acercó a Akarghi y sopló en su oído.

–¡Escucha!

Akarghi pudo oír todos los sonidos, todas las voces, todas las melodías, todos los lenguajes que existían en el Universo. Se erizó la piel de todo su cuerpo y las lágrimas saltaron abundantemente. Cerró sus ojos y enmudeció.

–¡Mira!

Akarghi abrió sus ojos y se encontró a sí mismo en padmasana (posición del loto), en el mismo lugar donde había estado meditando durante el día, bajo una higuera de agua. La luz comenzaba a disminuir a su alrededor. Estaba solo. Ninguna señal del ser divino que recordaba lo había acompañado… ¿Hace un momento?… ¿Un millón de años antes, en el futuro?… ¿Solo?… ¿Acaso estoy solo?…

Ninguna respuesta. Nada vio con sus ojos, nada oyó con sus oídos, nada olió con su nariz, ni gustó con su boca, pero su alma, su espíritu, su mente se habían abierto, y percibían otra nueva realidad… ¿La Realidad?… ¿Eso era la Verdad de la Realidad?

78

Se escucharon algunas carcajadas y un relincho de caballo. Akarghi se dio media vuelta y divisó subiendo las escalinatas del edificio principal a Latniavira del brazo de Tashi Aburghasim. Otros invitados los acompañaban y reían al encontrarse con ellos. Latniavira resplandecía, hermosa, felina en sus ademanes y movimientos, vestida con un sari de color violeta y turquesa que mostraba descuidadamente su hombro de piel canela, cuya suavidad y sabor tan bien conocía Akarghi. El velo estampado con flores asimismo había resbalado de su cabeza y caía alrededor del cuello, desplegando desafiante su poderosa larga negra cabellera, sedosa y siempre exquisitamente perfumada. Su quinto mes de embarazo la había embellecido todavía más, aunque su panza todavía no era evidente.

Akarghi recibió un fuerte empujón en su hombro izquierdo.

–¡Avanza, estúpido monje!

Akarghi hizo una rápida reverencia con su cabeza y siguió caminando hacia la parte trasera del edificio. Junto a él otros diez sirvientes y guardaespaldas se dirigían al mismo lugar, desde donde serían asignados estratégicamente en sus diferentes funciones durante la fiesta de bodas.

Después de atravesar una larga galería con ventanales hacia un bosquecillo de árboles frutales, entraron por una de las tantas puertas que la flanqueaban. Akarghi ingresó a un largo salón atiborrado de enseres, mesones con comida, muebles arrumbados, ruido, gente, movimiento, olores y gritos. Una mujer mayor, de expresión severa, se les acercó con decisión. Cruzó algunas palabras con Rohit, el oficial de la comitiva de Tashi; éste indicó con su mano hacia Akarghi, al tiempo que lo miraba con desprecio; después de concluir el diálogo, se estiró levemente en posición firme, hizo un imperceptible gesto de respeto con su cabeza, y volvió hacia el grupo que esperaba órdenes.

Con tono cortante y preciso Rohit dio instrucciones a cada uno que se dirigiera a su servicio. Dejó para el final a Akarghi. Se acercó a él. Lo miró de arriba abajo y comentó, arriscando su bigote por la comisura izquierda:

–No sé qué ve en ti el amo… pero donde manda capitán… ¡Ven conmigo!

Rohit caminó delante, Akarghi en el medio, y detrás de él, Faruk, otro guardia voluminoso de rostro apacible e impenetrable, vestido enteramente de blanco, igual que Akarghi. Deambularon por pasillos, escalas, pisos con exóticas ambientaciones en diferentes alas, hasta que desembocaron en el gran y principal salón de la gala, que se extendía alrededor por varias terrazas, en diferentes niveles. Había allí una explosión y promiscuidad humanas superior a unas dos mil personas. Akarghi reaccionó al espectáculo deteniéndose un momento y experimentando una dolorosa contracción en su pecho. Sólo en ocasiones de motivación religiosa había visto tanta gente reunida. También había estado presente en algún matrimonio local en que el ritual religioso y la piedad lo eran todo. Esta visión, en cambio, le recordó el mercado abigarrado y estridente de algunas grandes ciudades. Instintivamente oteó entre la muchedumbre la figura de Latniavira, pero no alcanzó a divisarla.

–¡Muévete, hombre!—escuchó cerca de su oído, mientras una mano le presionaba la espalda.

–¡Esta fiesta será inolvidable!—escuchó una voz femenina que gritaba y reía cerca.

Por delante de él se cruzó un sirviente vestido con librea negra, arrastrando un carrito desbordante de atractivos canapés y bebidas alcohólicas. Algunas aves exóticas cruzaron el salón, en diferentes direcciones, volando por los aires. Variadas músicas de variadas regiones se entremezclaban provenientes de las distintas terrazas. Las innumerables lámparas cargadas de luces colgantes, de diferentes colores, herían la vista por todas partes.

Akarghi fue conducido por Faruk cerca de la entrada principal. Una colmena de avispas parecía inconmensurablemente menos caótica que aquel lugar. Al desplazarse, tropezó varias veces con elegantes invitados, a quienes siempre saludaba con una profunda reverencia y sin atreverse a mirarlos a los ojos, pues sentía sobre él sus guiños molestos, despectivos, indiferentes, airados, curiosos, compasivos. Cerca del vano de la gran entrada lo esperaba una especie de estrado, sobre el cual se erigía un ancho taburete cubierto con un exquisito gobelino púrpura bordado sobre un amplio mandala de oro. Por encima de éste habían instalado un arco de enormes y aromáticas flores trenzadas. Desde tres amplias patenas de oro suspendidas a media altura se elevaban nubes tornasoladas de incienso, mirra, ámbar y especies sagradas. Por detrás de este escenario, y cubriéndolo todo con sus ramas y hojas oscuras, de cinco metros de alto, una higuera religiosa fungía para él de árbol de la iluminación de Buda. A Akarghi le impresionó la ostentación, ficción y ridiculez del artefacto.

Faruk, sin la menor expresión en su rostro, le señaló el trono para que se fuese a disponer en asana sobre él. Akarghi subió ágilmente, se acomodó el bonete blanco sobre su coronilla; se sentó silenciosa y reconcentradamente en padmasana para meditar e invocar la compasión de Buda. Antes de un minuto comenzó a escuchar el repiqueteo de las monedas a sus pies. Entreabrió sus párpados y distinguió a unas cinco personas ante él, con las más piadosas expresiones en sus rostros. No pudo evitar avergonzarse de sí mismo y enrojecer. Una gran pierna de cerdo ahumado desfiló por entre sus devotos suplicantes. Alguien importante se plantó delante de él, pues los demás se retiraron respetuosamente. Un brahmin alto y flaco, vestido pulcramente con su manto azafranado y el tripundra (tres líneas) de ceniza blanca con un marcado  círculo rojo de betel en el centro sobre su frente, lo observaba adustamente.

–¿Qué haces tú ahí, oprobio para tus maestros?— le preguntó el sacerdote en voz baja, pero dura.

Akarghi abrió del todo sus ojos y lo miró con sorpresa, si bien se repuso rápidamente.

–¡Tu juicio sobre mí aún es demasiado blando y benigno, venerable sadhu!… Enteramente una maldición para todo lo santo y puro soy. ¡Tan abominable, que no merezco siquiera tu condena!

–¡Anda, baja de ahí y ve a purificarte durante un año al templo Hazare Rama de Krishna Deva Raya!… Sólo eliges libremente estar así o no estar así.

–¿Cuál es el fin de la libertad del hombre?

–¡Cumplir los sagrados mandamientos del Dharma!

–¿Amar?

–¡Honrar y venerar a Dios por sobre todas las cosas!

–¡Mi Dios me ha devuelto al mundo para amar por sobre todas las cosas!… ¡Amo a una mujer, y no sólo avergonzaré aquí y en cualquier lugar a mis maestros, sino que daré mi vida indigna por ella!

El brahmín enmudeció y se quedó observando a Akarghi. Entre ellos se plantó bruscamente Nayana, la ama de casa que había recibido a Akarghi, ahora cubierta su cabeza con un chador rosado y con una sonrisa condescendiente en su rostro descubierto.

–¡Mi señor, bendecido está nuestro hogar con su presencia!… Acompáñeme, lo hemos estado esperando para iniciar el sacro rito.

79

Volvió a cerrar los ojos. Realizó siete veces la respiración de Shiva y dejó suspendido su yo en el vacío interno para que afluyese a su estado de mente el contenido de su trasconciencia. Sus sentidos externos ya estaban adormecidos. (Realidad externa, en pausa.) La primera situación de conciencia a la que accedió…

Celda de meditación. Ejercicio de Hatha Yoga. Diez horas continuadas en Sirshasana. –Liberación. Estado de mente: –Imperturbabilidad. Vacío. — Bilocación de la conciencia. Evidencia autoperceptiva del Cordón de Plata. –Éxtasis indiferenciado dentro de un estado de cuerpo. –¿Dónde estoy realmente?… Anulación del yo y de la conciencia siempre dentro de un algo causante. –Tiempo espacio autoconciencia fuera–… Anulación desconocida. Tiempo desconocido. Espacio desconocido. Vehículo desconocido. (Paranirvana). Deseo necesidad de permanecer eternamente ahí. Nada más. Incapacidad de sostener estado de paramente en estado de conciencia unidimensional. –Respuesta autoafirmante de la conciencia: –Transformación evolutiva de la conciencia… ilimitada, indefinible, desconocida, próxima.

Se teleportó instantáneamente a una segunda situación de conciencia…

Camino a Manali, sin saber que me dirijo a Manali… (Estado de conciencia próximo). Desgarrado de Lamayuru. Sin fe aprendida de maestros. Sin maestros. Desgarrado de mí mismo. Dirigido, buscando, inconciente, conciente, como flecha en pleno vuelo… El blanco conciente inconciente: una mujer, entrada a la humanidad, camino de perdición del mí mismo, inevitabilidad del mí mismo. Naturaleza, prakriti, intuición de trascender la ilusión a través de la ilusión. Suprema ilusión: el espíritu divino, la espiritualidad iluminada, trascendida, eterna, absoluta. Final de mi vida: la muerte, siempre la muerte. Trascender la muerte a través de la muerte… Regreso a la fuente. Fin desconocido. Latniavira, fruición de la esencia de la naturaleza y mujer. Muerte y renacimiento: yo hijo, mi hijo. Prolongación desconocida. Placer, belleza, sexo, amor, Latniavira, desapego y flujo, hasta alcanzar sus almas vórtices sin beber todo el océano, mera posesión. Regreso a la fuente, a los sentidos, a la mente vulnerable, al cuerpo caótico. Buen aprendizaje. No hay salto trascendental, sólo evolución progresiva, dramática, insignificante, diminuta, humillante, gradual… ¡Allá voy!

–¡Despierta, estúpido monje!

Una fuerte bofetada en su mejilla derecha lo volvió a la realidad. Rápidamente controló el dolor y el ardor de su rostro. Al abrir sus ojos, vio delante de él a Rohit con la cara contraída de rabia y miedo.

–¡El amo Aburghasim te llama, pedazo de mierda!

Mientras Akarghi se encontraba en  meditación la boda había seguido su curso y destino. Cuando todos los invitados ya se hallaban presentes, y una buena cantidad de comida y bebida había sido distribuida entre los comensales animados y felices, al son repentino de timbales, cornamusas y trompetas hizo su aparición el novio montado sobre un elefante profusamente engalanado, que ingresó hasta bien adentro del salón. Desde el techo cayeron guirnaldas de flores, confeti multicolor y serpentinas de papel delgado, al tiempo que una lluvia vaporizada de perfumes humedecía el espacio circundante. La gente gritaba, corría y aplaudía enfervorizada. Entonces el brahmin que había sido contratado para la boda se plantó en el medio del salón, la multitud abrió un espacio en torno a él, y éste, haciendo grandes ademanes y zalemas –sin salirse ni un ápice del sagrado ritual– arrojó harina y arroz hacia lo alto, en tanto modulaba a viva voz alguna letanía que, sin embargo, nadie lograba escuchar. En respuesta a su invocación, se abrió un tragaluz que ocupaba el centro de la bóveda y comenzó a descender lentamente una voluminosa estructura, cubierta con un gran paño rojo de seda, que quedó suspendida bien arriba, cerca del artesonado. Se escuchó entonces un ¡ooooh!, largo y coreado por la multitud que vio súbitamente comenzar a elevarse por los aires al novio, halado por cuerdas invisibles, hasta llegar junto a la estructura volátil. Cogió con decisión el manto purpúreo y lo arrancó, dejándolo caer hacia el suelo. Otro ¡ooooooooooh!, todavía más largo y sentido hizo eco por los salones. Podía verse ahora que la estructura era una gran jaula con barras de acero y, dentro de ella, se encontraba la novia, enteramente de blanco, imponente con su largo y amplio vestido, con el rostro cubierto por un velo de organdí. El novio llevó su mano derecha al cinto; sacó una espada reluciente y dorada. La blandió por los aires y asestó un fuerte golpe a la estructura de acero, que cedió al mandato; se abrió una puerta camuflada entre los barrotes, el novio estiró su brazo izquierdo, esperó que la novia caminara hasta él para cogerla de la cintura, atraerla hacia sí, y comenzar a descender abrazados hacia el centro del salón. Entonces estalló una explosión de júbilo entre los concurrentes como si un dios, el mismísimo Shiva desposase ante sus propios ojos a Shakti. Fue en ese preciso momento cuando Rohit se acercó a Akarghi y le propinó el manotazo que ya conocimos.

Se escucharon numerosas salvas a lo lejos. La muchedumbre se agitó más, esperando una nueva sorpresa… Tal vez fuegos artificiales, o algo todavía más sofisticado. Akarghi se llevó ambas manos al pecho. Rohit lo cogió de un brazo y comenzó a correr por el salón, arrastrando a Akarghi. Entonces alguien gritó a viva voz:

–¡Fuego!… ¡Fuego!… ¡Salgan de aquí!

Algunas mujeres comenzaron a gritar; los hombres se miraban unos a otros, hacia todos lados, con expresión de preocupación e incredulidad. Nuevas salvas más potentes y próximas, evidentemente disparos, que ahora eran respondidos por otros disparos. Hombres y mujeres comenzaron a correr a la desbandada, entre gritos, amenazas y vociferaciones. Rohit avanzaba con dificultad, empujando y golpeando a las personas que obstaculizaban su paso. Comenzaron a caer las primeras personas heridas y muertas en los salones. Por el tragaluz donde había descendido la jaula de la novia, ahora dos francotiradores disparaban sobre la gente. Se había desatado una carnicería, una guerra. Rohit siguió avanzando encorvado. Entonces Akarghi descubrió delante de él al novio. Sostenía sobre uno de sus brazos a su novia, que colgaba de él con su blanco pecho enrojecido de sangre, inánime, al tiempo que a pie firme disparaba hacia los francotiradores del techo. A sólo un paso de él, la cabeza del novio estalló repentinamente, destrozada por un disparo. El fuego declarado crecía voraz, irreal, por los muros engalanados con costosos tapices, finas taraceas y delicadas telas. Akarghi se detuvo, con un hábil movimiento se zafó de la garra de Rohit, y alcanzó a coger en el aire el cuerpo del novio que se desplomaba agonizante. Rohit se abalanzó sobre Akarghi, lo cogió del cuello con su inmensa manaza y comenzó a arrastrarlo por el suelo. Una bala atravesó su hombro derecho, esbozó una mueca de dolor, pero siguió avanzando. Diez pasos más adelante, parapetado tras un mesón que había volcado, Tashi Aburghasim disparaba hacia lo alto. Cientos de personas continuaban en el salón, escondidas detrás de cualquier cosa, sin saber qué hacer. Era evidente, por los muchos tiros, que afuera se extendía la masacre. Adentro, los paralizaba el peligro inminente de ser acribillados, o de morir, tarde o temprano, asfixiados y quemados.

Junto a Tashi, pegada a él, Latniavira se tapaba la cabeza y los oídos con sus manos. Levantó la vista al escuchar que llegaba Akarghi, pero de inmediato volvió a la misma postura. Las llamas iluminaron su rostro, acentuando el dramatismo de su angustiada belleza.

–¡Maldita sea, sannyasin, saca a esta mujer de aquí, viva!… ¡Ahora!… –gritó encolerizado Tashi.

Tashi y Rohit comenzaron a disparar al mismo tiempo hacia la claraboya. Akarghi estiró un pedazo de su manto blanco, cubrió con él a Latniavira y la condujo sigilosamente, saltando entre el humo y las llamas, hacia una de las puertas de acceso.

80

El pequeño Akarghi, de cuatro años, contemplaba la lluvia con la frente y las manos apoyadas en el vidrio de una ventana del estudio de su padre. Amaba sentir la lluvia delicada y poderosa bajar a la carrerita del cielo gris con su música líquida, enredarse en las hojas, en las flores, en los árboles, y, al llegar de repente al suelo, cubrirlo todo con su espejo ingrávido y tembloroso de mundo. Sentía, contemplando, unas olitas que bajaban y subían de su corazón a su estómago, y viceversa, como si algo invisible, oculto y muy suyo se aproximase bien cerca de él, sin acabar nunca de revelar su secreto. Amaba recibir en su piel el frío de las gotas de lluvia resbalando por el vidrio, que le transmitía algo más, algo aún más intenso, inquietante y vital de ese arcano, al mismo tiempo, cercano y distante.

Largo tiempo llevaba así, tal vez una hora, cuando escuchó que se abría a su espalda la puerta de la habitación. Dio un brinco, como si despertase de pronto, y corrió tres pasos, luego se detuvo y bajó la cabeza, al ver el rostro adusto de su padre. Había sido cogido en falta. Tejalami Mendalhayam también se detuvo, miró hacia el escritorio sobre el que yacían algunos libros, varios cuadernillos y algunos lápices  de carbón; preguntó con su voz ronca:

–¿Terminaste tu trabajo?

Akarghi se mantuvo en silencio y sólo movió una vez la cabeza para negar. Tejalami caminó hacia el escritorio de caoba, se detuvo a un lado, estiró su mano y hojeó los cuadernos y los libros.

–¿De dónde sacaste este libro?… No es lo que te he pedido que leas y copies. ¿Por qué has escrito esto? –Tejalami leyó en voz alta del cuaderno de caligrafía de Akarghi–…  “IV-iv-8: Yajnavalkya prosiguió: ‘Todavía otra instrucción lapidaria: ‘La vía sutil, este sendero milenario que posee la delicadeza de un átomo y sin embargo se encuentra en todas partes, yo la he descubierto. Aún más, la he realizado en mí mismo. Es por ella que los sabios –esos conocedores de Brahma—ganan igualmente la esfera celeste de la liberación después de la muerte del cuerpo físico; es por ella que ya estaban liberados de su ser viviente’.

IV-iv-9: ‘Algunos la ven como si fuese de color blanco; otros, azul, gris, verde o roja. Esta vía es realizada por un brahman, es decir, un auténtico conocedor de Brahma; la sigue cualquiera que conoce a Brahma, que ha cumplido actos virtuosos y se identifica con la Luz suprema.’

IV-iv-15: ‘Cuando un hombre, siguiendo las instrucciones de su maestro, llega a contemplar sin intermediario a este Sí de esplendor radioso, Señor de todo lo que fue y será, entonces ya no desea separarse de Él.’[10]

El rostro de Akarghi se iluminó de alegría. Corrió hacia el escritorio y se detuvo bruscamente, apoyando ambas manos sobre el canto para evitar chocar.

–¡Papá, mira, de ahí lo tomé! –mostró el hueco que había quedado en un anaquel al que había alcanzado arrimando una silla.

–¿Por qué has escrito esto?… ¿Qué estabas haciendo, perdiendo el tiempo?

–¡No! –exclamó de inmediato, giró la cabeza hacia la ventana, pero la volvió rápidamente—Es que… no sé, me ha llamado la atención; me parece hermoso, aunque no entiendo mucho.

–¿No entiendes mucho?… ¿Qué has entendido tú, rapazuelo?

Tejalami hizo una mueca con la comisura de los labios, arrojó por allí un resoplido, sacó sus anteojos de lectura de un cajón y se sentó ante el escritorio, volviendo a fijar su vista sobre el cuaderno. Akarghi miró con intensidad a su padre.

–Entiendo que Brahma es el dios que se encuentra en todas las cosas y que sólo los sabios pueden experimentarlo como espíritu de todas las cosas… Los seres humanos corrientes, como yo, sólo podemos ver sus fantasmas, o sólo su reflejo ilusorio en las cosas…

Tejalami miró el cuaderno de notas, luego dirigió su mirada escrutadora al niño, se puso de pie y caminó lentamente hacia el estante de libros, para quedarse observando de cerca el espacio vacío que allí había quedado.

–¿Quién te enseñó eso?… ¿Sabes que este libro es un Upanishad? – al decir Upanishad su voz se volvió más ronca, lenta y enfática.

–¡Nadie!… Eso es lo que yo entiendo, o… ¡perdón, papá! Es que…

Akarghi se contuvo, avergonzado y atemorizado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tejalami se volvió hacia él y se lo quedó observando:

–¿Qué pasa?

Akarghi, emocionado, apenas articuló con voz temblorosa, tratando de no llorar:

–Quiero… conocer… a Brahma.

Tejalami soltó sin pensarlo una carcajada; si bien, dos segundos después cambiaba su expresión y volvía a fruncir el ceño, con mayor preocupación. Se quitó los lentes, que habían resbalado casi hasta la punta de su nariz:

–¡Eso no es posible!… Ningún ser humano puede conocer a Brahma. Brahma está más allá de todo… ¡Eres muy pequeño para entender esto, Akarghi!

–¿Cuál es la vía sutil de los sabios?… ¿Por qué yo no podría tener un maestro que me enseñe “a contemplar sin intermediario a este Sí de esplendor radioso, Señor de todo lo que fue y será”? –repitió de memoria.

Akarghi se acercó a su padre. Superando el límite que el trato habitual con él le había impuesto, tomó su mano izquierda con las dos suyas y se quedó esperando expectante una respuesta. Tejalami guardó silencio, con la vista perdida en algo muy distante. Una tropilla de niños pasó corriendo cerca de la ventana, riendo y jugando. La lluvia y las nubes se habían ido lejos, y ahora el sol brillaba con la misma alegría que experimentaban los niños liberados de sus aburridos encierros. Akarghi se volvió hacia la ventana y, al ver pasar a sus amigos, sonrió y dio un pequeño saltito. Tejalami pareció despertar al percibir la inquietud de Akarghi:

–¿Quieres ir a jugar con tus amigos?

–¡Sí!—exclamó con júbilo.

–¡Anda… ve!

Akarghi giró y partió corriendo hacia la puerta. Antes de llegar a ella, su padre lo detuvo con voz imperiosa:

–¡Akarghi!… ¿Quién te ha hablado de Brahma?

Akarghi respondió de prisa, sin pensar:

–¡Faluyya!

Giró la manilla con premura para no facilitarle tiempo a nuevas preguntas, y salió a la carrera, dándole desde afuera un tirón a la puerta, pero sin llegar a cerrarla.

Tejalami ordenó los cuadernos y los libros sobre el escritorio. Devolvió el libro de los Upanishads a su anaquel, miró con desazón hacia la ventana, y salió de la habitación con las manos entrelazadas por la espalda, a paso lento. Se fue caminando con el mismo paso cansino hacia la sala de estar, donde se reunían las mujeres para tejer, leer y bordar. Necesitaba imperiosamente hablar con Faluyya.

81

–¡Sin duda que sería insuperable no volver a encarnar más para quedarse eternamente contemplando el Ser!… Sin  embargo, no me daña seguir encarnando una y otra vez, eternamente incluso, si puedo experimentar una y otra vez la maravilla divina que reconozco y vivo en esta dolorosa existencia. Lejos de ser inmóvil y perfecta, como lo es el gozo de la unión con el Ser, en esta dimensión mortal no hay fin ni reposo para la superación de uno mismo y de la divinidad.

La comadreja del pandit Chandulal Gavendas se irguió en dos patas y comenzó a otear hacia uno y otro lado nerviosamente. Las palabras que acababa de declarar Akarghi la inquietaban y contradecían el saber más respetado por milenios en su mundo.

–¡No, no, no! –repitió varias veces, volviendo su pequeña y aguzada cabeza hacia el interior de la casa de su amo Gavendas. Lanzó una risita y continuó…– ¿Qué es ese absurdo que acabas de afirmar?… ¡Millones y millones de humanos han confirmado la experiencia y la verdad de lo que acabas de negar y confundir!… ¿Qué pruebas tienes tú? ¿Cuál es la divinidad que te sostiene y se manifiesta en ti?… ¿Quién te sigue?… ¿Cuántos dan testimonio de tu verdad? ¿Cuál es tu poder?

–¡Ah, no, yo carezco de toda autoridad!… Ninguna autoridad del mundo puede enseñar ninguna verdad. ¡Mira cuántas verdades detenta el poder en el mundo!… La verdad se manifiesta siempre desde el interior de uno mismo, no desde la sabiduría de otro. Yo soy apenas un buscador penitente. Si hablo de mi creencia no es para enseñar ni convencer a nadie; sólo lo hago como una expresión mía, una narración de mi experiencia interna.

Mientras sostenían este diálogo, una pareja de gatos siameses, un cerdo joven y un perro labrador de color mate se habían sentado cerca a escuchar con atención. Desde dentro de la casa se dejaba oír una letanía de voces humanas que salmodiaban un himno a Agni, dios del fuego. Por la chimenea ascendía una gruesa columna de humo blanco; el aire olía a leche, aceite, y gacha agria; a eucaliptus y pino.

–¡Mírate a ti misma, hermana comadreja!… ¿Cómo crees que puedes conocer realmente la verdad si todo lo que has aprendido lo has aprendido de tu amo Gavendas, que además es un ser humano?

–¡Me subestimas!—respondió dejando escapar de nuevo una risita nerviosa, y miró hacia la concurrencia–… Si hablo contigo, entonces mi inteligencia no es menor que la tuya, Akarghi. No puedo leer, es verdad, pero puedo comprender todo lo que escucho y me enseña el venerable señor y brahmin Chandulal Gavendas. Él es un hombre sabio, honesto, piadoso, justo y bueno. ¿Por qué habría de dudar de la verdad de innumerables hombres y santos que han sido consecuentes y coherentes hasta el fin? Yo soy un animal pequeño y limitado. Mi mundo, mi universo no puede acceder a otros espacios y mundos fuera de este divino hogar que me ha tocado vivir… Necesito creer en todo aquello que no puedo experimentar por mí mismo.

–¡Así debe ser, no puede ser de otra manera!… Tantas veces yo mismo he reconocido mis limitaciones y he necesitado creer, a cambio. Ser humano no presenta menos limitaciones que las que tú como animalillo y comadreja reconoces. Sin embargo, creer nunca me ha limitado el buscar otras verdades, el poner a pruebas mis creencias y las de los demás todo el tiempo, el tener creencias solamente para iniciar un recorrido que carece  de norte, fundamento y creencias. Sólo así he terminado descubriendo una que otra verdad, nunca igual a la de todos, o siquiera de la mayoría, o siquiera de otro más que yo mismo.

–¿Y cuáles son esas verdades, puede saberse?…

Akarghi comenzó a reír; a reír cada vez con mayor intensidad, de manera que las decenas de animales que ya se habían congregado alrededor de los contrincantes — continuaban llegando de los alrededores– sintieron el contagio de la risa y comenzaron también a reír más y más, en número y en volumen. Tres flamencos que pasaban volando por el lugar escucharon las risas, vieron con curiosidad esta muchedumbre de animales reunidos y se posaron sobre el caballete más alto de la techumbre, a un lado de los halcones y buitres. Comenzaba a oscurecer; todos consideraban que ya era prudente retirarse a sus casas, madrigueras, nidos, establos, cuevas y otros albergues, pero nadie se movía del lugar.

–Poca cosa, pero decisiva para la manera que me ha correspondido vivir… Estos vehículos que son el cuerpo material, la mente, la conciencia y el yo son penosamente imperfectos, frágiles, equívocos. Con ellos tenemos que experimentar, representar y conocer realidades, dimensiones, centros, profusiones, seres, que nos superan a veces tanto, a veces infinitamente, y aun así, se nos aparecen difusa pero palmaria y evidentemente también. En cambio, nuestra tendencia natural, nuestras facultades y nuestro entorno mismo nos tientan, nos proponen, nos convencen incluso, de que estas realidades son estables, definidas, inteligibles, accesibles, inmediatas, mensurables, controlables… ¡Y lo son!, en la medida y condición que queramos vivir las realidades ahí. Sin embargo, esta decisión de vivir engañados, reducidos, enclaustrados, justificados, comienza y dura desde que nacemos hasta que morimos –¡nadie escapa a ello!–, o sea, lo mismo casi que nada… ¡Un parpadeo de la eternidad!… Además, se evidencian como realidades abiertas e insustanciales por todos lados cada vez que ponemos nuestra atención honesta y profunda en estas experiencias inmediatistas de realidad. Quedarse en esta realidad es continuar durmiendo. Despertar es alejarse dificultosa y progresivamente de esta realidad, inventando tantas cosas nuevas y peligrosas para no volver a caer en el más hondo de los sueños, al que se puede regresar incluso creyendo estar ya despertando.

Cuando acabó de hablar, algunos animales más sensibles, como los monos, los elefantes, las mariposas, las serpientes, comenzaron a aplaudir y expresar con sus voces propias el júbilo por las verdades de Akarghi. Pronto todos los animales estaban chillando de alegría, y saltaban, brincaban, aleteaban, corcoveaban, aullaban, se abrazaban. Entonces Chandulal Gavendas salió del interior de la vivienda, con expresión furiosa, llevando un rifle de caza en su mano. Al observar la algarabía de miles de animales reunidos en el atrio, le pareció que aquello era un absurdo pandemónium, de manera que, enrojeciendo de ira, apuntó hacia la multitud y comenzó a disparar a diestro y siniestro, mientras gritaba:

–¡Fuera de aquí, fuera de aquí, animales salvajes, impuros, grotescos!…

Se produjo una horrible desbandada. Los elefantes, los caballos, las vacas, los rinocerontes aplastaron a cientos de animales mientras todos huían despavoridos en todas direcciones. La comadreja corrió hacia el interior de la casa. Akarghi caminó con decisión hacia Gavendas, tomó con ambas manos el cañón del rifle y lo empujó con fuerza hacia el suelo.

–¿Quién eres tú, quién eres tú…?—gritó todavía más enfurecido el brahmín.

–¡Despierta!—respondió Akarghi.

82

“Bhaya govindam, bhaya govindam, bhaya govindam, mudha mate”  (adora a Góvinda, adora a Góvinda, adora a Góvinda, tonta mente)… Escuchaba quejarse a alguien  como detrás de un muro. Primero elevaba la voz, la sostenía en un largo y angustioso lamento, y luego parecía derrumbarse al exhalar “mudha mate”… Akarghi temía que todo esto fuese el producto y la realización de su mente. El Monasterio de la Paz Inmortal estaba en alguna parte… ¿Dónde realmente?… Los hombres que caminaban por las calles no dudaban si estaban enloqueciendo al constatar que caminaban por las calles. Los maestros ya no dudaban. Lo identificaban de una vez y para siempre, lo definían maya. Akarghi, por el contrario, estaba a punto de sobrepasar todos los límites… Sólo su memoria podía explicar que no viese nada, que estuviese sentado en la más impenetrable oscuridad y en el más completo silencio. Pero las imágenes y los sonidos que veía y escuchaba en su mente, ¿dónde estaban realmente?… Alguien había posado una mano en su espalda, había respirado cerca de su cuello y hasta había susurrado Bhaya govindam, bhaya govindam, bhaya govindam, mudha mate… ¿Con qué autoridad y certidumbre habrían de juzgar la verdad de esto, sus ojos, sus oídos, sus manos, y hasta su inteligencia y su memoria?

El miedo seguía allí, más justificado que antes. Ningún miedo mayor existe que el dejar de ser humano, pero todavía sin dejar de ser. Ni siquiera el miedo terrible a la locura o a la muerte, cuando se las ve venir… ¿Qué era entonces ese “Góvinda”? ¿El Krishna divino-respuesta con que todos los humanos creyentes fabrican el arrecife submarino que les permite descansar sobre una roca sólida para no perderse en el infinito de las tinieblas y el absurdo que aguardan en los límites de la condición humana? Allí estaban las tinieblas alrededor de él, durante tres días, como si sólo en tres días pudiesen disiparse el tiempo y hasta la eternidad… y el encierro corporal, anular absolutamente el espacio. Sin embargo, aun así, él mismo continuaría ahí, ingrávido, como una larva suspendida en medio de una nada, porque aunque OM (la Voz) clamara desde su propia raíz ontológica TAT ( Eso), su inevitable existencia individual (Akarghi) replicaría NETI NETI ( Ni Esto ni Eso), terca y absurdamente… Al punto tendría que ocurrir Aquello que nadie puede predecir, ni está escrito en ninguna parte.

Su mente era el único ariete, la cosa con que debería enfrentar el choque contra la nada, contra la frontera, contra la anulación repentina de todo, contra la disolución progresiva incluso de su propia mente. Pero antes tendría que enfrentarse a sus demonios y resistirse a la atracción de sus dioses. Ellos se ocultaban allá, en los márgenes de todo, resguardando los límites de este universo, afuera de todos los hombres, entre las estrellas, y adentro de cada persona, en las profundidades del yo y de la inconciencia.

Ya no necesitaba respirar, no necesitaba desasirse de la mente, del tiempo ni del espacio. Estaba ahí. Estaban ahí.

(¿Sabrán mis maestros realmente dónde me han puesto?… Siempre tan protectores, ahora me han abandonado a mí mismo…)

Comenzaron a materializarse como si vinieran de lejos. Por todos lados como difusas coloraciones, vapores animados cada uno por sensaciones únicas y horribles, progresivamente seres vivientes, vibrando con horrorosos chirridos inhumanos, aumentando a cada momento de tamaño e intensidad, expeliendo fetideces más repugnantes y asquerosas que todo lo olido, colmándolo todo, como si el espacio se fuese llenando y expandiendo hacia adentro de sí mismo, siempre más denso y descomunal de lo mismo, hasta que llegaron absolutamente alrededor de todo el cuerpo de Akarghi. Akarghi ya no podía moverse, no podía pensar, ni sentir… Necesitaba morir. Entonces percibió cómo de esta entidad unificada de infinitos entes demoníacos pegados a su cuerpo aparecieron innumerables filamentos opalescentes que se le apegaron y comenzaron a penetrar por cada uno de los orificios de su cuerpo, primero por la nariz, por la boca, los oídos, los ojos, por el ano, por la uretra y, finalmente, por cada uno de sus poros, provocándole la más terrible impresión de que se iban difundiendo por su interior, absorbiéndolo, consumiéndolo, llenándolo de maldad, y de horror, y tormento, y oscuridad. Entonces el Todos-en-Todo expresaron con todas las expresiones negadoras posibles, de una sola vez:

–¡SOY EL QUE SOY!… ¡ISHAT!…

Su yo sorbido por el tenebroso ISHAT ya no pudo resistirse más y experimentó con abandono el inicio de su completa anulación. En ese preciso instante experimentó un sobrecogedor fogonazo que lo cubrió Todo-en-Todo con su luz, con su presencia, con su ser. Instantáneamente desapareció el caos oscuro, demoníaco y absoluto reemplazado por un ser de luz, divino, amoroso, infinitamente múltiple y unificado, que con su poderosa vibración ordenaba y sometía todas las cosas a su esencia. Entonces experimentó Akarghi cómo todos los filamentos de los colores más bellos y diferenciados retrocedían desde sus profundidades interiores hacia el exterior, por la misma vía que habían seguido para entrar en él, alabando con las más hermosas melodías y palabras, perfumando el universo con su encanto, materializándose en formas, en cosas, en seres, en sustancias bienaventuradas y dichosas por todo el Universo. Y caminaban alrededor de él personas, muchas personas; de entre ellas, primero reconoció a Lokhi, su madre, que sonreía y estiraba sus brazos hacia él; junto a ella Tejalami, su padre, también sonriente y extendiendo sus brazos hacia él; se alejaban de a poco, rodeándolo en espiral, en la medida que otras y otras personas aparecían más cerca junto a él; también Kahrinna, Nimrhod, Amisha, Kabhir, Kynpham, Kinjihoro, Farra-aj, Chien Tzu, Shambhu, Nadhi, Siddharta, Ravajagana, Sapilaspatti, Aadarshini, Prâsad, Latniavira, Nigarvi, Alisha, Saddinavi, y tantos otros aún sin nombre, aunque a la mayoría de ellos, que siempre le estiraban sus brazos, jamás los había visto, si bien le parecían todos profundamente familiares, inolvidables, suyos y amados. Y vivía con todos y cada uno de ellos una sola entidad, un solo sentimiento que lo colmaba todo adentro y afuera: AMOR… Tan intenso era este sublime sentimiento que las figuras corpóreas comenzaron a diluirse y una suerte de luminosidad contenida en cada persona y en cada color y en cada sensibilidad se extendió Todo-en-Todo, de modo que todo este AMOR se unificó más allá de las formas humanas y se evidenció conteniéndolo Todo-en-Todo un ser absoluto, un ser divino, que giraba en torno a sí mismo, a veces cobrando un avatar o aspecto particular, como Brahma, Tao, Dios, Krishna, Buda, Vishnú, Matsya, Parvati, Jesús, Kali, Rama, e innumerables otros efluvios deidades, todos con rostros dentro de un mismo rostro, tan perfectos, tan divinos, bienaventurados y sublimes, que Akarghi experimentó la Absoluta Devoción, el Éxtasis Supremo, la Inmovilidad del Ser, la Contemplación Eterna, la Anulación del Tiempo y del Espacio, el Brahman-Atman, y, como coronación de todo ello, la inexorable absorción en el Final-de-Sí-Mismo…

83

–¡Corre conmigo!—exclamó Latniavira, con su rostro cubierto por un niqab negro, cogiendo repentinamente de la mano a Akarghi.

Latniavira comenzó a correr veloz y hábilmente entre el gentío del mercado sin soltar la mano de Akarghi, que la seguía muy cerca, atisbando hacia todos lados. No necesitaba explicaciones para comprender que la venían siguiendo. En su carrera empujaron a dos o tres personas que se quejaron sorprendidas, molestas. Se escabulleron por algunos estrechos y sombríos pasajes, hasta que Latniavira giró por una portezuela batiente y se adentró en un conventillo, todavía tirando de la mano de Akarghi. Empujó una puerta ocre de una de las tantas que daban al zaguán; entraron al recinto, que no era más que una habitación de cuatro por cuatro, con una cama matrimonial en un rincón, una mesa pequeña en otro rincón, cubierta por un mantel de cáñamo, y un florero con tulipas frescas y olorosas. Latniavira soltó la mano de Akarghi, corrió hasta el lecho y se dejó caer de espaldas, con los brazos levantados por detrás de la cabeza, riendo, la respiración agitada, aún con el negro velo sobre su rostro, y dejando ver su muslo derecho dorado y desnudo, que levantó recto y seductoramente, apuntando con su fino pie descalzo hacia el techo.

Akarghi la contempló un instante desde la entrada; observó las formas furtivas de sus piernas y de sus pechos grandes que se levantaban  y descendían todavía agitados bajo los pliegues del negro y delgado sari; de inmediato se estremeció su sangre, que afluyó con fuerza hacia su corazón, hacia su vientre y hacia su sexo, alzándolo poderosamente. Se descolgó la túnica de su cuerpo, caminó con decisión hacia Latniavira, clavó una de sus rodillas entre las piernas de su mujer, le arrancó con vehemencia el niqab del rostro, cuyo movimiento impetuoso hizo caer gruesos mechones de pelo azabache sobre sus ojos, que cruzaron y resaltaron sus rasgos felinos y rozagantes. Levantó su sari desde las piernas hacia la cabeza, desnudándola por completo. Siempre que volvía a ver su cuerpo perfecto le parecía estar contemplándola por primera vez. Olía entera a hembra y a perfumes de la selva. La besó de a poco recorriendo sus paisajes femeniles, las hondonadas, los humedales, los labios de su cuerpo. Tocando como un diestro y experimentado músico las melodías de su piel, de sus pezones, de su carne. Latniavira apretaba la espalda de Akarghi; cogía con deleite su cabeza contra su sexo lubricado y turgente; mordía y lamía sus orejas, sus dedos, su pene; arañaba sus brazos cuando la recostaba hacia el lado, y la penetraba con su miembro descubierto, impaciente, profundo.

Huyeron dos veloces horas haciendo el amor. Las luces de la tarde se volvieron más tenues y suaves al descender sobre las cosas por el tragaluz. Latniavira comenzó a cantar quedamente, mientras Akarghi dormitaba. Entonces se oyeron como unos rasguños desde la puerta. Latniavira se incorporó bruscamente, al tiempo que remecía el hombro de Akarghi. Luego se puso rápido el sari y caminó con sigilo hasta la puerta. Akarghi se vistió el dhoti y se quedó de pie, junto a la cama. Latniavira acercó su oído a la puerta, la arañó con sus uñas, mientras del otro lado  tres rítmicos y sordos golpes de nudillo respondían. Latniavira se dio media vuelta, miró un instante a Akarghi con inquietud, y volvió a girarse para abrir la puerta. Entró una mujer vestida enteramente de negro, cubierta con el mismo niqab de Latniavira.

–¿Qué ocurre?—preguntó con nerviosismo Latniavira, mientras hacía pasar a la mujer, apenas entreabriendo la puerta.

–¡El amo dice que matará a Prâsad si no regresas de inmediato!—respondió con voz temblorosa debajo de su velo de lino.

Latniavira enmudeció y palideció. Akarghi saltó de su lugar y se acercó a Latniavira, cogiéndola por ambos brazos y fijando sus ojos furibundos en los de ella.

–¡No más!… ¡No más!.. ¡No podemos seguir así!

–¿Qué quieres, por Dios, Akarghi?… ¿Qué nos mate a todos?..

–¡Nos matará igual!… ¡De a poco como hasta ahora, o en cualquier momento!

–Akarghi tiene razón—murmuró la mujer bajo su niqab.

–¡Huiremos… tan lejos, que no podrá alcanzarnos ni descubrirnos!… ¡Y si morimos, al menos lo habremos intentado!—agregó Akarghi.

Latniavira se apretó al pecho de Akarghi, se abrazaron en silencio, y lloraron juntos.

–¡Vamos, mi niña!—susurró la mujer.

Latniavira se separó de Akarghi, lo miró con una sonrisa tierna y angustiada, acarició su rostro, y salió presurosa, acompañada por la mujer. Akarghi tomó una silla, la ubicó en el centro, se sentó apoyando los codos en sus piernas y apretó su cabeza con ambas manos. Después de unos cinco minutos, se levantó de un salto y salió caminando de prisa.

(¡Debemos huir!… ¡Debemos huir!… ¡Debemos huir!…)

Bajó hacia los arrabales, hacia el río, pero se detuvo a medio camino, miró hacia la derecha, y torció hacia la izquierda, siguiendo un impulso. Escuchó que alguien gritaba su nombre de lejos; comenzó a correr sin mirar atrás. Corrió varias cuadras, hasta que se detuvo frente a una ermita solitaria. Entró en ella, caminó entre viejos troncos y restos de artesonado, hasta replegarse en una hornacina, detrás de un gran ídolo de barro, un Ganesha descolorido y roto. Primero se apretó las manos, luego se impuso calma; se sentó en asana, cerró los ojos y se concentró en disciplinar su respiración y su mente; pero su pensamiento no necesitaba pedir permiso… Una araña negra se paseó sobre su mano derecha. Akarghi la dejó ir y venir.

(Lo he decidido, lo he querido así… No puedo culpar ni responsabilizar a nadie por lo que vivo. Es verdad que hay decisiones en la vida que inician empinadas pendientes por las que uno comienza a descender a la fuerza, cada vez más violenta y opresivamente empujado. Hay decisiones que inician caminos de vida como hundirse progresivamente en un pantano, del cual a cada minuto cuesta más salir… Así he visto hundirse angustiosamente en ocaso mi vida estos últimos tres años… Y ahora con el agua bajo la línea horizontal de mi boca no me queda más que respirar el primer sorbo del final de este camino; un final que jamás quise ni sospeché al iniciar esta vida, pero que también estaba naturalmente contenido en la decisión y el inicio mismos… ¡Cuán importante y decisivo es reconcentrar todas las energías mentales, concientes e inconcientes, en un solo y mismo propósito!… ¡Nada peor para la realidad que estar uno mismo dividido!… ¡Huir! ¡Debemos huir!… ¿O qué?…)

Algún lejano monasterio dejó escapar nueve campanadas. Las estrellas bien lejos continuaban inmóviles en el mismo lugar de siempre, aunque el destino de los seres humanos fluía como las aguas de un río que refleja en su superficie los astros del cielo, y el corazón de Akarghi martilleaba vigorosamente sobre el tabla de su alma un dos, un dos, un dos, un dos…

84

Cinco de la madrugada. Sólo hería el frío alrededor del silencio en los entumecidos jardines de Tashi Aburghasim. Akarghi abrió la puerta de su cabaña con la torpeza y la indecisión de un ebrio. Se dirigió hacia un rincón, cogió un viejo y gastado almohadón, lo arrojó sobre su estera, se dejó caer sobre ella con la cara sumergida contra el cojín, y comenzó a llorar desconsoladamente.

Había caminado buena parte de la noche. Había tratado de meditar, de orar, de encontrarse consigo mismo, de salirse de sí mismo, pero todo había sido infructuoso… Cuando el alma se abre hacia adentro –no hacia afuera como ocurre naturalmente en todo momento– y repentinamente experimentas el contenido profundo de tu alma, es inevitable la explosión de uno mismo, la ruptura de todos los límites mentales, y finalmente un poderoso acceso de locura, de ruptura de la normalidad.

Akarghi había estudiado la sicología del alma, los diferentes modelos de la mente, las técnicas, los procedimientos, las prácticas, tapas, sadhanas, jñanas, mantras, asanas, mudras, samâpattis, yamas, iddhis, abhyâsas, y tantas otras formas de alcanzar la maestría de sí mismo. Había sido siempre el discípulo más aventajado en cada una de ellas, porque siempre quería y necesitaba más… Así mismo le imponía consistentemente a la vida más… Nunca era suficiente para él la manifestación de la existencia ahí, la oferta de vida, no como los que insatisfechos con su propia existencia le exigen más a la existencia sin ofrecerle a la realidad más de sí mismos, sino como los que empujan la realidad más allá, desde un explosivo empujarse a sí mismos…

Prâsad estaba ahí, su hijo, como un mandato de la existencia para ser para él… ¿O había algo más?… Latniavira, la mujer más hermosa y gozosa que pudiese concebir, era también un mandato de la existencia para él… ¿O había algo más?… ¿Todos los lazos, todos los anillos que la existencia dona para apretar amorosamente, moralmente, espiritualmente, materialmente, corporalmente a uno mismo, no deben ser nunca rotos sin producir al romperlos un desorden para la existencia, para los seres sentientes, para uno mismo?… Por lo cual, ¿nunca hay que elegir libre y responsablemente romperlos?… El llanto es una respuesta humilde a este cuestionamiento. Por eso lloraba Akarghi.

Se había negado a que su hijo Prâsad, a que su amada Latniavira padecieran un daño irreversible y severo, hasta incluso la muerte, si no actuaba él mismo ejerciendo una forma de violencia a la realidad. Quería arrojar los dados de la fortuna en un todo o nada final. Sabía que la espera, que el sometimiento constructivo y vital habían llegado a su fin. ¡Algo debía explotar por su causa y acción, lo que fuese, y con ello arrastrar vidas humanas!… No había sido criado, educado, enseñado, amaestrado para la violencia. Siempre podía elegir la no-violencia, también ahora. Justificarla por amor, ¿no era una manera de engañarse a sí mismo y de aplacar la conciencia superior? Sin duda era motivo no sólo para caminar una noche entera despierto, acuciado por la incertidumbre, y terminarla en una explosión de llanto, sino además, todas las noches de la vida.

Escuchó un suave repiqueteo en la puerta. Ya conocía esos golpes. Saltó de su lecho y se dirigió de inmediato hacia la puerta. La abrió con decisión, pero de inmediato dio un paso hacia atrás, al ver delante de él a Latniavira y a Prâsad tomado de su mano. Latniavira caminó hacia Akarghi, y con la mano libre lo abrazó y lo besó en la boca. Akarghi miraba a una y otro, y dudaba si sonreír o volver a llorar. En el umbral Latniavira había dejado un pequeño bulto que confirmó a Akarghi su impresión.

–¡Vamos!… ¡Estamos listos!—exclamó Latniavira, conteniendo cuanto podía su alegría y nerviosismo.

Akarghi abrió un poco su boca para decir algo, pero se contuvo. Se pasó el dorso de la mano por los ojos para secar el rastro de sus lágrimas; miró a su alrededor, se prosternó ante la imagen de Buda tres veces hasta tocar con la frente el suelo; cogió su flauta, un par de sandalias que se calzó rápidamente, y algunas hojas en las que había garrapateado algunos versos; las guardó con cuidado en el interior de su toga; se echó un manto a la espalda, y con premura tomó de la mano a Prâsad para salir de la habitación. Akarghi susurró al oído de Latniavira:

–Si me ocurre algo, debes continuar siempre adelante… No vuelvas atrás, Latniavira… Por ningún motivo vuelvas atrás. Yo estaré con ustedes. De alguna forma siempre estaré con ustedes…

Latniavira miró con preocupación a Akarghi, pero este la besó en los labios y salió del cuarto, guiándolos a ambos. Aún  no comenzaba a clarear, si bien ya se escuchaban los primeros pajarillos anunciando el despertar del nuevo día. Se escabulleron por los caminos en el bosque que tantas veces habían hollado para encontrarse furtiva y ansiosamente. Salieron de los límites del enorme predio de Tashi Aburghasim, entonces Akarghi se detuvo repentinamente, con una palidez y un rictus en el rostro que la oscuridad de la madrugada ocultaba.

–¡He olvidado el mala! –exclamó con la voz temblorosa–… ¡Debo regresar a buscarlo!

–¡No!—gimió Latniavira, y apretó fuertemente su mano.

Akarghi tiró con fuerza y se desasió de la mano de Latniavira, que trastabilló y cayó hacia delante de rodillas. Akarghi se asustó y cayó también de rodillas, abrazando a Latniavira.

–¡Volveré!… ¡Te juro que volveré!—le dijo con seguridad al oído.

Luego se puso de pie y comenzó a caminar de regreso, sin mirar para atrás. Caminó diez pasos, veinte pasos, pensó darse media vuelta y volver corriendo con Latniavira y Prâsad. Entonces cruzaron por su mente sucesivos fogonazos. Eran imágenes de otras vidas, muchas vidas de hombres y mujeres que habían decidido amar y entregarlo todo por ese mismo amor. Habían sido felices todos ellos y ellas; habían crecido como inmensos árboles dentro de los cuales innumerables nidos humanos se habían colgado y acogido a su sombra y protección. Vio cómo todos y tantos habían crecido gracias a él, pero también cómo él mismo había ido decreciendo, abandonándose a sí mismo en beneficio de los demás, renunciando, sacrificándose, negándose, amputándose, postergándose, apagándose, siempre feliz, hasta que quedó de sí sólo un madero  liso, recto, ensangrentado, en forma de cruz, sobre lo alto de una colina rocosa y yerma. Vio por el otro extremo (al que llamamos comúnmente futuro), detrás de la cruz encrucijada de los tiempos, sólo una sombra, solitaria y reconcentrada que, al cruzar la mirada con la suya, vibró extrañamente tratando de desprenderse del madero, hasta que se disolvió y despareció.

Entonces Akarghi comenzó a correr, a correr como un endemoniado, persiguiendo la sombra, sin ninguna dirección. Latniavira distinguió, entre las primeras sombras del alba, cómo Akarghi se alejaba distante, cada vez más lejos, de ella y de Prâsad.

85

Corrió durante una hora sin detenerse. Caminó luego cinco horas hasta dejar muy atrás Nirmla Jhar. De pronto se encontró decenas de kilómetros río abajo ante las aguas calipso del Turgusha. El sol iluminaba ya a campo traviesa. Akarghi se quedó parado, inmóvil y pensativo, ante las aguas que mojaban la punta de sus pies morenos. Su corazón se encontraba oprimido por una ominosa sensación de angustia y pena, en esos umbrales tan anchos, dramáticos y vitales, como los panoramas de las enteras vidas humanas. Levantó su mirada hacia el cénit, pero la bola de fuego lo obligó a cerrar sus ojos.

Laitnavira se mantuvo con la mirada fija en la oscuridad, tratando de descifrar su secreto. La sacó de su marasmo la voz de Prâsad:

–¡Tengo frío!

Bajó la vista hacia el niño que la miraba con pena. Laitnavira sintió ternura y compasión. Se lió el bulto a la espalda y, conmovida, lo tomó en brazos.

–¡Por ti, hijo mío!… ¡Lo haré por ti!…

Se dio media vuelta, miró hacia atrás un momento, y luego comenzó a caminar con decisión y premura, alejándose de las tierras de Aburghasim. Llevaba el corazón apretado por la tristeza de haber perdido a su amado Akarghi, si bien su corazón también la consolaba:

(Ya ves, te lo decía, nunca fue tuyo… Ya ves que tarde o temprano había de huir de ti… Nunca serás digna de él, nunca… ¡Ahora paga y camina, tonta, camina!…)

Laitnavira se dio cuenta a los pocos pasos de que lo único que la retenía en la vida era su hijo Prâsad. Se propuso llegar al templo Devi Tara de su venerada diosa, en Kamakhya, para lo cual tendría que caminar por lo menos una semana. Tal vez ella sí la perdonara, porque Laitnavira ya no se perdonaba a sí misma. Además, el sabueso de Tashi Aburghasim tampoco la perdonaría. Ya no podría detenerse nunca, nunca más, siempre huyendo más lejos, no por su salud, sino por el cuidado y el amor de Prâsad.

Bastó sólo un día. Pidiendo asilo por aquí y por allá; mendigando en los puestos de comida; preguntando a uno y otro por el camino correcto, Laitnavira dejó un rastro claro y continuo para que el can de Aburghasim diese prestamente con ella. Dormía intranquila en el atrio de un templo de Kali… Soñaba que una jauría de perros la perseguía hacia lo alto de una montaña; huía sola, sabiendo que pronto alcanzaría el risco más alto, desde donde ya no podría continuar. Escuchó muy cerca el ladrido furioso de un perro, y a continuación un doloroso mordisco en su talón izquierdo… Despertó justo cuando entraba en el atrio Tashi Aburghasim, acompañado por tres secuaces, portando antorchas en una mano,  y hachas en la otra. Su primer impulso fue apretar contra su pecho a Prâsad, que dormía a su lado. Aburghasim lanzó una carcajada corta y fingida.

–¡Perra! –gritó, y el eco de su profunda voz resonó en el espacio vacío.

Aburghasim se abalanzó sobre ella y le arrebató al niño de entre los brazos; Laitnavira dejó extendidos los suyos tratando de alcanzar al hijo.

–¡No, no, no…!—chilló– ¡Déjalo a él, tómame a mí!… ¡Haz lo que quieras conmigo!…

Aburghasim cogió al niño del cabello y lo levantó por los aires. Con la otra mano le arrebató un hacha a uno de sus guardias, miró furibundo a los ojos a Laitnavira, alzó el hacha, la blandió un par de segundos, y luego dejó caer al suelo el hacha y el niño. Dio algunos zancadas hacia Laitnavira, la tomó del pelo, tiró con fuerza la cabeza de ella hacia atrás; con un veloz movimiento sacó un cuchillo de entre sus ropas, y con la misma presteza lo acercó a un costado del cuello de la joven, para luego enterrar su punta profundamente en la yugular; con un movimiento enérgico lo hizo girar alrededor de toda la garganta, desgarrando piel, músculos, cartílagos, nervios, y arrojando un surtidor de sangre. Laitnavira sólo lanzó un largo y gutural quejido. Aburghasim realizó otro corte, todavía más violento y salvaje que el anterior; acostumbrado ya a realizar esta acción, decapitó en menos de cinco segundos a Laitnavira. Una vez que la cabeza quedó colgando separada en su mano, la arrojó con rabia hacia el fondo del templo. Se miró las manos que chorreaban sangre, y comenzó a lamérselas con deleite.

Akarghi llevó ambas palmas pegadas una con otra ante su boca, en un gesto de devoción. Hizo girar su cabeza sobre sus hombros en un extraño gesto.

(¿He huido?… ¿O he salido en el lugar y el tiempo precisos?… Si he huido, he sido sólo un cobarde, un mentiroso, un minúsculo y mezquino yo que se aferra a sí mismo… Y esta inmensa pena, ¿lo es de mí mismo, o por mis amados?… Cuando le entregué mi vida a Aburghasim por mantener salva a Latniavira, ¿lo hice para siempre?… ¿No debí haberme liberado de ellos una semana más tarde, un mes, o un año, después de ahora?… Ningún sabio, ningún maestro dudaría como yo dudo en este momento…)

Akarghi miró el río, hizo una reverencia, se dio media vuelta y comenzó a correr de regreso. Primero trotó cien metros con pacitos cortos; luego comenzó a acelerar el paso apretando el entrecejo; trecientos metros adelante se detuvo; se volvió con inquietud para mirar hacia el río. Su mirada se tranquilizó ante la vista de las aguas mansas calipso, y volvió a emprender la marcha hacia sus amados, pero esta vez sólo caminando con grandes zancadas.

(Quiero ser libre… Liberarme de mis condicionamientos, de mi pasado que me atenaza en lo mismo todo el tiempo, imponiéndose forzadamente a mi presente… Quiero liberarme del amor, de este amor inmenso, salvaje, erótico, exquisito, total… Quiero liberarme del amor de padre, tierno, providente, sacrificial, responsable, comprometido hasta la muerte… ¡Oh Amitabha!, ¿verdaderamente quiero?…)

Mientras caminaba, Akarghi se preguntaba si Gautama Buda había sentido realmente por su mujer el amor que él sentía por Latniavira… Si había sentido el amor de padre que él sentía por Prâsad… Si Gautama había dudado y, después de abandonarlos, había caminado de regreso igualmente al amor como él mismo lo hacía ahora… Akarghi había conocido, en otro tiempo, el éxtasis místico y espiritual en el límite de la condición humana, desde el cual ya nadie quiere volver atrás… Y aun así, después de amar a Latniavira y a Prâsad, sabía que una dimensión sublime y exclusiva de la realidad y de la existencia debía ser vivida e inventada sólo a través de este amor… De este amor tan fundido al sufrimiento, a la materialidad, al placer, a la fugacidad, a la ficción y a la fragilidad; al error, a la injusticia y hasta a la inmoralidad misma.

Iniciaba ya la subida de una pequeña pendiente, siguiendo una huella entre la hierba y los grandes y frondosos árboles, cuando al mirar hacia lo alto del sendero vio venir dos figuras que se parecían a Latniavira y Prâsad. Primero dudó, y guiñó tres veces sus ojos, pero las figuras continuaron acercándose; mientras más cerca se encontraban, más evidente se le hacía que se trataba de ellos. Finalmente Latniavira sonrió y levantó su mano para saludarlo. Prâsad corrió hacia él y se lanzó de un salto a sus brazos. Al llegar Latniavira, se besaron y abrazaron apasionadamente.

Se sentaron a la sombra de un añoso baniano, junto a un arroyo en el que mojaron sus pies. Akarghi estaba feliz y ya pensaba en encontrar la pronta ocasión para hacerle con locura el amor, aunque notaba en la mirada amante de Latniavira un pálido aire de profunda y desconocida tristeza.

–¿Cómo encontraste mi camino?—preguntó Akarghi.

–Siempre lo he sabido, aunque no quería reconocerlo.

Akarghi bajó la mirada hacia sus pies y se quedó un minuto en silencio. Sintió que un horrible peso hundía sus hombros y su nuca.

–Yo hui  de ti y de Prâsad… Ahora regresaba por ustedes, pero no sé por cuánto tiempo…

–¡Lo sé!—Latniavira pasó su mano sobre la calva de Akarghi—Sólo quería verte una vez más y liberarte para siempre de mí…

Akarghi levantó sus ojos hasta los ojos de Latniavira y se quedó viendo en ellos algo inmenso, como si al mirar el destino, se sumase la realidad entera segundo tras segundo, pero en una sola e instantánea imagen.

86

Había caminado meses, quizás años… ya no podía recordarlo. ¿Cuántas veces durante los últimos  diez, quince o veinte años había experimentado la certeza, a veces la intuición, a veces el pensamiento, a veces la duda, a veces el recuerdo de encontrarse aún y siempre en el tormento del Camino de la Verdad, en Lamayuru, pasando tan lentamente el tiempo, y a la vez tan densamente y veloz, que experimentaba las interminables seis horas como si en realidad durasen decenas de años?… ¿Cuánto más habrían todavía de durar? De la misma manera que una ramita seca sobre las aguas de un río –si le agregamos conciencia– aspira a saber dónde acabará su recorrido, pero dejándose llevar por la fuerza del cauce nada puede hacer para acelerar su expectativa, y entonces acepta lo inevitable del presente sin por ello renunciar a que su mente alada se adelante en el tiempo y en la dirección de su camino, así también Akarghi se encontraba ya en la encrucijada de dos o más dimensiones de realidad. ¡La realidad  entera se volvía tan diferente si había o no memoria asociada al flujo y resplandor de la conciencia!… Pero, ¿qué certeza, qué verdad y realidad garantizaba siquiera la conciencia misma, por sí misma?

¡Perdóname, Akarghi,  por traer a la palabra y al lenguaje tu existencia tan extraña al lenguaje, a la razón y a la palabra!

Cualquier sueño, cualquier fantasía, cualquier recuerdo, cualquier ilusión o imposible incluso, son estados de realidad tan ciertos, diferenciados, nuestros, continuos y reales-ahí, como esto físico y material que llamamos el mundo real.

Quienquiera que lea esto, que se considere tan cierto y superior,  y conciba tan fingido e irreal a este Akarghi, aunque Akarghi pase a través de mí, lo mismo que un hijo que viene del otro lado pasa hacia acá a través de su madre… ¿Alguien siquiera se preguntará cómo Akarghi me afecta a mí, yo, que soy aquí nada más que la sombra de Akarghi?

Akarghi caminaba el parikrama en torno a la pequeña fuente de jade de forma circular, como si fuese el cielo, realizando el mudra de anjali. De manera similar la rueda del samsara gira cuando depositamos dentro de ella nuestra conciencia. Akarghi contemplaba sus pies y al verlos avanzar ordenadamente uno después de otro se decía (Yo no soy mis pies, sin embargo camino sobre unos pies que siento y llamo mis pies… Esta es la ilusión, en diversos sentidos, de ser yo unos pies que dirijo con mi voluntad, de ser los pies unas cosas, pero también de no ser unos pies…). Entonces se detuvo repentinamente, miró por todo el entorno y, a continuación, entró a la pequeña pileta sin dejar de mirar sus pies. Contempló el movimiento primero desordenado de las aguas, luego las ondas concéntricas  que concurrían con cada pequeño movimiento alrededor de los dedos de sus pies y de su ropa mojada. De un golpe comprendió que habían allí tantos universos, tantas posibilidades que pasaban por él, así como habían tantos otros paralelos a él, divergentes a él, superiores a él, inferiores a él (¿Y si…?) Flexionó las rodillas, tomó impulso y saltó hacia arriba. Cayó sobre las aguas provocando su estallido. Lanzó una sonora carcajada y comenzó a patear el suelo del estanque, provocando un aluvión alrededor del mismo. Su túnica azafranada se empapó; el agua le corría por el rostro y los brazos. Akarghi no dejaba de reír a gritos, como si nunca hubiese reído antes.

Saddinavi observaba a Akarghi a una decena de metros con el gatito blanco adormecido en sus brazos. Ella lo observaba con la dulzura de una madre, y con el volcánico deseo de una hembra ardiente… Sonrió feliz y empática con la vivencia de Akarghi, mostrando la doble media luna de los dientes albos de su boca. Dejó al pequeño felino en el suelo, que se desperezó alargándose y arqueándose sobre sus patitas delanteras extendidas. Saddinavi se quitó su sari de color negro, y la luz del sol se hizo cuerpo humano, y piel morena, y carne de delicadas y sinuosas formas de mujer joven. Entonces, lo mismo que un repentino relámpago en la noche deslumbra igualmente al que mira hacia las nubes del cielo, como al que reposa adormecido y con sus párpados entornados, Akarghi giró inopinadamente la vista hacia un lado, y vio a Saddinavi desnuda, caminando hacia él. Cada paso suyo, lento y continuo, era un universo sublime que se realizaba en un orgasmo cósmico, renovado, eterno, nuevo y único, en el paso siguiente. La mente y el cerebro de Akarghi replicaban a cada paso:

Los muslos de la mujer son el altar del sacrificio; sus pelos púbicos son la hierba sacrificial; la carne interior es el fuego quemante; los dos labios externos son las dos piedras de la prensa de soma. Quien, al poseer este conocimiento, realiza el acto sexual, accede a un mundo tan elevado como el que otorga el sacrificio Vajapeya; adquiere por sí mismo el fruto kármico de los actos positivos cumplidos por la mujer. A la inversa, quien practica el acto sexual ignorando esto, transmite a la mujer el fruto kármico de sus propios actos positivos.[11].

Saddinavi se acercaba cada vez más lento, mientras más cerca se encontraba de él. Akarghi contemplaba el cuerpo de Saddinavi recorriéndola de arriba abajo, y se asombraba con la perfección realizada en cada milímetro de su desnudez. El mantra continuaba martilleando en su cabeza, y todos los arduos años de abstinencia, de celibato, ganados paulatinamente a la vida natural hasta alcanzar la tranquila mortificación del instinto (después de abandonar a Latniavira) parecían instantáneamente inexistentes y nunca vividos… (Los muslos de la mujer son el altar del sacrificio; sus pelos púbicos son la hierba sacrificial; la carne interior es el fuego quemante; los dos labios externos son las dos piedras de la prensa de soma…)

Saddinavi, ya a no más de veinte centímetros de él, tardó un minuto en aproximar su boca a la boca de Akarghi, mirándose ambos a los ojos, en éxtasis inmóvil, ardiente, como si el universo del cuerpo anticipase el gozo de su propia orgásmica conflagración. Entonces Akarghi alzó su mano y, con la yema de sus dedos, acarició la roja protuberancia y húmeda seda de los labios de Saddinavi, siguiendo las líneas de placer del mirar y de su tacto. Desde los rosados labios entre sus piernas de mujer brotaba soma. Finalmente, sólo los dedos de Akarghi apartararon sus labios y sus cuerpos. Los retiró suavemente; su propia túnica se deslizó mágicamente desde sus miembros hasta las aguas, y comenzaron a amarse, uniendo cada rítmica palpitación, cada sobrecogido sentido, los sexos en llamas, uno besando al otro.

87

–¡Hay dolor en tu alma, joven!… ¿Quieres la salvación de Krishna?

Mientras Akarghi, con la vista alzada, observaba a dos ancianos sentados en el balcón de un viejo edificio en el mercado, escuchó estas palabras moduladas en un dialecto del noroeste del país, al tiempo que alguien le tocaba suavemente el brazo. Volvió lentamente la vista, y se encontró con la mirada apacible de un hombre y una mujer vestidos con coloridos saris y adornos de flores en el pelo y colgantes guirnaldas. Sólo la palabra salvación quedó resonando en sus oídos.

–¡Ven con nosotros!… ¡Te mostraremos algo que no vas a olvidar! – la mujer se acercó a su oído y susurró.

Akarghi percibió un olor a incienso, aroma dulce y humo en su halo. Al despertar esa mañana había observado casualmente y con detención cómo una araña de cuerpo grueso y oscuro salía velozmente de su cubículo de seda, atrapaba con sus patas ágiles  a una chinita y luego le inyectaba en su cuello el veneno que regurgitaba de su mandíbula, paralizándola y adormeciéndola, hasta finalmente, sin la menor resistencia, arrastrarla hacia el interior de su celda tubular. Ahora comprendía por qué había decidido venir al mercado. Asintió con su cabeza y saludó con el mudra de anjali. Sus nuevos amigos se dieron vuelta y comenzaron a caminar entre la gente, sin dejar de mirar, uno u otro, a Akarghi, para asegurarse de que los seguía.

¿Quién podía quedar indiferente ante su propia salvación?… Todos necesitamos ser salvados de algo. Y ese algo terrible de lo que queremos ser salvados, para otros puede no ser más que una nimiedad, un ridículo objeto sin valor ni mérito, pero que para cada uno de nosotros cobra dimensiones descomunales e inexorables. Akarghi había auscultado minuciosamente su mente, su alma y su espíritu desde hacía veinticinco años, pero no encontraba nada de qué ser salvado; y si buscaba ansiosamente algo, era ello la verdad, pero no la salvación. Aun así, no podía evitar escuchar la palabra salvación y estremecerse. Por eso había decidido seguir a sus improvisados maestros y llegar hasta el final de su propio misterio.

Bajaron por unos callejones oscuros que Akarghi no conocía. Algún ocasional caminante les salía al paso, pero siempre parecía esconder su rostro y evitarlos. Olían los muros, la tierra negra y apisonada, y el tufo de las ventanas abiertas, a excremento y orina. Por los toldos pesados y sucios escurrían líquidos viscosos que acababan goteando como mucosidades al llegar a tierra. A veces, unas flacas sombras detrás de los visillos se escabullían con rapidez.

Atravesaron un puente de palos sebosos sobre un canal pestilente y, al doblar por una esquina de otras tantas callejas, se encontraron ante un inmenso portalón de madera que golpearon con una especie de mazo de bronce, aparecido de no se sabe dónde. Alguien abrió del otro lado una especie de portillo, por el que ingresaron inclinándose los tres. El espectáculo que apareció era espeluznante y terrible. En una gran hondonada yacían cientos de personas tiradas sobre esteras, esperando su turno para morir. Eran los miserables abandonados que pululaban en las calles y que, ya desahuciados por enfermedad o simple miseria vital, no tenían un lugar para morir. Una docena de adoradores de Krishna circulaban entre ellos, acompañándolos, enseñándoles la doctrina del Señor, y el camino hacia la Tierra Prometida en el Paraíso del Perdón y la Redención. Cuando morían, sus cuerpos eran adornados con guirnaldas de flores, rociados con aceites bendecidos, y quemados allí mismo sobre una especie de montículo que constantemente ardía y teñía de bruma y fetidez cadavérica el aire del lugar.

–¿Qué ves?—Le preguntó el prosélito de Krishna.

–Sufrimiento y muerte.

–Sólo la fe puede redimirnos del sufrimiento y la muerte – continuó la mujer, inclinando devotamente su cabeza.

–¡Tú eres un hombre de fe! –agregó el hombre, con una sonrisa beatífica.

Cerca de ellos un bulto de lino marrón levantó algo así como una mano negra y escuálida, al tiempo que emitía un sonido largo y gutural. La mujer se acercó a él, tomó su mano y comenzó a cantarle un mantra al oído. El bulto humano se estremeció como si hubiese recibido una descarga eléctrica, y luego se conservó inmóvil y rígido. Otros monjes se acercaron musitando mantras, con guirnaldas de flores y óleos santos. Había en todos ellos una expresión de recogimiento y desapego. A Akarghi, sin embargo, le pareció que había en sus movimientos algo extraño, casi mecánico y teatral.

–¡Es posible!… ¡Es probable que yo sea un hombre de fe!… Pero ya no puedo saber en qué creo, ni en qué no creo.

–El Señor Krishna es un dios compasivo, y su poder redentor alcanza las almas de los sufrientes también más allá de la muerte. La paz y el amor de Krishna sostiene la angustia de la existencia humana, la desorientación del ofuscado, y de los que atraviesan la breve tiniebla de la muerte… –el hombre se quedó mirando expectante a Akarghi.

–Akarghi… es mi nombre.

–¡Sí, Akarghi!… A todos nos llama tiernamente por el nombre nuestro Señor Krishna. A todos nos salva de nuestro sufrimiento.

Un niño de escasos cinco años, andrajoso y mugriento se acercó a ellos y extendió su mano, acostumbrada a recibir limosnas. El hombre le preguntó:

–¿Quién te da esto? –mientras le mostraba un pedazo de pan amasado, pero sin extendérselo.

–¡Mi amado y compasivo Señor Krishna! –respondió con un sonsonete el niño.

El raga de un melódico sitar se dejó oír desde algún lugar cercano. Akarghi puso atención en la hermosa música y se extrañó de que en aquel lugar alguien se deleitara de esa manera, si bien volvió a su memoria aquella mujer, Nadhi, que le había pedido mágicamente antes de morir que tocara su flauta. Y al niño, su hijo…

–Y bien… ¿Qué te dice nuestro Señor Krishna?

–¿Quién toca esa música? –preguntó con extrañeza Akarghi.

El cielo de la tarde se había cubierto rápidamente de nubes pesadas y grises. No lejos se dejó oír la descarga de un poderoso trueno.

–¿Qué música?… ¿Te refieres a la voz del trueno, al son de la tormenta que se avecina?

–¡Vamos! — exclamó la mujer–… ¿Vienes con nosotros, Akarghi?… ¡Tenemos que cubrir con lonas a los sufrientes para que resistan esta terrible lluvia que se avecina!

–¡No! –gritó Akarghi.

Se dio media vuelta y salió casi a la carrera del funesto lugar.

–¡Akarghi, éste es tu hogar! – escuchó que le gritaban desde atrás– ¡Vuelve cuando quieras!… ¡El Señor Krishna te espera!…

88

Akarghi cogió la cuerda y tiró dos veces de ella. La campana de la entrada del Lamasterio de la Paz Inmortal repicó con su tañido grave y sordo. Una tropilla de gorriones salió volando desordenadamente desde el patio del monasterio con  un piar nervioso y chillón.

(¿Cuántas veces he tirado esta misma cuerda y he escuchado el mismo repicar de la misma campana?… ¡Cuán imperfecta es cada facultad de la mente para experimentar y representar la realidad, si es que existe siquiera algo similar a lo que experimentamos como realidad!… ¡Que pudiese la memoria ser más certera, más profunda, más extensa, por tanto menos memoria, y más puramente misterio de realidad!…)

Transcurrieron quince minutos, pero nadie vino a abrir. Akarghi volvió a colgarse del cordón de la campana, sólo con la remota esperanza de que nadie lo hubiese escuchado.

(¿Y si esto no fuese Lamayuru, por más que se asemejase a Lamayuru?… Nunca las cosas son por sí mismas, sino siempre son como son por uno y para uno. Tashi Aburghasim nació para mí, y yo para él; todo le da sentido a todo. Nada es accidente, nada es casual. Cada cosa le da una razón de ser a cada cosa… Y si aguzara bastante el sentido, ahora mismo podría conocer qué me está enseñando esta ocasión, y llevarla incluso hasta el límite de sus posibilidades, porque el que enseña posee siempre un oculto procedimiento desde donde produce la enseñanza… El acarya Kinjihoro ha cumplido su palabra.)

Transcurrieron dos horas. Akarghi había buscado refugio sentado en el suelo, sobre la hierba kusha que crecía al alero de una saliente de la techumbre que protegía y sombreaba la entrada. Alguien tendría que entrar o salir, tarde o temprano; entonces, esperaría a ese alguien. El olor cercano de las flores de la kusha y de las glicinas que colgaban del artesonado le trajeron recuerdos que colmaron su corazón de nostalgia. Inspiró profundamente, conteniendo el aliento. Dejó errar su vista sobre uno de los maderos de la pilastra próxima; hongos y musgos inveterados y secos habían teñido con innumerables formas y tornasoles su superficie en otro tiempo lacada. Lo había hecho tantas veces antes; era tan parecido a un juego, aunque estaba cierto de que la vida toda jugaba de la misma manera creando las cosas de la realidad. Primero vio el contorno del rostro de una mujer hermosa, luego su silueta perfecta, ondulante, porque caminaba encantadoramente hacia él, moviendo acompasadamente sus caderas junto con sus hombros desnudos. Y luego, desde el frente, otra belleza de mujer, con sus largos y negros cabellos flotando al viento –si fuese posible aún más hermosa–, con el andar liviano y fino de una gacela, se acercaba también hacia él. Una era Laitniavira, la otra, Saddinavi. Cuando vio a Laitniavira, una explosión de llanto saltó de su corazón y de sus ojos, porque la amaba. Cuando vio a Saddinavi, una explosión de alegría y risa saltó de su corazón y de su boca, porque la amaba. Las esperó con cada brazo extendido hacia cada una de ellas, y su alma apenas contenía tanta emoción, tanto dolor y tanta felicidad, al verlas ya tan próximas a él. Entonces, con la sutileza del aire o la ingravidez de la muerte, pasaron inmaterialmente a través de su cuerpo, sin siquiera sentirlo, y, un paso más allá, se desvanecieron, como se despierta de un sueño. Akarghi cerró sus ojos empapados de lágrimas y escuchó que alguien, con voz menuda y frágil, recitaba junto a su oído:

Las sombras del bambú barren las escaleras,

pero ni una mota de polvo se agita;

la luz de la luna atraviesa las profundidades del estanque,

sin dejar huella alguna en el agua.

El acarya Kinhijoro se marchó velozmente del despacho de Farra-aj, con el rostro congestionado y rojo de ira. Adentro, habían discutido fuertemente por causa de Akarghi y, como ocurre muchas veces en las disputas, habían salido al palique también otros temas pendientes entre uno y otro. Kinhijoro, rasgo nunca antes visto en él, había llegado incluso a amenazar a Farra-aj acerca de unos confusos y sospechosos comportamientos del abad con la autoridad política y militar de la comarca. Farra-aj había respondido, a pesar de la amistad que los unía desde hacía más de treinta años, señalándole imperativamente la salida.

La puerta de acceso al Lamasterio de la Paz Inmortal se abrió bruscamente. Akarghi divisó ante él la figura del acarya Kinhijoro, pero la luz del sol le dio en la cara  y ya no pudo seguir mirándolo.

–¡Entra!—escuchó la airada voz del acarya.

Sin decir una sola palabra más, dejó abierta la puerta, y se marchó para siempre de Lamayuru. Akarghi observó cómo se alejaba su maestro, y comprendió que algo terrible había ocurrido.

Volvió a mirar hacia el caleidoscopio de manchas en la pilastra, y vio claramente a Nadhi, tirada, al final de su vida, sobre una litera de ramas secas, esperando la tea con que ardería su cuerpo muerto. A su lado, el cuerpo pequeño del hijo que Akhargi había salvado; pero alrededor de él vio miles y millones de minúsculas manchas negras, violáceas, grises, cuerpos de bebés y niños muertos, que no habían tenido la suerte de salvarse como su hijo, como el hijo de Nadhi, por el que había él mismo casi dado su vida. Entonces se creó en Akarghi una numinosa presencia.

(Si toda vida es sagrada, también toda muerte es sagrada. No todos los que vienen a la vida, viven; pero todos los que viven, mueren… Más necesaria, inconmensurable y divina es la muerte, que la vida…)

Akarghi experimentó un confuso sentimiento, mucho más preciso y cierto que cualquier pensamiento. Descomunal y terrible sentimiento que lo impulsó a ponerse de pie y a entrar al cenobio. Vio a lo lejos a un grupo de bikkhus que parecieron esconderse. Vio las palmeras, los banianos, las higueras, los setos de flores, los senderos de grava y lapislázuli, las torres marrones de los dormitorios, las estelas, los budas, devas y krishnas, los mismos silencios y perfumes, pero no eran iguales a los que antes conocía. Akarghi nuevamente tuvo miedo de sí mismo. (¿Adónde iría el acarya Kinhijoro?… Las cosas pasan a través de mí ciegas y desinteresadas de sí mismas… Sólo mi mente y mi conciencia tratan de retener el rayo de luna como un rayo de luna.)

Akarghi tuvo la impresión de que alguien se inclinaba a su lado. Chien Tzu se quedó encorvado esperando que Akarghi pusiese su atención en él. (¿Por qué Chien Tzu está inclinado ante mí?)

–Mi señor Akarghi, mi señor Farra-aj te requiere en su presencia.

(¿Qué es esto de “te requiere en su presencia”, y “mi señor Akarghi”?… ¡Aún no sé vivir para adelante, porque aún no sé vivir para adentro!)

–¡Akarghi… ¡Akarghi!—escuchó que alguien gritaba de lejos.

(¡Yo no soy Akarghi!…)

89

Los niños de las pocas familias adineradas de la ciudad jugaban con pequeños insectos y bichitos en sus imaginarias construcciones y fastuosos palacios de hojas, cañitas y ramas. Akarghi los observaba y custodiaba desde hacía largo rato, sentado sobre el pasto, algunas decenas de metros distante sobre una suave pendiente. (Pavos reales, flamencos, cisnes y otras exóticas aves deambulaban cerca del estanque esplendente, sin temor y en libertad.) Al contemplarlos, pensaba en los niños de todas las razas, de todos los mundos, de todas las condiciones y circunstancias. Había algo irrenunciable y común en todos ellos. Aunque en su pueblo natal no había niños más ricos, sino sólo niños más pobres, también había envidiado en ocasiones los juguetes y las prebendas de otros niños y de familias aún más encantadoras… Pero siempre, y sobre todo, había sido feliz jugando, jugando con cualquier cosa, con cualquier otro niño conocido o desconocido, hasta con el pensamiento y la imaginación cuando no había juguete alguno, o se nos había negado el permiso para jugar… Al final de cuentas, detrás de todo ese universo infantil –su único fundamento y sentido–  había sólo una sensación: el deleite, el gozo extático de un dios niño que crea y sostiene una realidad de intensidad y encanto mágicos, sin necesidad de nada más.

Sin embargo, en todos y cada uno de ellos había señas, rasgos peculiares, gestos, dichos, minúsculas emociones, vestimentas, tonos de voz, que evidenciaban algo más allá que esa profunda, cándida y divina naturaleza infantil. En cada uno de ellos había historias de vida e historias de alma. Uno revelaba la valentía y belicosidad de los kshatriyas, y hasta en la manera de arrojar las piedras y las ramas, o en el modo de golpear todo cuanto podía golpear,  reconocía Akarghi que en otra vida, de igual manera, había arrojado la lanza y descargado la pica. Otro cuidaba con melindres la pulcritud de su ropa, y, en su carácter, la modestia y delicadeza que brillaba en sus ojos, reflejaban que en otra vida había sido una mujer de lujos y acomodada vida. Aquel otro, que gustaba de dirigir y dar órdenes a sus amigos, señalando la propiedad de cada plan que se concebía, y ordenando cuidadosamente los objetos que utilizaba, dejaba entrever su condición de capataz, hombre organizado, acaudalado e ingeniero de obras en una vida pasada. Aquella otra niña, miraba y miraba casi sin intervenir, y en su expresión beatífica y su postura hierática, como si pusiese un foso de separación entre ella y todo, permitía comprender que había sido en otra vida una monja de claustro. Y si bien Akarghi sabía que todos esos rasgos, caracteres y señas podían ser explicados como simples rasgos de herencia, o caracteres sicológicos azarosos, o aprendizajes vicarios, o experiencias tempranas en esta misma y única vida, en su percepción y visión de esas señales se producía una extraordinaria, compleja, indescriptible e inagotable actualización de un contexto existencial y vital más potente, significativo, consistente y verdadero, incluso que las manifestaciones aisladas e incompletas que aparecían en los evidentes y meros rasgos de comportamiento observables y explicables con simpleza por cualquiera.

(¿Para qué tengo que ver esto?… Si ellos no pueden verse a sí mismos, sino realizan y repiten sus karmas desde una forzada inconciencia, semejante a la inconciencia con que tomaron sus decisiones existenciales en otras vidas y con las que sellaron y registraron la necesidad de continuar repitiendo las cargas, los sentidos ocultos en sus propios procesos internos, con los que realizaron sus actos y experiencias de vida… Esas mal y simplistamente llamadas causas de los actos de esta vida nueva y posterior… ¿Quién podría negar que, aunque libres –títeres con conciencia–, somos ante todo títeres que realizan un drama sobre una tarima que algún titiritero escondido detrás del tinglado concibe y dirige con casi invisibles hilos de realidad?)

Akarghi observó que un niño caucásico, de pelo rubio y cabeza cuadrada dirigía su mirada hacia él, luego hablaba con su media docena de amigos, quienes en su mayoría dirigieron también su mirada hacia Akarghi, para luego él mismo ponerse de pie y encaminarse hacia donde se encontraba sentado Akarghi. Se plantó con decisión delante de Akarghi, con las manos en los bolsillos de su dhoti, y mirándolo a los ojos con cierta extrañeza, le preguntó:

–¿Quieres venir a jugar con nosotros?

–Mmmm… –murmuró Akarghi y se volteó hacia los grandes ventanales de la casona que daban hacia el jardín—No creo que sus padres vean eso con buenos ojos.

–¡Ven!… ¡Nosotros te damos permiso, y te defenderemos! –respondió Ekram, iluminándosele el rostro con una sonrisa.

Akarghi se rió con el niño; aconsejado por una intuición y una visión, se puso de pie y exclamó de buen humor:

–¡Vamos!

Mientras caminaban hacia el grupo, Akarghi se enteró de su nombre y a qué jugaban. Tres patos silvestres se cruzaron delante de ellos, apurando su marcha, aleteando y cacareando para evitar un encontrón. Llegó hasta ellos, saludó y se sentó en un espacio que le dejaron en medio. Akarghi se dio cuenta de que habían logrado levantar una bella y gran construcción con variedad de materiales, pero que por su misma envergadura había terminado por venirse abajo, y ahora comenzaban, algunos con pena, otros con gracia, otros con malhumor, a volver a levantarla.

–¡Akarghi, –exclamó Sadan, el niño shatriya— tú puedes hacerlo solo de nuevo, el mismo edificio, en un solo segundo.

Todos los niños dirigieron sus miradas expectantes hacia Akarghi. Él mismo se quedó extrañado, no tanto por la solicitud de los niños, cuanto por algo que sintió alojado en su propio interior. Los miró uno por uno y vio en ellos también un algo inusitado. Akarghi comprendió que estaba a punto de ocurrir un hecho sobrenatural, y que en torno a ellos había presencias.

–¡De acuerdo, lo haré!… pero con una sola condición… y el que no la cumple caerá muerto aquí mismo… Todos deben cerrar sus ojos y no abrirlos por ningún motivo hasta que yo se lo indique a cada uno.

–¡Sí, sí, sí…! –respondió afirmativamente cada niño, mientras Akarghi iba sacando de a uno su juramento.

Akarghi juntó sus palmas a la altura de su pecho, entornó los ojos y se concentró en aquella fuerza que experimentaba en su interior. La energía se vino hasta su mente y su cuerpo, como un torrente de fuego, subiendo por la columna vertebral, como estado y presencia que no era de este mundo.

–Ahora mantengan sus ojos cerrados…

Abrió los suyos y observó que cada niño los mantuviese bien clausurados. Estiró las palmas de sus manos hacia adelante e instantáneamente se formó ahí mismo la construcción de un metro de alto, exacta hasta en sus mínimos detalles.

–¡Abran sus ojos!

Los niños chillaban asombrados, saltaban alrededor, se arrodillaban ante el milagro, reían y aplaudían sin caber en sí, pero con la absoluta convicción de que habían experimentado un verdadero acto de magia.

–¡Akarghi!… ¡Akarghi, hey…!

Escuchó que gritaban de lejos. Vio venir hacia ellos dos matones de los señores. Le hacían señas desde la distancia para que se acercara. Akarghi se puso de pie y caminó hacia ellos. Lo tomaron del brazo y lo empujaron para que avanzase delante. Los niños ni siquiera repararon en este hecho.

Akarghi entró en una amplia habitación, en la cual abundaban diferentes tipos de objetos y mobiliario, cuyo manifiesto propósito era la entretención. En el centro mismo del gran salón había una mesa de juego cubierta con un paño verde, ante la cual se encontraban reunidos una decena de hombres, envueltos en una neblina de humo que se iba disipando hacia los extremos de la sala, ayudado por un ventilador que colgaba del techo y agitaba sus aspas con zumbido traqueteante.

–¡Akarghi, mi buen Akarghi, ven acá! –exclamó Tashi Aburghasim con la voz traposa y torpe de los ebrios, al tiempo que hacía con la mano un gesto rotatorio por encima de su cabeza.

Akarghi se acercó sumisamente junto a su amo y esperó. Aburghasim lo tomó de la mano, sin mirarlo, mientras paseó su mirada zigzagueante por encima de sus contertulios, con quienes jugaba grandes sumas de dinero a las cartas.

–¡Ven, Akarghi!… Muéstrales a… mis amigos lo que sabes… hacer… ¡Miren!… ¡Miren, amigos míos!… ¡Miren bien!… ¡Ésta!…

Aburghasim separó con cierta dificultad la primera carta del mazo depositado en el centro, y sin darla vuelta, esperó, con sus dedos índice y medio presionando la carta contra el paño.

–Cinco de trébol –dijo sin vacilar Akarghi.

Aburghasim volteó la carta y la dejó ante la vista de todos con un golpe de nudillos sobre su cara visible: ¡un cinco de trébol!… Aburghasim continuó de la misma manera con las siguientes doce cartas, las que Akarghi adivinó una por una, ante el creciente estupor e incredulidad de los demás tahúres, quienes, entre vapores de hachís, tabaco y alcohol, apenas comprendían y dimensionaban lo que estaban presenciando.

90

(Un hombre, mientras estaba cayendo por los aires después de resbalar por un acantilado, se decía con convicción a sí mismo: “Yo no soy la caída… esta situación no es mi conciencia”… El cuerpo despedazado y vacío quedó tirado en el fondo del barranco.)

Akarghi se encontraba sentado en asana ante el tronco del árbol que caído cruzaba de un lado al otro el precipicio. Estaba seguro de que estas circunstancias las había vivido antes. (¿Es posible que un hecho se repita, si nunca se ha vivido antes?…) Si el árbol se quebrase ahora, esta vez, al menos,  se quebraría a causa del peso de su tristeza… ¡Cuántas veces había llegado así ante su memoria, como si trajese los pies a la entrada del mar e, impotente de seguir avanzando dentro de él, quedarse contemplándolo desde la orilla! (¡Imposible alcanzar la Verdad, ni avanzar mucho más, con esta memoria!…) Lo mismo que buscar el conocimiento del Universo con una linterna en medio de la más oscura noche (en tu minúsculo planeta Tierra).

∞Mientras más años vives, más recuerdos juntas en tu memoria; y mientras más memoria con recuerdos posees, menos obvia e inmediata es la experiencia de la conciencia y de los sentidos.∞

(Quizás más que buscar la Verdad, primero debiera buscar la Memoria… Si pudiese recordar ahora, aquí, cada hecho e instante de mi vida, todos juntamente, y luego, juntamente también, los recuerdos de cada instante de mis vidas pasadas, y más aún, el recuerdo de cada instante transcurrido hasta ahora en el Universo juntamente… ¿Y si a todo esto, además, agregase la anticipación del futuro?… Entonces recién, probablemente, podría estar más cerca de la Verdad… o menos lejos… Pues aún, por ejemplo, no sabría casi nada de mí mismo… ¿Y qué hacer?)

Sentado, dubitativo, sin poder tomar decisión ninguna, Akarghi obsesionado recordaba un solo recuerdo. Un solo recuerdo era capaz de detener, de paralizar y tornar impotente el más pequeño paso del camino infinito  hacia la Verdad y hacia la Memoria: Latniavira y Prâsad. Sentado, dubitativo, observaba el tronco pardo grisáceo frente a él y se preguntaba obsesionado si lo había cruzado antes alguna vez; y si, en consecuencia, debía ahora (o nuevamente) cruzarlo. Sentado, dubitativo ante el tronco que atravesaba el abismo, se contemplaba a sí mismo, sin moverse. Sentía una relación unificada entre todos estos motivos, pero también el eco de todas las cosas en unas pocas, como en un fino rayo de sol existe un eco y reflejo de toda la energía de todos los soles del Universo.

Había tratado de ser un hombre de bien, pero no lo había logrado. Había tratado de hacer feliz a Latniavira, había tratado de amarla, pero no lo había hecho bien. Había querido ser un buen padre, mas para Prâsad su padre era Tashi Aburghasim. Había estado buscando la Verdad durante los últimos años en medio de un caos… ¿Cómo era posible que hubiese delatado, que hubiese traicionado, que hubiese servido a un canalla, y que hubiese facilitado el crimen, la corrupción, la violación, la maldad y el sufrimiento de tantas personas, sólo por salvar a Latniavira y a Prâsad de la crueldad asesina de Aburghasim?… ¿Tenía eso valor y sentido?… ¿Hasta dónde era posible justificar el mal por beneficio del bien?

(La delgadísima frontera que me separa de Tashi existe sólo en las circunstancias; si cada uno hubiese sido criado en el pellejo del otro, Tashi sería hoy un sanyasin, y Akarghi, un maldito criminal… ¿Acaso Latniavira y Prâsad no amaban a Tashi y a Akarghi por igual?)

Akarghi necesitaba torturarse, castigarse y degradarse como consecuencia de su recuerdo de vida, por haberse reconocido tan semejante a Aburghasim, y tan distante de su amada y ansiada Verdad. Cuando deseó a Latniavira, cuando la poseyó con frenesí, con delirio sexual, hasta llegar a amarla, día tras día y noche tras noche, olvidándolo todo, desconociendo toda enseñanza y verdad previas, toda virtud, desconociéndose incluso a sí mismo, buscaba premeditadamente la Verdad (sobre todo la Verdad) en el mundo de la ilusión, de la mentira, del apego, del cuerpo y de la mente, porque alguna vez la revelación de Koi, su profética pez dorada, lo había desafiado a comprobar la Verdad de la Mentira en su propia experiencia y vida.

(Y aquí, frente a este frágil puente sobre el abismo mortal, debo admitir, cargando todo el peso del mal, del error y la mentira sobre mis hombros, que jamás hubiese habido tronco alguno tendido sobre el precipicio del ser, sino un mero y eterno vacío, si no hubiese llegado cargando mis más esenciales males ante él… ¡Y no los dejaré caer esta vez, aunque su peso quiebre en medio del abismo el puente de mi vida!)

Akarghi se puso de pie con tranquilidad, con entendimiento y con aceptación. Se sentía tan liviano como una esperanza, y al mismo tiempo tan pesado como una montaña. Contempló su entorno; vio nubes que volaban como carabelas por el cielo, en sentido contrario; vio azul, vio montes recubiertos de verde y lejanos tallos café; vio pájaros e insectos desplegar sus alas sin esfuerzo sobre un espacio invisible; escuchó el silencio de un atardecer y la voz de los siglos. Ya podía intentar cruzar el precipicio.

Las raíces del árbol caído se encontraban a la vista, retorcidas y quebradas en el último intento de aferrarse a la tierra. Lo miró a lo largo, tirado como un fósil sin vida, sobre el cual anidaban termitas, caracoles, hormigas, escarabajos, y por encima del cual, alguna vez, se posaba también una que otra libélula y mariposa, de la misma manera que lo hizo él, para observar la gran altura y el estruendoso cauce que al fondo serpenteaba con sus manchoncitos grises y espumosos, entre las voluminosas rocas negras, angulosas y aceradas. Jamás se detenían las aguas, que venían de un mundo desconocido, y avanzaban hacia un mundo desconocido… Akarghi ya no podía detener a Akarghi.

Se concentró en meditación, saludó con una reverencia al peligro, y comenzó a caminar dirigido por su séptimo sentido. Miró al vacío y el camino al mismo tiempo; sus pies desnudos se adherían a la madera del tronco con la misma naturalidad que el musgo se adhiere a la roca, o que el viento se adhiere a una rosa. El mismo viento movedizo le trajo a su nariz el perfume de los pinos verdes que palpitaban al otro lado de la sima. Sonrió, y en ese preciso momento un crujido que enseñaba la fisura interna del madero se dejó oír crecientemente, mientras él mismo se llenaba de todo lo que en ese momento era capaz de asumir y contener. Se contempló a sí mismo, honestamente, transparentemente, y aceptó caer o no caer; aceptó que el tronco decidiese sostenerlo o no sostenerlo; pero, sobre todo, recordó completamente el mal, el sufrimiento y su imperfección, que había asumido y cargado hasta ahí por amor a la Verdad; lo recordó y sintió su peso, mayor que una montaña de hierro sobre su cuerpo y su alma; lo recordó y comprendió que era la causa del crujido y del quiebre, pero no lo soltó, ni por miedo, ni por aferrarse a la vida, ni por fragilidad, ni por facilitarse el sí mismo; y aceptó su destino y sus consecuencias…

Caminó un paso… y caminó otro paso… y caminó otro paso… Por alguna razón que no podía comprender, contra toda lógica… sus pies alcanzaron la otra orilla, en el mismo momento en que el árbol se partía en dos y periclitaba impresionantemente hacia el abismo.

91

Después de cruzar el puente de la vida, Akarghi comenzó una nueva vida. Todo se había vuelto más confuso, más complejo, pero al mismo tiempo más claro y simple. ∞Cruzar un puente es salvar un abismo. Una persona que vive en una ciudad o un pueblo, difícilmente puede comprender esto.∞ Por lo simple y claro, decidió retirarse a una vida de devoción, ascetismo y purificación todo el tiempo que fuese necesario… ¿Cómo, si no, podría dársele la debida importancia y condiciones para asumir en plenitud, con el debido sentido y fuerza, en uno mismo a lo vivido (todo), y sobre todo, al uno mismo? Porque las malas acciones, los estados deformes de mente sostenidos durante un largo tiempo, y la memoria profunda del alma que jamás se perdona a sí misma (porque no es propio de su función perdonarse, borrar ni transformar la esencia de lo vivido), mientras se está vivo se cargan como una montaña inconciente en el alma; a veces, como una ortiga en la conciencia y en la mente; y, menos evidente en su causa, como trastornos y enfermedades en el cuerpo. Pero siempre, más allá de esa misma vida, como karma. Esto, en lo más confuso y complejo.

Una voz ancestral despertada, y ahora adecuadamente escuchada por Akarghi, le advertía todo oscura y diáfanamente. Paradójica advertencia que no le señalaba más que paulatinamente, y con los gestos de un mudo, “Hazte cargo de esto y aquello”, pero nada más. Nada que facilitase nada, como ponerte a caminar descalzo por una vía sin luz en la más profunda noche. ∞Porque los dioses, como no son humanos, sólo a veces y parcialmente se comportan como humanos.∞

En la humildad del penitente, Akarghi consideraba más apropiado asilarse en un ashram para iniciar la autocontemplación sin sesgos ni cegueras personales, aunque sabía con certeza del riesgo inminente que implicaba su intromisión en una doctrina, un grupo humano y una praxis ya establecidas… como introducir una tea ardiendo dentro de un pajar de heno. No obstante, también le era necesario recuperar y sanar la experiencia ambigua, inconclusa y larga de Lamayuru (…si fuese posible). Se dejó llevar, entonces, por la divina sincronía.

Un templado día de primavera Akarghi se había venido a sentar a la sombra de un plátano, como lo hacía desde hacía dos semanas, día tras día, para meditar, contemplar y escuchar el murmullo concertante y al mismo tiempo desordenado de las aguas verdes de un ancho torrente. No tenía apuro por encontrar un maestro, pues había algo en la magia de las aguas que avivaba los recuerdos y la sensibilidad de su alma, demasiado cargada e impetuosa todavía para salir al mundo humano, como una riada de confusión y dolor. Con los ojos cerrados, en cuidado asana, respirando sólo diez veces por minuto, profundamente enterrado en su dolor, tratando de alcanzar más y más hondamente su raíz, algo imperceptible lo sacó de su abstracción (eso sí, cada día más eficaz y viva).

Primero se rascó la punta de la nariz; a continuación, reconoció que sus tripas tiritaban vacías y dolientes, y luego se pegaban con rigidez al pellejo de su estómago vacío. Tosió dos veces, abrió los ojos, y distinguió a la derecha de él, algunas decenas de metros más allá, a tres hombres vestidos con harapos, tocados con jaapis de bambú, los cuales, con sendas cañas en sus manos, pescaban inmóviles y silenciosos delante del río. Se quedó observándolos con la inmediata sensación de que habían aparecido desde una dimensión superior y espiritual. Al parecer no habían visto o  ignoraban a Akarghi, pero Akarghi sabía que habían venido para él. Continuó observándolos… Podía percibir claramente que existía un vínculo entre ellos y él. Sentados ante las aguas espejeantes, podían ellos vislumbrar sus propios rostros, atentos y sumisos ante los peces que quisiesen venir a donárseles. Parecían estar esperando que la vida viniese a ellos. Akarghi, sentado frente a ellos, podía vislumbrar también cómo la vida se venía a donar a sí misma en esos modestos hombres. Akarghi, por su parte, también debía estar siendo observado, y mostrándose para alguien… Todo era cuestión de identificar quién mirase a quién.

(¿Esperaré que ellos vengan a mí, o tendré que levantarme y caminar hacia ellos?… ¿Es indiferente que yo espere su iniciativa y que, incluso, si ellos no advierten en mí, o aun haciéndolo, decidiesen marcharse sin dirigirme la palabra, o, por lo menos, sin acercárseme?; ¿o bien, que los llame de lejos, o que me acerque a ellos, o a uno determinado primero, o a los tres al mismo tiempo, o que mire al río al hablarles, en vez de mirarlos a los ojos, y así, tantas e infinitas cosas más?… ¿Un pescador no es solamente uno que espera sin tomar decisión u opción otra que continuar o no con su cebo arrojado en el agua?… Veré, entonces, qué clase de pescador soy…)

Akarghi sonrió compasivamente por las cosas que pensaba, por la raíz de su sufrimiento vital de donde venían germinando; se puso de pie, y caminó lentamente hacia ellos. Mientras avanzaba, a los pocos pasos, puso atención en el suelo cubierto de hierba justo cuando con el pie izquierdo iba ya en el aire cerca de aplastar una flor de árnica; hizo un movimiento brusco y rápido para que el pie se posara justo al lado, lo que hizo que perdiera el equilibrio y cayera sentado al suelo. Los tres pescadores volvieron simultáneamente su cabeza hacia él. Akarghi también los miró, y se puso a reír a carcajadas. Dos de ellos también se rieron, pero el otro, sin el menor gesto, retiró la vista y siguió contemplando el río. Akarghi volvió a mirar la flor amarilla que continuaba intacta e iluminada.

(La podría haber aplastado, y el Universo hubiese respondido a mi acto con consecuencias, pero sin moral… ¿No es también Universo y Dios la vaca sagrada que con su pezuña indiferente aplasta y destruye la flor? Proteger la vida, bendecirla, o matarla y destruirla, no está regulado por valores morales superiores al hombre… Pero eso no contradice que haya algo como un plan o un destino en todo…)

–¡Sat Nam!—expresó Akarghi, con voz suave y amistosa, al encontrarse a cinco pasos de los pescadores. Se inclinó, mirando al suelo, y realizando el saludo anjali.

–¡Namaste!—respondió el pescador que se sentaba en el medio de los tres, si bien ninguno se volvió hacia Akarghi.

Akarghi se sentó en padmasana sobre una roca a la orilla del río, cerca de los pescadores, y se quedó en silencio, con la vista entelada sobre el río que reverberaba, recibiendo pacíficamente la vibración astral de las mentes de sus acompañantes.

–¿Por qué retiraste el pie, si no hay bien ni mal en destruir una flor?—preguntó el pescador imperturbable, que se sentaba en el medio.

Akarghi experimentó cómo el tiempo se alargaba y las palabras iban cayendo hacia su interior, como guijarros lanzados uno por uno hacia el fondo de un pozo. Entonces percibió con un relámpago de conciencia trascendental que su mente iba a reaccionar de inmediato a las palabras, espontánea o causalmente, como las aguas del estanque reaccionan espontánea y causalmente cuando una piedra cae hacia el interior de las mismas.

92

(Latniavira era una flor, más bella y única que la flor de sagú… Más bella y misteriosa aun porque crece y vive en el intersticio de dos pastelones sueltos dentro de una transitada calle… Y era su cuerpo, y tal vez algún extraño eco en su alma, lo que encendía como nadie la sangre de los hombres; y mi alma, haciendo eco de su cuerpo, anhelaba vivir todo momento en su belleza y encanto, sin considerar que su alma no era más bella que el alma de cualquier sirvienta gorda y fea del más miserable prostíbulo… ¡Era así!…)

Akarghi hundió la cabeza sobre el pecho y dos lágrimas gruesas, como savia de las hojas de un sagú prensado por un pie descalzo, salaron su piel hasta su boca solitaria y seca… Eso era apego, lo que sus maestros declaraban con desprecio como la más ilusoria esclavitud de su yo exacerbado.

(¿Amar intensamente, apasionadamente, lujuriosamente es apego?… ¿Amar es malo o bueno?… ¿Sólo porque Buda lo afirma, debo aceptarlo y encerrar mi vida en esa doctrina y verdad?… ¡Mi Señor, he huido desde niño de toda verdad que no haya pasado primero por mi sangre, por mi carne, por mi mente, por mi alma!… ¡He visto a tantos y tantos humanos que aceptaron o integraron como suya una verdad enseñada por otros, sólo porque su sangre, su carne, su mente y su alma no eran lo bastante intensas, apasionadas, lujuriosas y, sobre todo, espirituales!…)

–Una pezuña de vaca no dejará jamás de  pisar la flor por amor a la flor… Una vaca tendrá que pisar necesariamente la flor, aunque la mire… ¡Yo no!—respondió Akarghi a Mandukayani, el pescador que se sentaba en el medio, después de un largo silencio.

–Para la vaca nunca hay bien ni mal, como para la flor… ¿Hay algo en el ser humano que me permita distinguir un bien de un mal, o toda libertad moral será sólo una ilusión del hombre?… No lo sé, venerables acaryas, aunque actúo como si lo supiera—agregó Akarghi, al comprender que aún no había respondido la pregunta, y al observar que los pescadores continuaban concentrados y en silencio.

–¿Y qué crees saber, Akarghi?—preguntó Mandavya, el pescador que se encontraba más cerca de él.

Akarghi miró hacia la orilla del río, se arrodilló ante él, hizo una reverencia, luego el namaskâra, y estiró su mano izquierda; con un movimiento veloz la introdujo en el agua turbia; sacó un gobio que se estremecía, ondulando de un lado a otro, y boqueando. Sonrió amistosamente y se lo tendió a los pescadores.

–¡Devuélvelo!… ¡Devuélvelo al río! –exclamaron los tres casi al unísono.

–Pero ustedes están pescando, y como no han pescado nada…

–¡No! –respondió con vehemencia Kautsa, el que se encontraba más lejos de Akarghi, mientras se ponía de pie y le hacía gestos con la mano para que se apresurase a devolverlo al río. – No estamos pescando, sólo estamos meditando ante el río con una caña y un anzuelo vacíos.

Akarghi lanzó una carcajada y devolvió el gobio al río.

–¡Ingenuos, acaban de pescar un gobio por medio de mí, y me dicen que no estaban pescando!… ¿Y por qué devolver el pez al agua, si ya no estaba en el agua?… ¿Era malo que el pez estuviera fuera del agua y muriese en mis manos?… ¿Era malo, o yo era malo?… ¿Y si yo era malo, hasta cuándo seguiré siendo malo?… ¿Estoy en las palabras, en los pensamientos, en las dualidades, o en el vacío?

Los tres ascetas se miraron entre sí, y respondieron:

–¡Ven con nosotros!… Hay un lugar para ti en nuestro ashram.

Akarghi hizo una reverencia, luego el namaskâra, y comenzó a caminar detrás de ellos. Mientras avanzaba miraba el suelo y veía muchas diminutas flores, y hojas, hierbas y plantas que iban siendo aplastadas por sus pies. Y miró las huellas de los ascetas que también maceraban los diminutos vegetales, y también los diminutos insectos que morían por la sola acción de caminar. Akarghi sintió pena, una intensa pena. Se acordó de Latniavira y de Prâsad; de Kynpham, de Farra-aj, de Koi, de Nadhi, de Lokhi, de Tejalami, y se le saltaron las lágrimas.

(¿Estoy yendo demasiado lejos?… Aplastando seres humanos y verdades y errores como si fuesen lo mismo que las flores y los bichitos del campo, sólo porque quiero ser yo mismo… Las miro y las piso; pero salvé a una de mi pie, no a Latniavira, pero sí a una flor de árnica… ¡No a Latniavira!… ¿Podré escapar alguna vez del dolor de mi pasado, que ya no puedo cambiar?)

Akarghi tuvo la sensación de que alguien caminaba cerca de él, a su espalda. Se dio media vuelta.

–¡Kynpham!

–¡Akarghi Mendalhayam!

–Pero tú…

–¡No!… ¡No digas nada!… ¡Aquí estoy!

–¿Qué haces…?

Iba a continuar la pregunta, pero se contuvo y, en lugar de ello, se abalanzó a abrazarlo. Nunca había abrazado a nadie de esa manera, ni nadie lo había abrazado como Kynpham lo hacía… Estaba seguro de que era Kynpham Singh y al mismo tiempo no era Kynpham Singh, pero eso ya no importaba, pues en ese abrazo y en ese encuentro había tanto amor, tanta paz, tanta sabiduría, tanto perdón y tanto sufrimiento juntos, que parecía que la vida y la muerte lo abrazaban en un solo ser ilimitado, como si un océano le tratase de enseñar su inmensidad a él, que no era más que una conchita tirada en la orilla de una playa desierta.

–¡Akarghi!

Escuchó que alguien lo llamaba a su espalda. Giró y se encontró con Kautsa, que lo miraba con curiosidad y preocupación. Vio a Akarghi pálido y tembloroso.

–¡Estás alucinando!—afirmó el asceta.

Metió una mano en una pequeña alforja que colgaba bajo su axila, y extrajo de ella un puñado de arroz, que estiró dentro de su mano a Akarghi.

–¡Come, te hará bien!

–¡Estoy alucinando!

Akarghi se dio nuevamente vuelta hacia Kynpham.

–¡Mira, Kynpham, estoy alucinando!

Se llevó a la boca el puñado de arroz, que comenzó a comer con avidez. Se detuvo después del segundo bocado.

–¿Quieres, amigo mío?—preguntó a Kynpham, y le extendió su mano cóncava.

–Ya no necesito comer. ¡Estoy bien!… ¡Pero tú come, come, amado Akarghi!… El camino de la Verdad está anclado a un cuerpo y a una mente. Nadie en este mundo, ni el más santo y puro, ni el más extraordinario renunciante puede eludirlo… ¡Sube peldaños, dos o tres, no más, pero no trates de alcanzar con un solo salto la cumbre de la Eterna Montaña Nevada!

Apenas su amigo acabó de decir esto, ya no estaba ahí… Miró su mano, estaba vacía. Se dio media vuelta y, sonriendo, le mostró a Kautsa su mano vacía.

93

Tashi Aburghasim disfrutaba, por encima de todo, saberse y sentirse poderoso. Tenía un olfato único para buscar y encontrar en todas las cosas, en todas las personas y situaciones, la manera de establecer una relación y supremacía de poder. Era tal la eficacia de su facultad y ejercicio del poder, que estaba convencido de que Dios estaba siempre de su parte. Sin embargo, su astucia no le iba en zaga, pues jamás hubiese cometido el error de desconocer sus propios límites, a la manera de un Alejandro Magno, esforzándose por someter vanamente el mundo a su imperio.

Akarghi conocía bien este atributo de Tashi, lo mismo que lo conocía Latniavira, y cada uno de sus cercanos. Con Akarghi, por su lado, Aburghasim había encontrado la única debilidad a su poder que aquél parecía exhibir: el erotismo de Latniavira. No era común que un monje, un sanyasin, un elegido de los devas, sucumbiese tan incondicionalmente al cuerpo de una mujer, por más voluptuoso que éste fuera. Con Latniavira, la cosa era más complicada, ya que requería trabajar en numerosos frentes de batalla, desentrañando su enrevesada mente de mujer, a la que había estudiado y vigilado cuidadosamente por años. Pero, al final, lo había conseguido, a bajo costo y con total sumisión.

Esta noche Tashi Aburghasim iba a cerrar un interesante negocio, alquilándole vastas tierras agrícolas a un rico comerciante de otra ciudad. De pasada, había decidido renovar su vínculo de poder con Akarghi y Latniavira, a quienes cuidaba y maltrataba, como a mascotas encerradas en un corral. Se había sentado con Akarghi, por orden suya, ante una mesa del burdel. Las mujeres casi desnudas subían al escenario con sus grandes encantos cubiertos por diminutos ropajes, y danzaban al ritmo de canciones eróticas ante la vista y el juicio de sus parroquianos, quienes expresaban de las más variadas maneras  su gusto y sus disgustos. Tashi observaba con el rabillo del ojo a Akarghi, y no se le pasaba por alto que a Akarghi aquella invocación a la lujuria lo dejaba indiferente. Por ello, y sin que Akarghi lo supiera, le tenía preparado un bocadillo especial.

Una mujer gorda, bigotuda y rolliza, que dejaba ver por entre la abertura de su sari un feo y varicoso jamón de pierna, se acercó a la mesa con una bandeja en  las manos, sobre la que lucía con orgullo una diminuta copa verde de licor. Al acercarse a la mesa, tropezó con un pie de Aburghasim, pero alcanzó a  rescatar el preciado líquido, el cual depositó cuidadosamente sobre el mantel carmesí brillante, deshaciéndose en perdones y zalemas. Aburghasim, enfurecido, la tomó del brazo todavía extendido y, zamarreándola, con una maldición la arrojó al suelo. Akarghi saltó de su asiento y corrió para ayudar a levantarse a la mujer, que no sabía si salir gateando, o dejarse morirse ahí mismo. Mientras trataba de incorporarse, apoyándose dificultosamente en Akarghi, la sirvienta dejó ver impúdicamente su sexo sin depilar, ante cuya vista Tashi Aburghasim comenzó a arrojarle grandes y sonoros escupitajos, haciendo ademanes de ir a golpearla.

Akarghi se interpuso entre Tashi y la mujer, y la acompañó varios pasos más adelante, hasta que le pareció suficientemente segura y distante de la fiera. Volvió a su asiento, y, tratando de desentenderse de Aburghasim, dejó errar su vista desinteresadamente sobre el escenario.

Violentas y estremecedoras sensaciones, emociones, imágenes, lo vapulearon desde la punta de la coronilla hasta la punta de los dedos de los pies, y de abajo hacia arriba. Tashi Aburghasim, a su lado, se frotó las manos y esperó, con una sonrisa maligna y beatífica. Latniavira desnuda, completamente desnuda entró caminando como una pantera hacia el centro de la luz; giró con la música… Sorprendía con movimientos irresistiblemente provocativos; se introducía los dedos en su vagina y en su boca; cruzaba sus piernas, cubría su sexo y sus pechos con sus manos, y luego volvía a extender sus brazos y piernas, ofreciéndose sin límites. Todos los hombres del burdel repentinamente parecieron enloquecer. Akarghi estaba allí, con los ojos enrojecidos, temblando, resistiendo apenas, con la ayuda de miles de años de enseñanzas y prácticas ascéticas para el control de la mente, pero su animal dominaba, con sus incontables millones de años de supremacía.

Barbotó la rabia hacia sus puños, que quiso apretar como garrotes. Sintió pena y asco, que quiso escupir como hizo Aburghasim. Sintió miedo, al ver expuesta así a su mujer amada. Pero ante todo, quiso saltar sobre el tablado y arrastrarse con ella por el suelo, castigándola con su propia lujuria demencial, y destrozando, con la dureza de su pene, la desenfrenada lascivia de la llamada de su hembra.

Al fin acabó la orgiástica danza; Latniavira cayó al suelo con las piernas abiertas hacia adelante y hacia atrás, y estiró su torso, sus senos y sus brazos desplegados hacia atrás, en un gesto desafiante y ansioso. Comenzó a caer una lluvia de monedas de plata sobre el estrado. Los hombres saltaban de sus asientos, aplaudían, corrían, gritaban descontrolados. Latniavira hizo un gesto seductor con su dedo índice a un hombre que, cerca del escenario, blandía un fajo de rupias. Era un hombre todavía joven y guapo. Saltó sobre el estrado, se arrodilló ante su cuerpo y la besó en el clítoris. Latniavira sonrió de una manera que Akarghi jamás había visto en ella. Latniavira, resplandeciente de sudor y deseo, lo cogió de la solapa de su camisón, y lo arrastró hacia la parte trasera del telón y del lupanar.

Tashi Aburghasim se puso de pie y comenzó a aplaudir, sin dejar de sonreír de la misma manera, extática y febril. Se dio media vuelta y, sin decir una palabra, salió del burdel. Akarghi se quedó tiritando, con la vista fija en el telón granate. Un minuto después, se acercó a él la sirvienta gorda de marras.

–¿Se siente bien?—preguntó.

Akarghi la miró como un enajenado, y luego volvió a clavar su mirada en el telón de fondo.

–¿La conoces?… ¿Conoces a la Diosa?… –volvió a preguntar la sirvienta.

Akarghi giró para mirar a la mujer, y estuvo a punto de explotar en llanto.

–¿Lat…nia…vira?—balbució.

–¡Tú amas a esa mujer!—exclamó la sirvienta, con su mirada experta en corazones de hombres.

Akarghi hizo un gesto afirmativo, casi imperceptible, con la barbilla temblorosa.

–¡Pero tú, hermoso y sabio joven, eres un monje, un iluminado… se ve!

Akarghi volvió a mirarla a los ojos, como suplicándole que le revelara que todo esto no era real.

–¡No!… ¡Tú no debes amar a la Dios… a Latniavira!… ¡Decenas de hombres han perdido la razón y hasta la vida por ella!… ¡Tashi Aburghasim acabará contigo y también con ella!… ¡Renuncia a ese absurdo sentimiento!… –después de cada frase hacía una pausa, y sin esperar respuesta de Akarghi, continuaba cada vez con más agitación— ¡Latniavira no es una mujer, no es una diosa… es un demonio devorador de almas de hombres!…

Akarghi se inclinó ante la mujer con una reverencia, juntó sus manos en anjali,  se dio media vuelta y salió corriendo del lugar.

94

Los cinco sadhus comían de sus jícaras sentados en círculo en el suelo, en apariencia mirándose unos a otros, bajo la sombra de tupidos mangos y estilizadas palmeras. Era ésta la única comida del día –si así puede llamarse a un puñado de granos sin cocer, acompañado con algunas hojas tiernas colectadas meticulosamente del sector– y, como pocas veces (ya que de costumbre uno u otro ayunaba hasta cuarenta días), se encontraban todos presentes. Comían siempre en silencio, meditando, orando, o incluso con su conciencia lúcida en otro plano de realidad. Esta vez, sin embargo, Akarghi alteró el sacro y respetuoso silencio:

–¿Bien y mal sólo existen en la mente del hombre?… ¿Orden y desorden sólo existen en la mente del hombre?… Cuando un hombre viola a un niño, ¿no hay mal ni bien en ese acto, ni en ese hombre, ni en ese niño que llora?…

Kautsa fue el único que dirigió su mirada lentamente hacia Akarghi. Para los demás, todo seguía igual, sin espacio ni tiempo, absortos en el Brahman-Atman.

–Es un hecho, has experimentado realmente al ser humano—respondió Kautsa con voz ronca y gutural–… ¿Qué hiciste tú con ese hombre y con ese niño?

–¡Yo ayudé a ese hombre a violar a ese niño!

Kautsa dejó a un lado su escudilla, cerró sus ojos y comenzó a meditar. Los otros rishis habían terminado de comer y meditaban también con los ojos cerrados. Akarghi se quedó mirándolos uno por uno. Bajó la vista hacia su escudilla, tomó cuidadosamente dos granos de mijo dorado y los levantó a la altura de sus ojos. Percibió clarividentemente la fuerza solar que los movía en la existencia, pero también la fuerza opaca, la prakriti, que les imponía su propia dirección, su propio dinamismo y cualidad en este mismo plano de la existencia. Y, como si fuesen un espejo de todas las cosas, se vio a sí mismo desde los granos de mijo, y a los rishis; y en un salto todavía más amplio y envolvente, vio a todos los seres humanos contenidos, dominados y amados por las mismas fuerzas. Abrió su boca sin prisa y depositó con júbilo los dos granos de mijo sobre su lengua.

(¿Es mejor huir?… ¿O mejor, o incluso necesario, quedarse debatiéndose en medio de la confusión del movimiento y la multiplicidad de humanidad?… Estos iluminados sadhus cierran sus ojos, liberan su mente, experimentan el vacío pleno, separándose de la confusión, la que experimentan como mera ilusión… Si se encontrasen ante el niño, mientras es violado por el individuo, cerrarían sus ojos y se concentrarían imperturbables y pacificados en su propia respiración y en la correcta postura, porque vivirían la esencia del niño y la esencia del violador como siendo la misma e inmutable, transfigurando, sin importar en absoluto, el acto brutal. O, dándose una explicación cualquiera –como que su acto carece de valor, como que su acto es indiferente– lo defenderían siguiendo un impulso afectivo y natural, y luego retornarían a meditar el absoluto con los ojos cerrados.)

Akarghi se acordó de Prâsad, y un hoyo quemante perforó su estómago. Se acordó de todos los niños que había visto sufrir, agonizar torturados, quedar dañados para toda la vida; también se acordó de los más afortunados, al morir…

(Latniavira y Lamayuru… ¿Qué ha sido de todo eso?… Ya no puedo volver atrás y alcanzarlos… Aun así…)

–Existen diferentes realidades –murmuró Kautsa–. Elige tú la tuya, Akarghi… Cuando lo comprendes y lo vives así, entonces ya no te queda otra cosa que elegir.

–No puedo decidir si estás en lo correcto o en lo incorrecto, Kautsa, pero sí veo que tengo que decidir… El acto siempre marcha delante de la conciencia, pero mi conciencia se resiste a esta necesidad. Mi conciencia avanza en su propia dirección, a pesar de que los actos humanos la violentan y la reducen. Cuando cierras los ojos, Kautsa, para no ver al niño que sufre, o para no verte a ti mismo haciendo sufrir al niño, te asemejas a la nube que, preñada de su propia humedad, se desprende de sí misma en gotas de lluvia… O al ciruelo que, después de perder todas sus hojas en invierno, recibe suficiente calor del sol para transformarse en un estallido de flores rosadas… O al león, cuando desgarra con su primer tarascón el fino cuello de la gacela…Es natural, como es natural la indiferencia del cielo estrellado a la conmoción del poeta que lo alaba; o la indiferencia de la Naturaleza cuando destruye la vida de la Tierra con una era del hielo; o la simple indiferencia de la Naturaleza para dar vida y luego destruirla sin límite ni excepción… Tú, yo, cualquier ser humano puede ajustar su conciencia y su mente para que no se comporte de otra manera que toda la Naturaleza. Así se alcanza la paz, la anulación, la integración que experimenta la nube, la flor, las estrellas, como un todo uno, sin bien ni mal, sin apego ninguno, sin deseos ni sufrimiento, pero también sin conciencia de todo, sin conciencia refleja, como la de un espejo que pudiese asombrarse de ser espejo de sí mismo, sin intuición abierta, sin locura… La meditación del asceta en la ermita de la montaña, para la Naturaleza, no es diferente de la violación del violador, ni del león que destruye gacelas… La otra –¡he aquí las primeras dos realidades ante las que todo ser humano debe optar!–, la conciencia inquisitiva, el sufrimiento, el bien y el mal, la lucha con la materia putrefacta y hostil, la insatisfacción y la duda abren la posibilidad de transitar hacia otras formas y estados de realidad, tal vez superiores, tal vez sólo otros… La realidad de los bienaventurados bodhisattvas, de los extáticos, de los trascendidos, de los yoguis, es sin duda una realidad maravillosa, pero inmóvil, clausurada, autosuficiente y absoluta, como la misma Naturaleza… ¡Yo no la quiero!… La viví y no me basta. Una sola lágrima de mi niño sufriente supera toda la trascendencia de todos los iluminados del mundo, y toda la perfección de los dioses omnipotentes e inmortales. Una sola lágrima de mi niño amado y sufriente abre un camino infinito hacia todas las realidades posibles.

–Debes vivir tu camino –murmuraron al unísono los cuatro ascetas–…Debes vivirlo, sea verdadero, o sólo una confusión de tu mente –agregó únicamente Kautsa–…

(Mi mente causada por los gunas no puede renunciar a su naturaleza. Traída a la existencia por un Asignador, sólo puede intentar la liberación que el mismo Asignador le ha asignado… ¿Será entonces la conciencia sólo un precario, efímero y vano apéndice mental, como lo sería la misma mente, de una Naturaleza inexorable e inalterable que juega momentáneamente a desafiarse a sí misma en la cabeza del hombre que piensa y duda?… Si así fuese, bien y mal carecen de todo sentido; pero si hay algo más en la naturaleza de la conciencia humana, entonces también hay algo más que dilucidar acerca del bien y del mal. Por cierto, mucho más y mejor de lo que hasta ahora se ha hecho y logrado…)

–¿Quién soy yo, minúscula cuasi-inexistencia, para negar lo que tantos y todos los más excelentes y perfectos iluminados, varones y dioses han develado como cierto, verdadero y absoluto?… ¿No sería mejor que me hiciese a un lado de la existencia y dejase todo lo bueno, bello y supremo tal y como está?

–¡Inténtalo!… Pero camina –respondieron los cuatro rishis una vez más al unísono, como si fuesen una sola persona–…

Los cuatro sadhus se pusieron de pie y se dirigieron a la explanada, donde los esperaban impacientes decenas de jóvenes y adultos sravakas para escuchar sus enseñanzas. Akarghi levantó la vista; vio el momento justo en que un luminoso y maduro mango se desprendía de la rama y comenzaba a caer directamente sobre su cabeza. Se movió hacia un lado con la misma lentitud con que caía el fruto, y lo cogió en el aire con ambas manos. Desde lejos, Kautsa no dejaba de observar a Akarghi.

95

Se acomodó el jaapi sobre su cabeza, cogió la caña de bambú, los aparejos de pesca, y salió con sigilo de su choza para no despertar a nadie. La luz de la luna creciente iluminaba con un velo de tristeza todas las cosas. Akarghi la miró en lo alto del cielo, cercana y lejos, como ahora se le representaba la realidad entera. Miró al suelo y vio la tierra de color gris, como ceniza pacificada e inerte después del ardor de la hoguera… (Aunque la luna no esté triste, también se realiza en mi tristeza… ¡Oh doliente luna!…) Al dar el primer paso más allá del umbral, puso atención en su pie desnudo y en sus dedos. Se habían vuelto blancos y ancianos, como el tiempo caminado por ellos. Escuchó el ulular sombrío de un búho que se iba alejando. De manera semejante le pareció que su mente había ido tomando decisiones más y más diferentes de la conciencia y de la voluntad que ahora poseía, mientras se alejaba hacia atrás en el tiempo, batiendo sus alas grávidas y anochecidas.

Dio otro paso y nuevamente se quedó mirando su otro pie, detenido en un umbral de algo nuevo y, a la vez, abrumado de memoria. Como un fantasma que de pronto descubre que está vivo… ¿Qué puede decir de sí? Los bosques también se habían detenido. No podía determinar con certeza si dormían soñando, o sólo contemplaban a Akarghi con sus párpados húmedos y verdes entornados. Pero si soñaban, era un hecho que Akarghi era parte de sus sueños… El aire olía a océano vegetal y rezumaba quintaesencias de nostalgia. La mente profunda de Akarghi, eso que llamamos indistintamente el inconciente (como toscamente se llama tierra a las galaxias del submundo mineral), se había liberado de su castigo y divagaba por el mundo como sólo puede hacerlo un pájaro recostado, durante la más profunda hora de la medianoche, en la inmensidad de su nido. (Alojada en los más profundos agujeros de la memoria, la vida duele más viva que la más terrible tortura en el presente…)

Ningún destello solar, ningún órgano, ninguna demanda adaptativa del entorno lo obligaban a responder enclaustrándose dentro de la conciencia alerta del despierto, del lúcido animal inteligente que intenta primero y siempre satisfacer y proteger su propia mente y su propio cuerpo, primero y siempre. ∞Y en segundo lugar y siempre, la de otro próximo animal inteligente.∞ (¿Quién estoy realmente aquí?… Yo, el efecto de cuántas y cuáles más ocultas causas que acaban diciéndose a sí mismas: yo, Akarghi.)

Pudo contemplar, flotando un palmo por encima de sí mismo, sus avatares de existencia esculpidos en su mente movediza, y a su conciencia debatiéndose en todo momento por separarse un palmo más arriba de todo, incluso y sobre todo de sí misma, como si hubiese una obsesiva verdad creciente, al ser siempre un poco más ella misma, conciencia. (La Verdad… la Verdad… siempre y por todas partes este origami de papel plateado reflejado sobre la tela de papel de arroz de un biombo olvidado en una pieza oscura…)

Siguió caminando, lentamente, quizá con la pereza insensible de la luna cuando avanza sobre el trazado de su propia necesidad. Pues en lugar de caminar, tal vez flotaba; o en lugar de avanzar, retrocedía; o en lugar de sentir y pensar, era sentido y pensado… Tal vez como la luna, que iluminaba, porque era iluminada. Y cada paso no era un paso más, de tantos que pasan de prisa para alcanzar únicamente un objetivo; de tantos que mueren veloces, aunque firmes y seguros, como la estela de pétalos de flores multicolores al acabar una primavera… (¿Por qué caminar, para qué…?) Y era su conciencia únicamente la que debía abrir quirúrgicamente el instante, el acto, el tiempo absoluto del reloj, el orden atómico, para dejar escurrir la sustancia nueva de realidad por la profunda herida en el ser.

(¿Ha sido necesaria, inevitable, elegida, azarosa, estúpida, pecaminosa, sagrada, demoníaca, ingenua, inconciente, sabia, destinal, la vida de los últimos años que ahora tanto me duele?… ¿Será precisamente lo necesario, lo inevitable, lo elegido, lo azaroso, lo estúpido, lo pecaminoso, lo sagrado, lo demoníaco, lo ingenuo, lo inconciente, lo sabio, lo destinal, la culminación y el cierre debidos de esta búsqueda espiritual, iniciada en lo puramente espiritual de Lamayuru?)

Y con caminar un paso y otro avanzaba en la respuesta, pero no más que si se detuviese y ya no diese nunca más otro paso, pues la respuesta era la vida misma, con sus infinitos movimientos sutiles y obvios, en los infinitos, en los sutiles, y en los obvios niveles de realidad. Incluso tratando de oponerse con su voluntad y su conciencia a esa misma respuesta –como tantos y tantos humanos se oponen a la realidad desde la autoafirmación de la voluntad de su yo–, aun así acabaría provocando fatalmente y sin querer la misma respuesta, como un Edipo rey que provoca a cada paso, lo que a cada paso evita. Akarghi no necesitaba caminar en línea recta (no se esforzaría, no se impondría, no haría todo lo posible por caminar en línea recta), pero tampoco zigzaguear, ni detenerse, ni saltar en un pie. Lo hacía en línea recta, porque creía que él y la Vida querían caminar en línea recta, y llegar junto al río, y arrojar al agua su anzuelo. Lo hacía en línea recta porque la vida se había confabulado, se había decidido en él y con él, a caminar en línea recta, en la medida que pudiese caminar efectivamente cada paso en línea recta, de la misma manera que una sombra logra siempre caminar junto al caminante sin desviarse ni un milímetro; y tal vez, como creía Akarghi en tanto Akarghi pensante, (llegar a) ponerse a pescar el vacío-lleno junto al río, bajo la luna.

Y la pena lo acompañaba en su corazón. Allí se coagulaba, en sentimiento de tristeza, la profundidad irrenunciable de lo vivido. El halo inmortal que no muere en el instante vivido, ni a las horas, ni a los años, ni nunca, y al que sólo la progresiva transformación de la conciencia exorciza su fatalidad, sorbiéndole la sangre (y escupiendo el veneno), la sustancia verdaderamente inmortal, que apunta secretamente hacia un infinito.

Sólo debía cuidarse, sentado a la orilla del río, con su caña, con su lienza y con su anzuelo inmóvil, de no contaminar las aguas con lágrimas de azufre y sal, con una queja compasiva y sin destino, con una pregunta resentida a su pasado, con un simple ¿por qué?… Las aguas fluían ante él, y la luna que por momentos se reflejaba en los pequeños y ondulantes vaivenes de una sonrisa pasajera, estaba allí en lo alto y en lo bajo, disponible con su mágica energía para todos los seres humanos que aquella noche necesitasen llorar su tristeza y su dolor.

96

Había algo en el abad que le recordaba a su propio padre. Tal vez se asemejaban en el carácter, que expresaban en gestos y comportamientos similares. Ambos le inspiraban un respeto y admiración rayanos en el temor y la inquietud. Ambos le inspiraban atracción, afecto sincero, gratitud, pero también extrañeza y rechazo. Akarghi había decidido ya a los siete años jamás tener hijos. A los catorce, continuaba reafirmando esa decisión sin la menor duda; pero si así fuese –imaginándolo a veces–, se había propuesto no parecerse ni a su padre ni a Farra-aj. Por esta razón, la proposición que Kynpham le había hecho le parecía terrible, pero también irresistiblemente atractiva. Sabía con plena conciencia que estaba mal; sabía que después se arrepentiría por el resto de su vida. (No quiero hacerlo… ¡Está mal!…) Pero también sabía que no podría evitarlo, pues este acto poseía un valor absoluto en el presente, mientras lo estuviera viviendo, sin importar el antes ni el después, ni el bien ni la verdad; además, Kynpham lo haría con él o sin él, y eso tampoco lo dejaría en paz.

Akarghi se resistió durante dos días a los planes de Kynpham. Al tercero se le acercó, mientras meditaba en la sala de conferencias ante la imagen de Narada, y le dijo al oído:

–¡Lo haré!

Kynphamm no se inmutó. Akarghi se sentó a su lado y comenzó a meditar a su vez.

(¿Es posible evitar ser uno la prolongación del mal en el mundo?… ¿No es incluso la vida misma una forma de mal en el mundo?… La rueda del samsara es una forma del inevitable mal en el mundo. El mal jamás carece de sentido para la vida, aunque en su forma extrema aporte la muerte… ¿De qué me quieren proteger los muros de Lamayuru?… ¿De qué me quiere proteger Farra-aj?… Farra-aj miente. Su misión también es mentir, y enseñarme el mal y el bien, mintiendo… ¡Lo sé!… ¡Él, que me ha puesto dentro del Camino de la Verdad!…)

A eso de las once de la mañana, antes de entrar a la clase de Advaita, Kynpham se le acercó al pasar y murmuró:

–Espera…

Durante el resto del día Akarghi tuvo la clara impresión de que Kynpham lo evitaba. Sabía que había una significativa relación entre esto y el sueño que había tenido la noche anterior… Koi le hacía una seña desde el fondo del estanque para que se le acercase. Akarghi entraba en el estanque y en ese mismo acto se transformaba en un pez que comenzaba a nadar en torno a Koi. Nadaban juntos, y en esos movimientos había un entendimiento sin intelecto, sin emociones, sin sensibilidad, pero en una conjunción y armonía maravillosas. Nadaban danzando en un agua que no era agua, sino colores brillantes desde su interior, que también danzaban y se movían en armonía y conjunción con la danza de Akarghi y Koi. Crecían y decrecían; se hacían más profundos y más finos; cobraban formas que no eran formas, a veces más rápido, a veces más lento y gradual…

–¿Dónde está esto?—Koi le preguntaba sin palabras–… ¿No hay mal, no hay bien?… ¿Quién puede resistirse a querer hacer eterno esto?…

Al despertar Akarghi pensó que estaba despierto, pero también que seguía soñando, dormido. Al despertar, Akarghi supo que desde ese momento estaba soñando, pero, de alguna manera, despierto. Siempre había una evidencia obvia, y otra menos obvia. Eso era todo… ¡por ahora!… Como la voluntad de Kynpham, veloz y transformativa. Kynpham también danzaba alrededor de él, junto con él, dentro de un estanque de colores trascendentales y oníricos.

Akarghi comenzaba a comprender que, más que inquirir y encontrar al fin una respuesta, o seguir buscando y buscando la respuesta siempre elusiva (no la mera respuesta tranquilizadora o ilusoria como acontece la mayoría de las veces), era siempre preferible seguir viviendo la vida fluida, plurimórfica, la más y más esquiva y misteriosa pregunta-respuesta concebible, la ruptura misma de todo patrón de pensamiento, de aprehensión de verdad… He aquí, había descubierto repentinamente una de las tantas funciones y esencias positivas del mal: destruir una y otra vez el bien, siempre, en alguna medida, ilusorio… para transfigurar siempre la realidad hacia algo fluido, desbordante, indefinido, contrapuesto, y jamás definitivo…

–¡Nunca podremos entrar! –exclamó en voz baja Akarghi, mientras Kynpham lo arrastraba de la mano hacia la puerta del claustro de Farra-aj.

Akarghi tiró fuertemente de la mano a Kynpham y se detuvo en silencio, con una mirada angustiada y severa.

–¡No podremos entrar! –volvió a repetir.

— ¡Está abierta! –respondió Kynpham, con una sonrisa misteriosa.

Kynpham cogió la manilla y la hizo girar. La puerta se abrió.

–¡¿Cómo?! –casi gritó Akarghi.

–Más tarde te lo explicaré. Ahora calla y ven conmigo.

Akarghi volvió su cabeza hacia todos lados con nerviosismo; escuchó el silencio desde las estancias nocturnas, el gorgoteo de la llovizna cayendo desde los aleros del techo, y luego siguió los pasos de Kynpham, que ya había ingresado a la habitación.

(Si Farra-aj cree y establece que está mal esto… ¿Está realmente mal esto que estamos haciendo?… Si los sabios y los libros sagrados dictaminan y sentencian que está mal esto que estamos haciendo, ¿está realmente mal esto que estamos haciendo?… Y si todo parece reflejarnos que está mal lo que estamos haciendo, ¿por qué igualmente lo hacemos, nosotros, que no queremos el mal?…)

Akarghi miró a su alrededor, y sintió vivamente que aunque fuesen en ese mismo momento atrapados en “flagrante delito”, y todos los hombres del mundo gritasen a una sola voz: ¡Culpables!…, y aunque quisiesen remarcarlo con la mismísima supuesta condena de Dios –¡que nunca era evidente como tal!– había algo esencial en su acto que no era malo ni bueno, sino trascendental… ¡Y eso empujaba la necesidad y el poder de su acto por encima de todo!

Se encontró con la mirada de Kynpham que acababa de encender una vela que traía escondida entre sus ropas; vio en sus ojos un resplandor, un reflejo profundo e inquietante, febril, casi sagrado y maligno. Vio las imágenes de cientos de inquietantes figuras, ídolos, estelas, grabados, lienzos, esculturas de extraños seres sobrenaturales acechantes, escondidos, embozados, desafiantes, terribles, por el suelo, por los techos, por los muros, por los anaqueles recargados de libros y objetos tan misteriosos y extraños como la mirada de Kynpham, por las sombras y rincones que parecían multiplicarse sin número ni cuento, alargando inexplicablemente el espacio más allá de la realidad de lo inmediato. En una palabra, Akarghi vio allí algo que no era de este mundo. Quiso exclamar: ¡Kynpham!, ¿qué es esto?…, pero Kynpham se había adelantado a la pregunta…

97

Aunque todo era particularmente extraño y curioso, Akarghi sólo puso su atención en Kynpham. Se afanaba en buscar algo en el escritorio del abad. Levantaba de una manera ansiosa y expectante los objetos, los pergaminos, los libros, incluso los muebles cercanos. Miraba hacia uno y otro lado sin ver, sólo mirando y husmeando algo que parecía no encontrar. Entonces Akarghi tuvo una extraña intuición. Experimentó la incómoda sensación de que estaba en un lugar donde jamás debió haber estado, y, al mismo tiempo, de que había algo allí que le competía, que lo involucraba más allá de lo normal, de lo lógico y razonable (¿verosímil?).

Trató de conectarse con el pensamiento de su amigo, con su aura, como acostumbraba a hacer, pero esta vez había allí una penosa interferencia, una incongruencia insólita más allá de lo natural, como esos rayos que atraviesan dimensiones verticalmente, veloces, terribles e incongruentes, sin que nadie ni nada pueda cogerlos en el aquí y el ahora… Kynpham estaba allí sin estar, y era Kynpham sin ser Kynpham, un amigo, y a la vez un extraño irreconocible. La luz de la vela alargaba su figura, figura y sombra, tan extendida, tan multiplicada en su volumen invisible, temblorosa y recta, incluso más allá del ámbito de la luz, como un pasadizo infinito detrás de una puerta apaciblemente cerrada.

(Mi mente y mi pensamiento son un solo bloque de concreto que bloquea mi libertad, mi loca capacidad de destruirlo todo, sin jamás destruirme a mí mismo, creando todo…)

Kynpham comenzó a realizar unos movimientos aún más extraños. Miraba por debajo las cosas que uno jamás habría mirado por debajo, como los cuencos, los rebordes de las sillas, de los sillones y de las mesas, las figurillas de cerámica y de bronce, hasta que comenzó a pasar sus dedos cuidadosamente por debajo de las repisas. Akarghi sintió una incómoda inquietud, casi un temor, pero también un ansia de algo inusitado. Entonces Kynpham lanzó algo así como un quejido y un grito agudo. De seguro había tocado algún botón que activó un mecanismo de poleas que provocó el descenso de una de las repisas con libros, dejando al descubierto un compartimiento empotrado en el muro. Desde el interior del espacio recubierto saltó un búngaro blanquinegro con sus fauces abiertas hacia el rostro de Kynpham, sin embargo Kynpham movió velozmente su cabeza hacia un lado y la serpiente pasó de largo, cayó en el suelo y, con veloces y ondulantes contorsiones, se perdió entre los variados implementos que ocupaban el lugar.

Akarghi nunca había visto actuar a Kynpham de esa manera, con tanta sangre fría, con tanta seguridad, casi como si hubiese estado esperando que la serpiente apareciese y se abalanzase sobre él. Kynpham ni siquiera reparó en la sierpe y de inmediato metió con decisión su mano en el oscuro espacio de la pared. Sacó unas carpetas forradas con cuero de ante; las arrojó sin prestarles mayor atención sobre el escritorio; volvió a meter su mano. Sacó un extraño objeto vidrioso, azulino y fosforescente que hizo iluminarse el rostro de Kynpham con una sonrisa extática, casi macabra. Kynpham caminó hacia un rincón de la estancia y se quedó vuelto de espalda, en la penumbra, con el misterioso objeto en las manos.

Akarghi se acercó al escritorio, de pie junto a la vela cogió una de las carpetas, retiró la liga que la mantenía cerrada y la abrió con delicadeza. Lo primero que vio fue un conjunto de papeles de diferente tipo, calidad, color y tamaño cuidadosamente plegados y clasificados con algún particular criterio. El papel de un color amarillento que descansaba encima le llamó la atención por su textura platinada, pero sobre todo porque estaba escrito con unos caracteres desconocidos y que a primera vista no parecían propios de una escritura humana conocida. Al tomarlo sintió una extraña vibración en sus dedos, como si el papel estuviese cargado con alguna energía que se transmitía a su mano. Lo dejó a un lado, pues debajo de él divisó una escritura que reconocía, inconfundiblemente la caligrafía de Farra-aj. Tomó la hoja blanca de papel de arroz y leyó:

“¡Om! ¡Oh Absolutos, puedan mis orejas escuchar su palabra sin traicionar el ruido que torpemente alcanza a mis oídos. Puedan mis ojos ver lo que no puede ser visto por humano alguno, oh Invencibles! ¡Puedan mis días cumplir la cuota que les ha sido asignada por encima de los tiempos y servir a mis [tres palabras incomprensibles] en cada acto, en cada fin, en cada propósito del Plan [palabra incomprensible] Oculto, oh Absolutos Invencibles! ¡Om!

Justo debajo de este texto alcanzó a divisar su nombre (¡AKARGHI!…), o creyó divisarlo, pues en ese mismo instante la puerta se abrió bruscamente y desvió la mirada hacia ella. Bajo el dintel se plantó la figura amenazante y semiencorvada de Chien Tzu, como un felino agazapado para saltar sobre su presa.

–¡¿Qué hacen aquí?!…—farfulló.

Kynpham volteó con la misma parsimonia con que había esquivado el  búngaro y respondió:

–¡Ya nos íbamos!..

Akarghi enmudeció y se quedó inmóvil contemplando como Kynpham llevaba el objeto fosforescente a la hornacina de donde lo había obtenido, y guardaba en el mismo lugar las carpetas, que cerró, ordenó y repuso de la misma manera que las había sacado. Chien Tzu observaba todos los movimientos de Kynpham con seriedad y mirada de lince, pero tan inmóvil y mudo como Akarghi. Kynpham cogió a Akarghi del brazo y lo arrastró fuera de la estancia. Pasaron junto a Chien Tzu, quien no dejaba de observarlos. Kynpham realizó el namaskâra, mirando al suelo, y con un rictus en los labios, que a Akarghi le pareció una singular y embozada sonrisa.

(¿Por qué no nos detiene?… ¿Por qué no lanza un grito, una maldición, o simplemente un ¡alto ahí!… ¿Qué pasa?…)

Akarghi sudaba copiosamente, tiritaba y trataba de mantener la calma, respirando y meditando en el Brahman puro, pero apenas resistía el no caer desmayado en el acto. Kynpahm guió a Akarghi hacia el templo de las deidades tutelares, que se encontraba en penumbras, sólo velado suavemente por las brasas del incienso que se consumía toda la noche, hasta que era nuevamente alimentado al alba por Agni.  

Akarghi cayó de rodillas sobre el suelo de madera, se inclinó ante la imagen de Shiva y golpeó el piso con su frente.

(¡Horror!… ¡Horror!…)

–¿A qué le temes?—preguntó Kynpham, arrodillándose a su lado.

–¡A nadie!… ¡A nadie!… ¡Que Farra-aj haga lo que quiera conmigo!—murmuró con la voz quebrada por la emoción–… ¡He destruido mi mundo amado!… ¡He faltado a la Verdad, a la Fe, al Honor!… ¡Ya no puedo continuar aquí!

–Tendremos que volar del nido… ¡Has descubierto que el mundo es infinitamente más grande y verdadero que todas las virtudes juntas de Lamayuru!… Pero también has descubierto que Lamayuru es sólo una fachada espiritual de otros insondables poderes que mueven los resortes ocultos de esta realidad ingenua…

Desde atrás de la escultura de Shiva apareció lentamente una cobra que se irguió amenazante ante los dos jóvenes, extendió sus aletas alrededor de sus ojos, abrió sus fauces, sacó repetidas veces su lengua bífida como un látigo doble y emitió un siseo agudo y feroz. Akarghi y Kynpham quedaron paralizados, esperando el juicio mortal del dios cobra… Transcurrió un segundo, ocurrió en ese tiempo algo invisible, y luego la cobra desapareció en la oscuridad como en un acto de magia.

98

Se sentó sobre un pedrusco rojizo y gris; se quedó contemplando el valle con la respiración apretada en el pecho… De lejos se veían tan apacibles, tan serenos y calmos, tan unidos y solidarios. Miles, decenas y cientos de miles de seres humanos asentados sobre la balsa de la vida, en apariencia durmiendo, al parecer descansando, o departiendo amigablemente alrededor de una que otra fogata que apenas arrojaba un poco de humo… El mundo, sin embargo, parecía haberle vuelto la espalda a la humanidad, y con ella, a todos los seres vivos.

Akarghi había caminado semanas y cientos de kilómetros para venir hasta aquí, hasta ellos. En todo el país, –y hasta donde había escuchado– en todo el mundo, una terrible sequía, o un congelamiento mortal, se extendían ya por tres años, provocando un desastre para la vida terrestre. Había zonas y lugares donde se hallaba poco y de mala calidad para comer y beber, pero en otras ya no quedaba nada de nada. Un llamado interno, una vocación de profunda humanidad, un miedo agudo en el corazón lo habían animado a venir hasta acá.

(¿Qué podré hacer?… Los conozco como conozco cada átomo de mis emociones. Son todos tan diferentes, tan incomparables, tan dignos de la máxima y exclusiva atención de amor, pero al mismo tiempo tan iguales, tan predecible y elementalmente iguales… ¿Qué puedo darles?… No puedo hacer milagros, de la piedra pan, del polvo agua… ¿Qué puedo esperar?… ¿Sólo consecuencias, sin más, sin incluso valor?…)

Los había evitado por años, quizás hasta toda la vida… ¿Por miedo? ¿Por asco? ¿Por desprecio? ¿Por indiferencia? ¿Por conveniencia? ¿Por desemejanza? ¿Por desconfianza?… Los había evitado incluso mientras venía hasta aquí, escondiéndose en los despoblados, en los riscos, en los senderos intransitados, en cuevas, en la naturaleza pura y simple…

Había tantas convergencias ahora, tantos inmensos motivos en su corazón y en su mente que lo mantenían sentado allí, contemplando, dudando, meditando, buscando, temiendo, sufriendo, invocando… Sentado sobre ese pedrusco se acordó de Lamayuru, su amado, lejano, inquietante y confuso Lamayuru… La maestría de sus maestros, la sabiduría de sus sabios, la espiritualidad de sus espíritus. Había todavía tantos Lamayurus en el mundo; él mismo era un monasterio, un Lamayuru personificado. Había defendido su individualidad y su anormalidad como todo monje de la vida que no quiere deformarse y envilecerse con la mediocridad y el salvajismo de la sociedad humana. Que se ama a sí mismo por sobre todas las cosas, como se ama un Dios a sí mismo… Y que incluso es capaz de morir por los débiles, pero, incluso así, por amor a sí mismo, por amor a su propio infinito poder de conservarse y actuar diferente de los débiles…

(¿Es esto orgullo, indomable, soberbio e inaceptable orgullo y superioridad?… ¡Sí, por cierto! Pero no como la soberbia –¡ésta sí inaceptable!– de los hombres, mezquina y miope, que apenas le alcanza talento para saciarse a sí misma, y sólo a sí misma… Sino este otro amor a sí mismo, que, aun viviendo separado, nunca logra encontrar la frontera y el límite entre uno mismo y el otro, siempre de alguna manera amado…)

–¡Por amor a mí mismo, y por amor a mi prójimo, aunque ninguno reconozca que esto que me separa y me mueve a ellos sea amor!—exclamó Akarghi, se levantó, y, alzando sus ojos al cielo, realizó el surya namaskara.

Comenzó a descender del cerro, cantando bajito, con una sonrisa, aunque sabía que su alegría duraría poco. Se encontró a poco andar con una escuálida y única flor de árnica. Caminó alrededor de ella, agradeció a su existencia con una oración, y continuó bajando, con los rayos amarillos de la flor en su alma. Se detuvo, miró hacia el bajo, donde vibraba una energía opaca, humana, gruesa, emocional, autojustificada; inclinó su vista hacia sus pies, y vio infinidad de seres, minerales, átomos de luz, vibraciones abiertas al universo, formas, insustancialidades sin conciencia, y estuvo a punto de devolverse…

El primer rastro humano con que se encontró fue macabro… Su vista y su rostro se ensombrecieron repentinamente como si la tierra de pronto se hubiese abierto bajo sus pies y se lo hubiese engullido. Una fosa, un socavón inmenso con cientos de cuerpos, de restos humanos, de cadáveres que habían muerto días antes, quizás la noche anterior, y que ya era imposible cubrir con algunas paladas de tierra, menos cremar, como los dioses exigían del hombre civilizado, creyente y pío. Otra vez su alma dio un salto atrás y quiso salir corriendo de allí… Historias de vida, cientos de almas encarnadas que buscaban completar un ciclo que habían iniciado en este plano de existencia, y que habían sido amputadas, aniquiladas, retiradas a la fuerza, a veces insoportablemente temprano en forma de niños muertos; a veces a destiempo, cuando el vigor de los jóvenes abre tantas esperanzas; a veces en la edad media, cuando todo parece estarse cumpliendo y donando activa y hermosamente; a veces en la extraña vejez, cuando partir se llora sólo con agradecida memoria y nostalgia…

Caminó una vez alrededor del socavón, como lo había hecho hace un momento en torno a la flor; dio una vuelta alrededor de la muerte que humillaba toda creencia de grandeza, la muerte que mostraba la vida como una mera temporada dentro del sueño de una nube. Podría haberse inclinado ante el sol y orado por las almas de los difuntos y de los deudos, pero no habría sido más que un rito insuficiente, apacible y hermoso, nada más… Siguió caminando hacia abajo, con la muerte a la espalda, cierto de que aquella muerte abandonada en cuerpos yermos era menos terrible aún que la vida de los que seguían viviendo entre hombres.

El olor era terrible, y aun así lo soportó sin repugnancia (por más que su estómago quería devolverse hacia afuera), porque su mente domesticada y obediente mandó una vez más sobre su naturaleza. Pero el hedor no era más horrible desde los muertos que desde los vivientes, enfermos, sucios de heces, de orina, de cebo y sudor, de basura de todo tipo, de maldad, acumulados por meses y años. Se habían detenido sólo desde hacía unos días en este lugar, pero ya se había vuelto inhabitable e infernal. Los muertos comenzaban a yacer insepultos y abandonados en cualquier parte donde dejaban de respirar. No había quien los cargase hasta la fosa común, ni quien los llorase, o que supiera simplemente que habían muerto. Un niño moreno, escuálido y desnudo se acercó llorando a él, sólo con lágrimas minúsculas, tembloroso. Apenas caminaba, y sus grandes ojos estragados en las cuencas sólo expresaban dolor, pero, sobre todo, dolor de vivir… Necesitaba todo, carecía de todo para existir. Akarghi comenzó a tiritar, cuando el pequeño estiró su mano hacia él, suplicando algo que Akarghi tampoco poseía… Sólo atinó a abrazarlo y sentarse en el suelo con el niño en su regazo. El pequeño pareció comprenderlo todo, dejó de gemir, comenzó a boquear como si le faltase el aire, se puso rígido de pies a cabeza, y expiró…

99

Aunque sostenía en sus brazos el cuerpo del niño muerto, sabía que el niño ya no estaba ahí. Lo depositó ∞¡tan liviano!∞ en el suelo; lo observó un momento, como se contempla una estela religiosa, luego dejó que la vida y la muerte siguieran su curso… (Sin bendiciones ni maldiciones… Siempre adelante, rey y reina, no se detienen en su incomprensible complicidad…) Como dejó también ir al Akarghi que hace un momento sostenía en sus brazos a un niño que dudaba si vivir o morir, y que ambos, un momento después, ya no eran.

Se volvió hacia uno y otro lado para mirar. Lo que vio conmovió intensamente a Akarghi. Sobre un pedregal polvoriento, amoratado y yermo, improvisadas tiendas, chozas deformes y carpas improvisadas con retazos de telas albergaban a los miles de sobrevivientes de esa comunidad de familias. El sol volvía a alzarse como una tea que lanzada hacia el cenit desencadenaría otro día de incendio planetario. Se movían por aquí y por allá, desordenada e incoherentemente, pues habían decidido continuar adelante para escapar de tantas cosas que los acosaban, los herían, los diezmaban, los atemorizaban y horrorizaban… Habían decidido huir de allí para escapar del minuto anterior. Todos transidos, sedientos, ahogados, doloridos, hambrientos, desolados, empobrecidos, desanimados, enloquecidos actuaban de las formas más irracionales y brutales que un ser humano puede actualizar.

Una mujer cogió una gruesa estaca y, blandiéndola, corrió hacia Akarghi con la boca abierta en un rictus de odio, arrojando desde su garganta un chillido histérico y gutural. Se lanzó sobre Akarghi, pero éste hizo una rápida finta y trabó apenas con su pie un pie de la mujer, que pasó de largo, tastabilló y cayó aparatosamente al suelo. El madero rodó a un lado. Akarghi la miró con dolor y compasión. Se acercó delicadamente a la mujer, cuyo cabello revuelto y enredado le caía sobre el rostro, y tendió su mano para ayudarla a levantarse. La mujer tomó la mano de Akarghi con sus dos manos, la acercó a su boca y la mordió con todas sus fuerzas. Akarghi empujó a la mujer en el pecho, haciendo un gesto de dolor, la cual, al caer de espaldas nuevamente, retiró sus dientes de la mano de Akarghi. Akarghi se miró la mano herida, por la que corrían hilillos de sangre. Con el barullo, una tropilla de gente se había acercado. Cogieron a Akarghi entre varios y se lo llevaron a un corral vacío, después de amarrarle los brazos a la espalda. Discutieron sólo por un corto rato; luego, una treintena de personas, en penoso estado general y aspecto, decidió, lanzándole miradas ansiosas y animales, que al mediodía lo asarían para comerlo, pues consideraron que su carne debía ser tanto más apetitosa y grata al olfato y al gusto, que la carne magra y enferma que comían de sus difuntos. Akarghi puso su atención en uno de ellos, un anciano cojo y lívido que se sobaba las manos y salivaba, mientras lo observaba con una sonrisa beatífica y feliz.

(¿Qué podría decirles?… Tantas y tan diferentes voces internas se acercan a mi garganta y desean enseñorear mi palabra. Podría gritarles, suplicarles, conversar, enseñar, amenazar… ¿Acaso obtendría de ellos algo diferente de lo que ahora me ofrecen? Si ya es arduo y complicado lograr cambiar el estado mental de un ser humano normal, que piense diferente, que entienda lo que no le es obvio y propio, que sienta lo que no acostumbra a sentir, que se observe a sí mismo desde fuera de sí mismo, que empatice con el otro, cuánto más lo será tratar de enseñarles una verdad diferente de su verdad, de llevarlos a otro estado mental, a quienes han sido atrapados en un estado manifiesto y desaforado de locura, de enajenación e instintividad… Si dejase fluir ahora mi miedo, podría llorar y suplicar, pero sólo obtendría su desprecio y su burla. Si dejase fluir ahora mi rabia, sólo obtendría de ellos más violencia, desprecio y humillación. Si les hablase ahora de sus errores, de su injusticia, de su ceguera, de su maldad, de la luz, de la verdad, del espíritu compasivo y solidario, o de Dios, ¿qué podría obtener de ellos, sino más crueldad, y más desprecio, y más burla?…)

Su ser humano, su persona natural y espontánea quería expresarse, comunicar, reaccionar, pero Akarghi calló, enmudeció ante cada sentimiento, idea e impulso que lo golpeaba para hablar.

∞Con frecuencia la distancia entre la mente de un ser humano y la de otro es tan grande, que no existe forma alguna que permita aproximarlos, aunque hablen el mismo idioma, vean y oigan lo mismo, tengan los mismo padres, utilicen la misma razón, y hasta compartan conocimientos en común… Salvo, quizás, el amor… El amor entre todos, y a todo.∞

Ya lo había vivido tantas veces, lo había conocido y experimentado en tantas personas, tal vez la más terrible de todas, Tashi Aburghasim, no era más que la actualización y la activación de una forma de locura, de aberración contenida en la naturaleza personal misma de todo ser humano. Entonces, ¿por qué había ido hasta ellos?…

Escuchó una fuerte detonación. A lo lejos, a los pies de una colina, divisó una gran columna de humo. Avistó a una gran cantidad de gente, una multitud de cientos de personas que corrían hacia el campamento. Detrás de ellos, algunos vehículos que jamás había visto, jeeps pintados con camuflaje de guerra, avanzaban velozmente disparando ráfagas de metralla. Los infelices que huían y caían a puñados heridos y muertos, habían encontrado una fuente de agua que algunos terratenientes se habían apropiado y, cercada y custodiada, se negaban a compartir con nadie. En su desesperación, en su sed infinita, habían saltado las cercas, los alambrados y matado a los guardias que custodiaban la noria para poder beber unos sorbos del líquido ya inexistente en todo otro lugar. Sin embargo, habían llegado refuerzos y se dirigían ahora hacia el campamento, aniquilando a todos los que encontrasen a su paso, hombres, mujeres y niños. Se produjo un revuelo general, de manera que todos los que todavía podían correr y moverse se desplazaban desordenada y confusamente, entre gritos y ayes. Akarghi vio la oportunidad de escapar. Se desató con cierta facilidad y, en medio del tumulto, nadie reparó en él. Tuvo que correr también, pues las balas pasaban silbando alrededor. Se encontró con cuerpos desangrados, acribillados, despedazados, agonizantes que convulsionaban o se quejaban. Incluso tropezó con el cuerpo de la mujer que lo había mordido, destrozado por una granada. Se detuvo un momento, miró por todo el entorno y vio un verdadero caos, un horror y un infierno de humanidad… ¿Debía quedarse allí, tratando de ayudar a los heridos, a los moribundos, y sobre todo, a los miserables que trataban de seguir viviendo?… Se acordó del hospital de Kapanhutta, de la peste, del incendio y la matanza de Lamayuru, del asalto criminal y aberrante de Tashi Aburghasim al pueblo de deudores, de tantos y tantos asesinatos, torturas, maltratos, insania y odiosidad entre seres humanos, que comenzó a llorar mientras volvía a trotar hacia las montañas, donde él sabría vivir mejor solo, sin la humanidad que una y otra vez volvía a frustrar su sed y su hambre de amor y de humanidad.

100

–¡Akarghi, amor mío, Akarghi!…

Latniavira cogía con ambas manos la cabeza de Akarghi y besaba sus labios, lamiéndolos con su lengua, excitada y como loca.

Los días pasaban, los meses y los años, como van transitando las graduales fases, tan sigilosas, casi insensibles, de un eclipse solar único, que en lugar de decrecer, crece. Aun la mejor y más hermosa entre las mujeres del universo cumplirá su ciclo de perfección y acabará cayendo desde lo alto del cielo, gradualmente, con la complicidad del tiempo que esconderá el cansancio de su piel, de sus minúsculas rugosidades, al principio, entre sonrisas y contorsiones de sus párpados chispeantes, y colores y perfumes y objetos deslumbrantes que colgará entre sus pechos, desde sus orejas, y en sus brazos ahora sólo brillantes de sudor, no más ya del candor juvenil. Hasta que un día de esos que se repiten como el segundo monstruosamente estirado de una pesadilla se ensañará clavando el eco de sus tacones en la soledad creciente de alguna crónica indiferencia.

–¡Amor, amor!…

Estas palabras que habían sonado siempre como un delirio y un milagro inesperado, inmerecido, cual la verdadera felicidad, ahora repentinamente se ajaban también como la trasnochada cien mil de un despertar por primera vez demasiado cargado de algo que nunca se podrá reconocer al instante: ¡la muerte!…

Incluso a los veintidós años es posible cansarse de amar, hasta acabar hastiándose del placer, de la perfección, del sexo, de la belleza… Esas energías sutiles de la materia, que cumplen y completan también los mismos ciclos de la energía y la materia. Esas invocaciones profundas del alma que comienzan a aparecer cuando la energía del cuerpo y de la mente se consumen entre las piernas, los senos, la boca y la lengua mágicas de una mujer. Entonces también comienzan a caer como velos estampados con tenues figuras desde el cuerpo y de la mente las ilusiones deliciosas de la vida joven; hasta que adviene –quiéraslo o no—el universo causal a tu conciencia, pero sólo de la manera tosca y elemental con que tu conciencia de un alguien apenas más que simio le permite al Universo creador hacerse realidad.

Akarghi apretó fuertemente sus nalgas con ambas manos y la atrajo hacia sí, presionando su pene contra la cúspide de su vagina.  La deseaba y se excitaba con la misma intensidad de siempre, pero ahora su mente tomaba algo de una distancia y discurría, al mismo tiempo que sentía. Acercó también sus ojos a los ojos de ella y la miró durante un momento con toda la inmensidad del acontecimiento.

–¿Me amas?… ¿Me amas?… A mí, un monje inútil que no puede siquiera comprarte el más modesto de los perfumes, ni darte la protección y el bienestar que todo hombre debe dar a su mujer…

–¡Sí, sí!… ¡Te amo como no he amado a nadie ni podré amar… porque te amo a ti, y nadie más que tú puede ser !… ¡No me pidas que lo explique, porque no tiene lógica ni sensatez, pero ahí está… y eso no puedo negarlo ni dejar de vivirlo!

Latniavira tomó el pene de Akarghi y comenzó a masturbarlo, frotándolo simultáneamente dentro de su vulva. Akarghi se dejó mecer por los rítmicos y apasionados movimientos de Latniavira, que al mismo tiempo había dejado resbalar su sari por sus hombros, sus senos, su cintura, sus caderas, hasta los pies.

–Sí, veo tu amor, puedo verlo en medio de la confusión que a ti misma te impide justificarlo y explicarlo… Y el mío propio por ti viene también de una zona inmensa y honda como un mar inmemorial. Estamos juntos no porque yo sea un monje y tú la mujer más bella y voluptuosa de la India…

Akarghi quiso contener su orgasmo y su eyaculación, como había aprendido en los esforzados y acéticos ejercicios tántricos de su primera adolescencia, pero Latniavira poseía un dominio y un efecto sobre su sensibilidad sexual que sobrepasaba todos sus límites y saberes. Akarghi comenzó a eyacular en el preciso instante en que Latniavira le susurraba con un gemido sobrecogedor en su oído que ella sufría también el gozo de su propio orgasmo.

–Tu poder sobre mí, Latniavira, no viene de esta vida… Mi poder sobre ti no viene de las condiciones de esta vida, mujer amada.

Akarghi se dejó caer de rodillas y arrastró a Latniavira a la misma posición. Luego se dejó caer de espalda y la arrastró nuevamente sobre su pecho. Se quedaron así, con la respiración todavía agitada, abrazados.

Entonces Akarghi vio la tragedia venir. Vio el destino, esa misteriosa y evasiva fuerza que se arrastra no sólo hacia el futuro, sino también hacia el pasado, y por otras realidades incluso. Y vio con absoluta certeza cómo también, y sobre todo, lo que llamamos destino y karma, es ante todo repetición, como una vieja película condenada a repetirse una y otra vez en diferentes salones. Ningún habitante de este mundo podía liberarse de la repetición, viniera ésta o del pasado o de lo que llamamos futuro. Aun así, Akarghi intuía que su historia personal, su propia repetición quería enseñarle algo más… Si bien era hasta ridículo para él suponer que poseía un don  único sobre el planeta: la capacidad de engendrar por primera vez un hijo del destino, porque hasta los liberados en vida, los jivanmukti, repetían una y otra vez su propia liberación; hasta la misma libertad del espíritu –ya lo había visto con profundo dolor– era una forma de repetición destinal de los mismos ritos, de los mismos éxtasis, de las mismas mortificaciones, de los mismos dioses, de las mismas liberaciones al mismo tiempo olvidadas y recordadas… Su esperanza (y su temor) era que quisiera ir más allá porque podía ir más allá…

(Se ama porque se está obligado a amar. Se odia porque se está obligado a odiar. Se mira a los ojos porque se está obligado a mirar a los ojos. Se escribe poesía, o no, porque se está obligado a escribir poesía, o no. Se eyacula porque se está obligado a eyacular. Se mata y se muere porque se está obligado a matar y a morir…)

–Yo te amaba, Latniavira… Te amaba en la vida pasada, y en la anterior, y la anterior, y la anterior, y en cien mil vidas anteriores también te amaba, y moría y moría y moría cien mil veces entre tus piernas, dichoso de morir absorbido por el paraíso de tu amor y de tu cuerpo, una y otra vez perfectos, aprendidos a ser perfectos de tanto vivir minuciosamente una y otra vez lo mismo.

–¡Mi príncipe, entonces tendrás que volver a amarme y amarme de la misma manera en otras cien mil vidas más!…

Akarghi se mordió los labios con fuerza hasta arrancarse sangre. Se acercó a Latniavira, la volteó para recostarse sobre ella, sin dejar de mirarla intensamente a los ojos, y dejó caer, muy cerca de sus labios, una sola gota de sangre sobre los grandes labios, rojos, vibrantes y luminosos, de Latniavira.

101

Los seres humanos no piensan mucho ni de diferentes maneras sus decisiones de vida, no piensan mucho ni de diferentes maneras sus decisiones diarias, no piensan mucho en ningún sentido. Los seres humanos –eso sí– sienten casi todo, y, sin embargo, responden a ciertas escasas sensaciones y emociones muy propias que condicionan sus respuestas a los acontecimientos del día a día. Los seres humanos rigen y condicionan sus vidas completas de acuerdo a unos exiguos pensamientos y de acuerdo a unas pocas emociones que, a temprana edad, acaban demarcando su experiencia de realidad, anclándolos en su inconciente.

Akarghi había recibido el don y la habilidad de separarse con su conciencia, un poco más de lo normal, de sí mismo y de sus procesos y estados mentales. Y aunque esta diferencia fuese pequeña en su dimensión, como la diferencia de sólo el dos por ciento entre el genoma humano y el de los cerdos, no obstante evidenciaba igualmente una gran diferencia de hecho respecto del desarrollo de la conciencia de los demás seres humanos… Y aunque para Akarghi esta diferencia y superioridad eran evidentes – una simple cuestión de conciencia –, no ponía mayor atención en ella ni buscaba hacerla evidente, puesto que le era tan natural y permanente, como al imbécil le es tan natural y permanente su propia imbecilidad, o su propia nariz, por lo que tampoco necesita ponerla adrede (sino siempre naturalmente) por delante.

Latniavira era receptora y víctima de esta superioridad de Akarghi. Tal vez a temprana edad Akarghi había considerado esta habilidad en buena medida un defecto, una anomalía y un obstáculo, pero ahora ya podía ver en conciencia su propia condición y la de los demás humanos, por más que no cambiara el hecho de que casi siempre ese don también conllevaba penosas, conflictivas e inarmónicas consecuencias para él y para los demás.

Akarghi podía ver a través de los comportamientos, de los actos, de su energía, de las palabras, de los gestos, de emociones, de recuerdos, de sueños, en fin, en cualquier manifestación humana: mente. Pero esto de la mente era algo que también finalmente Akarghi había llegado a conocer y comprender de manera harto diferente de lo que concebía cualquier modelo, teoría o explicación sobre la mente humana. Quizás el sólo hecho de mirar cada vez más sutil e intensamente su propia mente había provocado cambios tan profundos y decisivos en su propia mente, que podría decirse que su conciencia se volvía y transformaba progresivamente en su mente

Aparte de Kynpham, Akarghi nunca había interactuado tan íntimamente con ninguna otra persona como lo había hecho con Latniavira; además, mujer. Primero, en ella se le había mostrado la hembra, el cuerpo unificado perfecto, los cuerpos llamados materiales o densos, que armonizaban y realizaban otras sutiles energías como ningún cuerpo material de mujer podía realizar. Un ángel, un dios, un espíritu santo hubiese deseado, naturalmente a su condición, un conjunto de cuerpos densos tan perfectos como los que habían materializado a la persona Latniavira; perfectos no sólo en condición natural y anatomía, sino también en todo y cualquier movimiento y acto… Podría decirse perfecto en el rango de la belleza, como atractivo, sensualidad, armonía, erotismo, buen gusto, exquisitez, pero no más. ¿Acaso había una correlación entre esta perfección física, energética, y el alma misma (el alma moral y espiritual) de Latniavira?

La evidencia de lo evidente decía que no. Pero más allá de esas profundas y sustanciales rarezas, Latniavira había sido para él el más meticuloso espejo de sí mismo. Quizás, por su parte, Akarghi había sido para Latniavira un espejo harto más hondo, como se puede llamar hondo a la dimensión futura, que es virtualidad y finalidad; y que, en tanto más distante cualitativa y fácticamente respecto de lo que se es en el presente, más lejana cronológicamente en tiempo futuro. ¿No sería entonces prudente llamar a Latniavira también honda para Akarghi, pero en su virtualidad pasada, hacia la honda historia progresiva para atrás de uno mismo?

De Latniavira había descubierto que la conciencia es una encrucijada de infinitos caminos de realidad, en infinitas direcciones; y que la mente, menos rica en posibilidades y recursos que la conciencia, no obstante, también es ella confluencia de innumerables senderos y accesos de realidad. Latniavira podía ser en ocasiones una niña –igual que toda mente—y jugar con su sexualidad como una niña jugaría con muñecas, alegre e ingenuamente. Podía levantarse de la mesa en un lujoso convite y comenzar a bailar, cantando una canción de cuna, lo mismo que una canción obscena. Desnudarse en un velorio, o sonreír al besar en la boca a un muerto. Cerrar los ojos y alcanzar el éxtasis de la iluminación brahmánica, de la misma manera que comenzar a gemir y alcanzar un repentino orgasmo. Tener un hijo y amarlo más que a ella misma, pero también dejar morir a un niño de la calle ante sus propios ojos. Latniavira podía amar a un sanyasin, amarlo todos los días, y prostituirse cien veces en un solo día. Podía amar a Akarghi y a Tashi Aburghasim en el mismo coito. Podía exclamar: ¡Soy una diosa!… ¡Soy una ramera!… ¡Soy una poeta!… ¡Soy una mierda!… Y así, sin parar, sin razón aparente, sin sentido evidente, como si fuese pura instantaneidad, puro impulso ciego y animal, puro azar, pura causalidad caótica, pura tontera, locura y rareza, y al mismo tiempo, perfección

–¿Por qué soy así?… ¿Por qué?…

Le había preguntado tantas veces a Akarghi, en distintos tonos, ánimos, intenciones, motivaciones, actitudes, gestos, sentidos, como si él pudiese con su inconmensurable saber y poderes llegar a su verdad.

–¡No quiero ser así!… ¿Qué puedo hacer, Akarghi?

Akarghi a veces se la quedaba mirando con una sonrisa, con un rictus doloroso en los labios, con el ceño fruncido, con una carcajada, con los ojos cerrados, juntando sus manos, acercando sus labios a su boca, indiferente, impasible, temblando, lloroso… Y con todas esas maneras de responder hacía evidente la inconmensurabilidad de la respuesta, de la densidad inexpresable de la realidad profunda que Latniavira le hacía experimentar e intuir instantánea e inmediatamente.

∞La gente cree que la realidad está ya hecha o creada. Los físicos afirman que la realidad está materializada en energía, tiempo y espacio. Pero la realidad no es nada real. El Universo no es la realidad. No existe nada semejante a la realidad. La realidad es semejante a la búsqueda de cualquier cosa que se aparece dentro de un sueño, y que de pronto, sólo de pronto y a veces, nos parece-creemos-pensamos que estamos soñando…∞

¿Se entiende ahora por qué Akarghi descubría en Latniavira, en sí mismo y en cada persona humana que la mente es al mismo tiempo realidad e ilusión, herramienta y trampa, liberación y cárcel, bien y mal, pasado-presente-futuro, esto y no-esto, dios y demonio, anulación y trascendencia?

Y al final de cada día, sin embargo, todo parecía inexorablemente igual y obvio: que el sol se ponía en el horizonte, y que su propio hijo lo miraba sin poder saber que él era su padre…

102

La entropía del Universo puede apreciarse en todas partes, pero ninguna mayor que en la mente humana. A veces Akarghi huía de los seres humanos, a veces los rechazaba, se alejaba o los rehuía. Reconocía con certidumbre que había nacido para sí mismo y para los demás. Podía habitar como un puma en lo alto de una montaña mucho tiempo, pero inexorablemente sentía un llamado desde las entrañas, el vértigo de las alturas, las cien mil voces humanas que todos llevamos caladas muy adentro, a veces tan profundas que no alcanzan siquiera a conmover la conciencia, y que reclaman –casi siempre todo–, que lloran y se debaten entre la agonía y el deseo de vivir. Nadie que escuche con su propia humanidad estas voces universales de niños abandonados y malditos puede evitar bajar incluso hasta su propia tumba; descender incluso hasta su maldad y su horror para abrazarlas como propias. Pero después de un tiempo el amor se va volviendo agrio, demasiado unilateral, como la muerte, y entonces el asco de ser menos uno mismo, de ser un camaleón o un loro, un ciudadano y un puntual contribuyente honesto, te hace delirar y llorar, y sentir la nostalgia de cualquier cosa superior… Akarghi venía haciendo este recorrido desde hacía años –cientos de años–, como los mundos que van y vienen desde tiempos inmemoriales alrededor de un centro de irresistible fuerza ∞¿sol?∞.

A Akarghi, el anacoreta, el sanyasin, le correspondía ahora caminar por las calles de una ciudad. Quería hacerlo, necesitaba hacerlo, conmovido, con las lágrimas pugnando por salir hasta el agujero de sus pupilas, pero siempre contenidas por ese obsesivo ∞omnipotente∞ sentimiento del amor… Llámese Moghul-Sarai, Benarés, Bangalore o Bombay; Thanjavur, Nagercoil o Karawal Nagar; cada una con su nombre propio y único, con su gente única, con sus perros y pulgas únicos, pero todos sumergidos en el mismo ensueño dentro de la misma niebla invisible, en la misma experiencia de la colmena, del circo, del mercado, del templo, del espacio y de la mente. Después de las abluciones al amanecer en las aguas del insondable Ganges se había venido a la plaza Maharashtra, donde las riadas de sanyasines y yoguis que iban camino de las fiestas del Kumbhamela acostumbraban meditar en esta época del año hasta entrada la mañana. Con sus ojos bien cerrados, con la respiración contenida, en suspenso, la mente de Akarghi resplandecía como la superficie de un lago quieto; no obstante, no podía tampoco dejar de sentir, de ver, de oír, de saber, los movimientos, los gestos, las direcciones, las voces interiores y exteriores de sus pensamientos, incluso la vibración radiante de las almas de los viandantes. Dentro de cada uno de ellos la realidad parecía haberse creado única, inconmensurable, como un fractal que se multiplica al infinito, igual y al mismo tiempo diferente de sí mismo. Se podía dejar caer adentro de ellos, de a poco, hasta llegar a vivir cada segundo, cada estado de su mente, cada sensación, cada acto, cada hilo de pensamiento, con sus diminutas preocupaciones, con sus alocados procesos mentales, con sus intereses y continuas atenciones sobre las más insignificantes y particulares cosas de su existencia, de los objetos, de muchas cosas, casi sólo de cosas, pero sobre todo de la existencia arrastrada, provocada, creada y vivida hacia dentro de su mente, como un hoyo negro. Nunca dejaba de maravillarse cómo el Universo se replegaba a sí mismo dentro de sus espacios minúsculos de mente, de sus personalísimas apropiaciones de la realidad, de sus insignificancias, de sus creencias, de sus juicios, de sus caracteres, de sus aberraciones, monstruosidades, mezquindades, a las que la realidad engrandecía amorosamente, otorgándoles existencia, apariencia de grandeza, duración, e incluso acción y efecto.

–¿Qué harás tú por ellos? –escuchó con claridad que una voz femenina le hablaba.

Las palabras se fueron extendiendo dentro de él como círculos concéntricos provocados por la caída de una pluma hacia el centro del universo interior. Sintió que podía quedarse hasta la eternidad percibiendo su eco inagotable.

¿Qué harás tú por ellos? era la voz de una mujer, de todas las mujeres, de todas las voces femeninas del Universo, y, en último término, de la realidad entera y sin distinción. No era cuestión de responderla de una sola vez; su vida era el despliegue de la respuesta. No era cuestión de buscar siquiera en su propia vida, en esto o en aquello. La respuesta se extendía siempre más allá, como un mero horizonte que acaba donde simplemente se fija la vista, pero que no acaba jamás si avanzas hacia él…

Podía coger un arma – la más terrible y mortífera– y salir a liberar a los pueblos de la Tierra. Podía transmutar la verdad en un mensaje divino y salir a las calles a instituir verdades religiosas. Podía empuñar el arado y salir a los campos a producir toneladas de comida. Podía crear un partido político y administrar pueblos y naciones completas. Podía profesar y hacer… Podía… Podía… tantas cosas, cuantas los seres humanos inventan para ayudar solidaria y cooperativamente a los demás ∞ésas que acaban tristemente, casi siempre, sirviendo al final, y primero, y sobre todo, a sí mismos, o a unos pocos, extensiones igualmente de uno mismo∞

–¿Y qué haces por ellos?—Akarghi le devolvió la pregunta.– ¡Enséñame!

Abrió los ojos. De un salto se puso de pie y comenzó a caminar con decisión hacia los ghats de Allahabad. Tuvo la clara visión de que la vida, llámese Dios, Brahma, la realidad o lo que fuese que creaba y sostenía la inmediatez, la evidencia de lo que está delante de nuestra nariz, podía detenerse en cada uno de ellos (humanos), que pasaban delante de él igual que el caudal de un inmenso río corre tan veloz que apenas uno alcanza a capturarlo en el lenguaje y exclamar: ¡río!, como si eso fuese suficiente y preciso para capturar la esencia del movimiento continuo, inasible e ininteligible de algo que está transcurriendo ahí, más extraño a nosotros, que nosotros a ello… Eso que estaba por ahí, en alguna parte que al parecer no era ninguna, sin embargo tan potente y supranatural, se ocupaba de cada poro de su piel, de cada inspiración y espiración de ellos, quienes circulaban por miles tan rápido, pasajeros que se resisten a la nada, como una estrella fugaz puede pasar por el firmamento, cuando todos los que pudiesen poner atención en ella y eternizarla en una conciencia, en una memoria o en un bello poema, están d-u-r-m-i-e-n-d-o… Pero, ¡no!

Ahí estaban los humildes bañándose en las aguas del Ganges, casi indiferentes unos de otros, por miles, por millones, por billones, por eones, dándose importancia a sí mismos, primero que todo a sí mismos, intentando limpiar, lavar, purificar algo, algo inmenso, que cada cual empequeñecía identificándolo con una insignificante culpa, en lugar de sorprenderse del gran error de existir como una insignificancia que sólo se da importancia a sí misma, a la orilla de un río verdaderamente sin nombre, dentro del Universo inconmensurable, estultamente infinito… Y que, al hacerse conciente de esto, cobra una grandeza más enorme, incipiente, insignificante y terrible que el Universo mismo…

–¡Enséñame, enséñame, enséñame, enséñame…! –repetía él, ella, eso, como un dios que repentinamente enloquece y se obsesiona, como sólo un dios es capaz de hacerlo.

103

Cuando Akarghi ingresó la primera vez por el portal imponente de Lamayuru, a los nueve años, guiado por los venerables lamas Mohinder  Chatterjî y Gopal Sen, apenas ponía atención en las grises montañas de Srinagar y su cielo, como si se tratase sólo de un adecuado telón de fondo para una escenografía monacal. En cambio los lamas, los monjes, y sobre todo el abad Farra-aj, adquirían dimensiones colosales, inagotables, únicas, maravillosas. Sus voces, cuando las alzaban por el motivo que fuese, resonaban como truenos entre las filosas gargantas de un acantilado. Sus voces, cuando leían melodiosamente las sagradas escrituras en pali, en sánscrito, en hindi, y en el dialecto que fuese; o cuando enseñaban los Upanishads; o recitaban los sutras de Gautama; o discurrían sobre cualquier cosa,  le resultaban infinitamente más suaves, olorosas y sabias que las flores de las azucenas silvestres que se inclinaban arriesgadas en lo alto de los riscos de Srinagar.

La sensibilidad de un niño sensible supera la expresión del artista más consumado y genial. La sensibilidad de un niño sensible es el más extraordinario acto de magia, continuo y sobrecogedor. Ni siquiera el más avezado magnetizador puede crear en el hipnotizado el maravilloso estado mental, el mundo delirante de sensaciones, de siluetas, de creaciones, misterios y ultranzas que crea ese niño sensible. Akarghi era un niño sensible y delirante.

∞Muchos pensarán, tal vez, que sumergir a un niño sensible y delirante en el mundo de aislamiento y ruptura con la realidad física y mental que se experimenta en la vida monástica representa condenarlo a un estado y condición irreversibles de locura… De seguro estarán en lo cierto. Sin embargo, es necesario distinguir entre diferentes tipos de locura, así como entre diversos tipos de sensibilidad.∞

La extraordinaria sensibilidad de Akarghi no era el producto de una mera sensibilidad síquica, como la sensibilidad de un hipocondríaco, de un maníaco, o de un alérgico, o de un emotivo, o incluso de un karmático. Hay locuras –las más–que vienen del mero encarnar en cuerpo, cerebro y mente; hay locuras que vienen de los niveles subterráneos de la mente y del alma; hay locuras que reflejan el desastre de una vida experiencial, traumática y asimilada caóticamente; hay locuras que vienen de otras vidas y hasta de otros niveles de realidad; pero hay locuras que son el efecto y manifestación simplemente de un poder superior que adviene rompiendo los cauces de todo, trastocando límites y naturalezas de todo en este Universo que denominamos natural, para provocar un nuevo estado de realidad y conducirlo todo en una dirección supraevolutiva. Ésta última era la razón de ser de la sensibilidad de Akarghi.

Era justo y necesario que venerase a sus maestros, a esos héroes y mártires de la humanidad que renuncian a sus más caros y propios impulsos de hombres, y se adentran por las comarcas virtuales interiores, atrayendo a su persona y entorno la espiritualidad próxima del Universo. ¿Cómo no habría de contemplarlos Akarghi como a montañas? Ellos, por lo demás, expresaban la cadena visible de ese empuje silente, milenario, de la herencia del conocimiento que aunaba a unos maestros ancestros e iluminados en un movimiento telúrico ascendente, ininterrumpido y en aumento. Eran en realidad inmensos, extraordinarios, y Akarghi podía verlos así, físicamente colosales.

Y aunque ocurre lo mismo en el amor temprano, que levanta al ser amado como a un sol quemante sobre el horizonte de la existencia, pero luego que alcanza el cenit de la pasión, va cediendo y decae hacia el ocaso, movido por el resorte interno de la muerte universal, así también Akarghi comenzó a observar detalles, minucias, como la manera de arreglarse el vestido, o el aburrimiento de la voz en el mascullar los mismos mantras, o el desgaste de las cuentas de los malas a causa de unos dedos mecanizados y rugosos, o la solemnidad de este gesto o de aquel, y hasta la humildad, satisfechas de sí mismas, o el peso sutil de los párpados que delataba la carencia de fuego interior, o la temblorosa obsesión por frotar pisos, imágenes, vidrios, oros y platas; pero, sobre todo, sorprender la costumbre, la repetición sacralizada de lo mismo, por más excelso y sublime que fuese lo mismo.

Ocurrió un día como cualquier otro. A menos de una semana de cumplir doce años Akarghi se encontraba en el dormitorio del cenobio, junto con sus condiscípulos, y acababa de plegar cuidadosamente sus mantas a los pies de la estera, cuando llegó a su nariz el olor a incienso rancio, que provenía de la hornacina del venerable Gyalwa Gendun Drubpa. Levantó la vista y se encontró con la figura rechoncha del swami Ananda Kriyananda junto  a la puerta, que despreocupadamente introducía el índice en sus fosas nasales, escarbando con ahínco algún moco que se resistía a salir. Esa simple, natural y cotidiana escena lo desencadenó todo. Fue como un fogonazo. Su vista se desplazó, impulsada por un reflejo de su músculo ocular, hacia la ventana del lado del swami, y divisó allá, en lo alto y a lo lejos, un pico único y nevado que resplandecía repentina y orgullosamente por encima de la niebla, más grande y alto que nada visto antes por él. Fue como un martillazo en medio del cráneo.

Salió corriendo. Voló. Saltó setos, cercas, charcas, fosas; cayó, se levantó, corrió. Explotó… en llanto.

Se alejó de Lamayuru como se huye de un monstruo y de un fantasma. Las lágrimas bajaban por su cara como nieve derretida en el fogón del alma. Cada cien o docientos metros se detenía y miraba hacia lo alto, hacia la cima sonriente del Srinagar, y volvía a llorar explosivamente. Se detuvo, giró la vista hacia atrás, y divisó muy abajo la forma irregular y oscurecida de Lamayuru. Se dejó caer sentado sobre la roca; se tomó la cabeza con ambas manos y cerró los ojos, con la sensación de que su cabeza iba a estallar. Después de un minuto, después de contener la respiración agitada como una ventolera a la orilla del mar, apareció, con la humildad de un despertar en la pobreza, el olor oculto de las nubes, el crujir de las piedras bajo el sol, la luz del silencio de las flores más pequeñas, el blanco y el azul aquí y allá, los pelajes pardos de la tierra, el paso veloz de un escarabajo  dormido sobre un planeta que gira secretamente alrededor de un sol, y la montaña, grande, inalcanzable, perfecta, surcada por infinitos invisibles senderos de caminantes no natos. Respiró el mundo y encontró la paz, esa paz de las montañas que dura un instante, el segundo suficiente para tomar impulso, respirar dos veces, y volver atrás…

104

Todas las personas son importantes, nadie superfluo. Desde el feto muerto y abortado en un retrete, el avaro que se encierra en su riquísima miseria, la mujer que hila, teje y borda en el cuarto hediondo de su abandono, la viuda moribunda o muerta, y por muchos años sufrida, el aborigen que se empeña en subsistir a pesar de su sed ubicua, y, con la mayor frecuencia, ese donnadie que pasa invisible una vida corta sobre la faz del planeta. Todos somos importantes para algo o para alguien, pero no más… Quisiéramos ser eternos, pero honestamente apenas merecemos que alguien exclame ¡amén! al acabar muriendo la caricatura de nuestro vivir. ∞No somos honestos∞ Akarghi, queremos concentrarnos en Akarghi ∞profundamente∞, sólo entonces aparece en el centro de algo, en el ombligo de una trama especial, superior, desconcertante, importante.

A Tashi Aburghasim Akarghi le parecía un bicho raro. Había conocido miles de sanyasines, brahmanes, gurús, monjes, devotos y fieles, pero ninguno tan fuera de la norma como Akarghi. A veces le parecía que “si existiese la espiritualidad, este joven sería el más espiritual de todos”, pero en otras, cuando se comportaba como un animal estúpido, como él mismo, consideraba que “si existiese la espiritualidad, y aun si no existiese, Akarghi sería el peor de todos. ¿Cómo puede ser esto? …” Tashi se quedaba con la mirada perdida en el vacío, buscando una respuesta, pero no llegaba; entonces volvía rápidamente a tomar la hoja de cálculos y continuar sumando y restando sus haberes. Se tranquilizaba con la frase que repetía siempre: “Al fin y al cabo qué importa, si todo se resuelve con un arma y con dinero…”, y dirigía una mirada tierna y agradecida hacia el revólver que mantenía a su lado, sobre el escritorio.

Si Tashi hubiese podido conversar amigablemente con Farra-aj seguramente hubieran coincidido en varios puntos acerca de Akarghi… ¿Era siquiera imaginable pensar que se pudiese considerar espiritual, religioso, modélico a un Akarghi que se dejaba arrastrar por la lujuria, por el chantaje, por la autocomplacencia, por la pasión obsesiva, la sensación inmediata y placentera, hasta no reconocerse en él nada puro, nada espiritual, nada superior antes vivido?… Otra cosa, eso sí, hubiese sido preguntarle a Kynpham. Más allá de las ofuscaciones mentales en las que caía con frecuencia y que le podían significar incluso desmayos y ataques epilépticos, Kynpham podía intuir y sentir en Akarghi a un ángel y un elegido, a un alucinado y un avatar, por encima de todo.

–¿Quién crees que eres?—le preguntó a Akarghi una noche que se habían escapado a contemplar las estrellas, recostados sobre la grama primaveral de las colinas cercanas.

–Eso que me preguntas es lo mismo que si nos preguntásemos qué es una estrella, contemplándola desde aquí.

Años después, otra noche en que Akarghi deliraba como consecuencia de una alta fiebre y su amigo Kynpham lo acompañaba junto a su litera, reponiendo una y otra vez paños fríos sobre la frente y el cuerpo ardiente, Akarghi no dejaba de repetir y balbucear incoherencias, pero también agudos dichos.

–¡Búscate!… ¡Búscate a ti mismo!… ¿Y el camino de la Verdad existe, realmente existe?… Yo estuve en él, y me dolía tanto, me dolía la cabeza, como me duele ahora… Pero ¿quién nos asegura que la Verdad no sea más que un dolor de cabeza pasajero?

–¿Quién eres, Akarghi?—volvió a preguntarle Kynpham.

–¡Déjame morir!… ¡Déjame morir, baba!—Akarghi comenzó a gemir y llorar.

Kynpham se abalanzó sobre él y, abrazándolo, comenzó también a llorar, mientras lo mecía hacia atrás y hacia adelante.

Akarghi había descubierto a los doce años la inmensidad de las creaturas. Cuando conocía que una osada hormiga se había subido a su pie, dejaba que recorriese libremente su pierna, contemplándola amorosamente, hasta que la desdichada sentía la necesidad de morder su apetitosa piel; entonces Akarghi la soplaba cerca del suelo para que rodase sin daño, como si una tormenta soplase sobre chozas de pescadores y les enseñase a portarse humildemente –como corresponde– ante la Voluntad superior… Habría también podido aplastarla,  a la hormiga o a sí mismo, como se anula simplemente a un ser insignificante, que, además de mostrarse pequeño a la vista, se reduce a la nada con un mero frotarlo entre dos dedos.

Akarghi sintió desde temprano el férreo apretón de la ley, del dharma, de la verdad, de la humanidad y de Dios. Pronto aprendió, sin embargo, que así juega su juego el Señor de la realidad, con todos sin excepción, sólo que a algunos les da más largas y los golpea y obstaculiza incluso no en ésta, sino en la vida siguiente o en la subsiguiente, pero no más lejos. A cada uno lo suyo: sus enemigos, sus opositores, sus contrincantes, de las formas más variadas y a veces también soterradas e invisibles. Para él, el desafío mayor era inquietante. El andamiaje, el sostén y la ruta favorecieron y protegieron amorosa y suavemente la progresión evolutiva de los primeros once años de vida. Debía y podía aprender de la espiritualidad humana sin el recurso del sufrimiento y la contradicción, pero sólo durante once años, y no más. Después, ya no más el nido y el almo huevo de Lamayuru, sino el arquetipo de la Montaña, fría, árida, salvaje, peligrosa, solitaria, trascendental.

La conciencia de Akarghi se agudizó, se intensificó y se refinó cuando su naturaleza profunda, venida de quién sabe dónde, se abrió sin esfuerzo a través de todos los flancos internos hacia el mundo, al mismo tiempo que abría dolorosamente todos los flancos del mundo, demasiado tosco, normado, regulado y legal para no dolerse con la extraordinaria ruptura de Akarghi. Con todo, una mano sutil y firme, un hálito vital y poderoso, una mente cercana y por el revés de su mente lo robustecían para acabar siempre resolviéndose y como deslizándose por encima de todo, sin necesidad de ofrendar su propia sangre ni la sangre de los otros.

Hay un punto en el desarrollo progresivo de la conciencia humana en que comienza a retroceder y desbordar hacia el propio interior. El efecto primero es semejante a esos instantes previos al amanecer, en que sumido el plano terráqueo en oscuridad indistinta, de pronto y velozmente una luz solar comienza a develar un ilimitado universo donde antes nada parecía existir, y que, al manifestarse dentro de la misma luz, mágicamente despierta. Sin embargo, paradójicamente, cuando se enciende la conciencia de la mente y del alma, generalmente la persona se apaga para la mayoría de las personas, porque la naturaleza de la luz interior es diferente de la naturaleza del mundo exterior, pero sobre todo de la luz de las mentes humanas. Es inevitable conocerlo como una gracia hacia el interior, y como una maldición hacia el mundo externo. Si Akarghi no hubiese recibido ayuda de lo Alto, hubiera sucumbido pronto y a cada paso por este mundo y vida. Y Akarghi lo reconoció como se reconoce al nacer el pezón de la madre rebosante de leche. Y lo reconoció en su interior…

(Es necesario encontrar ante todo la importancia de uno para uno mismo, antes de reconocer y practicar la importancia de uno para otros, o de otros para uno. Si bien la importancia de uno mismo no puede descubrirse sin el simultáneo reconocimiento de los otros)

105

Cuando Akarghi perdió a Latniavira y a Prâsad su corazón se vació de todo sentimiento vital, de toda emoción y energía… Cuando se ha estado amando con todo el corazón, ya no se puede volver a vivir, si ese amor deja de ser alimentado por el ser amado, ya sea con su presencia, con su existencia o con su amorosa reciprocidad. Cuando el corazón deja de experimentar el vínculo que gozaba con su ser amado, muere. Y mientras muere, proceso de agonía, de luto y amputación progresiva durante un larguísimo tiempo, sufre el corazón –sufría Akarghi– como por nada más se puede sufrir más. Luego, sin querer, el corazón exangüe se anestesia y ya no se sufre más ∞es que sufrir, sólo sufrir por amor, es mejor que ya no sentir nada: la apatía y el automatismo vital (nada)como una aberrante forma de paz y descanso∞, pero tampoco se vive más (con el corazón y sus consecuencias)…

Gautama Buda había enseñado que el único pecado de amar era la identificación con el sentimiento propio, o con la persona amada, o simplemente con lo que fuese: ¡Eso es ilusión, ensueño, irrealidad!… Akarghi amaba, sufría como no se puede amar ni sentir ni sufrir más sin la consecuencia natural de morir, de romperse en fragmentos de dolor. ¡Pero no había identificación entre él y eso!… ¡Su conciencia se conservaba tan pura y libre, tan poderosa, como el primer día de conciencia! Entonces Akarghi comprendió el error de tantos sabios que habían indiferenciado sentimiento intenso, pasión, lujuria y sexo, incluso sufrimiento radical, respecto de identificación, de apego (como una sola y misma naturaleza necesaria), y, en consecuencia, idénticos a ilusión. Incluso había ido un paso inconmensurable más allá que todos los sabios humanos: no reconocía identidad de sí mismo con su propia conciencia; ni siquiera, ni tampoco, de su conciencia con la conciencia universal… Ya comenzaba a definir su arriesgada apuesta en el Camino de la Verdad.

¿Por qué había alcanzado ese portentoso estado y nivel de conciencia que lo ponía por encima de toda su mente y también de su propia conciencia, sin dejar de experimentarse al mismo tiempo, intensamente, naturalmente, como mente y como conciencia?

–Dudo que no haya muchas personas más aventajadas, más iluminadas y mejores que yo en esta misma experiencia de la Verdad –le compartió a Kautsa, durante uno de sus coloquios espirituales y de preciosa confianza que habían alcanzado.

–Verás, Akarghi… Creo que algún día tendrás que visitar al rishi Dur-pah, Muerto-en-vida. Con él comenzarás sin duda una nueva existencia.

–¿Quién es él?

–Sólo he escuchado, de quienes han intentado conocerlo, que rechaza a todos los peregrinos y solicitantes. Su fama es inmensa, sea un iluminado o un embaucador, pero su hermetismo y misterio, mucho más. Podrás encontrarlo, si tienes suerte, en el Templo Rojo.

Akarghi se quedó en silencio, meditando en algo inusual que gravitaba en las palabras de Kautsa.

–¿Qué es la conciencia, Akarghi?—preguntó el anacoreta.

Akarghi levantó la vista hacia él, y se lo quedó mirando como se atisba un relámpago breve que por un momento descubre un mundo inexistente antes y después de ese instantáneo momento.

–¡Un relámpago!—exclamó Akarghi, siguiendo una voz interior que parecía soplárselo al oído.

–¿Qué más que una difusa intuición de lo visto puede dejarnos un relámpago, y hasta confusión y desconcierto?

–La intuición que acompaña al relámpago de la conciencia no alcanza para más que un germen, una semilla: el instante que se perpetúa en el proyecto de una voluntad. La oscuridad reinante y eterna sostiene y absorbe todo esfuerzo de la luz por superar su propia condición oscura. Un relámpago antecede y sigue a otro relámpago en la dirección del tiempo que sostiene y absorbe a toda existencia.

–¿Podrías llamarlo Dios?

–Ese Dios está dentro de nosotros.

–¡El relámpago de Dios!

–¡Y Dios en el relámpago!

Se produjo un silencio de dos meditantes. Más tarde, Akarghi volvió a hablar:

–Kautsa, los recuerdos se acumulan y eternizan en una vibración de la conciencia. En todo relámpago de conciencia hay una densidad sintética de experiencias y recuerdos instantáneos. Cada vez puedo leer  mejor la densidad de vibración de la conciencia de los seres humanos.

–Entonces debes ayudar a leer a los que no saben leer, e igualmente a los que lo hacen torpemente.

Akarghi entrecerró los párpados, contemplando el aura de Kautsa. Como una señal significativa volvió a aflorar de sí el recuerdo de Latniavira y Prâsad. Penosa y triste sensación de que no debía haber conocido a Latniavira y no haber engendrado a Prâsad acongojó su alma.

–No me arrepiento de nada—la misma Latniavira le había confesado en más de una ocasión.

Siempre se había entristecido Akarghi al constatar que Latniavira amaba incluso sus más soeces, infieles y malignos recuerdos, hombres y vivencias, por sobre su presente con él. El presente de Latniavira, con el amor de Akarghi, no era mejor que el momento más trivial y ruin de su pasado. En cambio, Akarghi pensaba que nunca había vivido un momento más perfecto que su presente, y, por tanto, que todo su pasado no era más que un impulso y un primer movimiento imperfecto hacia el presente, o, incluso, hacia el futuro.

Sin embargo, ahora, delante de su amigo Kautsa, ya no le parecía ni lo uno ni lo otro. Ahora presentía que la existencia, sin tiempo ni espacio, se constituía alrededor de la conciencia, de manera similar a una ramita que, arrojada en medio de un mar, crea esto y aquello con las limitadas interacciones que gracias a su naturaleza de ramita puede ejercer sobre la (infinita) realidad que la rodea. Akarghi creaba realidad como ramita; Latniavira creaba realidad como ramita… ¿Había una realidad mejor que otra? Sólo un acuerdo, o desacuerdo, momentáneo y delimitado podía establecer esto es mejor que esto, de la misma manera que la ramita podía provocar, con algún movimiento de su corporalidad, una pequeña onda junto a ella, y nada más. ∞Al fin y al cabo las profundas e irresistibles corrientes del océano universal lo dirigen todo.∞

–Debes enseñar a tantas personas –le espetó Kautsa con una mirada inquisitiva–… Debes ayudar a desarrollar la conciencia, Akarghi. La sabiduría fluye de ti como alimento para almas, mentes y conciencias hambrientas. No debes negar tu condición de maestro. Mira el sol, el agua y el aire como se regalan.

–¿Cómo podría enseñar, Kautsa, si no poseo ninguna verdad?

–¡Muchas, Akarghi, posees muchas verdades y mucho poder!

Mandukayani y Mandavya se dispusieron a la espalda de Akarghi, y repitieron juntos:

–¡Muchas, Akarghi, posees muchas verdades y mucho poder!

Akarghi se asustó de sí mismo. Bajó la vista al suelo y respondió:

–¡Lo pensaré, meditaré en ello, venerables acaryas!

106

Akarghi apretó el lápiz de carboncillo que encontró en un rincón de la sala de estudios y se dispuso a escribir en pedazos de papel que rescató del basurero escondido tras una estatua dorada de Buda:

Hoy no me reconozco. Los más tristes sentimientos se agolpan como nubarrones de tormenta alrededor de esta torre que piensa y medita. ¡No sé siquiera dónde estoy! ¿Dónde está mi espíritu, mi carácter, mi normalidad? Todos los recuerdos, sin excepción, son otras tantas nubes de tristeza que hieren mi sensibilidad. El pasado es dolor por el solo hecho de ser pasado inalcanzable. ¿Por qué ya no puedo volver al amor de Latniavira, a sus encantos creados en tanto eran puro presente?… ¿Y mi  hijo, o debiera decir mis hijos, dejarán alguna vez de llamarme inagotablemente desvalidos “¡Papá!”, incluso después de que se hayan hecho fuertes, y también ellos padres?… ¿Dónde están ahora buscándome? ¡Cuántas emociones que nos acompañan a diario no son más que venas ocultas que se nutren de la muerte! ¿A quién sirve la alegría de vivir y la fortuna de respirar? Sin engaños, sin disfraces, sin espejismos de verdad o de instintos, no seríamos capaces de vivir. Y el amor, el amor, ¡ay!, insobornable sentimiento que se obstina en pretender amarlo todo… O al menos amar a uno, o a una sola, tan intensamente que ninguna horrible realidad pueda despertarte de ese extraño sueño… ¡hasta que al fin se rompe! Cuanto más larga es la vida, los recuerdos se van doliendo progresivamente más como desenmascaradas presencias de muerte. La muerte toma todas las formas de vida y las acaba. Acaba con la madre y con el padre, con las mujeres amadas, con los maestros, con los amigos (esos transeúntes que quisieron sostener amorosamente tu mano), las playas completas que se llevó el mar, el olor de las flores significativas de la infancia, las canciones que nadie más cantó, y hasta los hijos, el mayor dolor de todos, el mayor… ¡Felices los niños y los jóvenes, edad sin recuerdos! Pero yo, apenas cerca de los treinta, he recorrido tantos caminos de vida, de reencarnación y de muerte, he cosechado tantos recuerdos que se acumulan como montañas de gavillas hermosas y secas, que no puedo sino experimentar el desconsuelo de los viejos, quienes con sus rodillas desmadejadas y rotas ya ni siquiera se atreven a arrodillarse ante nadie ni ante nada, acto tan vital, humilde y necesario para todo ser humano, como el tocar… De regreso aquí en Lamayuru, también obstinándome en no dejarlo morir, tratando de alcanzar el cuerpo muerto de mi  amado amigo Kynpham, y su alma, que pareciera alejarse más y más en el olvido de mi propio cansancio vital… ¡Y quizás lo estoy logrando, o lo llegue a lograr, porque la vida que se rescata y se salva con el acto heroico del instante, puede morir al segundo siguiente, y hasta borrar, en el otro siguiente, y en el siguiente, y en el siguiente… tu heroísmo como intento de nada! Yo no sé si soy de verdad, si soy un ser de carne y hueso, libre, con conciencia propia y libertad. Tal vez un dios me está soñando, o un azar me está escribiendo sobre otra hoja cósmica de papel… ¿Quién sabe? Y aun así, soy fuerte sosteniendo algo que vagamente llamamos realidad, como la hormiga diminuta se echa una montaña de pan a la espalda y lucha hasta la muerte por ella. Y si no para ella, al menos para el que la contempla sabe que en su existencia hay también una tragedia, una fluctuación entre el ser y la nada, la mentira y la verdad, la necesidad y el absurdo… pero todo esto que siento, que pienso, que escribo y que vivo como las más grandes verdades ¿es sólo el efecto de mis descompensaciones orgánicas, de mi aparato emocional debilitado, herido y golpeado, y sin la energía suficiente para darlo vuelta todo, por el lado positivo de las cosas y de la mente, como lo hacía hasta ayer? Y aunque el mundo me ha engañado todo este tiempo que he vagado por el mundo, creando ilusiones, emociones, ideas, tratos, conocimientos, experiencias, amores, padecimientos, maldades, aun así no creo ni he conocido la libertad del maestro y del asceta que se aísla del mundo y de su propia mente, para caer en ese sopor beatífico que los hace dormir y soñar, inertes, como muertos en el vacío de una cueva o de una celda vacía, huyendo del mundo y de la mente hasta agonizar en un sopor mortal dentro de su propia mente (siempre y todavía viva dentro de un cerebro que inevitablemente tendrá que morir), por más que le llamen a eso Buda, Asidad, Paranirvana, Tao, Bodhicita, o Brahma. Al fin y al cabo, las respuestas, los progresos trascendentales vienen siempre desde un Afuera que se infiltra a veces brutal, a veces sutil y dulcemente, lo mismo en la mente del monje que medita en su celda, como en la del asesino que descubre repentinamente el valor de la vida, o la prostituta que de pronto experimenta el orgasmo universal, o de Akarghi, que se entristece porque la vida animal y terrestre es triste, definitivamente triste, por más que el Espíritu haya volado a anidar en este mundo para producir Belleza y Ensueño en medio de la guerra total de existir hasta morir. ¡Estoy triste!, y aun así mi otro carácter está por encima de todo mundo, al punto que rumio el dolor y acaba floreciendo en un “¡Tú, Trascendencia, estás incluso por encima de mí, ni puedo rozarte si Tú no quieres que te toque!” Hoy estoy triste como si se tratase de la oscuridad de la noche, de la luz pálida, melancólica, soñolienta y frágil de la luna nueva, y hasta de la luna llena, poderosa pero fría, como los negros cadáveres que van quedando tumbados y fríos en el abandono fantasmal de la noche. Hoy estoy triste, como se hace triste y solo el hombre que contempla nuevamente en la noche tantas y tantas estrellas, tanto más universo, y él allí, más breve que un instante, ¡tan solo!, y sólo hombre… Pero un Sol, un estallido de fuego sobrehumano, otro momento después, puesto cerca de todo lo tuyo, del mundo, transfigura esa tristeza, esa oscuridad impenetrable y ciega hasta que explota la luz. ¿Acaso hiciste el más mínimo movimiento, la más mínima renuncia, el más mínimo bien, el más mínimo merecimiento para que repentinamente aparezca sobre tu horizonte y cree la vida, el soplo del aire, las aguas azules, el cielo impenetrable y puro o bañado de nubes, y toda esa multitud de seres vegetales y animales que cada mañana se despiertan o nacen con este Sol redondo en sus ojos, desapegados de toda visible tristeza? Éste es el más profundo secreto de la tristeza de la oscuridad y de la tristeza de la luz: ¡Sólo Adviene!…

Akarghi se detuvo, dejó de escribir. Tomó las hojas que habían ido esparciéndose a su alrededor, las rompió una por una, y luego las arrojó todas juntas al fuego danzarín que ardía en memoria de su amado Lamayuru, en otro lugar y en otro tiempo.

107

Gracias a su prodigiosa memoria Akarghi recordó puntualmente las palabras que en alguna ocasión Kynpham le había leído de uno de los libros secretos de Farra-aj: “Cada vez que un hombre, un individuo, se dirige a la Humanidad con alguna promesa, pulsa el nervio de esos anhelos de fe, y una infinita y contenida disposición al sacrificio sale al paso a todo aquel que tiene el valor de levantarse y decir la palabra que más responsabilidad entraña: ‘Yo conozco la verdad’.[12]

Verdad era para Akarghi la palabra, entre todas, más sobrecogedora, inquietante y sensible; la más inextricable, elusiva y personal; la más decisiva, la más frágil, la más presente y, al mismo tiempo, ausente. Esa palabra apenas era proferida acústica o mentalmente se diluía como el cascarón de una larva, y entonces, por detrás de ella surgía la realidad, el fenómeno caótico y expansivo que se descubre a la conciencia humana. Pero no la realidad como puro hecho y verdad-ahí, sino recién la masa universal de infinitas formas, de esencias y fantasmas conjugados, de humanidades que al toparse en la vida rebotan dando tumbos, desordenándolo y reordenándolo todo, y en cuya confusión se van articulando y desarticulando verdades y más verdades, y menos verdades, en un juego caleidoscópico, cuyo principio, propósito y fin el entendimiento humano penosamente no alcanza.

Kautsa, Mandukayani, Mandavya, Jaipurdirga, Hanshapatti, los cinco gurús principales del ashram Loto Blanco habían acogido a Akarghi, como en otro tiempo los venerables maestros de Lamayuru lo habían también acogido. Sin embargo, el intenso camino recorrido por Akarghi de entonces a hoy le confería una condición diferente y especial. Hubiese preferido, como discípulo humilde y aventajado, haber leído los libros sagrados, escuchar las enseñanzas iluminadas de sus maestros, haber puesto en práctica el yoga, la meditación, la adoración, y, entonces, como buen receptor de todas esas sacrosantas verdades, haberlas gozado en eterna contemplación y unificación, liberado para siempre de la sufrida rueda del samsara. Había conocido tantos hombres santos, bodhisattvas, jivanmuktis, bienaventurados, extáticos, inmóviles, perfectos, pacificados, serenos, felices, que habían alcanzado su Verdad, o al menos su non plus ultra, pero eso no era para él. ∞¡Ingrata y dolorosa misión o figura poner en duda, cuestionar y desbancar las verdades más ciertas, usadas y disfrutadas por el hombre!∞ El loco, el fanático, el tirano, el iluso, el revolucionario, el asesino, el engreído, el mentiroso y fatuo, sin embargo, hacían siempre lo mismo que había hecho Akarghi. Akarghi era enteramente conciente de este estigma, de este peligro y pendiente por los que trataba de avanzar sin nunca quedarse dormido, soñando. Sabía perfectamente que él era un poco todo ese museo humano del horror. Sabía perfectamente que beber siempre un poco de veneno, si no mata a la corta o a la larga, te hace progresivamente más fuerte y sano. Sabía que morir, reencarnar y vivir, todo junto, todo por separado, eran un mero acto de fe, equilibrismo puro sobre el abismo. Sabía entonces que moverse a cada segundo, o no moverse, cambiaba incluso para siempre el curso de ésta o ésta o ésta… dirección del Universo y de la realidad.

Cuando fue expulsado por las llamas de Lamayuru, arrojado a un mundo extraño, el mundo vasto y escabroso que han construido los hombres, ¿iba escapando como una víctima injustamente arrancada de lo suyo? ¿Tenía que llorar, lamentarse y condenarse por el resto de su vida, como lo hace tanta gente después de experimentar un accidente aciago y decisivo en sus vidas?… ¡Akarghi no! Pero no porque se hubiese desligado y liberado de la memoria y del terrible karma que la experiencia dejó, anclando, por ejemplo, la conciencia fuertemente en el presente –eso está bien–, sino ante todo porque comenzaba a vislumbrar que era él –porque podía—quien determinaba anticipadamente qué eventos, por más terribles que fuesen, debían ocurrir y acontecerle. La gente común  se duele de sus accidentes como de cosa injusta, anormal y extraña. Akarghi sabía que era él mismo (de alguna manera) quien los provocaba. La cuestión obsesiva era ahora avanzar por el Camino de la Verdad, hasta donde pudiese para dilucidar cómo era esto posible, y qué se escondía detrás… Si él había provocado el incendio y la expulsión de Lamayuru, entonces ¿era importante saber por qué y para qué? No era sólo una cuestión de temporalidad, de indagar en un pasado y en un futuro para develar o anticipar lo que ya está allí, definido y esperando, sino acceder a una dimensión, a un estado de la realidad donde las cosas se comportan de manera diferente a ésta, donde existen otras leyes, donde no hay naturaleza, sino sobrenaturaleza, donde no existe la distinción sujeto y objeto, donde de verdad se hace la realidad, respecto de la cual ésta nuestra no es más que el resplandor momentáneo de un relámpago.

–¡Tú conoces la Verdad, Akarghi! –le espetó Kautsa, bajo la atenta mirada de los otros cuatro sanyasines.

–¡Venerables maestros!, ¿qué verdad puedo poseer ni enseñar, si el Camino de la Verdad no lo he caminado, si estoy desandando caminos, si apenas puedo conmigo mismo, yo que ando por el mundo confundido y desorientado, sin saber de dónde vengo ni adónde voy?

–¡Ésa es precisamente la Verdad, Akarghi! –respondieron los cinco al unísono– ¡Tú mismo eres la Verdad!… ¡Ése es precisamente tu supremo conocimiento, sólo tú puedes conocerte a ti mismo!—ésta vez habló solo Mandukayani–.

Akarghi se quedó en silencio y bajó la vista al suelo, porque había entendido el mensaje. Antes había visto en ellos sólo intenciones mundanas, en sus cuchicheos, en sus conciliábulos, en sus auras opacadas por el deseo y la ansiedad, en sus modos de vincularse con la gente y con sus estudiantes sumisos y serviles. Pero la espiritualidad y la verdad, ¿eran sólo el privilegio de los inmaculados, de los impecables, de los santos desapegados de todo, de los buenos, sólo de los hombres de bien? ¿No habían sido hasta ahora sus mejores maestros Farra-aj y, sobre todo, Tashi Aburghasim, el mismísimo demonio hecho hombre?… “Cada instante está hecho de infinitos instantes que lo acompañan”, pensó. “¿Cómo lograr que mi cerebro y mi mente limitados puedan experimentar no sólo un instante, sino al menos dos?

–La Eterna Montaña Nevada… –murmuró–. ¿Y cómo llegar a ella, amado Kynpham?… ¿Hacia dónde caminar para comenzar a caminar en dirección a ella?

–Ya caminas hacia ella –respondió Kautsa.

–Lo sé, pero ¿podría hacer más recto y eficiente el recorrido si además lo realizo en conciencia, aportando con todas las facultades de mi mente? Esto ya lo he aprendido: la conciencia puede iluminar incluso la luz…

Kautsa sonrió levemente, inclinó su cabeza, se puso de pie junto con los otros sanyasines y se dirigieron a meditar en sus chozas.

108

¿Has despertado en medio de un sueño sin saber dónde estás?… ¿Y si en vez de acabar identificando que estás despierto, o reduciendo todo ese mágico estado a un mero esto es esto, continuaras en ese maravilloso purgatorio de la realidad… soñando despierto, despierto soñando…? ¿Y si estar vivo o estar muerto fuesen también semejantes a ese estado larvario de desconcierto, que dura un instante y luego se realiza en otra cosa? Bien podríamos estar muertos mientras vivimos, y estar vivos cuando muertos, indistintamente… Estamos vivos, es cierto. Pero lo estamos sólo porque no queremos estar muertos, igual que nuestro cerebro se resiste a seguir durmiendo cuando despertamos.

–¡Es posible!… ¡Me gusta!… Pero, ¿cómo saberlo?– me preguntó Akarghi.

Y yo, oculto en su mente, en un rinconcito amigable por allá en su subconciente me atrevía a dialogar con él, dejando mi mera condición de espectador y narrador, asimilándome a su alter ego que parecía hablar con él mismo. ¿No estaba Akarghi ocupando un rinconcito de mi propia mente después de dos años de llevarlo conmigo, palpitando?… ¿Hasta dónde podría llegar esto? ¿No soy yo mismo uno que habla, que narra, que opina, que piensa dentro de la novela? ¿Novela?… O un mero estar despertando…

No puedo evitarlo. Cuando Akarghi contemplaba las nubes y veía en ellas formas, sentidos, intenciones; o cuando sentía las montañas repentinamente, y con ellas, todas las cosas hablando un idioma universal; cuando se preguntaba quién estaba detrás de Tashi Aburghasim para hacer tanto mal pero tan bien, sin perjuicio propio, jamás; cuando se le aparecía su amigo Kynpham muerto, ¿de dónde se aparecía?; cuando arrancaba con el niño en brazos  de esos extraños seres que conocían su nombre, ¿de quiénes arrancaba?; y ¿quiénes eran aquellos que habían escapado igual que él de las llamas y de la masacre de Lamayuru? ¿Dónde estaban ahora?… ¿Quién escribía, al fin, su destino?… ¿Era realmente él quién buscaba la Verdad, o algo o alguien lo conducía?… ¿Todavía lo esperaba Shangri-La?… ¿Había alguien en Shangri-La esperándolo, guiándolo?

¿Y si Akarghi había avanzado suficiente por el Camino de la Verdad, y pudiese empezar, por tanto, a “controlar su destino”?… Tú, mi lector, que me has acompañado a mí, tanto como a Akarghi, podrás comprender que Akarghi es ya lo bastante despierto, inteligente y sensitivo, como para comenzar a intuir y sospechar de mi existencia y de la tuya, amiga…

Cuando Akarghi conoció a los rishis pescadores del río de la Vida y vivió con ellos, más allá de lo evidente, ocurrió un proceso aumentativo y dinámico, profundo y decisivo en él. Agobiado por el dolor colosal de la pérdida de Latniavira y de su hijo Prâsad su alma rodó hasta el fondo de algo. Ese fondo de todo lo vivo donde la Muerte se ofrece absoluta como la respuesta y el fondo de todo, o bien el espíritu recibe ahí mismo el hálito germinal de las tinieblas y responde con un estallido de luz universal, más allá de todo lo conocido… Entonces llegaron ellos; aunque eran personas, también oficiaron de ajustadores del alma, de agentes del destino, y maduraron el elixir del dolor en la retorta del fuego trascendental, de esa llamarada que no viene de zonas humanas, y apenas humanizadas, producen la gran alquimia de la nueva vida. Sin embargo, fueron ellos también los que indujeron a Akarghi a investirse de rey y maestro para crear una nueva religión al servicio de todos los seres humanos. Los mismos que sanaron con su santidad la agonía del alma de Akarghi, lo empujaron al poder secular, a la instauración de la Verdad, a la ineludible responsabilidad social y política del bien común, al ejercicio del espíritu en la construcción cotidiana de la escala de la Vida. ¿Qué Verdad y qué Bien y qué Saber y qué Amor podrían ser aquellos que no alcanzaran por completo la vida real, dramática y cotidiana de todos los seres humanos? Ésta es la primera, la más difícil, la más incontestada de todas las búsquedas e interrogaciones espirituales, religiosas y humanas… Había huido de Lamayuru porque no podía concebir ya la Verdad como la experiencia separada en el monasterio de la perfección, sino como la asunción irrestricta, caótica sí, pero enteramente humana y real de las personas que se revuelcan en el barro de la inmediatez, no más ni menos que esos ilusos que buscan la purificación en las sucias aguas del Ganges… ¿Era ello posible?  Los grandes maestros e iluminados habían todos ellos respondido con sus vidas y enseñanzas que no… salvo ese misterioso y lejano Jesús, que había sido igualmente asesinado por tratar de ser como todos, y que había huido de ser rey, como de la mayor porquería humana, y como la mayor aberración para el espíritu. Pero ¿qué había conseguido con eso?… Sólo una religión y una Iglesia, unos cuantos desnudos de la inmediatez humana, pero nada más… Nada verdaderamente transformador ni revelador del Ser humano, ni de la Verdad, ni de la Realidad… ¡Y de ninguna manera de Dios, tal vez el mayor engaño ∞ y el mayor misterio ∞ propuesto hasta hoy!… Como empezaba a vislumbrar.

¿Cuántos días se necesitan para identificar que el alma, la mente, están en un proceso, absorbiendo algo que no se evidencia en la experiencia diaria ni en los estados de mente diarios? Por cierto que es muy variable, pero Akarghi avanzaba más y más en la autopercepción profunda y holística. Yo mismo me sentía cada vez más cerca de ser descubierto, aunque la palabra cerca no represente nada temporal ni espacial. También descubierto es sólo una manera de decir, si se tiene en cuenta que Akarghi es el protagonista de mi obra, y en un sentido natural eso implica que todo depende de mí… Pero ¿realmente todo depende de mí?… ¿Realmente Akarghi depende sólo de mí, yo que soy visible en cuanto pienso y tecleo en este computador? Pero ¿quién soy yo, realmente?; ¿dónde empiezo y dónde acabo yo, primero que todo aquí el escritor de AKARGHI? Alguien dirá que sólo depende de mí darle o quitarle conciencia narrativa a Akarghi respecto de sí mismo y respecto de mí. Obvio, pura obviedad de la punta de la nariz… Lo mismo que ese que piensa eso, no puede decidir sobre su propia existencia en su haber sido creado, y en su ser sacado de aquí

–¡Yo no soy una ficción!—exclamó Akarghi–. ¡Mírame aquí!… ¡Mátame, bórrame, olvídame, pero nadie podrá quitarme de tu memoria, Autor mío y Padre mío!

–¡Yo tampoco soy una ficción, querido Akarghi y querido lector mío! ¡Ni tú!… ¡Es más!… ¡Te propongo aquí y ahora una alianza, los tres juntos, para que aunemos nuestras fuerzas, nuestras entidades vitales y vayamos en busca de nuestro triple y común Autor, El-que-nos-crea a Akarghi, a mí, y a ti!

Akarghi guardó silencio, yo me quedé en silencio… y tú te has quedado en silencio…

109

Lo había visto tantas veces. Akarghi amaba los mercados, las plazas, las calles, los espacios sagrados, aquellos lugares siempre abiertos, donde la gente acudía por miles, por millones, a realizar algo compartido. Algo que a todos, de una u otra manera, los convocaba y aunaba en lo mismo, ¡amada mismidad!… Eso precisamente que valoramos más que nada, lo colectivo, la mayoría, el aglutinamiento constructivo, como un enjambre de abejas que ama el trabajo poderoso y delirante de sumar siempre uno más, y más y más… ¿Para qué?… Se lo había preguntado a sí mismo, pero, sin respuesta, había acudido derechamente al hombre de la calle, a la mujer reflexiva y silenciosa, al sabio, al honorable brahmin. Le había preguntado un día a Sarahvi, una mujer anciana que pedía limosna en una esquina, salmodiando con su boca desdentada una alabanza a Sarasvati misericordiosa y sabia, mientras tañía tristemente una vina, y rodeada por una nube de incienso y mirra que quemaba a sus pies:

–¿Por qué la gente viene aquí toda junta y no prefiere la soledad de actuar por sí misma?

Sarahvi se lo quedó mirando con sus ojos cansados y profundos, como la superficie de un río cargado de aguas.

–¡En el corazón palpita la Verdad, hijo mío!… ¡Sigue siempre tu corazón!…

Eso Akarghi lo sabía bien. Volvió a mirarla con una sonrisa complacida. Ella rasgueaba las cuerdas del instrumento que parecía llorar. Akarghi miró a su alrededor, pero no había nadie escuchándola. Diez pasos más allá un hombre moreno, tocado con un turbante de color crudo y enrollado en círculos por encima de su cabeza sacaba una piedra de amatista de entre sus ropas, la ponía en medio de sus palmas, se inclinaba hasta tocarla con la frente, luego la besaba, salmodiaba unos cánticos sin dejar de mirarla con devoción, luego la tomaba cuidadosamente y comenzaba a hacerla circular alrededor de su cuerpo, tocando ciertos puntos de su cuerpo con ella y manteniéndola unos segundos posada ahí, para luego elevarla hacia el cielo, bajarla a la altura de sus ojos e introducirla en su boca. Volvía a cantar con ella dentro de su boca, con los ojos cerrados y meciendo su cabeza hacia arriba y hacia abajo. Akarghi había visto ya hace días a este hombre realizando el mismo acto, una y otra vez, como si ese fuese el sentido de su vida.

Nuevamente observó alrededor suyo y vio a cientos y miles de personas que realizaban cada una un acto propio. Incluso les habíamos asignado nombres: el verdulero, el acróbata, el policía, el caminante, la madre, el hijo, el mendigo, el comprador, el ladrón, y así sucesivamente… Se preguntó entonces, viendo por todas partes acharyas y swamis rodeados de discípulos y devotos oyentes, ¿Por qué todos se sientan una y otra vez a los pies de estos hombres que consideran maestros e iluminados?… ¿Sólo porque ellos mismos no pueden sentarse delante, decir las mismas cosas y actuar como aquellos actúan?… ¿Por qué es realmente lo mejor para ellos sentarse ahí y así? ¿O es que el rito y el valor de ellos es precisamente sentarse una y otra vez ahí y así, ojalá en el mismo lugar todos los días, escuchar una y otra vez lo mismo, con la misma expresión en sus rostros, con las mismas emociones en su corazón, y eso los hace tan valiosos e importantes como el swami que les imparte su conocimiento, que no es realmente tal, sino solamente un pedazo de guión aprendido de una misma mascarada?… “En el corazón palpita la Verdad”, pero… ¿cuál corazón?… ¿Hay un corazón igual para todos, como hay una sola Verdad?…

¿Acaso su corazón, que ahora dolía tanto contemplándolos a ellos y a sí mismo, era el mismo de ellos, que les palpitaba tan regularmente, tan matemática y naturalmente rítmico y musical? Akarghi no podía negar la belleza de ese ritmo, de esa melodía universal que latía en todo corazón humano; incluso no podía negar la necesidad de que así fuese. Estaba en todas partes, en el yin y el yang, en el latido interior de toda la Naturaleza, incluso en las estrellas más lejanas e invisibles, y hasta en el infierno íntimo del hombre. Vistos así, era lo mismo ser maestro que discípulo o ignorante, si al fin y al cabo cada uno se había identificado con un acto reproducido y coordinado siempre de la misma manera con los actos de los demás. ¿Alguna vez se sentará el gurú en el lugar del ignorante, y el ignorante en el del gurú…y el ignorante hablará feliz su estúpida verdad, y el gurú lo escuchará y lo mirará con devoción, sintiendo la paz de la santidad de la estupidez de aquél?… ¿Alguna vez el ladrón dará todo lo que posee?… ¿Alguna vez la madre le dirá al hijo: en realidad no siento que seas mi hijo?… ¿O alguna vez el ojo en vez de mirar hacia afuera mirará hacia adentro?

Era necesario que hubiese siempre identidad, la verdad de la identidad: que el gurú fuese gurú, que la madre, madre, el ladrón, ladrón, y el ojo, ojo… Pero también era necesario que el ladrón dejase de ser ladrón, el asesino, asesino, el ignorante, ignorante, pero no que la madre dejase de ser madre, el santo, santo, el bien, bueno, y el ojo fuese oído… ¿O sí?… ¿Era más urgente y necesario dejar de ser ignorante que dejar de ser maestro, asesino que juez, mano que alma, canalla que madre?… Aquello de corazón no es más que un símbolo, una metáfora simplificada y abstrusa que no dice nada, pero lo esconde todo, como un minúsculo grano de arena esconde el universo completo… Adentro de un corazón hay otro corazón, y dentro de ese corazón hay otro, y dentro de este, otro, y así, sucesivamente, hasta quién sabe dónde y cuándo… La realidad física y material nos impone su necesidad, su propio corazón. ¡Míralos!… Ahí están, viviendo con su corazón que bombea sangre, primero que todo. Y contra ese mínimo corazón de músculos, lucha y al mismo tiempo busca una primera armonización, un primer equilibrio y compatibilidad, su corazón mental, brutalmente diferente de ese corazón controlado por células nerviosas, que lo único que sabe y debe hacer por sí mismo es bombear sangre a un ritmo y en un funcionamiento adecuados. En cambio el corazón de la mente, eso que también llamamos sensibilidad, emociones, sentimientos, intuición –lo que se siente–, lo único que sabe y debe hacer es sentir la vida, la realidad, todo, todo lo que está al alcance de la misma mente y también del cuerpo, este tremendo y singular artefacto funcional de realidad… Ellos, ¡míralos!, primero que todo están tratando de juntar el corazón de su mente con el corazón de su cuerpo, y hacen lo que hacen, con su cuerpo y con su mente, una y otra vez, aprisionados por esa diminuta y al mismo tiempo descomunal necesidad… ¡Todo corazón es un universo, una cárcel y un portal al mismo tiempo!…

110

Me sé un aristócrata, un ser superior del espíritu, de la conciencia, de la mente, de la sensibilidad y de la inteligencia, no para establecer distancias, diferencias y categorías respecto de los que no lo son, sino porque definirme así ME OBLIGA a ayudar a  alcanzar mi condición a todos los que no lo son… Si no lo logro… ¡seré el peor incluso de todos los miserables, inconcientes, inútiles, innecesarios y vulgares!… ¡El más miserable ante todos ustedes, que me consideran un inalcanzable maestro, y, sobre todo, seré lo peor de mí mismo!… ¡Todos ustedes sí serán entonces mi dios inalcanzable, y yo mismo, mi demonio!… ¡Ése es mi don y mi condena!…

Akarghi despertó sobresaltado. Se había quedado dormido, mientras meditaba bajo una higuera antes del amanecer. Se había visto en un sueño, de pie ante una multitud de miles de personas, parado sobre una roca, anunciándoles su enseñanza, que se reproducía como en eco profundo a través de las montañas. Los cinco acaryas se encontraban junto a él, sentados en la posición de loto, escuchándolo con los ojos cerrados.  Recordaba sus últimas palabras con total fidelidad y con dolorosa preocupación. ¿Qué es esto?… ¿Cuánta vanidad, cuánta soberbia y egolatría hay en mí?… ¿No debería arrancarme la cabeza y arrojarla desde lo alto de un barranco, para borrar esta locura de grandeza que me mueve?… ¿No ha sido toda mi vida hasta hoy una mera autoexaltación encubierta por una espiritualidad, una obediencia, una pobreza y humildad fingidas?… ¿Y mi aislamiento, mi soledad, no esconden sino un violento sentido de superioridad y de desprecio por los demás?… ¿Qué es eso de buscar la Verdad, de buscarme a mí mismo, de unificarme con todas las cosas en un amor infinito?…

Akarghi interrumpió sus pensamientos al ver salir a Kautsa de su choza y encaminarse hacia el río para realizar sus abluciones matutinas. Dio un salto y comenzó a correr hacia el asceta. Al llegar ante él, se echó al suelo y aferrándose a sus pies comenzó a llorar. Kautsa lo miró con compasión y tocó con suavidad la cabeza de Akarghi.

–¡Venerable, yo no soy quien tú crees!—gimió.

–¡Lo sé!… ¿Quién no posee una sombra de sí mismo?…

–¡Todo lo que soy y hago no es más un intento de engrandecerme a mí mismo!

–¡Estás siendo demasiado drástico contigo mismo, Akarghi!… ¡Mira la humildad de los árboles que no dañan a nadie y sólo están al servicio de la vida y del entorno, pero cuánta autoexaltación, cuánto para sí hay en su voluntad y necesidad de crecer y crecer, de sostenerse todo el tiempo solos y magníficos ante el mundo!… ¡Ésa precisamente es tu mayor virtud, Akarghi, te pareces tanto a un árbol!…

–Pero nuestros maestros nos han enseñado la negación del yo, la postergación de uno mismo, la anulación en lo Absoluto Todo, la ilusión de lo inmediato… Y aún más, ¿han defendido alguna vez la constitución  de la realidad y la evolución del espíritu desde algún engrandecimiento fundacional del yo?

–¿Crees tú, realmente, en la contradicción, en la incompatibilidad de avanzar infinitamente en la Verdad y hacia la Verdad desde el engrandecimiento del yo?…

Akarghi se quedó un momento en silencio, mientras Kautsa lo cogía de un brazo y le ayudaba a levantarse. Comenzaron a caminar juntos por el sendero que conducía al río. Akarghi se estremeció de frío y también a causa del intenso y húmedo olor de las flores tropicales que colgaban entre los árboles, todavía invisibles en la borrosa oscuridad de la madrugada. Escuchó el trinar dichoso y oculto de los pájaros que esperaban el nacimiento de la luz. Escuchó voces en todos ellos. Sintió la fuerza diferenciada en cada cosa, incluso al levantar sus ojos hacia el cielo desbordante de estrellas, experimentó la misma esencia multiplicada hasta el infinito, y la paz, su paz, como única respuesta posible, como máxima respuesta posible, ante ese misterio de lo infinitamente diferenciado y de lo infinitamente mismo. Yo, tú, él, eso, todo infinitamente unido y diferenciado al mismo tiempo. Kautsa lo acompañaba a su lado en silencio, unido a su pensamiento, a su alma, como un otro y un mismo. La pregunta rebotaba, reverberaba hacia uno y otro punto cardinal del Universo… ¿Era posible entronizar su yo, su alma, su mente, lo que fuese que le diese a él identidad, como un eje, una palanca evolutiva, un dios, un principio para toda esa sobrecogedora realidad que lo devolvía justa y necesariamente a su natural miseria y humildad negadora de sí misma?

Entonces constató que su mente, su conciencia, eso que llamamos yo era donde se encontraba lo más propio, si se entiende simplemente como propio aquello que parece depender de uno, y uno de ello, como nada más existe así de propio. No podía renunciar a esta verdad, a esta condición, a este estado de realidad, al menos dentro de su cuerpo vivo. Una vez más concluía que no era posible saltarse esta interfaz, esta sustancia o materia personal y síquica para alcanzar el Universo y la realidad que fuese. Negarlo, eso sí era una ilusión. Negarlo, y alcanzar la anulación del yo, era lo mismo que caer en un sueño profundo negador de la conciencia que sueña.

Akarghi miró a los ojos a Kautsa y percibió en ellos una sonrisa quizás, tal vez condescendencia, pero sobre todo tuvo la más inmediata sensación de que el ermitaño leía su pensamiento y asentía. Volvió a mirar hacia adelante, mientras bajaban hacia las márgenes del río. Todo estaba ahí, diferenciado y Uno, lo sentía, lo vivía con cada una de sus facultades, entero, desbordante y absolutamente lleno. ¡Era maravilloso!… Quería seguir ahí, así, extático, para siempre… Pero, ¿eso era todo?… ¿Era ya Uno con la Realidad?… ¿No había nada más allá?… ¿Nada más en sí mismo y nada más en lo Otro?

–El camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo – casi murmuró Rautsa, mientras entraba a las aguas del río y comenzaba a rociarse.

Akarghi se detuvo perplejo y posó su mirada en el sabio que se hundía bajo las aguas para luego volver a aparecer. El camino hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera… ¡Eso es lo mismo!… ¡Debo caminar hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera AL MISMO TIEMPO! Pero mi mente, mi conciencia, mi yo no están facultados, no están adecuados, no poseen la capacidad natural de hacerlo AL MISMO TIEMPO… ¿Será posible?…

Akarghi se hundió en las aguas, de la misma manera que Kautsa. El agua estaba helada, cerró los ojos, y experimentó el vacío. Se quedó ahí, bajo el agua tanto tiempo como una eternidad. Volvió a emerger fuera del agua. El acarya se acercó a él, lo tomó de ambos brazos y, atrayéndolo hacia sí, lo besó en los labios. Luego se dio media vuelta y se fue caminando de regreso.

111

¿Cuándo empieza una historia de vida?… ∞Si ya es difícil entender a una persona, un uno mismo, como un proceso de vida, un algo continuo y consistente…∞ Lo hemos dicho antes: hasta donde alcance la memoria, sea cual sea el registro del pasado al que llamamos memoria del pasado. Algunos dirán que al momento de nacer, otros a la hora de ser concebido, otros en la historia de los padres, de los antepasados, y así, podrán decirse cosas también como en el momento que la persona experimenta hechos que son decisivos, o en las vidas pasadas, o en el plan de Dios o del destino, y mucho más… ¿Por qué negar cualquiera de ellas, y no abrirse a todas, e innumerables más? Al sumergirse en la profundidad del sí mismo, mucho más allá de donde han alcanzado con sus teorías los sicólogos y los sabios, mucho más allá de donde han concebido las experiencias religiosas, espirituales y místicas, Akarghi avanzaba y se sumergía abriendo espacios, tiempos y dimensiones, lentamente, vastamente, produciendo un cataclismo tras otro en su ser interno y en la marea arrasadora que desbordaba hacia el mundo exterior en unificación.

¿Podía olvidar tan fácil a la mujer amada, la mujer que desde una loca aventura erótica y pasional, se fue encendiendo como luz de un amor creciente, más interno y más vasto, como la experiencia misma de la Verdad? Porque toda experiencia significativa e intensa se clava como un puñal, como un eje, un centro de gravedad alrededor del cual se vive como un perro amarrado y herido. ¿Era posible liberarse, como lo hacen los brahmanes a los cincuenta o sesenta años abandonando a su mujer, a sus hijos, a su vida entera, y dedicarse a una vida nueva de aislamiento y trascendencia? Akarghi hasta ahora sólo había reconocido a hombres extraordinarios, de gran valor y convicción, que se habían sumergido en el sueño profundo de la espiritualidad, y en un pequeño y maravilloso rincón de la mente, en un asilo pacificador donde se trataba con espiritualidad la enfermedad de vivir, con meditación y anulación del flujo de la mente; para medicar así el sufrimiento de dejarlo todo porque no se está satisfecho consigo mismo ni con la vida. Akarghi, en cambio, sabía que no debía escapar del dolor, del abandono, de su confusión, y si quería avanzar en su historia de vida, en su necesidad de trascendencia, de evolución –o lo que fuese aquello–, debía hacerlo como el carnero que enfrenta sólo con sus cuernos y la dureza de su cráneo, directamente y por el centro, todo lo que se le opone y lo daña. Pero no se crea que debía golpear sólo en el centro, directa y brutalmente su sí mismo, ni su realidad, pues después o junto con cada golpe consigo mismo, debía acompañarlo su movimiento yin, su pasivo circular concéntrica, paciente y envolventemente alrededor de lo mismo, de lo golpeado, también como si jamás hubiese sido golpeado.

Y puesto que la existencia humana se construye siempre por movimientos de oposición o diferencia, ahí estaba el camino hacia arriba y hacia abajo; en oposición al dolor insuperable y radical de la pérdida de Latniavira y de Prâsad, se les enfrentaba Kautsa y los demás sanyasines. Para Akarghi no debían existir separadamente; aunque la existencia les había creado circunstancias y momentos diferentes, sin que se conociesen entre sí, sin que hubiese ni la menor relación en el plano natural y físico, existían en la simultaneidad y en el sentido unificado y continuo, sin la menor ruptura ni accidente en su ser-para-Akarghi como un solo ser vital ∞como en una dimensión de realidad paralela y simultánea∞. Y esto había de ser así, fuese Akarghi conciente o no de ello. Pero si Akarghi se hacía conciente, como lo estaba siendo, entonces el proceso vital se hacía consecuentemente más poderoso, más personal, más misteriosamente nuevo e increado… Seguía amando a Latniavira, escuchaba con su alma a Kautsa, pero ni uno ni otro por separado ni juntos desorientaban el rumbo que, gracias y a pesar de ellos, Akarghi iba sosteniendo y tomando.

Esos puntos neurálgicos en las historias de vida, que también hemos llamado centros de gravedad, en la existencia de Akarghi ninguno había sido tan extraordinario, terrible y decisivo, como el amor de la mujer única y sobrecogedora que ya había perdido; aunque misteriosa e inexplicablemente cuando se ha amado tanto, tan inmensamente tanto, una maravillosa presencia viva de ese ser amado continúa siempre actuando, real e inmortal. Quizás por eso Kynpham venía a Akarghi, y Latniavira comenzaba a tomar una forma y un cuerpo nuevos, como si la muerte fuese también pura presencia inmortal. Porque si bien Akarghi no había recibido confirmación alguna de la muerte física de Latniavira, esta nueva Latniavira se le enseñaba con un cuerpo superior, todavía más deseable y perfecto –si pudiera decirse así—que su bellísimo cuerpo mortal, dulcemente transfigurado en este otro vehículo superior. Pero no se engañe nadie con la idealización del amor, como si el amor espiritual, metafísico, del alma fuese todo el amor cuando se vive intensamente como tal, pues el cuerpo de carne, de fluidos, sensaciones y tacto, de sexo, ama por sí mismo, absoluto, intransable por nada superior, insobornable por sublimación alguna, tan seguro de ser único y poderoso en sí mismo, que exige, como exige todo lo vivo, ser valorado y asumido. Y Akarghi necesitaba sexo y amor de besos y caricias como cualquier otro humano en un cuerpo vivo. Un cuerpo que ha amado como cuerpo ya nunca más lo olvida, ya nunca más se resigna a no volver a gozar de su extraordinaria cualidad. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe virgen, que mantenerse asceta después de haber conocido la delicias del erotismo y del sexo. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe y virgen sin haberse nunca masturbado, que sostenerse sin erotismo y sexo, una vez que se ha conocido incluso sólo masturbándose la gracia, la beatitud del orgasmo. Akarghi sólo le ofrecía ya a su cuerpo masturbarse, cuando su cuerpo lo exigía, y no dañaba ni un ápice su espiritualidad, ni su meditación, ni su lucidez de conciencia y de alma –carecía de resistencia, de pecado y de culpa–, tanto más cuanto al hacerlo recuperaba los recuerdos del cuerpo voluptuoso de Latniavira, y la presencia de los soberbios actos de sexo y de amor vividos con su mujer amada. No lograba comprender la prohibición de tener sexo en la vida espiritual y ascética, como si la energía sexual o su efecto mental enturbiase o disminuyese algo vital y personal, o al espíritu mismo en algún sentido, ¡Si es pura energía revitalizadora y autogenerativa, inagotable!… salvo –pensaba él—cuando se es incapaz de integrarlo armónicamente a la energía vital, espiritual y universal del todo, como bien lo entendía y experimentaba el tantra.

Por otra parte, ¿hasta cuándo hubiese continuado amarrado al cuerpo y al amor de Latniavaira, si los eventos no se hubiesen precipitado así como ocurrió? ∞Así… con ese factor casi siempre incomprendido que identificamos como accidente o simple suceso.∞ Porque el amor y el cuerpo, como incluso la adoración a Dios o la espiritualidad,  también pueden acabar deviniendo un palacio de cárcel, un exquisito fumadero de opio, una adicción que sostiene toda la existencia y la realidad misma, y que además exige eternidad…

112

¿Se justifica el fanatismo?… ¿Pero hay algo siquiera, lo más horrible, aberrante y repulsivo que normalmente y por sentido común provoca esa percepción y valoración, que bajo alguna circunstancia y perspectiva no resulte bueno, necesario y hasta universal?…

Así pensaba Akarghi mientras observaba el comportamiento de miles y hasta millones de personas reunidas a los pies de un gurú, en las inmensas llanuras del Kumbhamela.

Ellos darían la vida por su gurú, o la quitarían a quien fuese, si el maestro así se lo exigiese…

Pero no eran fanatismo sólo aquellas conductas que tantas veces Akarghi había visto en esos mismos hombres que observados dentro de ciertas circunstancias se comportaban como frágiles y mansas palomas, pero en cualquier momento, y sólo con el cambio de algunas circunstancias internas o externas, se transformaban abruptamente en los mayores criminales y delincuentes, hasta movidos por las más nobles e ideales razones y virtudes. Precisamente eran las razones, las ideas, las doctrinas, los saberes, las creencias detentadas como absolutas, como perfectas, como intocables, como universales, las que volvían a los seres humanos en fanáticos y, al fin de cuentas, sicóticos, porque en el trasfondo respondían a, y generaban, un estado de mente clausurado y delirante. Akarghi había logrado observar y reconocer que todos los seres humanos, por cierto él mismo también ∞uno mismo es siempre el mayor desafío y problema, pues la autobservación se encuentra en un estado de mente que condiciona y relativiza más la autopercepción, que la observación del otro∞, se encuentran en un determinado estado de mente bastante clausurado y delirante. El camino de la Verdad, a los veintinueve años, se le había manifestado en una primera e inevitable etapa, como simplemente el reconocimiento y el descondicionamiento de un estado mental asociado a una estructura de mente con los cuales uno vive todo lo que vive ∞¡Cuán difícil es para la gente, para la gran mayoría de los seres humanos, identificar simplemente esta realidad interior!∞. Sin esta primera deconstrucción total de la mente, no se podía adquirir ni media verdad, como habían pretendido tantos sabios y maestros, que sólo producían efectos de su propia mente, tantas veces maravillosos, sabios, espirituales, revelados y hasta sobrenaturales, pero que al fin de cuentas no reflejaban más que un determinado y clausurado bendito estado de mente.

–Mi mente es una selva que flota sobre un océano invisible –le había dicho en una ocasión a Kynpham, mientras observaban los giros delicados e ingrávidos de Koi en la pileta—. Y simplemente es invisible el océano porque yo no puedo verlo, no porque realmente lo sea, como no puedo ver el agua dentro de la que flota Koi, aunque no flota. La mente lo interpreta todo de acuerdo a su estado de mente.

–¿Es posible salir de la selva de la mente, si uno mismo es la selva? –preguntó Kynpham, que tenía una gran admiración por el modo de saber de Akarghi.

–No hay que salir de la mente, porque eso para un humano es imposible, pero sí activar los poderes mágicos de la mente para transformar la selva en otra cosa…

–¿Qué cosa?

–¿Quién sabe?… ¡Eso es lo que yo quiero arriesgar!… ¡Abrir un nuevo sentido que nunca ha percibido, y encontrarme por primera vez con lo que nunca he percibido!… ¿Qué pueda ocurrir?… ¿Tú te atreverías?…

–Me gustaría, pero no creo que esté preparada mi mente como lo está la tuya…

Akarghi sonrió, bajó la vista y meneó negativamente la cabeza.

–¡No sé si estoy preparado, amigo mío, pero una convicción y fuerza profundas me animan a arriesgarlo todo!… Quizás, como tú dices, esa mera fuerza interior es mi preparación… o tal vez no.

Al recordarlo Akarghi volvía a preguntarse una vez más si él mismo no había sido, desde entonces y hasta ahora, otro fanático más. Le parecía que la mente por sí misma es una estructura, un fenómeno que por naturaleza genera un estado fanático a través de cada una de sus facultades, características y efectos… Y volvía a preguntarse, como lo hacía cada día, varias veces al día –y con su inconciente, siempre–, si era posible desprenderse por medio de algún procedimiento, un yoga por así decir, de aquellos condicionamientos esclavizantes, o de llegar siquiera por algún medio no conocido a eventualmente alcanzarlo y lograrlo, porque todos los medios hasta entonces –y ahora– conocidos le parecían que acababan siempre en alguna forma y condición de esclavitud y de encierro final. ∞Ningún ideal o proyecto de perfección hasta ahora propuesto o imaginado por humano alguno le parecía realmente abierto al infinito, a la trascendencia como método y fin…∞

¡Éste concepto de infinito es lo único que nos fue dado como concepto y facultad para evitar caer una y otra vez, por donde fuese en un hoyo que –hasta el más luminoso y sublime, como por ejemplo Dios o espíritu—no acabase atrapándonos en un fondo bendito, estrecho y mortalmente asfixiante!… ¡Pero tampoco quiero transformarme en un fanático del infinito que libera de todo fanatismo!… ¡No tengo más que conciencia y mente, y mente para huir de la trampa de la conciencia y de la mente!…

Entonces, la verdad, creer, pensar, ser uno mismo, respirar, vivir incluso eran formas y grados importantes de fanatismo… El desafío, la prueba, pues, no era evitar a toda costa el fanatismo, sino avanzar hacia la trascendencia de todo fanatismo, a través del fanatismo mismo, como las aves que migran sin brújula de un extremo al otro del mundo. Casi nadie lograba no hundirse en el pantano de alguna manifestación de fanatismo, de dogmatismo y locura. Quizás la fórmula, el método, la religión de trascendencia consistía ante todo en oponer siempre y a cada momento negación, duda, nuevo descubrimiento, a cada afirmación, a cada principio, a cada verdad y forma con que se encontraba y producía nuestra mente.

∞Cuando todo un pueblo busca la Verdad, no hay nada más fácil para cualquier persona que buscar la verdad. Cuando todo un pueblo se duerme en la inconciencia, no hay nada más fácil que quedarse dormido∞ La primera y más básica forma de despertar era ofrecerse realmente otra opción frente a lo evidente; la primera y más simple forma de libertad era ofrecerse una alternativa real a lo evidente y necesario. La peor de todas las formas de aniquilar la libertad era concebir opciones que sólo esconden en su esencia lo mismo.

Por eso Akarghi se estaba quedando solo, solo en el mundo; y ya no le importaba tanto, como en sus años de adolescencia, cuando la comunidad sostenía con su red de saberes y mentes colectivas la realidad, su mente y el alma. Aunque la mente humana estaba diseñada para fortalecerse y desarrollarse en una red, en una telaraña de otras mentes, Akarghi había avanzado en su autoliberación, y gradualmente iba traspasando los límites, la frontera del condicionamiento natural y mental que se impone al sí mismo, para alimentarse y vincularse con otras fuentes de saber universal, más sutiles, más poderosas y más libres. La primera mutación humana de verdadera trascendencia, la más difícil, pero no más que la primera y más diminuta trascendencia.

113

Existe una desconocida y asombrosa relación entre moverse y ser movido. El Universo se mueve y es movido. Los seres humanos piensan y son pensados. Akarghi observaba, escondido tras un seto de hibiscos, una decena de perdices que corrían de un lado para otro en hilera, con sus penachos erguidos y temblorosos. Otros seres lo observaban a él, escondidos detrás de todas las cosas. Akarghi había intuido desde pequeño esta condición casi irreal de la realidad, por la que se vive como si uno estuviese siempre sobre un escenario, representando un papel que te han asignado representar, y que uno realiza de memoria, sin saber que se lo hace de memoria… Las luces del escenario del Universo, las luces intensas de toda propia mente te ofuscan la posibilidad de distinguir siquiera el público que te contempla, y hasta al autor que te crea, para uno, allá, en las sombras que no dicen nada…

¿Y cuando Tashi Aburghasim barbotó: ¡Lo mataré!…, era primero y ante todo Tashi el que había dado la orden de matar a Akarghi?… ¿Y cuando los dioses decretaron que Tashi Aburghasim exclamase ¡Lo mataré!, eran primero y ante todo los dioses quienes habían dado la orden de matar a Akarghi?… ¿Y cuando Lo que había dado la orden a los dioses que decretaran matar a Akarghi, era primero y ante todo Eso lo que había dado la orden de matar a Akarghi?…

Por eso Akarghi miró a los ojos a su asesino cuando levantaba el puñal, y en ellos vio la mirada de Dios ∞no por cierto de un Dios de amor como muchos creen, pero tampoco de un Dios lleno de odio∞, de un Dios que mira y obliga, pero que también es mirado y obligado. Y si Akarghi había reconocido que su camino de la Verdad era el intento de trascender esa condición ambivalente e inexorable, lo hacía aún más difícil el intuir que Dios tenía su propio camino de la Verdad que trascender para superar sus propias ambivalencias, sus propias confusiones y, sobre todo, su propio destino. Akarghi mismo era un síntoma, una prolongación epifenoménica, una manifestación esencial de un Dios confuso e incompleto; de un Dios que evoluciona en algún universo paralelo y al mismo tiempo inmanente a éste nuestro, pero cuya transformación está infinitamente lejos de nuestra comprensión y conocimiento.

Coger la Verdad a través de la mentira y la ilusión… Hacerse fuerte a través de la debilidad. Akarghi caminaba por un desierto, sobre lomas yermas de fuego más que de arena  y polvo escaldado. Caminaba porque le permitían caminar. Caminaba porque lo obligaban a caminar. Trataba de ser libre en una mente que lo obligaba a ser él mismo. Siempre el desierto terminaba, lo mismo que cualquier camino, cualquier pueblo, cualquier ciudad, y también todo amor, todo vínculo. Porque si no terminaban, sólo era él mismo quien había terminado. Era obligado a buscar la libertad. Tenía conciencia y eso era suficiente y necesario para buscar la libertad como algo connatural a la conciencia misma. Si hacía calor, traspiraba, sentía sed, miraba el cielo azul esperando la noche, no podía experimentar frío, ni las aguas dulces de un lago, ni la sombra de los cocoteros o la brisa marina. Estaba obligado porque su cuerpo y su mente lo obligaban a experimentar la realidad de esa precisa manera, y no de otra. Cada vez más necesitaba liberarse de todos esos condicionamientos, como una obsesión que por momentos lo impulsaba sin respaldo alguno en la inteligencia, la comprensión o la evidencia de lo inmediato, o de la así simplemente llamada realidad… Existiese o no la libertad, era ésa su apuesta de vida. Lo primero, lo cercano, lo inmediato y real desentonaban de esa búsqueda e intuición, porque en estos niveles de realidad no existe libertad, casi nada, casi nada y, por momentos, nada. Entonces Akarghi comenzaba a darse cuenta de que cualquier realización cercana de libertad, como ser autoconiente de los estados y procesos de la propia miente, inevitablemente te hacen separarte progresivamente de todo, porque todo está aquí condicionado y predeterminado. Akarghi comenzaba a darse cuenta de que ante todo es la mente la que primero te quita libertad al condicionarte a experimentar todo de acuerdo a sus propias características y condiciones. En el desierto, era primero que nada la mente la que te obligaba a experimentar el desierto de una determinada manera, con los atributos que la mente le ha asignado al desierto desde siempre. ¿Y si cambiaba la mente, cómo reaccionaría el cuerpo, y cómo reaccionaría el desierto mismo?…

¿Y si eso ya no era coherente, ni lógico, ni natural, ni comprensible intelectualmente?… ¿Entonces sólo podría experimentarse la libertad como un estado de locura?… Ninguna forma de locura ni de cambio me resultan atractivos si no intuyo y me ofrecen un estado superior de otra coherencia, de otra lógica y de otra sobrenaturaleza que abarquen y comprendan mejor incluso esta misma realidad, y aunque carezcan de toda similitud con esta coherencia, con esta lógica y con esta naturaleza y realidad.

Vivir entre humanos, vivir con ellos, incluso con la mujer y el hijo amado le quitaban libertad, porque todos viven en lo inmediato y para lo inmediato. Ya los había dejado atrás con inmenso dolor en su corazón y en su alma. Ahora que avanzaba en el retiro hacia su propia mente y hacia su propio espíritu ∞con los años abrumados de vida que desenmascaran la ilusión y la desilusión de la inmediatez∞, se iba quedando de a poco sin mente y hasta sin espíritu, pero no por eso vacío

Así se lo había hecho saber Kautsa poco antes de que llegase su hora de partir:

–¿Soy yo sólo Kautsa?… Para Akarghi, Kautsa es ante todo Akarghi mismo, con aspecto de Kautsa.

Y cuando caminaba por los campos, observando a miles de hombres y mujeres trabajando en las plantaciones; y en los caminos, a los conductores de animales, a los guías de carretas, a los pastores de ganado, a los enfermos, a los comerciantes, a las prostitutas, a los ascetas, a los peregrinos, a los niños, sentía que su corazón se apretaba de angustia y compasión, porque carecían de ese don, de esa divina vida que se le concedía a él, de liberarse y trascender la vida humana y natural… pura miseria pacificada de lo mismo. Kautsa se lo había confirmado:

–¡Aunque la trascendencia tuya no sea más que otra ilusión, ve hasta el final de esa posible ilusión!… ¡Si se nos ha dado la posibilidad de elegir, de elegir a cada instante y momento, entonces elige, elige y elige, siempre de verdad elige, Akarghi!

Cuando se empieza a elegir de verdad, querido Akarghi, hijo mío, la realidad comienza inevitablemente a desmoronarse, pero entonces y a cambio, lo inesperadamente elegido comienza a construirse… ¡Construye y agrega!… ¡Construye y agrega!…. ¡Pero jamás mires hacia atrás, con la nostalgia del que recuerda, porque entonces sólo verás caos y confusión a tu alrededor y dentro de ti mismo!… ¡El horror te paralizará!

114

El otoño comenzaba a caer como una cascada de Naturaleza. Se imponía desde la inclinación de los rayos solares y desde una Tierra sumisa que acogía en parte de su cuerpo carnoso la reducción de la fuerza solar. Las hojas caducas enrojecían pálidamente, amarilleaban, se acercaban a su lecho mortal (la tierra) poco a poco, en un tránsito de luz a tinieblas. Las aves inquietas abrían sus alas probando la extensión  intrépida de su arco, temerosas de quedar aquí atrapadas bajo el frío que ya iba bajando desde lo alto del cielo ordenador y profundo a las montañas. ¿Qué animal desobedecía el mandato de encontrar el espacio justo para dormir y aquietarse para conservar el germen de la vida bajo las condiciones más adversas posibles? ¿No lo hacía el elefante, la oca, el tigre, la mariposa, el cisne, la hormiga?… Hasta el hombre en el campo contemplaba las eras oscuras y yermas, las horas más largas que la luz, las nubes arremolinadas en silencio, el desgano de los bueyes, y, con nostalgia, a su mujer en el hogar que tejía presurosa calcetas de lana y soñaba con un futuro mejor.

Allá en lo alto de la montaña se hablaba de Akarghi. En todas partes se hablaba de Akarghi. A veces el sol –y todavía más allá, el Universo– intenta inmortalizarse excepcionalmente en la existencia de un humano, todavía más que lo intenta en todos y cada uno. ∞Y eso que llamamos Universo no representa más que una metáfora de algo inmensamente más complejo y asombroso para el ser humano.∞ Akarghi percibía el otoño como cualquier otro ser vivo en este planeta, si bien podía también percibir la fuerza de las formas, de la energía, del organismo vivo, de la mente, que imponían sus condiciones y su sometimiento siempre a algo superior. Su largo trayecto, desde Lamayuru en adelante, había cumplido su primer propósito. Una tras otra experiencia de vida, como va tejiendo la araña cada día un hilo de seda diferente en torno al mismo centro, se ampliaba el círculo de la Verdad ∞sea una pequeña verdad como puede serlo una entera vida humana∞, como caen también los millones de gotas de una nube, vaciándose y cumpliéndose a sí misma poco a poco, o las hojas secas de un enorme olmo que cubren el suelo y despojan las ramas rígidas y grises del árbol invernal, que no hace más que unos días brillaba de vigor, lozanía y zumo rebosante en hojas como melena vistosa al viento. La gente común sólo atribuye envejecimiento, casualidad y hasta sin sentido al paso de los días, de los meses y años, porque la gente común no conduce del Universo nada más que lo estrictamente inmediato. Y no es que Akarghi fuese tampoco un sobre-humano o un ser de otra especie, dotado de virtudes y no defectos; como todo humano se debatía en la calígine tenebrosa, verdosa y parduzca de unas venas que alimentaban con sangre un cerebro emponzoñado de una tenue luz, que llamamos conciencia y espíritu. Y aun eso, nadie podrá negar que esta luz alumbra apenas el sueño que alcanza a soñar dentro de su propio titilante efímero resplandor, sea lo que ello sea… Y a ello nos vamos aferrando, más que a la vida del cuerpo saludable y propio, más que a la belleza, más que al puñado de bienes y posesiones que alcanzamos a amañar en el rato de ocio que llamamos trabajo o negocio… sin darnos cuenta de que, en el fondo, no queremos esto o lo otro, sino sólo ser un momento de conciencia que no se apaga, y que estúpidamente creemos que amando, poseyendo, disfrutando de esto y de aquello, hablando, asociándonos, viviendo como acostumbramos a vivir, satisfacemos nuestra necesidad de ser luz de la conciencia que se apaga.

Akarghi había cumplido. Arrojado al mundo, a la confusión de lo humano, al encanto misterioso de lo natural, al cuerpo delicioso de una mujer, a este y aquel encanto, apego, necesidad, pensamiento, evidencia. A tantas cosas, como en el cuento de nunca acabar, que se multiplica sin fin, pero con los ojos bien abiertos ∞el mejor de los cuentos que dura ininterrumpidamente hasta el último despertar∞.

Akarghi a los veintinueve años había caminado tantos caminos y pueblos, tantas vidas y recuerdos, que ya no le quedaba de ellos más que un otoño. Podía haberse quedado en cualquiera de esos lugares y recuerdos. En todos y cada uno de ellos había hecho ya algo importante. En cada uno de ellos podría haber cumplido una misión, una labor, un sentido, una vida útil y hasta significativa, de haberse quedado y echado raíces, pero no… Había sido dotado con la voluntad de la impermanencia, con la sed de infinito, con el llamado. El último refugio, el más poderoso, los cinco rishis, y entre todos ellos Kautsa, habían completado la ruptura, el trueno, la trascendencia de lo incluso espiritual –¡lo más difícil de trascender!–.

Ir adelante, moverse, pura necesidad tal vez, moverse o ser movido; pero para quien posee conciencia, esta necesidad de moverse conciente se suma a la necesidad de moverse, y entonces se trata de moverse con un sentido, ojalá acompañando el movimiento natural, o tal vez trascendente, con un segundo tipo de movimiento, espiritual, que se asocia al mero movimiento tridimensional, el del animalito, el del humano que corre como un gamo que se deleita en el mero correr de un lado a otro haciendo cositas aquí y allá, como construir rascacielos, ganar un puesto exitoso en algún pequeño espacio, o llegar a Júpiter, y más allá. El giro trascendental, el esfuerzo de romper los diques de la humanidad, y hasta de la realidad misma, eso era Akarghi en esta hora, en este tiempo, destino y lugar. Ya no debería darle cuenta a nadie entre los hombres, de su sentido y dirección.

Akarghi se encontraba solitario ante el sol del atardecer, esos rojizos soles del otoño nebuloso, teñido de un alejamiento rojo y gris, como un párpado que comienza a caer cansado por mil arrugas de siglos, y sólo debe aceptar alguna decisión superior que ordena: ¡Muere!… O: ¡Duerme!… O simplemente: ¡Cambia!… Como estaba cambiando su manera de sentir, su necesidad incluso de sentir de una nueva manera su nueva realidad, en la que se debía experimentar con emociones el otoño, la trascendencia y la muerte, con las emociones que un cerebro limitado y animal alcanza a ofrecerte como posibles y biológicas. Akarghi estiraba su mente como se empina el cielo hasta el azul invisible… Si bien luchaba aún con su naturaleza, esos cientos de millones de años que imponen la autoridad de la memoria ancestral decretando: ¡Esto lo viví así, por lo tanto está bien así, y no de otra manera!… Sutiles respuestas incluso que atraviesan hasta el impulso acabado, y susurran con los pelos de punta, como ante la vista de un fantasma: ¡¡¡Nostalgia!!!… ¿Cómo te atreves a soñar en abandonar LO VIVIDO UNA Y OTRA VEZ?… Entonces Akarghi lo vio todo claro, como sólo se puede ver con el Ojo de la Trascendencia. Debía decidir ahí mismo, en ese preciso momento, acto libre y decisivo para los próximos trecientos millones de años: MORIR EN UN IMPULSO HACIA ATRÁS, O MORIR EN UN IMPULSO HACIA LO IMPOSIBLE…

115

Los cinco rishis habían encomendado a Akarghi una misión que por alguna indefinida sensación le parecía inquietante, pero también inevitable. Debía acudir al templo de La Luna en el Agua, en Shangri-La, más allá de la frontera de la India, y entrevistarse con el lama Lobsang Tsangyang, después de entregarle cinco misivas selladas, que por ningún motivo Akarghi debía leer, ni perder en el camino. Kautsa había advertido a Akarghi que el destino de la humanidad estaba en sus manos y que no debía hacer ninguna pregunta más, sólo cumplir con lo que se le pedía…

Los cinco acaryas se habían reunido con Akarghi junto al río Fujilai, sentados en padmasana unos frente a otros. Ya llevaban tres días ininterrumpidos en profunda meditación. Akarghi sabía que esta sería la última vez que los vería así, unidos en un círculo de oración y quietud, unidos más allá del tiempo y del espacio, disueltas ya las ataduras del cuerpo y de la mente. Sin abrir sus ojos podía verlos vibrando como una luz purísima por encima de las cimas de cinco enormes montañas de energía viviente. Ellos le habían enseñado a unificar la realidad en un acto perceptivo que su cerebro no podía ya procesar. Deteniendo la actividad neuronal se abría un espacio áurico trascendental y la multiplicidad acudía sin jamás llenar el ojo abierto, semejante a una NADA que recibe en su seno TODO, sintiendo con una sensación unificada e infinitamente múltiple, como no existe sentimiento humano capaz de producir, ni bueno ni malo, sino solamente OTRO.

Los cinco santos se habían reunido en silencio, sin tocar con sus pies translúcidos el suelo ni la hierba, que brillaba levemente cuando sus átomos se reconocían mutuamente. La luna teñía con su luz ingrávida la superficie de las cosas de este mundo, y las aguas del río. Detrás de ellos, veinticinco seres sutiles revestidos de amor y muerte empujaban la zona de los cuerpos sentados rígidamente en la zona geométrica. Detrás de los veinticinco seres sutiles, seiscientos veinticinco principios angélicos aunaban los hilos de la red infinita para sostener el tiempo y el espacio y la conciencia inalcanzables…

Si Akarghi abría los ojos ya no los vería más. Entonces debía elegir… Abrió los ojos, porque tenía que abrirlos para cumplir con la misión que le había sido encomendada ∞Llámala misión, o necesidad, o destino, o simplemente vida∞. Sabía adonde tenía que ir, pero también ya sabía adonde tenía que ir después de acabar con su misión. ¿No es ya bastante para una sola vida humana, que se debate en un dormir y despertar para volver a dormir y despertar, saber esto? Porque así podía ya vivir con una sonrisa compasiva ese jamás, ese nada después, ese irreal con que satisfacemos  nuestra propia convicción de creer algo fuerte, firme, definitivo –aunque sea incluso una negación contra uno mismo–, en vez de no creer en nada, un mero y confiado dejarse ir.

–Cuando hayas cumplido tu peregrinaje –le dijeron los cinco dentro de su alma—habrás completado la activación de tu debilidad humana. Habrás llenado tu sustancia de toda la debilidad y miseria de la que eres capaz; entonces podrás activarla en la Fuerza que te lleve más allá de todo lo humano. La Fuerza reside en ti mismo, pero no te pertenece. Tú mismo eres en ti mismo irreconocible.

Siete días después Akarghi caminaba por los senderos de la montaña hacia Shangri-La. Su figura delgada, calva, como una manchita granate entre las paredes grisáceas de la montaña que aprieta, se movía pausadamente con su morral de corteza de alcornoque cruzado desde el hombro hacia su costado izquierdo, portando las cartas de la Vida. Akarghi veía, pero no veía; escuchaba, pero no escuchaba; estaba, pero no estaba. La Verdad, esa Mentirosa que juega a cambiar, haciéndose más verdadera, envolvía a Akarghi en su drama renovado, intenso, inevitable. Allí, en lo alto de la montaña, a solas con la Verdad Mentirosa había comprendido las mentiras de las verdades de sus maestros, de sus shastras, de sus gathas, de las doctrinas aprendidas penosamente, acumuladas en bibliotecas, en cerebros, en palabras, en tradiciones y prácticas protegidas y veneradas. Ya las había ido abandonando desde el momento en que ingresó a los nueve años como aprendiz en Lamayuru, y mientras más saberes espirituales acumulaba, y mientras más maestros sabios conocía, mientras más monasterios y templos y ashram y stupas y gompas conocía, esas formas, esos fantasmas más bellos que la Naturaleza toda, se volvían más y más pequeños y lejanos, como se va volviendo lejano y pequeño el fondo del valle amado, cuando se asciende más y más por el sendero de la montaña que te empuja hacia lo alto en contra de la lógica natural (gravity). Akarghi ya podía contemplar esas líneas sutiles de energías luminosas, de sorprendentes colores no vistos que van demarcando lo inmediato, lo propio, lo necesario, lo destinal por donde se debe avanzar en el caos sublime de la realidad, del entorno infinito que se despliega como la desorientación de la existencia creada para todos y para nadie en particular. Podía ver cómo se encendía de sentido vibrante el sendero único, el que la omnisciencia divina había trazado y escondido entre infinitos senderos por los que podía avanzar o perderse o entretenerse o tardarse. Poseía ya el don de la omnisciencia aplicada, el don y la clave para trascender este nivel del juego real. Llevaba consigo las insignias ganadoras del juego, los pases maestros para el ascenso, para cruzar la aduana del tiempo y la ruptura del cuerpo biológico sin pérdida de la conciencia ni apego, como las luces transitan desde la luz a las tinieblas, y las oscuridades transitan desde las tinieblas a la luz, sin ruptura ni diferenciación. Akarghi se había vuelto paciente e inmarcesible, como los contrafuertes de la montaña milenaria, que esperan al caminante por eones hasta que el aparecido la huella con sus pies casi intactos en un instante más breve que su grano de arena recién desgajado de la roca por una gota de viento cualquiera más entre las infinitas gotas que rascan a besos su enorme espalda, se mueve y cae. En ese punto y crac la conciencia se consolida en evento sobrenatural más poderoso, más inquietante y real que todo universo físico, que toda ley necesidad de la Naturaleza, y evidencia material ∞¿Realidad?∞.

Akarghi presionaba cada cierto rato el morral a su costado para confirmar que aún se encontraba intacto. Una intranquilizadora sensación lo acompañaba. Misión tan alta y decisiva no debía ser entregada a las manos y la integridad de un solo hombre, por más omnisciente que fuese. ¿Por qué los grandes maestros debían confiar en él, si era tan pequeño y frágil como una tortuga en las lomas de un desierto?… La fatalidad del ser humano era inevitablemente la dualidad, la oposición y la muerte, en esta zona del Juego. Jamás podía caminarse sobre una recta perfecta, por más que el espíritu lo pusiese todo para cumplir a cabalidad.

116

En menos de una hora la benevolencia del tiempo cambió terriblemente. Los contrastes de luces y sombras de una montaña sobre otra se opacaron hasta fruncir el ceño recargado por más altas montañas y montañas de nubes grises arremolinadas en torbellinos de vapor. El zumbido de los vientos en los altos acantilados se abalanzó por las pendientes lanzando desgarradores aullidos. Akarghi se maravilló ante la belleza y la fuerza de los demonios del mundo superior que advenían en tropel infernal a cumplir su obra destructiva y oscura sobre la tierra. No lo buscaban a él, y no sentía miedo. Aun así debía encontrar un asilo, un refugio protector de tamaña violencia y frío. El sol a veces lograba atravesar en largos y temblorosos fascículos de luz la cacería desenfrenada de nubes, pero era rápidamente estrangulado por oleadas de nubes todavía más veloces, más ingentes y tonantes. Levantó la vista buscando lo que sabía que debía estar por ahí… A unos cincuenta metros en diagonal ascendente lo esperaba una gruta excavada por algún témpano milenario. Hacia allá dirigió el esfuerzo y la pericia de sus pasos caprinos.

Al detenerse en la entrada de la caverna observó hacia el interior. Se abría una especie de cámara de piedra de algunos metros de circunferencia, y luego iba adelgazándose hacia el interior, donde ya no se divisaba nada debido a la oscuridad. Tuvo la singular sensación de que adentro había alguien, o algo inusual. Se acordó de Farra-aj, vio su dedo huesudo extendido y tembloroso en el aire, indicando con furor en dirección al Camino de la Verdad donde debería padecer la tortura de Sirshasana (cabeza abajo), mientras escribía en un papel apergaminado: “A 23 de Mayo del año 2057, Akarghi, 6 horas por el Camino de la Verdad…” ¿Qué año era éste… y ése? Nunca había dejado de inquietarlo esa experiencia. Carecía de explicación y lógica, pero presentía que había algo de Farra-aj allá en el fondo de esa caverna, de la misma manera que siempre hubo algo inquietante de Farra-aj en el fondo de Lamayuru. Akarghi recordó entonces aquella ocasión en que, sentados en el alféizar del campanario, después que Kynpham había estado a punto de saltar al vacío, trataba de explicarle a su amigo la extraña sensación que se le hacía cada vez más evidente, pero también cada vez más inasible:

–Me siento en medio de un juego, la vida, y todo a mi alrededor se encuentra en tinieblas porque alguien me ha vendado los ojos. Estiro mis brazos y mis manos en el aire para tratar de coger algo, pero no consigo coger a nadie ni nada; sólo escucho ocasionales susurros que me llaman por mi nombre, y tratan de ayudarme a orientarme hacia donde debo buscar, pero avanzo a tientas, inseguro, ansioso, esperanzado, en riesgo de accidentarme, e igualmente no encuentro nada ni a nadie, sólo unas voces que a cierta distancia vuelven a repetir mi nombre… ¿Me guían hacia alguna parte? ¿Qué quieren de mí y para mí?

Se dio media vuelta y vio afuera el mundo de ensueños que instala la nieve en el mundo cuando cae como un lento y pacífico barrido de ensoñación, sin límites, sin horizonte, sin tiempo. Volvió a apretar el morral en su costado, sopló aire caliente dentro de sus manos y se dirigió hacia el interior de la cueva. Buscó un rincón bien protegido, escarbó la tierra con una rama seca que hasta ahí le había servido de bastón y se formó una especie de nido para recostarse adentro hecho un ovillo. Su mente se adelantaba una y otra vez a las demandas de lo inmediato, o se quedaba atrás, o simplemente se iba de la realidad que se impone naturalmente y por sí. El estar solo, el vivir solo los últimos meses y años le habían facilitado romper la inmediatez, porque los seres humanos se asocian precisamente para amurallar la realidad en un espacio evidente y próximo, donde puedan descansar, aunque no tenga más consistencia que un sueño breve y reparador.

Akarghi comenzó a sentir que el frío disminuía gracias a la posición y al lugar protegido donde se encontraba. En ese momento le pareció distinguir un leve resplandor hacia el fondo de la caverna, que iba en descenso. Su inquietud aumentó. Se quedó inmóvil, con los ojos fijos en la oscuridad. Afuera el viento había amainado, pero un susurro extraño soplaba dentro de la gruta. El resplandor despareció. Un minuto después vio cerca de él, con total certidumbre, que se iban encendiendo diminutas luminarias, una tras otra, en pares de lucecillas verdosas y profundas, como adheridas a los muros de roca. Un fuerte soplo de viento helado, extraño, lo entumeció. Su cerebro reptiliano reaccionó de inmediato a la defensiva ante el evento amenazante; dio un salto para salir de su escondrijo, pero no se movió. Trató de mover su cabeza, su cuello, sus manos, pero nada… ¡no podía moverse! Las lucecillas verdosas comenzaron a acercarse, y cuando se encontraban a sólo unos pasos de distancia pudo recién vislumbrar que se trataba de unas criaturas horribles y oscuras, cubiertas de pelo hirsuto, de menos de un metro de estatura que lo observaban con miradas malévolas y sarcásticas. Cinco de ellas se le acercaron con movimientos bamboleantes y comenzaron a danzar a su alrededor –o al menos a Akarghi se lo pareció–, lanzando gruñidos hostiles y graves.

Repentinamente un inmenso resplandor estalló a su alrededor, cegándolo tan poderosamente que cerró instintivamente los párpados. Duró tan sólo un segundo. Volvió a abrir sus ojos, pero se encontró con la más completa tiniebla. ¿Estoy ciego? ¿No puedo ver o realmente todo está en oscuridad?… Tampoco había señas de las horribles criaturas, ni había ya en el aire ningún hedor ni magnetismo extraño. Se agitó dentro de su vaina de tierra y notó que tenía movilidad. Por su sentido de deber volvió a llevar su mano derecha hacia el pecho, donde sostenía el morral, y se encontró con una evidencia que lo hizo empalidecer. Estaba rasgado por la mitad. Su mano se encontró con el legajo de sobres colgando del borde abierto como una herida sangrante. Se incorporó, se sentó en asana, desplegó los sobres entre sus manos y contó: Uno, dos tres, cuatro… ¡Sólo cuatro!… ¿Y el quinto?…

–¡El quinto!—gritó como no lo hacía muchísimo tiempo.

Como no podía ver ni la punta de su nariz, comenzó a tantear sobre el suelo, alrededor, de rodillas, gateando, suspirando y agitado. No lo podía creer, aunque algo le decía que aquellos seres infernales tenían que ver con su desaparición. Se detuvo en su búsqueda y dejando caer su frente hasta el polvo, suplicó a viva voz:

–¡Señor, Señor, Maestro mío, no me abandones en esta hora aciaga!… ¡Enséñame dónde encontrar ese talismán que tú mismo me has encomendado!… ¡Ya sé que no soy suficientemente digno de que tú me hayas encomendado esta misión!… ¡Que no sea yo la causa del fin de esta humanidad, sino el medio para su salvación!… ¡Sin ti no puedo!…

¿El silencio era la respuesta, o en el silencio estaba la respuesta?

117

Poco importa si era un sueño o estaba despierto: era real… Faluyya le tomó la mano y lo tiró con fuerza hacia fuera de su lecho. ∞Faluyya, la anciana mujer que servía en su hogar a los siete años; pero ahora Akarghi tendría veinticinco, ¿o doscientos cincuentaitrés?…∞ Luego comenzó a caminar delante de él, diez pasos adelante, liviana como una sombra, con su sari negro y con el velo impenetrable cubriendo su cabeza de pelo blanco y escaso.

–Latniavira te espera– le había susurrado al oído para despertarlo.

Al tomar conciencia de sí mismo reconoció que su pene estaba lleno de sangre caliente y excitado. ¿Cuántos años hacía ya que no poseía el cuerpo de su amada mujer?… Había perdido la cuenta, pero su sexo no la olvidaba ningún instante, ningún día, ningún despertar. Quizás no fuese más que otro sueño intenso, erótico, orgásmico, seminal, como le acontecía cada cierto tiempo. Pero fuese lo que fuese, real o irreal, iría tras ella, tras ese deseo más profundo que toda evidencia. Ella lo llamaba, donde sea que estuviese, ardiendo con su propio deseo animal, inmediato y trascendental, eternamente femenino. Al abrir la puerta se encontró con una noche azul, un océano de estrellas mareadas con el perfume blanquecino del jazmín que caía desde los zarcillos trepadores y colgantes de los pórticos, o tal vez del cielo mismo. Así también olían los besos que resbalando por sus muslos temblorosos se encontraban repentinamente con la fontana perfumada de su vulva.

A los pocos pasos se encontró dentro de la penumbra de un bosque de palmeras, tecas, sisus y dátiles, y aunque ya no distinguía delante a Faluyya, vislumbraba invariablemente su figura entre la vegetación, esperándolo y acompañándolo. Creyó ver correr a Latniavira hacia lo más profundo del bosque; entonces también él se lanzó a la carrera tras ella. Ya no seguía a Faluyya, sino a Latniavira. De pronto comenzó a ensancharse una suerte de corredor entre la penumbra de los árboles, ante él se hizo un camino como de polvo de diamantes, y al fondo, resplandeciente bajo la luz de la luna llena, se irguió maravilloso, plateado, el inmenso templo piramidal de Khajurajo. Podía ver los frisos, las figuras procaces, carnales y lúbricas como agitadas por su convulsión libidinal, moviéndose en piedra viva con el deseo frenético del ansia sexual, y a la entrada del templo, recostada sobre un lecho de losa el cuerpo desnudo de Latniavira, ardiendo de deseo y palpitante para él. Su torso semierguido, apoyado con sus antebrazos sobre la piedra brillante, y la cabeza arrojada hacia atrás, con los párpados entornados, y la luz de la luna deshecha a pedazos sobre su piel de miel.

Alcanzó a dar tres pasos, mientras se desanudaba el dhoti para ir a amar a Latniavira, pero una mano lo cogió del tobillo y lo retuvo con fuerza. Volvió la vista y se encontró con un sanyasin ciego, sentado a la orilla del camino, cuyo tripundra de ceniza blanca resplandecía al centro, profundamente en al ajna-chakra.

–¡Detente, insensato!—exclamó el santo con voz ronca.

–¿Quién eres?—preguntó Akarghi sorprendido.

–¿Eres tú, Akarghi, el joven sanyasin que lo dejó todo por seguir el camino de la Verdad?

–¡Sí, yo soy, pero ahora voy a amar a mi mujer!…

–¿Amar?… ¡Tú, que has conocido el poder de la abstinencia en la búsqueda de la Verdad!… ¡Avergüenzas a millares de maestros e iluminados que, guardando la enseñanza de los dioses, dieron su vida en el ascetismo, al señalar la ilusión del placer de los sentidos, del placer del cuerpo y de la mente!… ¿Por qué vas gustoso tras tu propia perdición, si sabes cuál es el camino de la Verdad?

–Es verdad, mis maestros me enseñaron con su ejemplo y con la sabiduría de los divinos antepasados que debo huir del placer y del apego a toda forma, a todo encantamiento de la mente… Pero tú mismo, venerable maestro, sabes que allí delante, en el divino Khajurajo, en la adoración al poder trascendental del erotismo y la sexualidad, también se nos enseña que hay un camino hacia la Verdad tras el fondo de toda ilusión, en el fondo mismo de toda realización de las gunas, como la puerta doble que es necesario saber cruzar intrépida y lúcidamente para no caer en el lado oscuro de su elección y camino.

–¿Eres tú quien franqueará gustoso esa puerta sin caer en tu propia trampa, en tu propia complacencia y engaño, mentiroso y débil?

Akarghi volvió su vista hacia el lugar donde se encontraba Latniavira, pero no la vio allí, ni en ningún otro lugar. A cambio, divisó a la entrada del pórtico principal la figura del abad Farra-aj, vestido con un extraño atuendo negro pegado a su cuerpo, y a su lado a Chien-Tzu, quienes se dieron media vuelta para contemplarlo con una singular sonrisa, casi desafiante. En seguida se dirigieron hacia el interior del templo y ya no los vio más.

–¿Esto es un sueño?—le preguntó al anacoreta.

El sanyasin levantó su rostro hacia Akarghi, como si pudiese verlo, y esbozó la misma misteriosa sonrisa que había atisbado en los rostros de sus maestros de Lamayuru.

–¿Tuyo o mío?—preguntó de vuelta el sanyasin.

Akarghi se quedó pensativo, luego se sentó en padmasana delante del rishi y cerró por un momento sus ojos.

–Infinitos son los caminos de la Verdad –dijo Akarghi aún con los párpados entornados–. Los Agentes del Sueño vigilan todas las vías por las que puede transitar un ser humano, en su inagotable multiplicidad. Nadie puede denunciar mayor o menor justicia en cualquiera de esos caminos, pues el brahmán, lo mismo que el torturado, o la mujer violada, o el niño descuartizado vivo, o el rico de principio a fin, o el poblador sin fortuna, lo mismo que el campesino esclavizado, o el humano invisible que vive sin mérito especial, o también el drogadicto, el amante impenitente y lujurioso, o el asesino, adelantan, por su propia manera de vivir, en el Camino de la Verdad, que se despliega ante cada humano en infinitos caminos.

–¡Sabes que eso es blasfemia!… El camino humano de la Verdad no puede avanzar sino a través del centro y orificio de la virtud. Si no realizas el espíritu en ti mismo, no hay progreso ni trascendencia.

–¡Es cierto, venerable, pero también hay progreso y trascendencia en la perdición, en la maldad, en la inmoralidad, en la ilusión, en el placer de los sentidos y en el sexo, pero otra dimensión y naturaleza del progreso, y otra de la trascendencia, que las de la espiritualidad y de la virtud!…

–¡Yo no las conozco, Akarghi!… ¿Podrás demostrártelo a ti mismo sin engaño –ese mismo engaño que has denunciado y develado en tantos bodhisattvas, tantos santos y maestros, pero que a ti puede estar amarrándote sólo con otro nudo diferente–, y luego mostrarlo sabiamente a los demás buscadores de Verdad?

–¡Quiero hallarlo!… No tendré paz ninguna si no alcanzo la realización.

–¡Ve, entonces, Akarghi, tras la mujer que tú amas!

Akarghi se inclinó hasta tocar con su frente el manto del anacoreta, saludó devotamente con sus manos unidas ante su corazón, y continuó con paso decidido hacia el templo Khajurajo.

118

Decenas y hasta cientos de maestros de todas las religiones, enseñanzas y escuelas acudían anualmente a enseñar y a compartir prácticas y saberes en Lamayuru. El monasterio hacía siglos se había clausurado para la gente común, la que podía en cambio acudir a innumerables centros abiertos de salud y práctica espiritual y física que abundaban en la región, de manera que ningún paisano, viajero, discípulo, autoridad, enfermo o penitente osaba exigir o solicitar nada de Lamayuru, que Lamayuru mismo no quisiese ofrecer libremente y de sí. El eclecticismo de Lamayuru se había vuelto excepcional y único, si bien era limitado por esta peculiar restricción: sólo ciertos y unos pocos elegidos y privilegiados tenían acceso al universo donde todos los credos y saberes recibían libremente acceso y lugar.

Los hijos de todas las castas y clases sociales, de lejos y de cerca, eran ofrecidos por cientos y a veces por miles al noviciado y a la exigente clausura de Lamayuru, pero sólo una decena de ellos era aceptada dos veces al año, después de ser sometidos a pruebas singulares y poco convencionales, la mayoría de las veces sin que los niños saliesen de sus propios hogares, y continuando su vida familiar y cotidiana. La gente hacía por su parte todo tipo de conjeturas para tratar de anticipar la elección, pero ningún patrón de elección lógico o evidente permitía acertar en este juicio y, sobre todo, prejuicio. El privilegio y la honra de ser elegido por los santos de Lamayuru era una gracia incalculable que entonces y finalmente, a los ojos de los familiares y de la sociedad toda, caía por azar o por suerte no sólo sobre el niño, sino tanto o más sobre la familia y la comunidad a la que éstos pertenecían.  

Esta mañana sobre el marco de las inmensas montañas que rodeaban la disminuida pero colorida arquitectura de Lamayuru unas colosales y venerables nubes parecían colgadas como setas por encima de todo, semejante a las setas y líquenes que los jóvenes aprendices deberían salir a colectar libremente, después de haber recibido la correspondiente clase de botánica shuetambara del swami  Kapilananda. Reunidos en pequeños grupos en el patio principal los treintaisiete sichyas recibían las instrucciones del swami antes de iniciar la prueba. Akarghi se había unido con Kynpham y Narayan en un círculo de oración silenciosa, mientras esperaban al swami Kapilananda. Kynpham y Narayan mantenían sus ojos cerrados y alargaban su respiración con extensas retenciones de prana, pero Akarghi se había vuelto hacia el oriente y observaba con los párpados entornados la altura de un risco lejano, hacia donde sabía que habrían de dirigir sus pasos y propósito. De alguna difusa manera podía presentir lo que allí, delante de sus ojos, iba a ocurrir. Esa montaña apenas le susurraba el futuro, y él apenas podía presentirlo, cuando quizás nadie más de los que podían mirarla (pero no lo hacían) sabía que el futuro ya estaba sincrónicamente ahí mismo, actualizándose en la montaña presente. La oración de Akarghi era diferente: ¡Bendito Buda-de-todas-las-cosas, guíame para que yo te guíe!¡Bendito Buda-de-todas-las-cosas, guíame para que yo te guíe!… ¡Bendito Buda-de-todas-las-cosas, guíame para que yo te guíe!…

Los tres jóvenes sichyas iniciaron la caminata con buen humor, alegres y conversadores. El otoño ya se dejaba sentir con su temblorosa sutileza, con sus energías maduras y reconcentradas. Era el tiempo de las setas y de las canciones de antaño, como la nostalgia o el acceso misterioso de una memoria que ha seguido evolucionando en paralelo. Tal vez por eso guardaron pronto silencio y continuaron caminando un largo trecho, tranquila y relajadamente, sin mirar más que el sendero y la montaña hacia la altura dorada donde se dirigían. Akarghi se quedó pensativo, inquiriendo en la posibilidad de detener esa marcha y decisión. ∞Llamamos presentimiento a ese estado de mente y de realidad en los que nos encontramos cuando algo programado, inevitable y futuro colisiona con nuestra conciencia y con nuestra libertad de decisión.∞ Akarghi indagaba en su presentimiento… ¿Si sé, no hay duda, de que algo terrible va a ocurrir, qué debo hacer como respuesta a este saber?… Puedo detenerlo, sé que puedo detenerlo. Basta que imponga a mis amigos que esta marcha acabe aquí, sin dar ni un paso más adelante, y esa desgracia no se cumplirá… ¿Debo hacerlo… puedo hacerlo?… ¿Está bien plantearlo así, o también podría hacerlo de otra manera que hasta este momento no alcanzo a vislumbrar?…

Kynpham puso atención en Akarghi y, acercándose un poco a él le preguntó:

–¿En qué piensas?

Quizás era esa la pregunta precisa y única que necesitaba en ese momento para comprender de inmediato que debía guardar silencio. Aun así una idea inquietante, en un diálogo entre su cielo y su infierno personales, lo volvió a atravesar… ¿No evitaré una desgracia para nosotros, aunque pueda, sólo porque eso que llamamos Divinidad así lo ha dispuesto, y porque así esa misma Divinidad acostumbra a contemplar de antemano como advienen todas las desgracias humanas, sin evitarlas?

–En nada—respondió con tristeza.

–¿En nada?—preguntó Kynpham con incredulidad.

–¡Miren!—exclamó Narayan, señalando con su índice hacia un risco próximo.–¡Kalpasi!…

El kalpasi, liquen exquisito especialmente para el paladar del abad Farra-aj, y que tan escaso era por otro lado en la región, se aferraba sin esfuerzo a un peñasco literalmente cortado a pico hacia un profundo abismo.

–¡Yo iré!—exclamó Narayan, dichoso y casi fuera de sí.

–¡No!—gritó Akarghi con una vehemencia que hizo retroceder a los dos sichyas.–¡Iré yo!—agregó con una sonrisa nerviosa y forzada.

Se quitó con decisión las sandalias, el morral, la manta roja y comenzó a caminar hacia el senderillo que más fácilmente accedía a su proximidad. Los otros dos compañeros lo siguieron de cerca, pero se detuvieron cuando Akarghi se dio media vuelta y con un gesto imperioso de su cabeza y sus brazos les dijo:

–¡Ustedes me esperan aquí!…

Aunque no entendían la razón de tan extraño y perentorio comportamiento, tampoco sentían que había razón de peso para contradecirlo. Akarghi comenzó a avanzar por un estrecho contrafuerte que sobresalía del descomunal cuerpo de la peña, pero que iba adelgazándose progresivamente mientras más cerca se proyectaba hacia las volutas oscuras del kalpasi, como si éste fuese precisamente el remate sobre la nada de esa misma saliente que iba a extinguirse a sólo un paso antes del preciado liquen. Un águila pasó flotando con sus alas extendidas e inmóviles por encima de ellos y dejó oír un escalofriante graznido. Akarghi levantó su mirada hacia lo alto y, al ver lo que vio, comprendió lo que estaba haciendo.

Avanzó lentamente, como un gusano que encorva su lomo sin desplazarse todavía ni un centímetro, y luego de haber medido cuidadosamente su impulso y el espacio siguiente, devuelve hacia adelante, con precisión, su lomo a la horizontal. Asimismo, de espaldas contra la muralla de roca y sin mirar la hondura del abismo bajo sus pies, se fue adhiriendo a la roca con sus brazos extendidos en cruz y aferrando sus manos a las mayores salientes que era capaz de alcanzar. Pronto se hizo tan delgada la ceja de piedra por sobre la que avanzaba, que sus pies ya no quedaban por completo apoyados en ella, sino que sus dedos comenzaron a quedar suspendidos sobre el vacío. Sentía sobre su piel el viento pardo y frío que lo empujaba en diferentes direcciones. A cada centímetro que avanzaba se experimentaba más vulnerable, más disponible a las decisiones del universo a través de la inmediatez. Giró su rostro hacia sus amigos y vio en ellos la angustia y el miedo, pero al mismo tiempo la confirmación de que era él quien debía hacer lo que estaba haciendo, y no alguno de ellos. Entonces, un profundo saber pareció aflorar hasta su conciencia y su cuerpo… Experimentó un estado de su mente que lo transformó en una criatura leve y flexible, tal vez como el águila que planeaba ingrávida sobre el vacío. Continuó desplazándose hacia el paciente kalpasi, que contemplaba sus deseos con una sonrisa vegetal, indulgente e inmóvil. Akarghi también sonreía. Pudo sentir también cada milímetro de las plantas de sus pies, como nunca los había sentido. Pudo sentir en se mismo momento cómo su cuerpo comunicaba a sus pies sus necesidades de ser sostenido, lo mismo que sus mínimas variaciones que debían ser aceptadas y asumidas por el centro absoluto de equilibrio y armonía que sus pies poseían. Akarghi experimentó con absoluta fidelidad la traslación completa de todo su cuerpo, de su mente y de su conciencia dentro de sus pies. Sus pies se volvieron poderosos, hábiles, con todas las capacidades que disponía el cuerpo completo. Ahora poseían manos articuladas, y firmeza como los huesos, y flexibilidad como la lengua, y aliento como el corazón, y sabiduría como el cerebro. Entonces, cuando sus pies ya se apoyaban sobre la casi imperceptible línea saliente de roca sólo sobre el borde de los talones (y su cuerpo parecía sólo flotar mágicamente en el aire), giró su cabeza hacia el abanico colgante y gris del kalpasi, y se lo encontró sólo a un palmo de su mano izquierda extendida. Pero en ese mismo instante y circunstancia sus pies reclamaron imperativamente:

–¡Basta!…

Akarghi se detuvo. Por un instante tan breve como el instante anterior su cabeza volvió a pensar y a medir. Escuchó entonces como un eco dentro de su cabeza: ¡Basta!… El universo gritó al unísono:

–¡Basta!…

Akarghi regresó sin más, de la misma manera que había llegado hasta ese punto y lugar. Kynpham y Narayan lo esperaron inmovilizados, pálidos, tiritando, sin poder creer lo que acababan de ver.

–¡No pude!—exclamó con una humilde sonrisa–… ¡Volvamos!—agregó, empujando por los hombros a sus dos amigos para que iniciaran la retirada, y como para animarlos con su ejemplo, comenzó a caminar delante de ellos.

Cuando habían recorrido unos cincuenta metros entre rocas y estrechos pasadizos, Akarghi volvió la mirada hacia sus compañeros y se encontró con Kynpham, que lo seguía a cierta distancia, concentrado en observarlo y observarlo sin quitarle un segundo de encima la vista. Pero no vio a Narayan.

–¿Y Narayan?—le preguntó a Kynpahm, alzando la voz.

Kynpham se dio media vuelta, escrutó la ruta y respondió:

–¡No sé!…

Akarghi se ensombreció abruptamente y se devolvió a la carrera, pasando incluso a llevar a Kynpham, quien lentamente acompañaba los primeros saltos en reversa de Akarghi. Cuando llegó al reborde del acantilado vio a Narayan avanzando de igual manera que él lo había hecho hacia el preciado liquen. Estaba a sólo un par de pasos de alcanzar el rugoso kalpasi. Sus pies casi colgaban hacia el vacío, y en su rostro podía leer la convicción, pero también algo doloroso e inquietante. Sin embargo, Akarghi debía reconocer que Narayan por alto le sacaba un palmo de estatura, y con sus largos brazos podría alcanzar hasta donde él no había podido hacerlo. Cuando Kynpham a su vez llegó al lugar dejó escapar un grito ahogado. Akarghi se dio media vuelta y llevándose el índice a los labios, le susurró:

–¡Él lo conseguirá!…

Al contemplar a Narayan aferrado a la interminable roca casi lisa, le pareció incluso más pequeño y frágil ante la vida que las diminutas hojillas de liquen. Al contemplar a Narayan, Akarghi se vio a sí mismo, colgando de la inconmensurable existencia. Entonces Akarghi percibió una leve convulsión que estremeció el cuerpo de Narayan, al tiempo que estiraba tres centímetros más su mano izquierda y cogía el manojo de kalpasi con la misma mano. ¡Lo había logrado!… Su cuerpo se inclinó hacia adelante y, despidiéndose con una sonrisa de plenitud y al mismo tiempo terrible, sin resistencia alguna, su cuerpo comenzó a caer velozmente hacia el abismo.

 

 

 

119

 

 

¿Cómo es posible?… Se preguntó a sí mismo y a la realidad y a Dios, cuando ya a una buena distancia de Lamayuru pensaba en Lamayuru, su mundo amado que había visto arder por los cuatro costados con llamas que seguían quemando su imaginación y su corazón, y en sus masacrados hermanos, en sus venerados maestros, los seres más benignos de la Tierra. ¿Había al menos una lógica humana, una doctrina, un mecanismo de conciencia y entendimiento que le permitiera comprender o asimilar la insensata destrucción de un universo entero, cual había sido la devastación del monasterio de Lamayuru?…

Si existe un Dios, un Creador, un Ordenador de la Realidad, no se parece en nada a la conciencia humana. Yo habría impedido, y cualquier humano conciente habría hecho lo mismo, que la maldad o la ceguera destruyera a tantos seres justos, benéficos, pacíficos, evolucionados… Incluso a uno solo lo hubiera protegido y salvado. ¿Acaso la espiritualidad, la virtud, la conciencia, el amor son ajenos a este Dios?… ¿Dónde está realmente el error en todo esto?…

Akarghi se dejó caer sentado sobre una roca, se tomó con ambas manos la cabeza y comenzó a llorar con intensos y estremecedores sollozos. Pero aún en ese estado un hálito tan puro y transparente como el aire de las alturas lo animaba a no desfallecer, a no negar, sino simplemente a ¡vivir!, y querer vivir… En ese ánimo, sin embargo, no había amor a Dios, ni perdón a Dios, ni justificación de Dios, sino algo extraña e indefinidamente más… Lloraba con fuerza, pero al mismo tiempo una profunda paz del alma detuvo su llanto. Una paz sin nombre, sin atributos, sin humanidad ni forma alguna. Ya había ocurrido. Afuera no había nada de Lamayuru de un día atrás. Estaba sólo él, y tendría que vivir una nueva vida. Eso requería descubrir y crear una nueva vida, de un momento para otro, como si de un segundo a otro te abandonaran en un remoto planeta, sin vuelta atrás.

Al contemplarse a sí mismo se reconoció destruido, como si lo hubiesen dejado afuera de todo, abandonado, cortado por la mitad, desnudo dentro de una tormenta más larga que el invierno, descalabrado y deshecho dentro de sí mismo. Como por arte de magia había perdido todo poder, todo recurso interno, todo aprendizaje y práctica mental y espiritual a la que echar mano o en la que apoyarse y ser, como si no tuviese más mente ni espíritu que un pajarillo arrojado sin alas de una vez y para siempre de su nido. Eso implicaba haber sido destruido Lamayuru, afuera y adentro de Akarghi.∞Hay seres humanos que experimentan esto mismo ante el solo hecho de existir, independientemente de cualquier circunstancia, por más feliz que ella sea a los ojos de los demás, y entonces prefieren morir o quitarse la vida…∞ Pero también Akarghi intuía y sabía que algo lo había salvado a él, y sólo a él, por encima de toda destrucción y muerte, de la misma manera que había algo dentro de él que lo animaba a crear una nueva vida, por encima de toda destrucción y muerte… Y constató con cierta sorpresa, pero también con una inconmensurable serenidad, que esa potencia profunda y arrolladora lo convertía allí, también en lo profundo, en un ser insensible, irracional, sin debilidad alguna, por encima de todo amor, por encima del bien y del mal, más allá de la vida y de la muerte, como el CREADOR-DE-TODO-EN-UNO…

Por eso mismo pudo intuir que una zona oscura de sí mismo también había provocado toda esa ruptura y aniquilación, porque él mismo necesitaba su destrucción para liberarse del cuerpo muerto que paulatinamente se había ido corrompiendo en Lamayuru, y todo lo que allí era su propio ser en descomposición. Necesitaba esta libertad, esta desolación, este abandono para crear algo demasiado nuevo y terrible. Se estremeció al recordar las palabras proféticas de Farra-aj, cuando le vaticinaba un futuro descomunal, más allá de Lamayuru, en el Camino de la Verdad…

Se puso de pie casi de un salto, y arropándose dentro de su capa roja, inició la caminata sobre un suelo y un cielo aún inexistentes. Se acordó en ese mismo instante de Narayan, pero, en su lugar, se vio a sí mismo saltando al vacío con la misma mirada, y el kalpasi apretado dentro de su propio puño. El mundo y la Naturaleza parecían haber enmudecido y no presentaban ante él más que la máscara que ven todos los seres humanos simplemente con la vista que les otorgan sus dos ojos. Ningún ave le hablaba, ningún árbol susurraba, ningún objeto se mostraba sincrónico ni cargado de sentido y verdad, y ello porque su corazón simplemente sufría tanto que se aferraba instintiva, autómata, frágil e inconcientemente al mundo inmediato de la propia mente y de los sentidos ∞A eso que por una trágica ironía la gente llama el mundo real∞.

Allí, en ese mismo instante y lugar decidió vivir, pero vivir por vivir, porque no podía darle ningún sentido, por lo mismo que comenzó a caminar por caminar, sin sentido… Afuera de él, los paisajes no eran más que viejas pinturas descascaradas pintadas malamente sobre un largo lienzo viejo. Anduvo días así, casi sin conciencia y sólo ensoñando en retazos de recuerdos vivos, fantaseados como por un delirante, que lo mantenían despierto o dormido, caminando. Comió cualquier cosa, durmió en cualquier lugar, se protegió de la lluvia y el frío bajo cualquier alero, recibió algún donativo de algún viandante, hasta que sus pies adoloridos se encontraron sin darse cuenta dentro de una ciudad, Nimrla-Jar.

Nunca había visto tanta gente, reunida, caminando, detenida, acostada, diferente, sonora, multicolor, extraña. Nunca había visto construcciones, arquitecturas, monumentos, tiendas, callejones, avenidas, objetos, vehículos, ropas, olores, animales con las mismas características que su gente… Su sensación de encontrarse dentro de un sueño extenso, inacabable, continuo, se acentuó. Estalló furiosamente un trueno por encima de su cabeza y un aguacero denso como una muralla se dejó caer por sobre los habitantes de las calles, que, como en un acto de magia, desaparecieron de todos los espacios descubiertos. Akarghi se acercó a la entrada de un estrecho callejón para buscar también un refugio, pero apenas había dado unos pocos pasos escuchó cerca unos quejidos. Puso atención y extrañado descubrió una especie de ovillo envuelto en una tela de cáñamo zarrapastrosa y oscura que casi se sumergía dentro de una posa sucia y hedionda con excremento. Se acercó cautelosamente, descorrió una parte del velo, y se encontró con una carita de niña con su cabellera revuelta que le caía sobre el rostro. Ella lo miró asustada con sus ojos enrojecidos, llenos de lágrimas y con la cara mojada de lluvia y mucosidades.

–¿Qué pasa, niña?—Le preguntó– ¿Por qué estás sola?… ¿Dónde está tu familia?

La niña mantuvo silencio, pero como si las preguntas de Akarghi le hubiesen avivado el dolor, volvió a llorar con mayor fuerza y desconsuelo. Akarghi primero se inclinó hacia ella, pasó suavemente su mano sobre la cabeza de la niña, y luego con la misma suavidad tomó con ambas manos la mano con que ella ocultaba su cara para llorar. La niña dejó de llorar, pero se mantuvo con los ojos cerrados, esperando.

–Quiero ayudarte—susurró Akarghi–. Me llamo Akarghi; soy monje de Lamayuru. –Al decir esto, Akarghi sintió que su propio corazón quería llorar.

Por un momento sólo se escuchó el repiqueteo furioso de la lluvia por todos lados. De pronto Akarghi vio y sintió con claridad lo que allí estaba ocurriendo. Se arrodilló y diciéndole ¡Ven!, la tomó por los hombros y la atrajo hacia sí, abrazándola contra su pecho, acurrucándola en su calor y su amor. La niña no se resistió, sino que cerró los ojos y se dejó abrazar. Después de varios minutos así, la niña murmuró algo.

–¿Qué te ha ocurrido?—preguntó Akarghi.

–Me han arrojado a la calle por inservible…–habló en voz baja la niña, con su voz entrecortada sólo por hipos.

–¿Quiénes te han abandonado?

–Mi padre y mi madre… No valgo nada…

–¡No puede ser, los padres no abandonan a sus hijos por inservibles!

–¿Cómo puedes saber eso si tú eres hombre y además monje?… Sólo me queda morir tirada en la calle, inservible…

–¡No!… ¡Eso no!… ¡Ven, iremos juntos a conversar con tus padres y verás que ya se han arrepentido de lo que te han hecho!

–¡No, Akarghi, me matarán si regreso!… ¡No quiero que me sigan golpeando!…

–¡No permitiré eso, confía en mí, mi niña!… ¡Ven, vamos!…

Mayanin reveló su nombre a Akarghi y se dejó convencer a pesar del inmenso miedo que le producía regresar a su casa, incluso más que la muerte. Caminaron muchas cuadras protegidos de la lluvia por el manto de bambú de Akarghi.

Después de avanzar por diferentes pasadizos estrechos y lúgubres alcanzaron la puerta destartalada de madera de un caserón oscuro pegado miserablemente a otros innumerables.

–¡Aquí es!—exclamó Mayanin con un suspiro, como si fuesen sus últimas palabras.

Akarghi empujó el portalón, pero estaba cerrado por dentro. Mayanin tiritaba y se mordía las uñas. Akarghi golpeó con sus nudillos los tablones de la puerta. Poco después se escuchó de adentro una voz de mujer:

–¿Quién es?…

–¡Soy Akarghi, sishya de Lamayuru!… ¡Estoy aquí con Mayanin!…

Se produjo un silencio del otro lado, se escucharon pasos precipitados que iban y venían. Luego de un minuto se volvió a escuchar una voz masculina y gangosa:

–¡Vete de aquí, syshia, nada tienes que ver con esto!… ¡Llévate esa basura inútil, porque nosotros ya no la queremos aquí!… ¡Nos sobra la mierda!…

Akarghi miró a Mayanin y vio en su carita aterrorizada el sufrimiento de toda una vida, o quizás de más de una vida…

–¿Qué ha hecho?… ¿Qué ha hecho para merecer este trato tan terrible de sus propios padres?

–¡Todo lo que toca lo destruye!… ¡Todo lo estropea y hace mal, es una niña floja, tonta, ladrona, mentirosa y soberbia!… ¡Llévatela a tu monasterio y enséñale a ser una persona, pero aquí no vuelve a entrar!…

–¡Déjame entrar y hablaremos!…

–¡Jamás entrarás aquí, monje!… Y si lo intentas, con este machete te rebanaré a ti y a esa basura en rodajas, para después freírte junto con ella, y comerte sin la menor culpa…

Akarghi volvió a mirar a Mayanin; lo que vio en sus ojos lo hizo estremecerse. La ciñó con su brazo alrededor de la espalda, y, sin decir ni una palabra, se dio media vuelta y se alejó con ella del lugar, bajo la lluvia ennegrecida por el ocaso.

 

 

120

 

 

Había caminado meses, quizás años… ya no podía recordarlo. Al fin, la grácil pagoda se encontraba ante él, el Templo Rojo, en el que habían prosperado decenas de swamis, ācāryas y misteriosos gurús, de los que se referían las más increíbles historias. Había recorrido la mitad de India a pie y los años caminados a la intemperie comenzaban a pesarle, aunque en edad no superaba los treinta. Se sacó el kasa (sombrero de paja), pasó la manga de su túnica por la frente para retirar el sudor y, volviéndose hacia el valle, contempló la inmensa vacuidad del mundo, las innumerables verdes colinas y, entre ellas, sus pequeños pueblos medio adormilados, y, al fondo, a un costado, una luna nueva que apenas centelleaba, y el horizonte cargado de nubes color índigo, preparándose para recibir el peso del sol descendente del crepúsculo. Muy cerca, una pareja de ranas comenzó a croar tímidamente. Hizo una profunda reverencia, giró hacia su espalda, y enfiló decididamente hacia el Templo Rojo.

Cuando comienza a cerrarse un largo y sinuoso circuito de vida, y después de tantos hechos y vicisitudes que se han ido acumulando como fragmentos de experiencias, como trozos incompletos de memorias, casi como escorias de una explosión volcánica o conchuelas depositadas en cualquier playa solitaria de vida, ocurre ese fenómeno insospechado y repentino que se apropia de la conciencia y la somete a un dominante acceso de sentido integrador, a una iluminación que otorga claridad espiritual y energía totalizadora a toda esa multiplicidad hasta ahí y entonces separada e incluso caótica, así le ocurre repentinamente a Akarghi al iniciar el primer paso de esta última etapa hacia el Templo Rojo, en lo alto de la montaña Arruppa. La primera imagen –si así pudiera llamarse—del axis mundi (eje del universo) que en este momento condesciende a hacerse conciente se evidencia en la situación de un sí mismo, joven sishya, puesto en posición invertida dentro de un estrecho cilindro de madera, meditando a la fuerza acerca de la Verdad… Pero ya veía bien Akarghi que era más la Verdad la que meditaba en un joven llamado Akarghi, que él en la Verdad, porque era Eso tan Grande que cualquier cosa que fuese o hiciese quienquiera que fuese, no era más que parte interior de Eso mismo tan Grande, más que cosa individuada o persona.

Y, experimentando la existencia entera y a sí mismo de esa manera, se acababa transformando por completo todo lo que parecía y se vivía de forma natural, y hasta de forma forzada, como puede serlo toda creación de la mente. Entonces la vida dejaba de ser mi vida, y la muerte, mi muerte. O también la vida, vida, y la muerte, muerte. ∞Para alguien que no haya experimentado todo lo que Akarghi había vivido hasta entonces, difícilmente podrá comprender esto, o dejar de parecerle hasta ridículo y sin sentido∞

Como un ojo que se va alejando desde la Tierra por el espacio, progresiva y velozmente, al punto que pronto los sistemas solares se van reuniendo en un diminuto punto central, y luego las galaxias y las constelaciones, vertiginosa y sobrecogedoramente, así Akarghi comenzó a ver las vidas y las muertes de tantos y tantos que había conocido en su peregrinaje. Avanzó un segundo paso hacia el Templo Rojo, y contempló en el fondo y centro de sí más y más seres amados, no amados, conocidos y desconocidos, que agotaban cada vez más rápido su breve instante de vida, mientras ellos ingenuamente iban por ahí creyendo que estaban viviendo decenas de años, e incluso queriendo vivir un centenar, haciendo tantas y tantas cosas, experimentando cada día esto y aquello, como si en realidad todo eso fuese algo… Algo que se daba tanta importancia a sí mismo, pero que puesto en el centro de la Verdad se empequeñecía velozmente tanto que acababa desapareciendo en la conjunción de Todo. Y aun así, había un punto, instante, o segmento de realidad volátil en que el ojo en retrospectiva alcanzaba a distinguir como si todas esas trivialidades de acciones importantes y continuas que se van acompañando una tras otra, día tras día ∞¡Y que tan importantes nos parecen!∞, veinticinco mil quinientos cincuenta y cinco (setenta años), se acabasen resolviendo en sólo tres o cuatro remolinos densos de vida y sentido, mientras lo demás desaparece en la nada, en la sopa oceánica de lo informe, por más trascendental que nos haya sido en el momento que vivimos todas esas realizaciones, y eventos, y personas. ∞¡Qué pena que no podamos diferenciar, en nuestras vidas, lo verdaderamente eterno de lo vano!∞

¿A cuántos seres humanos había visto morir, o ya muertos, Akarghi? Seguramente miles, y aun habría visto millones, y cientos de millones, si hubiese buscado la cercanía de los genocidios humanos que estallaban en zonas distantes del mundo. Lo sabía de oídas, como se divulga un rumor hasta convertirse en leyenda, pero sobre todo le pesaba en el alma como un cielo aplastado por nubes de sangre, todo el tiempo vertidas sobre el corazón de su tierra interior, hasta desbordar en espesos ríos de sangre que humean quejidos arrancados de las heridas de donde brotó la muerte… ¡Cuánto dolor había conocido al acompañar tanto dolor la muerte de tantos y tantos!… Hay eras en las que la tierra se engalana de flores y flores de un polo al otro. Hay eras en las que el hielo ciega toda mirada de un polo al otro. Hay eras en que las arenas resecas del desierto son sopladas de un polo al otro. Hay eras en las que nadie ve nacer un niño, sino sólo cadáveres humanos que se van amontonando de un polo al otro…

Así parecía ir juntando muerte tras muerte el ojo cósmico, vida sin vida, como si nada le importase el dolor, ni el de cada individuo, ni la acumulación sin fin, mayor y mayor de dolor y de muerte, sino tal vez sólo la muerte de tres o cuatro seres humanos, a los que hacía resplandecer un breve momento por encima de todo, para que quizás iluminasen allá lejos, en otra galaxia, el ojo más sensible de otros seres sutiles y agradecidos.

Al iniciar el tercer paso hacia el Templo Rojo, Akarghi comprendió que no había un solo paso de los veinticinco mil quinientos cincuentaicinco que habría de dar hasta el Templo Rojo, que pudiese no dar, o que pudiese no existir, para alcanzar el Templo Rojo… De la misma manera pensó que no era relevante, que carecía de consistencia y realidad la vida, lo mismo que la muerte de cada uno, porque, sin embargo, había algo más allá de la vida y de la muerte que le daba otro sentido y otra realidad a la vida y a la muerte: el Templo Rojo de la Verdad…

 

 

 

121

 

 

El Camino de la Verdad, murmuró para sí, mientras desde la ventana abierta contemplaba las sinuosas estrellas de la constelación del Cisne, y una sensación de inquietud lo embargaba… El Camino de la Verdad, volvió a repetir… Vio pasar repentina y veloz una estrella fugaz, que pareció dejar escapar algo así como un suspiro. Apretó entre sus dedos la rudraksha (semilla cuenta) suave y amiga que acompañaba su oración nocturna al Buda Amitabha. La luna llena, más que cualquier otra luna, siempre le causaba inquietud y el despertar de intuiciones que empujaban la realidad más allá de sus límites naturales. Los jóvenes sichyas continuaban durmiendo, pero Akarghi se había despertado, casi sobresaltado, atravesado por las flechas de plata que ahora podía reconocer desplegadas por la inmensidad de la noche a través de la ventana. El Cisne celestial, dichoso por el poder de la luna, parecía dispuesto a desplegar sus alas para volar hacia su corazón, probablemente… ¿Cuántas veces habrá volado ya hasta mi alma, y cuántas más volverá a volar hasta el alma de tantas personas como yo, que la contemplan navegando sobre un cielo común?¿Qué importa si estoy en mis cabales?… ¿No soy ahora inmensamente más poderoso y esencial que en mis otros estados de conciencia racionales, prudentes, espirituales, atentos a la lógica natural de los sentidos y de la realidad como un objeto redondo que pareciera no moverse en su propia solidez?… Estuvo a punto de soltar una gran carcajada. Se empinó sobre el marco de la ventana para mirar hacia un costado del patio mayor, donde la estatua vibrante del Buda le sonreía también a punto de soltar su estremecedora carcajada. Sintió que su estómago se contraía y era recorrido por olas de electricidad. Ya no pudo contenerse más y explotó en una larga y descontrolada carcajada, incluso con gritos hilarantes. Casi todos los jóvenes aprendices se despertaron y se incorporaron. Akarghi se dio media vuelta y exclamó:

–¡Perdón, mis hermanos!… ¡Perdón!… ¡Perdón!…

Y salió a la carrera del dormitorio hacia el patio, sin dejar de reír como un loco. El aire helado y el suelo de piedra lo templaron rápidamente. Pensó en visitar a Koi, o a la comadreja Lil del bosquecillo de cañas, o a las abejas Mana en el colmenar, o al Buda simplemente, pero desistió mientras contemplaba el temblor de las estrellas alrededor de la luna. Entonces volvió a ocurrirle aquello que se hacía más habitual, pero al mismo tiempo cada vez más sorprendente y fascinante. No sólo las estrellas parecían vibrar y despedir un halo de vida, sino todo y cada cosa resplandecía como desde dentro, con una luz y energía propias, con conciencia sutil y al mismo tiempo unificada. Desde pequeño se había maravillado con las creaciones de la Naturaleza. Siempre una emoción intensa y especial le hablaba de algo interno y superior a la belleza, que casi siempre se manifestaba como sensación y experiencia de belleza, como al contemplar las nubes, las montañas, el ocaso, las aves, los árboles, las infinitas manifestaciones del agua, la noche estrellada, las piedras, los becerros mugiendo, el fuego… Cuando tenía siete años le había preguntado a su padre, durante una caminata desde el campo de avena:

–¿Padre, la belleza de los campos es propia de los campos, o sólo soy yo quien los hace bellos en mi corazón?

Tejalami Mendalhayam se quedó meditando en la pregunta de su hijo, al tiempo que extendía su mirada sobre las gavillas doradas que ondulaban al tacto del viento… Ahora Akarghi observó la noche por encima de los cerros, y sus ojos se opacaron con lágrimas al recordar la respuesta de su padre:

–No lo sé, hijo, de verdad que no lo sé… Pero, ¡mira qué belleza el sol sobre los campos!…

La pregunta aún continuaba sin respuesta para él, pero la experiencia de entonces se había engrandecido, se había transfigurado en algo extraordinario, y hasta por momentos terrible. Al principio, los saberes sagrados, los textos, los maestros hablaron de los dioses, de lo numinoso y mágico que había creado todo. Lo creyó, lo vivió, lo gozó… Pero su ser crecía y crecía, empujando la realidad a manifestarse más y más, más allá de sí misma incluso. Había dioses, sin duda, dioses apasionados y espirituales que insuflaban su espíritu y su carácter en la Naturaleza y en los eventos por todas partes… ¡Eran bellos y también terribles!… Pero ya la intuición se había abierto paso en su mente y en su cerebro para engendrar una nueva experiencia y una nueva realidad, todavía más honda y causal que la dimensión divina.

Al principio se quedaba tiritando ante la epifanía de esas honduras de las cosas en la evidencia de las cosas. Esa belleza, que se manifestaba en las cosas de la naturaleza, pronto se abrió a otra sensación, arrasadora, sutil y sensible que superaba la belleza misma y unificaba todas las cosas en un estado sublime común, hasta lo feo, lo humano, lo artificioso, lo malvado y repugnante, aunque aún no conocía el mundo oscuro y tenebroso de la naturaleza humana, sino de lejanas oídas. Entonces podía quedarse contemplando durante horas la pluma del gorrión que había caído entre la hierba, y la hierba alrededor de la pluma, y las manchitas de sol sobre la hierba, y el viento que movía imperceptiblemente los filamentos de pasto, y el sol que se entonaba con todo tipo de verdes sin fin ni reposo, entre las hierbas, pero también más allá, entre los árboles, y también más allá, donde fuese que llegase la vista… Entonces llegaron las voces. Voces que parecían venir de adentro de las cosas, tanto como de adentro de él mismo, hasta que llegó a dudar incluso de que existiese realmente un adentro y un afuera. Si hablaba el agua cuando caía de la fuente al interior de la copa, o el viento en el resquicio de la ventana, o la nube negra y cargada de electricidad, o el ruiseñor cantando sobre la rosa, o la campana de bronce en el campanario de la torre, ¿por qué no habían de hablar los dioses con él, y Buda, Krishna, Visnú, y las noches, y el Universo entero, y sobre todo el Ventrílocuo que hablaba en todas las cosas, más allá de las cosas?… Mayor era su asombro al ver siempre más allá, sin dejar de ver al mismo tiempo lo de acá; o escuchar más allá otras voces inaudibles acá, sin dejar de oír todo lo de acá… Por eso no necesitaba ni ir, ni quedarse.

Fue entonces cuando decidió compartirlo con su mentor, el swami Lahiri Babaji, un hombre risueño de unos cuarentaicinco años, versado en las escrituras sánscritas del Punjab, y que gustaba de disputar con Akarghi, a quien consideraba un pequeño díscolo con aires de superioridad, pero de notable inteligencia. En realidad, Akarghi escuchó las voces que le hacían saber la necesidad de mostrarse en su verdadera condición interior, y ya no guardarse más, por las razones que fuesen.

 

 

 

122

 

 

La necesidad de calor lo llevó a tomar la mano de Narayan y encaminarse por la suave pendiente hacia lo alto del callejón, donde lucía el resplandor de una hoguera. La lluvia había amainado y ahora se dejaba sentir el frío y la humedad adherida a sus delgadas ropas. Cada vez que Akarghi miraba a Narayan volvía a ver en ella al pequeño ovillo retorcido de dolor dentro de una charca de excremento, y su corazón se entristecía y lloraba de compasión por su almita sufriente. Narayan, por su parte, se dejaba llevar por Akarghi, como hipnotizada, sin pensamiento alguno y transida de dolor. Lo que Akarghi había hecho por ella le resultaba tan incomprensible y liberador, que estaba incluso dispuesta a que, si él lo decidiese así, la degollase en ese mismo momento y lugar sin resistirse lo más mínimo.

La hoguera ardía hacia el costado de un reducido rellano y unas veinte personas de aspecto miserable, la mayoría hombres, se encontraban silenciosas alrededor del fuego, como estatuas frías y moribundas. Akarghi se inclinó profundamente con sus palmas contra el pecho y pidió permiso para ocupar con la niña un lugar junto a las llamas. Nadie respondió, y ni uno siquiera les dirigió la mirada. Akarghi empujó suavemente a Narayan para que caminase hasta un espacio reducido entre dos personas y se sentase delante de él, más cerca del fuego. No había contemplado más de tres veces en su vida la miseria y el desconsuelo extremos de un grupo de humanos, pero ahí percibió algo más, algo casi insoportablemente angustioso y terrible, algo que visualmente se asemejaba a la oscuridad tenebrosa de un socavón de la existencia misma, pero ajeno al sufrimiento… Buscó dentro de sí la paz que tanto anhelan las mentes y los corazones humanos, pero se encontró con la imagen de las llamas devorando su amado Lamayuru por todos lados. Con todo, una vez más, alguna singular manifestación de resistencia, de respuesta sutil, pero profundamente poderosa y transubstanciadora sostenía todo presente, por más caótico u horrible que fuese.

Pasaron muchos minutos, quizás una hora, hasta que una voz cavernosa habló:

–¡Qué bonita niña!…

Pareció que todos despertasen repentinamente de un sueño profundo. Algo ocurrió en ese mismo instante, pues Akarghi abrió sus ojos, alzó la vista y se encontró con las más extrañas expresiones que hasta entonces había visto en seres humanos. Todas las miradas se dirigían atentas sobre Narayan. Varios sonidos guturales, gruñidos y hasta resoplidos se dejaron oír cerca.

–¡Sí, es demasiado bonita!—confirmó una voz cascada de mujer.

Akarghi miró a Narayan, que se había vuelto hacia él con una sonrisa de satisfacción. A sus diez años comenzaba a perfilar un rostro próximo de mujer, con grandes ojos verdes, almendrados, unos rasgos delicados y al mismo tiempo leoninos. Su pelo abundante y revuelto acentuaba ese contraste.

–¡Su cuerpo también debe ser muy hermoso!—exclamó otra voz masculina, con una extraña y arrastrada entonación.

–¡Sí… sí…sí…!—acompañaron varias voces.

Akarghi observó que las facciones y los ojos de los hombres comenzaron a encenderse con una curiosa expresión. Un movimiento espontáneo como una ola de todos ellos se fue desplazando, casi como el ondular de una serpiente, más y más cerca de Narayan, hasta que estuvieron pegados a sus espaldas, flancos y rodillas, como una sola masa de cuerpos. Incluso Akarghi, que observaba con sorpresa, fue desplazado hacia atrás. Los hombres que estaban más cerca de Narayan estiraron sus manos y comenzaron a tocarla. Ella los miraba con extrañeza, sin entender lo que hacían. De pronto otra voz de mujer, que observaba desde lejos, gritó:

–¡Desnúdala!…

Todos comenzaron a ponerse de pie. Unos la sujetaron de los brazos, mientras otros estiraban sus manos, cogían sus ropas, y comenzaban a arrancárselas a la fuerza. Narayan no se resistió, pero comenzó a temblar. Akarghi dio un salto hacia ella y gritó:

¡No!… ¡Eso no!…

Algunos le lanzaron golpes y empujones para evitar que se acercase. Nunca había tenido que enfrentarse a la violencia y el salvajismo humano, pero se comportó como un āyudhika (guerrero). Los esquivó con agilidad, pero al perder el equilibrio rodó hábilmente como un cilindro por el suelo. Tomó un leño por la parte que aún no había encendido la pira y lo hizo girar velozmente por encima de su cabeza. Saltaron pavesas. Algunos retrocedieron y se protegieron, pero un par de ellos continuó con su agresión hacia Narayan, intentando acostarla sobre el suelo para violarla. Akarghi se acercó a ellos y con un movimiento preciso, como si les propinase una estocada con el leño, golpeó sus ropas, que comenzaron a arder. Los hombres soltaron a Narayan y comenzaron a correr despavoridos, gritando e intentando quitarse sus telas ardientes. Luego tomó de la mano a Narayan y emprendió la carrera, haciendo girar todavía el leño con la otra mano. Aunque todos querían cobrarse venganza de la osadía de Akarghi, nadie se atrevió a cerrarles el paso. Avanzaron por las calles salpicando por encima de las pozas y sin mirar atrás. Después de algunas cuadras encontraron un bosquecillo a oscuras por donde se internaron. En la espesura se detuvieron y, recostados sobre un tronco caído, se repusieron de la fatiga lanzando bocanadas de vapor, en tanto miraban y escuchaban hacia la distancia para estar seguros de que no los seguían. Se escuchó cerca el chillido de algún animal nocturno, y Narayan se abalanzó a los brazos de Akarghi, aterrorizada. Narayan aún temblaba de miedo y comenzó a gemir, mientras Akarghi pasaba suavemente su mano sobre la cabeza de la niña. Levantó los jirones de su sari que colgaban más abajo de su cintura y le cubrió el torso desnudo. Luego se encogieron, todavía abrazados, en el hueco que dejaba el tronco caído cerca de la raíz y permanecieron así por el resto de la noche. Narayan se durmió pronto en los brazos de Akarghi, pero éste se mantuvo despierto, meditando en algún poder sustantivo de la vida que volvía a fortalecerse en él, robusteciendo las extraordinarias intuiciones que lo empujaban hacia su realización en este plano de la existencia y a la que él se ofrecía, cada vez con más conciencia, como instrumento y canal, aunque todavía demasiado imperfecto. En una palabra, como humano

Antes del amanecer Narayan despertó sobresaltada, miró con asombro a Aakarghi que todavía la abrazaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y explotó en un descontrolado llanto, mientras volvía a apretarse a su pecho cálido y ancho.

–¡No me botes, Akarghi!… ¡No me botes, te lo ruego!…

Akarghi apretó sus brazos y manos a la espalda de Narayan, y se quedó en silencio.

–¡No te botaré, Narayan, te lo aseguro!… Pero soy un asceta, un apátrida sin hogar ni recursos para satisfacer ni tus más pequeñas y básicas necesidades…

–¡Eso no importa!… Prefiero morir contigo que a manos de cualquier persona, o en un callejón oscuro, sola.

Akarghi sintió cómo dos lágrimas gruesas resbalaban de prisa por sus mejillas y caían, lo mismo que dos estrellas fugaces, sobre la cabellera de Narayan.

 

 

 

 

123

 

 

Akarghi se sentó sobre el suelo de madera para orar, detrás de una gruesa pilastra, rodeado de cientos de personas que también meditaban y oraban en silencio ante las decenas de imágenes de dioses y bodhisattvas. Con un ojo cerrado y el otro semiabierto no dejaba de vigilar los movimientos y actos de Narayan, que cumplía con devoción el ritual de prender, con una vela encendida, las mil velas a los dioses que el viento había apagado.

Instintos, emociones, sensaciones… dominan por sobre todo al ser humano. ¿Cómo es posible que todos esos hombres e incluso mujeres hayan perdido todo sentido y toda conciencia al dejarse llevar por sensaciones de placer y de exaltación, hasta el punto de desentenderse de que Narayan era una niña y un ser humano con la misma dignidad y valor que ellos?… ¡Con cuánta facilidad experimentamos y concebimos a otros seres como meras cosas, como meros instrumentos y hasta como puramente basura!…

Akarghi abrió del todo sus dos ojos y miró con cierta inquietud y extrañeza a tantas personas que lo rodeaban. Concibió la intuición de que allí había innumerables seres más que los que podía ver con sus ojos físicos, y con innumerables cuerpos más que los que sólo identificamos como humanos. Ni siquiera las personas eran lo que sus cuerpos físicos representaban que eran… En ellos vio los entes ∞ ¿suyos? ∞ que parecían dormitar por debajo de sus mentes, cuya conciencia despierta se afanaba en vincularse sacramente consigo misma y con la realidad ∞incluso muchos de ellos conseguían vivir el día a día representando ilusamente ese personaje virtuoso y pío∞, pero sólo un poco más adentro de sí mismos había tantos monstruos como en cualquiera que los había dejado aflorar a su conciencia y mente, o que simplemente se veía sometidos a ellos actuando como un salvaje y un bruto, sin poder contradecirlos en su furor hondo y fatal.

¿No soy acaso yo también un bruto y un animal como cualquiera de aquellos que quisieron violar y ver violar a Narayan?… ¿Podría yo también ser víctima y posesión del deseo al punto de perder la cabeza, de perder mi rectitud, mi castidad, mi honor y hasta mi dignidad?… Es posible. ¿Será por eso el refrán popular que dice que cada quien tiene su precio?… Aun la columna de acero más sólida se quebrará cuando alcance presionada su punto límite de resistencia… Quizás somos por naturaleza solamente demasiado débiles, y, lejos del acero, nos asemejamos más a una cañita seca y vacía que se jacta de su propio valor. Yo no soy nadie, aunque mis saberes puedan igualar al del mismísimo Buda… Arrojado como una cañita seca al río de la existencia, sin hogar, ni padre, ni posesión alguna, salvo este cuerpo y esta mente que han sido desnudados y vaciados todavía más de lo natural, a la fuerza, para disponerse simplemente a una experiencia nueva de creación y llenado, como la tierra polvorienta y rugosa se llena del agua del cielo hasta explotar de verde y color…

Narayan lo buscó con la mirada, se acercó a él y, aproximando sus labios al oído de Akarghi, le susurró:

–¿Tú crees que realmente hay algún ser divino que escucha cada una de las peticiones e intenciones de todas estas personas?…

Akarghi atrajo suavemente la cabeza de Narayan hasta su boca y le preguntó de la misma manera:

–¿Por qué me preguntas eso?

–Yo creo que si existiese realmente un dios que los escucha no existirían tantas personas malas en el mundo…

Se oyeron alrededor de ellos algunos recriminatorios shshshshsttt…

Akarghi se puso de pie, tomó de la mano a Narayan y salió del templo. Buscó un rincón en un extremo de la escala, junto a los leones de piedra que protegían la entrada. Se sentó con Narayan a su lado. Dejó planear su vista sobre la muchedumbre que entraba y salía del lugar. Volvió luego su mirada hacia Narayan, quien también miraba con curiosidad hacia la multitud. Recordó al niño que había traído al mundo y que había entregado en custodia a la anciana; presintió que había también entre aquel niño y Narayan algo en común, como dos imágenes superpuestas sobre un mismo destino: el suyo y el de ellos… Presintió que había también en ellos algo que se repetía una y otra vez en su vida; algo que se repetiría también una y otra vez… ¿Hasta cuándo?

–Siempre somos escuchados, Narayan, pero rara vez lo que pedimos o pensamos coincide con el plan divino, que se mueve como un océano por encima de todo, y respecto del cual no somos más que pequeñas sombras dentro de un yo ciego y sordo.

Narayan se quedó en silencio, con el ceño fruncido, tratando de entender las palabras de Akarghi. De pronto, como si se hubiese iluminado por dentro, sonrió feliz y se levantó de un salto.

–¡Ven, Akarghi!… ¡Ven conmigo!… ¡No me preguntes nada!…

Esta vez ella tomó a Akarghi de la mano y se lanzó en una carrera casi frenética escaleras abajo. Akarghi sonreía también a causa de la alegría y la emoción de Narayan. Se perdieron por algunas callejas atestadas de gente hasta que alcanzaron un sector pobre con grandes caserones. Narayan eligió uno particularmente destartalado y oscuro. No se veía a nadie dando vueltas por el lugar, a pesar de que la hora de la tarde empujaba a las gentes a salir a buscar la sombra y el aire fresco que atenuaba el sofoco de un día demasiado soleado, si bien era invierno. Sin embargo, desde el interior del caserón se dejó oír un largo y aterrador alarido… Narayan se detuvo, se llevó el índice a la boca para exigirle silencio a Akarghi, y se quedó escuchando.

–¡Balu![13]—gritó Narayan, acercando la boca a una rendija en la pared agrietada. Luego acercó la oreja a la hendidura y se quedó escuchando. De pronto Akarghi vio cómo dos gruesas lágrimas caían desde los ojos de Narayan. Narayan tomó en silencio la mano de Akarghi, mientras le dirigía una mirada suplicante. Empujó hacia el lado un resto de puerta desvencijada y entró al interior junto con él. Adentro había sólo un gran espacio vacío, tapiado en las ventanas y los vanos, oscuro y separado del resto de la casona. La luz entraba por numerosas rajaduras en los muros y el techo, como si fuesen afilados y estrechos filamentos de luz, que apenas iluminaban sólo dos centímetros a su alrededor. Olía a orina y excremento. Algo se revolvió en un rincón.

–¡Balu! –volvió a llamar Narayan, esta vez con una voz dulce y delicada.

Desde el bulto escapó un gemido junto con una especie de gruñido, como si se tratase de un animal herido. Narayan se acercó y puso la palma de su mano sobre el bulto. Éste giró hacia la niña y quedó justo debajo de un rayo de luz que pareció atravesar su frente, hasta la barba abundante, negra y apelmazada. El pelo lacio y sucio le caía alrededor de un rostro estragado y sin carnes, pero sus ojos enterrados en el fondo de las cuencas ardían como brazas y parecían girar permanentemente como si su alma fuese a estallar en cualquier momento. Abrió su boca mustia para decir algo, pero sólo explotó una especie de masa de saliva que salpicó hacia todos lados. Entonces pareció que alguien lo cogía por los cabellos de la nuca y lo lanzaba con fuerza hacia atrás. De espaldas contra el jergón comenzó a dar saltos y a estremecerse como una culebra, lanzando furiosos aullidos con una voz cavernosa y horrible. Akarghi se acercó con decisión al endemoniado, posó con fuerza su mano derecha sobre el corazón del hombre, y su mano izquierda abierta sobre su cabeza.

–¡Ven a mí, Señor de la Fuerza Oscura!—gritó Akarghi–… ¡Ven a mí!…

 

 

 

124

 

 

El hombre se estiró con una fuerte contracción y su cuerpo quedó rígido, con la boca abierta y los ojos en blanco. Akarghi presionó sus manos todavía más sobre la testa y el pecho del insano. Narayan ahogó un grito y luego enmudeció. Después de un minuto de completa inmovilidad, repentinamente el hombre se dejó caer hacia atrás y todo su cuerpo pareció relajarse y volver a la normalidad. Balu abrió sus ojos y, como si hubiese despertado de una pesadilla, miró hacia todos lados, descubrió a Akarghi junto a él y se arrojó a sus brazos, llorando casi a gritos:

–¡Sādhu!… ¡Sādhu!… ¡Sādhu!… –repetía una y otra vez.

Narayan se abalanzó hasta ellos y se aferró con fuerza en un abrazo triple, mientras reía y lloraba al mismo tiempo. Transcurrieron varios minutos así, hasta que Balu con voz débil dijo:

–¡Tengo sed!…

Narayan se separó de ellos, se quedó pensativa un momento y luego respondió:

–¡Vengan conmigo!…

Balu la miró con incredulidad y tristeza, pues hacía mucho tiempo que no salía de su habitación. Akarghi tomó de los antebrazos a Balu y lo ayudó a incorporarse lentamente.

–¡Akarghi te ha sanado!…–exclamó Narayan aplaudiendo, al observar cómo Balu caminaba torpemente, apoyado del brazo de Akarghi.

Salieron a la calle. Narayan ora se adelantaba, ora volvía a ellos corriendo, ansiosa y luchando contra su propia impaciencia. Los guió hacia una especie de templete escondido en un callejón oscuro y sucio. Carecía de puertas y su aspecto de abandono era manifiesto. Caminaron por un estrecho vestíbulo y llegaron a un espacio interior amplio, iluminado por una gran claraboya en el remate de la bóveda. Akarghi se sorprendió al descubrir allí a cientos de personas, la mayoría de ellas de edad avanzada o en evidente mal estado. Narayan corrió hacia una pila dentro de la que caía un delgado hilo de agua desde algún caño oculto; tomó un cubilete que encontró al paso, lo hundió en el agua, miró adentro, lo volteó en el suelo, y volvió a llenarlo en la pila. Luego corrió hacia Balu, derramando más de la mitad del líquido. Mientras Balu bebía de prisa, Narayan iba y venía entre diferentes personas, pasando por encima de los enfermos, desahuciados e inválidos, tomándoles la mano, dándoles abrazos, haciendo reverencias, dando palmaditas cortas y veloces o pequeños saltitos, cuando repetía, con una sonrisa chispeante, una y otra vez:

–¡Akarghi lo ha sanado!… ¡Akarghi lo ha sanado!…

Todo el mundo tenía la vista pegada en Narayan, pero no dejaban de mirar a Balu y luego al misterioso māyākāra (mago), que había realizado la manifiesta proeza. Al fin una mujer de cabello blanco, apergaminada y enjuta, que por su desplante parecía cumplir un rol de liderazgo en el lugar, se acercó a Akarghi y se inclinó levemente realizando el namaste:

–¡Svāgatama (bienvenido)! … Nuestro hogar es tu hogar, joven pavitra (bendito).

Akarghi se inclinó casi hasta las rodillas y agradeció la acogida de la mujer. Luego se dirigió hacia las cuatro direcciones, realizando a su vez el namaste.

–¡Vengan por aquí!

La anciana los condujo hacia un rincón donde ardía un fogón con algunos cacharros humeantes. El resto de la concurrencia pareció distenderse después de la sorpresa inicial y comenzaron a murmurar y levantar la voz, compartiendo sus impresiones sobre el novedoso hecho recién vivido. Les sirvieron gachas y arroz en cuencos de greda. Akarghi comió sólo una pequeña porción, en silencio y reconcentradamente, con la vista presente y al mismo tiempo perdida en algún horizonte, más allá. Cuando acabó de comer, Narayan se le acercó y le dijo al oído:

–¡Mi bhagavān (dios), ellos quieren oírte!…

Akarghi miró a los ojos a Narayan y vio en ellos un sentimiento singular que lo perturbó. Luego dirigió su vista hacia Balu y volvió a encontrarse en sus ojos, que se mantenían como clavados en los suyos, un resplandor febril, igualmente perturbador.

–Amigos y hermanos míos–comenzó a hablar con timidez Akarghi, después de observar el silencio significativo y las miradas ansiosas de toda la multitud sobre él–, yo no soy diferente de ustedes… Sólo por el hecho de haber ayudado a Balu a salir de su mal, no soy diferente de ustedes… Contemplo su sufrimiento, contemplo su abandono, contemplo su desesperanza que ya ha luchado tanto para sostener la adversidad que no pasa… Contemplo su inmensa fe en nuestros amados dioses, a quienes han rogado, han implorado tanto y tan sentidamente, incluso más que vivido… y aunque no hay respuesta, y sus dolores y desgracian continúan destrozándolos, continúan igualmente creyendo, aun así… ¡Los que dejaron de creer, en cambio, ya han partido!… ¡La fe de ustedes sí la comparto!… ¡Esta fe sí sana!… Yo, a diferencia de ustedes, sólo he avanzado antes por un camino que ustedes también tendrán que recorrer… Sichyas, swamis, brahmanes o gurús, sólo son personas igual que ustedes, pero que difieren de ustedes sólo porque han apurado un poco el paso por la misma vía que deberán recorrer tarde o temprano todos los seres humanos… ¡La vía hacia el interior de uno mismo!… ¡Perdón!… ¡Perdón!—exclamó avergonzado de todo lo que había dicho.

Akarghi puso atención en todas aquellas personas que parecían ya ni respirar al escuchar sus palabras. Todavía más cohibido, se inclinó hasta el suelo, tocó con su frente la losa, y, aturrullado, trató de decir algo más, pero se levantó con presteza y murmurando permiso…permiso… salió de prisa del recinto, hacia la calle. Justo antes de cruzar el umbral tropezó con un anciano ciego y enfermo que exclamó, al pasar a su lado:

–¡Él puede!… ¡Él puede!…

Akarghi casi no puso atención en el invidente, pero cuando comenzaba a bajar las escalinatas alguien lo cogió por el brazo desde atrás. Se dio media vuelta y vio a Narayan, temblando y con una mirada de fuego sobre él. Akarghi se dejó casi caer sobre el escalón que pisaba. Ella se sentó a su lado.

–¡Mi bhagavān… mi bhagavān…!—volvió a repetir Narayan.

–¡No!… ¡No!…—alcanzó a decir Akarghi, tratando de evitar lo inevitable.

–¡Te amo! –gritó como enajenada, se colgó del cuello de Akarghi y lo besó apasionadamente en los labios.

Primero Akarghi se quedó paralizado, luego tomó de los brazos a Narayan y la separó de sí.

–¡Narayan, esto no puede ser!…–alcanzó a decir, cuando apareció en el vestíbulo Balu, y detrás de él, un tropel de personas.

–¡Míranos, Akarghi, míranos!—gritó Balu–… ¡No puedes negarte!… ¡Ten compasión de nosotros!…

Instintivamente Akarghi sintió miedo; no miedo, sino pavor. Contempló las miradas suplicantes, los cuerpos contrahechos, sangrantes, purulentos, moribundos… Contempló las lágrimas, los padecimientos del alma. Contempló el abandono, la soledad, la carencia de amor y de redención de sus espíritus… Lloraban, suplicaban, gemían… ¡Tú puedes, tú puedes, tú puedes!… Aullaban con todo su ser.

–¡Yo…yo…no!…–sólo atinó a responder.

 Se dio media vuelta; sin embargo devolvió otra vez su rostro para mirar a Narayan; volvió a girar su torso, se levantó de un salto, y comenzó a correr como nunca lo había hecho en su vida.

–¡Akarghiiiiii!…—escuchó, por encima de todos los gritos, una voz muy aguda y terriblemente desgarrada.

Corrió tan rápido, tan sobrehumanamente horrorizado de ellos, pero sobre todo de sí mismo, que pronto los perdió entre la multitud que avanzaba hacia los ghat de la rivera del Ganges. Sin quererlo, también se encontró de pronto ante el pequeño muro de una calleja que venía a morir abruptamente a una decena de metros de altura ante el río. Se apoyó sobre la balaustrada para descansar, tomó aire dos y tres veces, contempló el reverbero de la luz del sol de la tarde sobre la superficie arremolinada del río inmortal y, por algún llamado interno y profundo, giró hacia atrás la vista para descubrir que, a unos cincuenta metros de él, se acercaba corriendo como una loca, sola, Narayan.

Sin pensarlo se apoyó sobre el antepecho y, de un salto, desde lo alto se lanzó a las oscuras e inmensas aguas del río.

 

 

 

125

 

 

Mientras se entregaba a las aguas le ocurrieron cosas extrañas. El mero hecho de permanecer más de una hora arrastrado por la corriente, sin oponer resistencia, lo transportó por zonas intermedias de la realidad, por otros planos más difusos del universo y de la mente. Después de hundirse bajo el agua, al saltar, y mientras su cuerpo buscaba naturalmente reflotar hacia la superficie, su memoria recitó acompañada con las voces profundas del coro de monjes que recordaba de sus años de noviciado temprano:

La palabra es el Rig y el soplo vital es el Sama. Este soplo vital-Sama se apoya sobre esta palabra Rig. Por esto se canta el Sama tomando apoyo en el Rig. Sa es la palabra, ama es el soplo vital; palabra y soplo vital son en conjunto designados como Sama. El ojo es el Rig, y el Atman[14] es el Sama. Este Atman-Sama se apoya sobre este ojo-Rig. Por eso se canta el Sama tomando apoyo sobre el Rig. Sa es el ojo, ama es el Atman; ojo y Atman son en conjunto designados como Sama. La oreja es el Rig, y el Manas[15] es el Sama. Este mental-Sama se apoya sobre esta oreja-Rig. Por eso se canta el Sama, tomando apoyo sobre el Rig. Sa es la oreja, ama es el mental; oreja y mental son en conjunto designados como Sama…”[16]

Sintió el gozo de la Verdad. Las palabras inmovilizadas de los Vedas, aunque ya eran semejantes a momias esculpidas en un tiempo ido e inalcanzable, le despertaban tan sobrecogedoras intuiciones, como pasajes vertiginosos de un Universo a otro, lo mismo que el Ganges con sus aguas imperecederas una y otra vez volvía sobre las almas mortales a ejercer su infinito poder de trascendencia… En ese momento sacó la cabeza por encima de la superficie, abrió la boca y sorbió el aire de la misma manera que lo había hecho al nacer en su cuerpo mortal. Entonces, lo primero que vio, pues se encontraba cerca de la orilla, fue a una pareja de sepultureros que arrojaba al río los restos de un cadáver incinerado. Desde dentro de sí volvió a salmodiar el coro de monjes:

¿A cuál de tus deseos debo satisfacer con mi canto? Pues el que posee este conocimiento y canta un himno del Sama es capaz de satisfacer todos los deseos del otro, gracias a su canto del Sama. Sí, gracias a su canto del Sama…[17]

Un poco más allá su cuerpo tocó suavemente la orilla. Anochecía con algunas nubes repartidas entre las estrellas. Sintió frío y tiritaba. Los restos de una pira funeraria de un desventurado que había ya partido hacia nuevas rutas de existencia le permitieron reanimar el fuego y sentarse a secar sus vestimentas, mientas continuaba sumergido con su conciencia en el Ganges, dejándose llevar. Ya se habían ido todos, cerca e incluso lejos y, si se escuchaba algo, eran tal vez las estrellas… Le dolía el corazón.  Recordó, como se recuerda a través de la bruma de un ensueño despierto. Tan lejano parecía, tanto como puede serlo la infancia desde la vejez, el doloroso recuerdo de Narayan y Balu, y de toda esa muchedumbre de sufrientes que, al observarlos con el ojo espiritual, más profundo y sensible, podía descubrirse siempre a la espalda de ellos, empujando, otra muchedumbre más y más creciente: la Humanidad toda… Pero había saltado al Ganges y los había abandonado… ¿He renunciado a mi humanidad?… ¿Era necesario?… ¿Era siquiera concebible amar enteramente a Narayan?… ¿Y yo no la amaba, acaso no la amaba con un corazón extraño y sobrehumano?…

Y le pareció que su alma se había separado tanto de su cuerpo y tan alto, pero sin dejar de experimentar al mismo tiempo el dolor en su corazón, que lo absoluto y lo inmediato llegaban a entrelazarse sin oponerse ya resistencia. Él mismo, Akarghi entonces, era esta encrucijada de lo absoluto y lo inmediato: los había abandonado, pero ya no podía abandonarlos…

Creyó ver a Narayan con sus manos crispadas sobre la balaustrada ante el Ganges, llorando… Creyó ver el desaliento y la desesperanza sin remisión en los dolientes que la acompañaban. Dudó, una vez más dudó… ¿Cómo no iba a dudar, si el corazón humano no resiste la impasibilidad de entrever el dolor de los otros, y no amarlos?… ¿Cómo resistirte, Akarghi, a la fulminante necesidad de existir no sólo para ti, sino para el que te necesita?… ¿Hasta dónde?… ¿Hasta el sacrificio propio incluso?… También podía verlo, anticiparlo con la misma claridad, una y otra vez su vida volvería a cruzarse, a tropezarse en lo absoluto y lo inmediato; entonces tomaría el camino del mundo, el camino del amor y del dolor urgentes, insuperables, día a día, segundo a segundo, mujer a mujer y hombre a hombre… ¿Lo haría?… ¿Lo haría?… ¿Renunciando al Absoluto por amor, por compasión y por humano, hasta la muerte incluso de la libertad del alma?… Quizás lo haría, quizás no. ¡Tenía que vivirlo!… A los diecinueve años parece que la vida recién comienza, que está todo por verse, por decidirse, pero lo que entonces no se ve, por la inmadurez de la vista interna, es que ya está todo hecho, adelante y atrás, futuro y pasado, aunque sólo falta ¡vivirlos!…

Podía haber vuelto atrás… ¿Quién no podría?… Incluso volver atrás era esperar que mañana regresase otra Narayan y otro Balu a sufrir y amar lo mismo, para él… ¡El Absoluto!… Sus primeros pasos de infante del alma habían sido guiados por sus maestros, antepasados y señores de la verdad milenaria. También a ellos los había enloquecido ¡El Absoluto!… También ellos habían amado con todo su ser; y lo humano, puro amor, se había deshecho con ellos y en ellos en el inextinguible fuego del ¡Absoluto!… Para ello debían partir obsesivamente hacia las cimas de las montañas, hacia los claustros y eremitas cada vez más oscuros y profundos, hacia la consunción del cuerpo mortífero y mortal, hacia el desalojo de la mente activa, pero siempre aún más allá, aún más allá, y más allá… Ahora Akarghi, frente al fuego, contemplando y viviendo la voracidad de las llamas que todo lo mueven, que todo lo trastornan, lo transforman y lo aman, comenzaba a intuir, pero también a padecer, otro movimiento, un movimiento nuevo que venía de alguna desconocida zona de otro Universo, a empujar por primera vez el absoluto de este fuego, no más allá de este fuego, de este Sama, sino en el instante mismo, encrucijada de la más efímera existencia del fuego ¡vivo!

Akarghi sintió una presión húmeda sobre la pantorrilla desnuda de su pierna izquierda. Dirigió hacia allí su mirada y se encontró con la cara peluda y aguzada de un perro pequeño que lo observaba, moviendo la cola. Estiró su mano y le acarició la cabeza, ante lo cual el perrito soltó un corto y único ladrido. Luego se recostó junto a Akarghi; ambos continuaron inmóviles, uno junto al otro, contemplando apaciblemente el fuego.

 

 

 

 

126

 

 

La mañana soleada y luminosa alentaba a los dieciocho jóvenes sishyas a realizar, meticulosos y concentrados, la labor de caligrafía asignada a cada uno. Sentados en padmasana ante reducidos pupitres de ébano oscurecido, desplazando delicadamente el pincel y la tinta con la técnica de tres dedos, se asemejaban a un cuidado barbecho de brillantes setas rojas. El maestro Ryshakalapa se paseaba atento entre los discípulos, observando y corrigiendo con rigor el menor detalle técnico, o bien de realización y postura, incluso hasta de pensamiento y ánimo, pues debían orar cien mantras al divino Krishna al tiempo que realizaban su tarea, computando con la otra mano las cuentas de la rudraksha.

Akarghi cumplía cabalmente con los requerimientos del lama, pues amaba la caligrafía en la que volcaba su inconfesada vocación de artista, pero ante todo porque experimentaba la maravillosa sensación del involucramiento en la realidad del juego, y de la liberación de la agotadora autoconciencia que últimamente no lo abandonaba ni un solo instante, hasta en el dormir. Es por ello que al entrar al salón de estudios el abad Farra-aj, acompañado de Chien Tzu, Akarghi fue el único syshia que no levantó la vista ni realizó el saludo de rigor. Lo sobresaltó en cambio la voz casi furibunda de Ryshakalapa:

–¡Akarghi!…

Entonces vio la figura de Farra-aj y su mirada severa y sombría que lo recorrió de arriba abajo. Un terrible presentimiento atenazó su garganta. Chien Tzu dio algunas rápidas y cortantes instrucciones a los syshias para que dejasen la tarea y se pusieran de pie correctamente en línea, hombro con hombro, uno junto a otro. Los jóvenes corrieron a cumplir las órdenes, al reconocer asustados la inminencia del gravoso peso de la autoridad.

–Alguien ha entrado en mi despacho y ha robado importantes documentos… ¡Necesito saber quién fue!…

Primero Farra-aj lanzó una mirada quemante por encima de los syshias, como si estuviese culpándolos a todos. Los jóvenes comenzaron a temblar y mirarse unos a otros con el rabillo de los ojos, pero mantuvieron un férreo silencio.

–¡Quiero que me miren a mí!—gritó Farra-aj, al ver que Darshan bajaba por un momento la vista al suelo y que los demás hacían girar sus ojos.

–¡No saldré de aquí sin un culpable!—volvió a gritar Farra-aj.

Akarghi nunca había visto al abad descontrolado ni tan enfurecido. De inmediato se le vino a la memoria la furtiva acción que hacía una semana habían realizado con Kynpham en el despacho de Farra-aj… Chien Tzu lo sabía; ¿acaso no había dicho nada?… Además, ya había transcurrido una semana… Pero, sobre todo… ¡No hemos robado nada!

Farra-aj se acercó al primer syshia de su derecha, lo miró con intensidad a los ojos; Shauri comenzó a tiritar casi imperceptiblemente. El abad esperó sin decir una palabra, sólo sosteniendo la mirada. Shauri apretó con sus dedos la cuenta siguiente de su rudraksha. Akarghi volvió a repetir para sí ¡No hemos robado nada!… Se escuchó un fuerte sonido: la mejilla de Shauri enrojeció de inmediato ante la fuerte palmada que Farra-aj le había propinado. Sin esperar, el abad se plantó de inmediato ante el syshia que también tiritaba al lado de Shauri. Lo miró a los ojos, igual que lo había hecho con Shauri. Sarvagya se quedó inmóvil como un condenado a muerte… ¡No hemos robado nada!…  Otro chasquido semejante a un latigazo sobre piel humana; la cara de Sarvagya, que había girado en la dirección del golpe, volvió a su recta posición, frente a frente de Farra-aj, con lágrimas en los ojos, pero en inmutable silencio. Kynpham Singh había ya tomado una decisión: ¡que Farra-aj lo golpease y torturase hasta la muerte!; si Akarghi no hablaba primero, moriría antes de inculparlo a él, o a sí mismo… El tercero fue Pratigya. ¡Lo mismo!… Akarghi admiró la fortaleza de sus compañeros, pero también se avergonzó de la humillación injusta que estaban sufriendo por su causa. Por otro lado, ¿tenía él el derecho de entregar a su amigo Kynpham, junto con él?… Entonces comenzó a ocurrirle aquello que desde hacía ya unos meses lo venía torturando. Incluso los más aventajados maestros espirituales pasan más de una vez en su vida por semejantes procesos y angustias. Kynpham era el noveno en la fila de los condenados. Akarghi el decimoquinto.

Ocurría que su mente, su yo, o lo que fuese, se duplicaba en otro yo, más poderoso a veces que él mismo, al punto de que por momentos ya no era él mismo, sino que el otro yo era más yo que el alguien que se creía ser él mismo… Dicho así parece fácil de explicar, simple y definido, pero en realidad no lo era. Una mosca bien negra se paró justo en la punta de su nariz. Primero la observó. El pequeño insecto se trenzó las patas traseras por encima del lomo y comenzó a alisarse las alas, como hacen de costumbre. La sopló con suavidad, levantando levemente su labio inferior por delante del superior, pero la mosca ni se inmutó. Entonces llegó la ocurrencia del otro yo: ¿Acaso si muevo velozmente mi mano derecha no la atraparé, y entonces podré hacer lo que quiera con ella?… Alcanzó a darse cuenta de lo absurdo de la acción que iba a realizar, se contuvo; entonces replicó su sí mismo:

–¿Tienes miedo?… ¿Es eso?… ¿No lo haces porque no es correcto?… Pero ¿qué es lo correcto?… ¡No tienes por qué hacer lo correcto!… Te sometes borreguilmente y sin libertad a lo correcto… Ni siquiera sabes de dónde te viene la voluntad de lo correcto… ¡Eres un pelele!… ¡Harás lo que te supera a ti mismo!… Simplemente porque eres más débil que yo… ¡Ahora!…

Farra-aj se encontraba ya frente al octavo syshia, al lado de Kynpham. Akarghi iba ya a disparar su mano hacia la mosca cuando ésta, gentil y livianamente, voló. Akarghi primero la siguió con la vista, pero nuevamente otra idea ∞otro Akarghi le habló∞, todavía más peregrina:

–¡Síguela, alcánzala!… ¡Tú puedes!…

Nuevamente experimentó que poder estaba por encima de lo correcto, porque lo correcto era algo puramente automático, en cambio poder era un mandato de acción que dependía de su libertad y decisión… ¡Tengo que romper con todos estos automatismos, jerarquías, protocolos, normas, convenciones y temores que condicionan y someten mi comportamiento y el de todos los aquí presentes!

Alcanzó a dar un paso, cuando vio que la mosca se posaba galanamente sobre la punta de la nariz de Farra-aj, justo en el momento que éste, ya habiendo zurrado con fuerza a Madhuchandra, el octavo, daba un paso hacia el costado y se detenía ante Kynpham… ¡Farra-aj furibundo, pero con una mosca en la punta de la nariz, qué ridículo!… Akarghi miró al mismo tiempo la circunspección de su amigo Kynpham, y ya no soportó más:

–¡Jajajajajajajajajajaja!…–explotó en una gran carcajada.

Todos se volvieron hacia Akarghi, que no paraba de reír, y hasta doblarse por la intensidad de la risa. Los maestros dudaron un momento ante la situación, si bien Farra-aj, con aplomo y mirada de fuego contenido, se dirigió parsimoniosamente hacia Akarghi. Se detuvo frente a él. Akarghi trató de volver a la postura de rigor, pero temblaba, tratando aún de contener la risa y hasta el llanto.

–¿Hay algún motivo para la risa?—Le preguntó casi susurrando Farra-aj.

Akarghi lo miró, fijando su atención en la punta de la nariz del abad; entonces vio allí, no una mosca, sino un pelo negro y curvo que sobresalía por entre sus vellos, de modo que, a punto de volver a estallar en otra más estridente carcajada, se tapó la boca con ambas manos y, con los ojos llenos de lágrimas, asintió con la cabeza.

Entonces ocurrió un evento que nunca nadie supo explicar… Farra-aj se dio media vuelta y salió con la misma parsimonia del salón, seguido a poca distancia por Chien Tzu. Algo después, se escuchó una larga y sonora carcajada, semejante a un trueno, que se iba alejando por el pasillo.

 

 

127

 

 

Para un individuo occidental, o moderno, el separar para siempre y por completo a un niño de nueve años de su familia, y más aún, encerrarlo en el aislamiento de un monasterio, sometido al rigor de una vida ascética y espiritual, renunciando a sus impulsos, a sus instintos, a su corazón sencillo y cariñoso, a su conciencia infantil y natural, a su pequeño mundo lleno de indeterminaciones, errores y cándidas confusiones, parece terrible y absurda tortura, y hasta crimen… De seguro, en cierto sentido lo es, pero ¿de qué otra manera podrían el cuerpo, la mente, la conciencia y el alma humanas avanzar más allá de sus límites naturales, culturales y síquicos para acceder a dimensiones inaccesibles de la realidad y de sí mismo? La mayoría de la gente y hasta de los sabios que creen lograrlo en su vida diaria, formando parte de una comunidad social cualquiera, incluso con ayunos y ejercicios ascéticos diarios y continuos, viviendo en familia, en pareja, trabajando, pensando y sin pensar, amando, virtuosamente, pero sin estas dolorosas y extremas renuncias y sacrificios de vida, se engaña creyendo que ha superado –o tan siquiera que puede—las limitaciones naturales de la mente, del cuerpo, de la conciencia y del alma. Es verdad, por otra parte, que también se puede avanzar, y mucho, en la transformación espiritual dentro de las condiciones naturales y sociales de vida de todas las personas. Es verdad también que se pueden superar límites y fronteras de uno mismo dentro de una sociedad y vida común y cotidiana, tanto y tan significativas, que para uno represente una transformación trascendental, significativa y enorme, hasta llegar a hacerse irreconocible para uno mismo y para los demás. Sin embargo, aún no se ha llegado al límite de la condición humana natural… Esto –que es otra cosa–, en verdad, está destinado y reducido a muy selectos y únicos seres humanos, la mayoría de ellos ignorados por los demás humanos, de principio a fin durante sus vidas. Y es que su misión y efecto transformador de sí mismos y de la especie humana no es tampoco evidente, ni material, ni natural.

Akarghi había llegado, como muchos niños destetados a edad temprana del pecho familiar y social, para experimentar los límites de la condición humana. Los Mendalhayam se habían resistido tanto cuanto un amor honesto y profundo de padre y madre se resisten a separarse del ser amado, que es el hijo. Tantos sentimientos, condicionamientos, pensamientos y hasta circunstancias sociales se atraviesan en el camino para impedir que los padres se separen para siempre de su hijo pequeño. Pero hay eventos que por sí solos pueden ser decisivos para que unos padres amantes como los Mendalhayam acepten la pérdida del hijo. Ocurrieron, y muchos, con Akarghi. Algunos ya nos son conocidos… Otros serán resguardados de la narrativa pública, y otros serán dados a conocer oportunamente. Al fin, todo se cerró cuando Akarghi mismo, a los nueve años, dijo una mañana muy temprano, susurrando al oído de su padre, que cumplía devotamente con sus abluciones matinales:

–¡Me muero!…

Tejalami Mendalhayam abrió tamaños ojos y se quedó mirando a su hijo, con los ojos llenos de lágrimas. Él mismo, aquella misma noche había tenido un sueño: Corría desesperadamente por un camino que nunca acababa, solo, con Akarghi desangrándose, con su pecho destrozado, y muriéndose de a poco en sus brazos…

Ahora Akarghi, a su vez, le devolvía una mirada triste, como la mirada de alguien que recuerda una pérdida irreparable.

–¿Por qué, hijo mío?—preguntó Tejalami, sintiendo que sus palabras inevitables le dolían igual que el decreto leído a un condenado a muerte.

–¡Tengo que irme!… Debo partir hacia las montañas… ¡Me están llamando!… ¡Lamayuru!…–balbució incoherentemente.

Tejalami podría haberse aferrado, como alguien que está a punto de ahogarse se aferra con desesperación a cualquier objeto flotante, a la evidencia de que Akarghi estaba confundido, de que era sólo un niño y que había que darle sólo un tiempo más para que todo fuese diferente, y aquella instantánea locura cediese, como pasa pronto una simple fiebre de verano. Sin embargo, ya no pudo más… Las llamadas del destino se van agregando y acumulando en algún secreto rinconcito del corazón hasta que un hecho menor, cotidiano, las devuelve completas, unificadas, a la conciencia y a la existencia, como cuando un hijo repentinamente después de nueve meses de misterioso embarazo nace.

Akarghi era un niño y, por ello, no podía dar más razones de su extraño proceso interno. Sin embargo, incluso los adultos y hasta los más sabios entre los ancianos y entre los hombres, cuando se ofrecen razones de todo, y perfectos discursos, y hasta sistemas de conocimiento y doctrina de impecable coherencia y verdad, aun así –sin saberlo ellos mismos ni los demás—jamás vislumbran los verdaderos procesos internos que están experimentando. Es necesario humildad y hasta bajeza, como lo bajo estará siempre más abajo que lo no-bajo, para aceptar que nada superior es de cierto superior, sino que a cada instante lo que es, no-es… Tal vez fue esto lo que movió ante todo a Tejalami y a Lokhi a dejar ir ahora y no antes a Akarghi. El instante preciso en que todo converge y se transforma en un solo y mismo sentido; hasta lo que hace sólo un rato atrás se evidenciaba como lo opuesto, lo indiferente, lo incomprensible y errado –incluso las personas mismas–, desde ahora sólo reafirman lo mismo unificado.

Akarghi dejó por tanto su hogar y alcanzó el monasterio de Lamayuru. A veces Akarghi era más conciente, otras menos, de que algo fuera de lo común y hasta descomunal le estaba ocurriendo. ∞¿Acaso alguien está conciente de lo que realmente le está ocurriendo por el mero hecho de estar vivo?∞ A veces él mismo era más la Fuerza, el Poder, la Entidad que lo estaba animando y empujando, y entonces apenas alcanzaba a vislumbrar su humanidad, porque todo se volvía extraño e inmenso, como puede serlo el Universo, o la locura, al experimentarse a sí mismos. En otras ocasiones no era más que humanidad frágil, indefensa y solitaria que se reconocía a sí misma desde la angustia de su pequeño yo; entonces era una persona lógica, sensata y normal como cualquiera otra…

Tres meses tardó ese pequeño yo en aflorar y dominar su conciencia y su mente, después de llegar a Lamayuru. Los primeros tres meses vivió en una exaltación mágica y descomunal, descubriendo en cada cosa, en cada instante, en cada persona, en cada rasgo y gesto de cada maestro, en cada enseñanza, un éxtasis nunca antes vivido. Creía encontrarse en el delirio exquisito del más sublime de los sueños, y no querer despertar jamás. Sólo al tercer mes ocurrió el derrumbe del repentino despertar, del recuerdo, de los contenidos de la mente y de lo inmortal ya vivido, que una y otra vez vuelve a clavarse en el presente.

Y como la mayoría de los presentes cotidianos y humildes, intrascendentes e inesperados, aquel día, ya hacia el atardecer, mientras jugaba con sus condiscípulos en un jardín que amaba por la belleza de su cuidada vegetación y la minuciosidad de los detalles, de pronto se detuvo en medio de su alocada alegría; se quedó contemplando una pequeña ramita de un almendro otoñal, en cuyo extremo, inexplicablemente, se abrían más hermosas que de costumbre tres inusuales y extemporáneas flores blancas; por alguna enigmática razón parecían arder, brillando en su albura y garbo. Su corazón dio un vuelco hacia lo profundo y se emocionó hasta las lágrimas al sentir la presencia de la inmaculada pureza, de la divina grandeza en lo frágil y pequeño, del milagro de un vivir humilde y solitario que se expandía hasta el infinito… Respiró profundamente como si la vida se le estuviese adentrando desde todos lados en el pecho y en el alma.

Entonces voló por los aires la pelota de trapo con que seguían jugando los otros sishyas; voló directamente hacia la ramita y golpeó con precisión las tres flores que cayeron decapitadas y despedazadas hasta el suelo. Akarghi se acercó a sus restos blancos, tomó algunos pétalos en sus palmas y se los quedó contemplando sin creer lo que estaba viendo. Le pareció escuchar a lo lejos algunas risas infantiles. Sin embargo, un alud de emociones y conciencia se desencadenó en él. Se le saltaron las lágrimas y comenzó a temblar con todos los pelos de su piel erizados. Se fue caminando por un sendero de arena hacia la espesura de un bosquecillo cercano, mientras continuaba contemplando sus palmas abiertas. Sin saber lo que hacía buscó un hueco entre los matorrales y se encogió adentro como un chanchito de tierra. Las lágrimas saltaban incontrolables desde el estómago mismo de Akarghi. La tristeza pareció emerger como un océano contenido e ignorado desde sus profundidades sin límites. Akarghi sintió que nunca antes en su vida había sido tan él como ahora. Con los pétalos macerados en sus manos se experimentaba a sí mismo cual nuca lo había hecho antes. El fuego delirante de su espiritualidad y exaltación de su vida infantil se apagó abruptamente, por primera vez en su corta vida, y Akarghi quedó allí, tirado en un hoyo vacío de la existencia, con un solo y único sentimiento que parecía contenerlo y expresarlo todo: soledad

 

 

 

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El niño que adquiere repentinamente conciencia de sí mismo, generalmente en las inmediaciones de la pubertad, se considera a sí mismo un adulto, un casi-hombre juicioso y fuerte. El último año para Akarghi, que acababa de cumplir los diez, había sido un reforzamiento de esta autoconciencia. La separación, la aniquilación de la presencia de sus padres y de su hábitat infantil, y hasta del mundo mismo que es concebido desde la perspectiva natal, habían sólo fortalecido, incluso engrandecido, su sentimiento de independencia y fortaleza interior. Lamayuru mismo lo había empujado a reconocerse un ser extraordinario, un monje, un aprendiz de iluminado… Al principio.

La caída de las tres flores del almendro, los pétalos blancos y marchitos en las palmas de sus manos, tal vez hasta las risas lejanas como pueden resonar los ecos de alguna burla trascendental y hasta divina, habían invertido toda esa fortaleza grandiosa y personal en un mero y completo abandono. De la misma manera que un castillo de naipes al comenzar a derrumbarse se transforma, desde aquella soberbia imagen de una pieza magnífica, única y compacta, a un rápido protagonismo de una carta, y luego otra, y otra, sorprendiendo cada una por una desconocida, nueva y repentina trascendencia y hasta condición que la hace concentrar en ella única, viva y mortal, más que todo el valor del castillo de naipes en conjunto, el movimiento macabro de su caída,  así experimentó Akarghi cada minuto y cada evento que se desencadenó a partir de ese instante y tragedia.

Como una profunda respuesta, como un hilván invisible y doloroso llegó a su corazón el pinchazo de un recuerdo que lo desbordó. Experimentó el desamparo de aquellas noches (¿mil?) en que gemía en el silencio y la oscuridad de un pequeñísimo cuarto, en realidad un ropero y bodega, cuando sin explicación ni sentido se veía abandonado cada noche para dormir en un diminuto camastro, en un diminuto espacio sin luz ni ventilación, porque la pobreza demanda soluciones sin compasión… Entonces, en medio de su angustia y desesperación, comenzaba a llamar bajito a su mamacita, a veces la nombraba simplemente ¡Lokhi!, quien, atrapada en sus labores de madre de otros hijos aún menores, jamás escuchó sus súplicas, que se iban apagando al final sólo con el peso mortal e inevitable del sueño.

Encorvado como un gusanillo comenzó también a llorar ahora dentro de su covacha de hojas y tierra. Luego lo alcanzó terrible el recuerdo de su pequeño hermanito Viridana, el cual amaba a Akarghi más incluso que Akarghi a sí mismo, inmóvil, con los labios negros, contraídos por el dolor, ya rígido y blanco, apretándolo con todas sus fuerzas contra su pecho para tratar de retenerlo en la vida, después de haber sido mordido por una víbora mientras jugaban solos en el campo. Había entonces conocido la muerte del ser amado que te deja tan solo, y más solo que el dolor que te deja… ¿Lo podría haber evitado?… ¿Lo podría haber evitado?… Cuánto lo persiguió esa pregunta por años y años, como un tábano que se colaba hasta en los sueños ya no más reparadores. Y esa pregunta misma era pura soledad y desamparo que ahora volvía a cobrar la dimensión del tamaño real de la existencia, porque nadie y nunca podría ser capaz de respondérsela. Pero lo había olvidado tan extrañamente como ahora volvía a revivirlo y recordarlo.

Todo niño acaba finalmente riendo y olvidando, aunque haya vivido las mayores atrocidades humanas, pero así también las atrocidades acaban volviendo a reflotar hasta la conciencia del joven y del adulto, como una herida que se quedó dormida hace tiempo, pero que necesita despertar para al menos sufrir, con toda su fuerza arrolladora y transformativa… ∞¡Cuán profunda, antigua y olvidada será entonces la herida de aquellos que sufren tanto en esta vida sin poder nunca reflotar el recuerdo preciso de cómo engendraron su sufrimiento!∞ Akarghi continuó recordando con la misma velocidad con que ese castillo de naipes que comienza a derrumbarse, primero carta a carta, finalmente se mueve como una caótica masa de trozos de algo gris, mortalmente unificado sobre la horizontalidad del suelo. Y esa masa aún palpitante, reunida en una sola evidencia, se le presentó como un presente actualizado: su vida de niño había acabado, su vida de hombre también había acabado, de una sola vez a los diez años, y ahora se encontraba solo, roto de vínculos y lazos de amor, solo con su propia alma ante una vida desolada, a pedazos…

Pasó la noche en el oscuro y aislado nicho, llorando, tiritando de frío y dolor de ser. A la mañana siguiente, antes del amanecer, lo despertaron unas voces agudas que coreaban su nombre. Sintió miedo. Creyó que lo venían a buscar para llevárselo al infierno de los Rakshasas. Al fin lo encontraron delirando, febril, con la mirada perdida y vidriosa. Tres días se mantuvo llorando y gritando de dolor, con un dolor imaginario y al mismo tiempo real. Los maestros pensaron que Akarghi podría morir, pero finalmente salió de su estado delirante, o así se lo pareció. Su convalecencia, si puede llamarse así, duró más de tres meses. Todo se volvió extraño y ajeno alrededor de él y dentro de él. Sin embargo, todo dolor extremo acaba anestesiándose a sí mismo.

Agradecía todos los días los cuidados afables y hasta amorosos de los monjes de Lamayuru, que reconocían en él la presencia de un estado y proceso peligroso, sufriente y, por tanto, compasible. En cosa de días parecía haber madurado en su conciencia como un anciano. Lo mismo que se rasga el velo del templo y repentinamente ya no hay afuera ni adentro, sino todo queda invadido por los profundos misterios develados del sancta sanctorum, así Akarghi se mantenía absorto y comprendiendo cada cosa que entraba a su mente y conciencia de una manera nueva y conmovedora. Todo este tiempo vagaba como un alma en pena por los rincones, las galerías más oscuras y alejadas, evitando los encuentros personales y hasta la mera compañía de sus pares y de cualquier ser y persona. Nunca antes le había ocurrido esto tan extraño. Sentía un dolor terrible recordando a sus padres y sus hermanitos y sus abuelos, y sus escenas amadas de vida, como algo irremediablemente perdido, pero no sólo en el tiempo, sino en otra línea de realidad, divergente, ya eternamente inalcanzable. Y el dolor se modelaba como se le va dando forma a una masa de greda, con cada presión digital de una manera nueva y única, porque cada detalle, cada evento, cada estímulo, cada recuerdo, cada asociación, pensamiento y mentalización producía un efecto diferente, explosivamente lúcido, pero al mismo tiempo uno: dolor acompañado de una insoportable soledad… Repentinamente Akarghi comenzó a sentir como un adulto, a pensar como un adulto, a sufrir como un adulto, a recordar como un adulto, si bien luego comenzaría, al final de este acelerado y concentrado proceso vital, que también acaba haciendo tarde o temprano todo adulto, a espiritualizar como un adulto…

 

 

 

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No quiero escribir una ficción, pero es inevitable hacerlo si escribo… Quisiera huir de mi necesidad de escribir una ficción, por ello escribo símbolos y contenidos de mi propia alma, ya que nadie sabrá cuánto de verdadero hay en Akarghi, más allá de Akarghi, el monje de Lamayuru… Sólo yo sabré cuánto de Akarghi es real, y cuánto, ficción literaria; en cuanto Akarghi soy yo, o yo quiero hacer de él una realidad en esta novela… Incluso Akarghi quiere escapar de la mera ficción.

Quiero yo, además, hacer realidad de Akaghi. Quiero hacer también realidad de ti, caro lector, en mi propia novela, al ser leída por ti… Tú entras en mi realidad, si me lees. Tú también eres mi novela, como yo soy novela, tanto como hombre vivo… ¿Acaso no crees que mi mano ya tiembla al pensar que depende de mí ponerle punto final, y matar a Akarghi, tal como mataré Akarghi: Seis Horas en el Camino de la Verdad? Sé que tú también nos puedes dar muerte en cualquier momento, y dejar de leernos, incluso para siempre. Otros ya lo han hecho. Eso me apena, por ellos y por mí, pero no me quita el sueño… Eso no hará precisamente que Akarghi tenga más sexo del que ya tuvo, o que haga cualquier cosa asombrosa y peregrina que a ti te mantenga aferrado a la lectura semanal y continua de mi Akarghi. Depende de ti sólo en alguna medida; en otra, depende de otras causas y otras dimensiones de realidad, de las que tú, lo mismo que yo, ni siquiera podemos soñar que existen… ¿Molesto o incómodo por este exabrupto mío en medio del encanto de la narración, y estás a punto de apretar el botón mágico que te saque ya de esta desagradable página? Si has leído hasta aquí, jamás podrás escapar de Akarghi, de la misma manera que jamás podrás escapar de tu propia ficción, aunque por ahora no entiendas qué quiero decir, ni la real dimensión de lo que ha de venir… Pero ¡no temas!… Yo te amo, tanto como amo a Akarghi, aunque eso no te exime de que te haga sufrir; ¡sólo te ofrezco sufrir por tu propio bien!… ¡Lee o deja de leer!… De cualquier manera tú también eres Akarghi, y habrás de enterarte de lo mismo, tarde o temprano, viviendo o siendo leído.

¿Yo escribo a Akarghi, o Akarghi me hace escribirlo a él, aunque lo que parece obvio es que yo escribo a Akarghi?… Sin embargo, mientras más escribo a Akarghi, más probable se vuelve, o se va haciendo más fuerte –¿…porque le insuflo más y más conocimiento y poder?– que Akarghi se me impone como un otro al que yo simplemente manifiesto en este plano textual. Si comencé yo otorgándole más y más conocimiento y poder, ahora ya ha adquirido suficiente para comenzar a darse entidad y existencia a sí mismo, independizándose de mí, aunque yo siga decidiendo lo que diga y haga de él… ∞¡Paradoja!,¿o sin sentido?∞

Y mientras yo medito en esto sentado frente a mi computador, Akarghi medita en algo también, sentado sobre una roca, contemplando la grácil pagoda del Templo Rojo, desde cierta altura en el monte Azul. Lo aquejan mis dudas, y a mí las suyas. Akarghi, arrastrado por una historia de vida, ya entiende y sabe que él es algo así como la obra ficticia de una divinidad que crea su destino y su realidad. Pero en su avance vital y espiritual ha descubierto que aquello que hemos identificado y conceptualizado como divinidad es algo inmensamente más inalcanzable, extraño y misterioso que todo eso divino… Su memoria está colmada de extraordinarios e innumerables significativos recuerdos de vida, sin embargo evidencia que unos sobresalen de otros, como las olas en medio del mar suben mostrándose oportunamente, y luego bajan, escondiéndose en las aguas indiferenciadas después de un momento de altura descollante… Saddinavi refulgía como esa luz repentina del relámpago que maravilla y sorprende. Sólo Latniavira había provocado esa sorpresa y desconcierto hacía diez años atrás, pero nadie más desde entonces hasta ahora. Y ahora que creía que lo femenino había sido entonces una sublime pero también salvaje y caótica experiencia primigenia ya para siempre superada por una evolución transformativa de realidad y de naturaleza suya, una vez más se transformaba con su magia secreta, y se asumía ante Akarghi con una forma nueva, de seguro también por un interno y continuo proceso de evolución y trascendencia: Saddinavi (Lo Eterno Femenino)… Sabía ya que algo así como el espíritu vivo y progresivo de Latniavira se había realmente encarnado ahora en Saddinavi, tal como lo dual se puede fundir en lo uno. Porque si lo femenino se había concentrado en la dimensión sensual, voluptuosa, física y erótica de la persona de Latniavira, en cambio en Saddinavi, también siendo hermosa en sus delicadas y femeninas formas físicas, había asentado su centro de poder y presencia en la femineidad de su alma, de su mente y de su espíritu, las que acababan devolviendo un encanto y una belleza físicas, únicas y aún más irresistibles que las de la diosa Latniavira…

Después de su largo periplo, dentro y fuera de Lamayuru, Akarghi había logrado un vínculo con la realidad no ya natural, como le acontece –o cree que le acontece– a todo humano, sino sobrenatural… Y es que si la realidad por sí misma es enteramente sobrenatural, es, por otro lado, la persona individual quien acaba resaltando y canalizando esa dimensión, o la acaba degradando y reduciendo desde su propia personalidad a un universo azaroso o regulado, bello, y simplemente natural. Entonces Akarghi, si le acontecía conocer a una mujer como Saddinavi, o encontrarse con el rishi Dur-pah, o con la garza blanca del lienzo, le acontecía juntamente porque él mismo los había atraído, tanto como porque habían sido puestos en su camino…

¿Por quién?… ¡Hay Alguien detrás de todo esto que me acontece y ha venido aconteciendo conmigo! Una mano poderosa que me da forma y da forma al escenario de mi existencia. Una voluntad poderosa y sabia que me guía juntamente con todos los que experimento reales en alguna dirección y sentido que apenas alcanzo a intuir, y que busco y busco a través del Camino de la Verdad. Y así como la garza atrapa y vuela con el dragón firmemente atenazado entre sus patas hacia lo alto de la Eterna Montaña Nevada, y así como yo atrapé el gobio desde el río de la Vida, pudiendo quitarle la vida, se la devolví al río, así también comienzo a atrapar a quien me tiene atrapado, dejándose al mismo tiempo atrapar por mí…

Y aun así, con toda la conciencia de lo avanzado hasta aquí, Akarghi se inclinó conmovido hasta tocar el suelo con su frente, conociendo en un destello de conciencia momentánea su insignificante condición, capacidad y miseria interior para hacerse desde sí mismo el señor tan siquiera de su propia realidad, cuánto más de la realidad misma, dentro de la cual trataba de respirar con su diminuta conciencia, como un pez trata de respirar fuera del agua.

_________________________________

[1] Katha Upanishad, 1-III-14.

[2] Annapurna Upanishad, V, 103-104.

[3] Maitrayani Upanishad, 28.

[4] Annapurna Upanishad, I-46.

[5] Brihadaranyaka Upanishad, I-iii-4.

[6] Dhammapada, I, 1-2.

[7] Dhammapada I, 13-14.

[8] Brihadaranyaka Upanishad, I-VI-1.

[9] Traducción del sánscrito: “Te amo”.

[10] Brihadaranyaka Upanishad.

[11] Brihadaranyaka Upanishad, VI-iv-3.

[12] S. Zweig, Tres Poetas De Sus Vidas, p.148.

[13] Diminutivo de Balabhadra, “afortunado”.

[14] Reflejado al interior del ojo.

[15] Mental.

[16] Chandogya Upanishad, I-vii-1-3.

[17] Chandogya Upanishad, I-vii-9.

AURI

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